Cuando era chico miraba en
la tele las peripecias de Mike Nelson en la serie “Caza submarina” acostado de
panza sobre un banquito de madera, lo que le permitía “nadar y bucear” como los
protagonistas, imitando los movimientos de sus brazos y pataleando en el aire,
sosteniendo en una mano un palo que servía de improvisado arpón.
Un día tocaba luchar con
espías o ladrones de tesoros, otro día escapar de tiburones u otros peligros
submarinos, pero siempre disfrutando del agua.
Respirar hondo, inflar los
cachetes, sumergirse, abrir los ojos y desplazarse por debajo de la superficie
imitando a Lloyd Bridges, hasta que la necesidad de oxígeno sea insoportable.
Del banquito de madera al
agua de verdad, siempre y en cualquier lugar, un ritual repetido cada vez que tenía
oportunidad. A luchar en el agua con los malos.
Uno de sus tíos,
pluriempleado, trabajaba de sereno los fines de semana en el edificio de la
Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), en la calle Reconquista casi esquina
Corrientes. Como los domingos estaba cerrado a sus socios, tenían todo a su
disposición, gimnasios, canchas de fútbol y básquet, pelotas de todo tipo y
tamaño, dos piscinas olímpicas y tableros de ajedrez para cuando las fuerzas
decían basta.
Casi todo el día en el agua,
hasta que la piel quedaba arrugada como una ciruela disecada, de esas que se
usan para hacer compota. El trampolín era la cubierta del barco, al que subían
una y otra vez para volver a lanzarse a un mar imaginario.
Y al final del día pan con
manteca y Kero, leche con Nesquik y jaque mate.
También eran frecuentes las
escapadas de primavera/verano a Del Viso con sus tíos, allí habían formado una
“banda” que no dudaba en colarse en las casaquintas vacías y hacer uso de las
piletas a placer, muchas veces apartando el manto de hojas de la superficie y
evitando tanto el verdín del fondo como los sapos que protestaban por su
presencia.
Pero lo más divertido era ir
por la 26, para el lado de la ruta 9, hasta encontrar un camino que salía a la
izquierda y desembocaba en el lugar que todos conocían como Los Patovicas. La
aguas limpias del arroyo Pinazo discurrían entre barrancas y arboledas. Había
abundante pesca y no mucha gente. La profundidad del agua permitía que se
lanzaran de cabeza desde la barranca.
Salían, volvían a trepar y otra vez al agua.
De tanto en tanto su mente
vuelve a Los Patovicas, a encontrarse con Alex, Chito, Dani y los demás,
sentados a caballito sobre el tronco de un árbol caído que intentaban usar como
canoa, remando con palos hasta que perdían el equilibrio y caían todos al agua.
“El bote había sido atacado y había que luchar en el agua contra perversos
enemigos”.
Alguien le contó no hace
mucho que había otro arroyo bordeado de sauces, muy cerca de allí, pasando
Pilar y antes de llegar a Capilla del Señor, el Larena, visible desde la ruta
8. Parece ser que era un lugar parecido a Los Patovicas donde también se
juntaban primos y amigos a disfrutar de ese paraíso. No le resulta difícil
imaginarlo.
Desde hace poco, de tanto en
tanto su mente viaja también al Larena, y se ve jugando en sus aguas a “caza
submarina” con primos imaginarios, mientras a la sombra de un árbol, con el
mate en una mano y un colorado con filtro encendido en la otra, alguien vigila por
las dudas.
No vaya a ser cosa que ganen
los malos.
Para Ricky, me hubiera
gustado…
Víctor M. Litke
Madrid, abril de 2012
Vìctor... lleno de nostalgias este relato. Remite a una infancia feliz, de cosas simples, de diversiones como eran las de antes y lugares que reconozco mientras te leo... si hasta fui a nadar a las piletas del YMCA y tuve mi Nesquik acompañado de pan con manteca y Kero todas las tardes. Eso si... yo miraba Lassie y RinTinTin jaja
ResponderEliminarUn gusto visitarte, abrazo grande
Graciela
Hola Graciela, gracias por tu comentario. En "los hermanos Garmendia" reconocerás más lugares que compartimos en esa época y tal vez hasta algún personaje.
ResponderEliminarUn abrazo