Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

domingo, 29 de abril de 2012

Nueva York VII



Menos de cinco minutos fueron más que suficientes para terminar de decidirme.

Tal como acordamos el día anterior, Sofía, su amiga Cloe y su esposo Erik pasaron a recogerme por el vestíbulo del Hotel Marriott a las 20:30.
Hechas las presentaciones de rigor, les ofrecí tomarnos una copa en el bar del hotel antes de ir a cenar, teníamos reserva para las 21:30 así que había tiempo de sobra, ya que el restaurante que propuso Sofía para esa noche estaba a la vuelta del hotel.
Nos daba tiempo para una copa pero tampoco era demasiado como para extrañar un cigarrillo ya que el hotel presume de ser “cien por ciento libre de humo”, y aunque en mi habitación fumo cuanto me plazca (las propinas acallan cualquier protesta o llamado de atención) no puedo hacerlo descaradamente en el bar.

Cloe pidió un Pisco Sour (cómo no), su esposo un Margarita, Sofía un Cosmopolitan y yo, como una especie de homenaje a los cuatro días de estancia en Nueva York, en lugar de mi habitual vodka pedí un Jim Beam Black con hielo. Los cócteles no son lo mío, el bourbon tampoco, pero hice una excepción.
Tal como preveía la conversación inicial se circunscribió a temas relacionados con nuestros respectivos trabajos o profesiones, algo que por supuesto no me interesaba en lo más mínimo. Esperaba que en el resto de la noche pudiese verificar personalmente aquello que me había anticipado Sofía sobre la personalidad de Erik y su relación con Cloe.
Erik y yo repetimos bebida y conversación.
Finalmente dejamos el Lobby Bar y nos dirigimos al San Martín, sobre la 49, un pequeño restaurante con algunas mesas sobre la acera, y un ambiente bastante familiar, yo hubiese preferido otro tipo de establecimiento, pero Sofía insistió en éste, dijo que Cloe se sentiría mejor en un lugar no muy lujoso.

Ocupamos nuestra mesa en el centro del salón, y de inmediato nos sumergimos en la lectura de la carta, de cocina italiana y mediterránea. No fue muy difícil mi elección, y tampoco la del resto del grupo. Por suerte sugirieron que yo seleccionara el vino, para lo cual no tuve demasiado en cuenta los platos que pedirían mis acompañantes, y si lo que me apetecía beber.
Fue toda una sorpresa encontrarme en la carta de vinos con un Biondi Santi Rosso di Montalcino del 2000, un sangiovese grosso que ya había probado en uno de mis viajes a Florencia, que me apresuré a recomendar a Sofía y Cloe, ignorando en esta ocasión cualquier comentario de Erik al respecto. Por supuesto ellas estuvieron de acuerdo.
En cuanto a la comida, entrantes de carpaccio, cóctel de gambas, scamorza  affumicata al basilico y prosciutto di Parma con frutas; medallones de solomillo con champiñones, ternera a la parmesana y a la sorrentina y un Black Angus Sirloin steak.

Contando con la complicidad de Sofía intenté centrar los temas de conversación en las relaciones personales, la convivencia de pareja, el racismo, el feminismo y cosas por el estilo, aunque de vez en cuando hacía una concesión y comentaba alguna cosa sobre mi trabajo.
Erik era una verdadera perla, que se creía el ombligo del mundo, todo giraba en torno a él, según su propia y particular visión de la realidad.
Su conversación dejaba traslucir un gran complejo de inferioridad, un odio medio reprimido a todo lo que tuviese relación con la homosexualidad, desprecio por las clases sociales deprimidas y por los extranjeros (aunque se esforzaba por disimularlo). Era un machista de cuidado, parecía tener muy claro que las mujeres pertenecían a una casta inferior, y que eran los hombres los que movían el mundo. Continuamente recalcaba el amor y devoción que sentía por su esposa, y justificaba su excesivo celo en el cuidado que le profesaba. Ese era el motivo por el cual impedía que Cloe se relacionara con gente que “podía hacerle daño”, por el que no quería que tuviese un empleo o un hobby que la llevara fuera de casa. Decía que Nueva York era un ciudad peligrosa para una latina que no estaba acostumbrada a vivir allí, que en unos años estaría preparada, pero aún no.

Su carrera profesional era muy buena y próspera, pero su trabajo le ocupaba todas las horas del día, por lo que podía disfrutar de su querida esposa solamente los fines de semana, a excepción de aquellos en los que programaba alguna actividad con sus colegas o clientes, actividades que nunca incluían a Cloe.
Se encargó de resumirme los encantos de la ciudad, incluyendo locales de diversión y juego que podría visitar durante mi estancia en Manhattan.
Era evidente que menospreciaba y maltrataba a su esposa, creía que lo disimulaba bien, pero en mis años de estudio y práctica hospitalaria, antes de especializarme en la cirugía cardiovascular, me interesé mucho en estudiar los perfiles de esposos maltratadores a cuyas mujeres intentábamos curar las heridas físicas inflingidas por estos monstruos, concientes que no podíamos actuar sobre sus otras heridas.

Durante la cena, en ocasiones, la charla de Erik provocaba incomodidad y hasta vergüenza en Cloe, varias veces la vi sonrojarse y percibí su esfuerzo por no romper a llorar. Lo más sensato y amable hubiese sido variar el tono de la conversación y tocar temas más banales, pero yo ya me había empecinado en desenmascarar a este hipócrita, aunque para hacerlo no confrontaba con él, sino más bien fingía estar de acuerdo con sus dichos y lo alentaba a ir cada vez un poco más allá. A eso contribuyeron las dos botellas del tinto italiano y la de prosecco Conegliano Valdobbiadene que pedimos con los postres.

En éste punto las mujeres se excusaron para ir al servicio.
Fueron menos de cinco minutos en los que Erik se liberó de la pesada carga del disimulo, y creyéndome un aliado se despachó a gusto sobre su esposa y lo fácil que le resultaba someterla a sus voluntades. Hasta me relató ciertas posturas sexuales a las que forzaba a la sumisa Cloe, y como no dudaba en “castigarla” cuando ella se negaba a satisfacer cualquier deseo suyo.
Además, Erik tenía una vida fuera de su casa y su trabajo, esa vida se desarrollaba en garitos y casas de juego y placeres a las que concurría casi a diario.
Irónicamente, dada su xenofobia, declaraba sentir debilidad por el cuerpo de las mujeres latinas, por lo que sus lugares de esparcimiento se encontraban todos en el Harlem Hispano, y no tardó en invitarme a acompañarlo.

-“Podemos arreglar para mañana por la noche, iré a un lugar con mucha diversión y podemos pasarla bien juntos, verás que mercadería tienen allí.”, me dijo con todo desparpajo.

Aunque en principio me excusé y  decliné la invitación, le pedí que me diera la dirección del lugar y me diga a que hora iría él, trataría de deshacer mis compromisos para pasar un rato por allí y encontrarnos.
Conseguí toda la información que necesitaba antes que las mujeres volvieran a la mesa.
El resto de la velada pasó casi sin que me diera cuenta, a pesar de mantener la conversación, mi mente ya vagaba por otros sitios.
Imaginaba, planificaba.

Esos escasos cinco minutos que pasamos a solas con Erik fueron muy reveladores.

Esa basura de hombre no merecía la vida que llevaba.
No merecía vivir y yo me encargaría de arreglarlo.
Por fin tenía el quién, el dónde, y el cuándo.
Me faltaba definir el cómo, pero no me importaba improvisar.

Menos de cinco minutos fueron más que suficientes para terminar de decidirme.


Víctor M. Litke, Madrid 2012





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