Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

lunes, 23 de abril de 2012

Una tarde de tormenta, un golpe de suerte


La vida nunca dejó de ser un laberinto de espinas para él. Desde el principio de sus días le tocó el primer premio en sufrimiento.
Huérfano de madre y padre antes de cumplir el año, ningún familiar asumió la responsabilidad de su cuidado.
Su infancia se alternó entre internados y casas de acogidas. Un par de posibilidades de adopción que no prosperaron, no porque fuera un chico problemático, sino más bien porque nunca iba sólo: el infortunio lo acompañaba como si fuese su sombra. Sufría frecuentemente accidentes inexplicables y la gente no tardaba demasiado en asociar cualquier desgracia con su presencia y por lo tanto llegaban al inevitable rechazo.
Así pasó infancia y adolescencia, sin conocer alegrías y bienestares. Sin embargo él se resistía a aceptar ese destino funesto, se esforzó, estudió y se aplicó hasta los límites que imponía su situación, que no era mucho.
La mayoría de edad lo depositó en la soledad de la calle, su empeño y fuerza de voluntad le permitieron sobrevivir los primeros meses, hasta que pudo conseguir algunos trabajos con los que comenzó a vivir casi con decencia.
Los trabajos no duraban mucho tiempo, no podía despegarse de su desgraciada aureola. Pero no se rendía.
Desde hace unos meses, parecía que su vida cambiaría definitivamente. Se había estabilizado en un puesto de albañil y trabajaba en una obra en construcción en el barrio de Caballito. Había cambiado de pensión y ahora disfrutaba de una pieza para él sólo, muy cerca del baño y con una pequeña cocinita dónde se las ingenió para aprender los principios culinarios básicos, necesarios para una aceptable alimentación.
Conoció a Cecilia el día que se permitió una tarde de cine en el Shopping de Abasto, fue amor a primera vista. Después de la película tomaron una coca y ya no pasó un día sin que se vieran al menos un rato para caminar unas cuadras tomados de la mano.
No tenía muchas posibilidades de hacerle regalos, el último fue una cadena de alpaca con dos letras bañadas en plata, sus iniciales. A ella le pareció muy bonita, se la puso y juró que nunca se la quitaría.

El hermano de Cecilia tenía una pequeña fábrica de persianas y accedió a ofrecerle un puesto en la sección de distribución. Lo entrevistaría formalmente para que el resto de los empleados no pensara que era un “enchufado” del dueño y no tuviera ningún problema con sus futuros compañeros.
Había llegado el día, Cecilia lo vendría a buscar a la obra y lo acompañaría a la entrevista. Apuró sus tareas al máximo, le quedaba terminar de armar un encofrado en el primer piso, una futura columna que llenarían al día siguiente con hormigón. Terminó de clavar las últimas tablas, ordenó las barras de hierro aletado de 10 mm que sobraban y tapó con unas chapas onduladas algunas bolsas de cemento para que no se mojaran con la lluvia que comenzaba a caer.
Se sacó los guantes y casi sin darse cuenta los dejó sobre las chapas que acababa de acomodar. Sonrió y pensó que tal vez no volvería a ponérselos. Fue a darse una ducha rápida, en la obra no había agua caliente, había traído su mejor ropa para causar una buena impresión.
La tormenta tomaba fuerza, pero no lo preocupó. Usaría algunos ahorros para tomar un taxi, así que ni Cecilia ni él se mojarían.
Esperaba resguardado en la casilla del sereno hasta que vio que ella bajaba del 172, a pocos metros de donde la esperaba. Una ráfaga de viento levantó el vestido de su amada, que con un rápido movimiento de su mano derecha consiguió evitar que su ropa interior quedara al descubierto.
“Todo es perfecto hoy, todo será perfecto, por fin mi suerte cambió”
Sin dejar de pensar cuánto la amaba y que nunca se había sentido tan feliz, fue a su encuentro. Se besaron apresuradamente, el viento arrojaba la lluvia contra sus caras, era imposible abrir el paraguas que le había prestado el capataz ya que se rompería. A pocos metros paró un taxi para que descendiera un pasajero, corrieron tomados de la mano antes que otra persona se les adelantase y lo ocupara.
Era su día, el fin de sus pesares.

Cuando apenas habían pasado los límites de la obra un guante de albañil cayó a su lado impulsado por el viento, instintivamente detuvo su carrera y se agachó para recogerlo sin soltar la mano de Cecilia.
-“Que suerte, creo que es uno de los míos”, le dijo casi gritando mientras se incorporaba.

Ella no respondió, una de las chapas que protegían las bolsas de cemento había volado con el viento y cercenó limpiamente su cabeza, justo por encima del colgante con sus iniciales.

Definitivamente su suerte había cambiado, de no haberse agachado…


Víctor M. Litke, Madrid 2012

2 comentarios: