La
vida nunca dejó de ser un laberinto de espinas para él. Desde el principio de
sus días le tocó el primer premio en sufrimiento.
Huérfano
de madre y padre antes de cumplir el año, ningún familiar asumió la responsabilidad
de su cuidado.
Su
infancia se alternó entre internados y casas de acogidas. Un par de
posibilidades de adopción que no prosperaron, no porque fuera un chico
problemático, sino más bien porque nunca iba sólo: el infortunio lo acompañaba
como si fuese su sombra. Sufría frecuentemente accidentes inexplicables y la
gente no tardaba demasiado en asociar cualquier desgracia con su presencia y
por lo tanto llegaban al inevitable rechazo.
Así
pasó infancia y adolescencia, sin conocer alegrías y bienestares. Sin embargo
él se resistía a aceptar ese destino funesto, se esforzó, estudió y se aplicó
hasta los límites que imponía su situación, que no era mucho.
La
mayoría de edad lo depositó en la soledad de la calle, su empeño y fuerza de
voluntad le permitieron sobrevivir los primeros meses, hasta que pudo conseguir
algunos trabajos con los que comenzó a vivir casi con decencia.
Los
trabajos no duraban mucho tiempo, no podía despegarse de su desgraciada
aureola. Pero no se rendía.
Desde
hace unos meses, parecía que su vida cambiaría definitivamente. Se había
estabilizado en un puesto de albañil y trabajaba en una obra en construcción en
el barrio de Caballito. Había cambiado de pensión y ahora disfrutaba de una
pieza para él sólo, muy cerca del baño y con una pequeña cocinita dónde se las
ingenió para aprender los principios culinarios básicos, necesarios para una
aceptable alimentación.
Conoció
a Cecilia el día que se permitió una tarde de cine en el Shopping de Abasto,
fue amor a primera vista. Después de la película tomaron una coca y ya no pasó
un día sin que se vieran al menos un rato para caminar unas cuadras tomados de
la mano.
No
tenía muchas posibilidades de hacerle regalos, el último fue una cadena de
alpaca con dos letras bañadas en plata, sus iniciales. A ella le pareció muy
bonita, se la puso y juró que nunca se la quitaría.
El
hermano de Cecilia tenía una pequeña fábrica de persianas y accedió a ofrecerle
un puesto en la sección de distribución. Lo entrevistaría formalmente para que
el resto de los empleados no pensara que era un “enchufado” del dueño y no
tuviera ningún problema con sus futuros compañeros.
Había
llegado el día, Cecilia lo vendría a buscar a la obra y lo acompañaría a la
entrevista. Apuró sus tareas al máximo, le quedaba terminar de armar un
encofrado en el primer piso, una futura columna que llenarían al día siguiente
con hormigón. Terminó de clavar las últimas tablas, ordenó las barras de hierro
aletado de 10 mm que sobraban y tapó con unas chapas onduladas algunas bolsas
de cemento para que no se mojaran con la lluvia que comenzaba a caer.
Se
sacó los guantes y casi sin darse cuenta los dejó sobre las chapas que acababa
de acomodar. Sonrió y pensó que tal vez no volvería a ponérselos. Fue a darse
una ducha rápida, en la obra no había agua caliente, había traído su mejor ropa
para causar una buena impresión.
La
tormenta tomaba fuerza, pero no lo preocupó. Usaría algunos ahorros para tomar
un taxi, así que ni Cecilia ni él se mojarían.
Esperaba
resguardado en la casilla del sereno hasta que vio que ella bajaba del 172, a
pocos metros de donde la esperaba. Una ráfaga de viento levantó el vestido de
su amada, que con un rápido movimiento de su mano derecha consiguió evitar que
su ropa interior quedara al descubierto.
“Todo
es perfecto hoy, todo será perfecto, por fin mi suerte cambió”
Sin
dejar de pensar cuánto la amaba y que nunca se había sentido tan feliz, fue a
su encuentro. Se besaron apresuradamente, el viento arrojaba la lluvia contra
sus caras, era imposible abrir el paraguas que le había prestado el capataz ya
que se rompería. A pocos metros paró un taxi para que descendiera un pasajero, corrieron
tomados de la mano antes que otra persona se les adelantase y lo ocupara.
Era
su día, el fin de sus pesares.
Cuando
apenas habían pasado los límites de la obra un guante de albañil cayó a su lado
impulsado por el viento, instintivamente detuvo su carrera y se agachó para
recogerlo sin soltar la mano de Cecilia.
-“Que
suerte, creo que es uno de los míos”, le dijo casi gritando mientras se
incorporaba.
Ella
no respondió, una de las chapas que protegían las bolsas de cemento había
volado con el viento y cercenó limpiamente su cabeza, justo por encima del
colgante con sus iniciales.
Definitivamente
su suerte había cambiado, de no haberse agachado…
Víctor
M. Litke, Madrid 2012
Ahhhh.... pobre desgraciado!! Karmàtico
ResponderEliminarMuy bueno el remate!!
Abrazo
Muchas gracias, abrazo
ResponderEliminar