Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 19 de abril de 2012

New York VI


Estacioné mi Volkswagen Beetle cabrio amarillo en la plaza que tengo asignada en el segundo subsuelo del aparcamiento del edificio de la central poco antes de las 8:30 de la mañana y me dirigí apresuradamente a mi oficina, no quería llegar tarde. Sabía que Bobby ya estaría esperándome con un expreso recién servido y quizás algún trozo de tarta de las que suele cocinar su esposa Grace.
Al dejar el abrigo en el respaldo de mi silla, apareció mi compañero con dos vasos de café en las manos, acompañando su saludo con una bonita sonrisa, la misma que todos los días hacía posible que comenzáramos nuestro trabajo con la esperanza de acabar el día vivos. Nuestros escritorios estaban enfrentados, pegados uno al otro, habíamos colocado las pantallas de nuestros ordenadores de forma tal que pudiésemos mirarnos sin tener que estirar demasiado el cuello o levantarnos de nuestros asientos. Hoy no había tarta ni galletas para acompañar el café. Hace más de tres semanas que estoy intentando dejar de fumar, se me hace muy difícil no acompañar el café con un Marlboro, y a veces una porción de tarta ayuda a que no piense en ello.
Mientras arrancaba mi pc, le pregunté a Bobby si había alguna novedad destacable.

-“Nada nuevo en el caso Bloom, hay otros dos asesinatos que aún no están resueltos: un yonqui apuñalado ayer cerca de la fuente de Cherry Hill, los de la 22 de Central Park dicen que ya tienen al sospechoso cercado; el otro es un varón latino que encontraron hace dos noches por la 127 Oeste y Lenox, no sé la causa de la muerte, lo llevan los de la 28 y parece que no han avanzado mucho. Tal vez una pelea de bandas. Si hubiese sido al otro lado de la calle les hubiese caído también a los de la 32, no está muy lejos de donde encontraron a Bloom.”, concluyó su resumen Bobby sonriendo.

Agradecí su informe mientras revisaba mis e-mails y eché un vistazo a la agenda, no tenía muchas cosas previstas para el día. Había decidido volver a entrevistar a la esposa de Erik Bloom, le pedí a Molina que revisara sus cuentas bancarias y verificara si el muerto tenía seguro de vida o algún otra fuente de ingresos además de su trabajo. Quería saber además si existía algún acuerdo prematrimonial, la familia Bloom tenía una posición económica más que acomodada.
Un hermano de la víctima venía desde San Francisco para hacerse cargo del cuerpo y todos los trámites. Nos entrevistaríamos con él luego del almuerzo.
Abrí la carpeta con el expediente del caso, enganchada con un clip estaba la foto de la víctima, la misma foto que precedía nuestra pizarra, mientras la miraba por enésima vez me vino a la mente un detalle que había mencionado Bobby un minuto antes.
Alcé la mirada y vi que estaba al teléfono, esperé a que finalizara su llamada.

-“Molina, ¿los de la 28 te comentaron la nacionalidad de la víctima?”, le pregunté intrigada.

-“Mmm no, no me lo han dicho, ya lo averiguo.“, respondió y en su expresión adiviné que compartía mi intriga.
Nuestro ánimo cambió y nuestra actividad se multiplicó el resto de la mañana.
Nos reasignaron el caso de la 28. Mientras Molina iba a reconocer la escena del crimen, yo fui a ver al doctor Polak para ver los resultados de la autopsia de nuestro “varón latino”.

-“La muerte aconteció dos días atrás, entre las  20 y las 23 horas. La rotación de las vértebras cervicales indican que la muerte ocurrió por fractura de cuello y la consecuente asfixia, Seguramente fue atacado desde atrás. No parece la típica muerte resultante de una confrontación entre bandas”, opinó acertadamente nuestro forense.

En la caja de pruebas había varios objetos clasificados y guardados en sus respectivas bolsas, lo que evidenciaba que no había habido robo. Una billetera de tela sintética un tanto maltrecha, con unos 60 dólares entre billetes y monedas, una master, una tarjeta telefónica (de esas que se utilizan para las llamadas internacionales) y el carné de conducir.
En otra bolsita había unos 450 dólares en billetes grandes (demasiado dinero en efectivo), que encontraron en el bolsillo delantero derecho de sus vaqueros (una de las fotos tomadas por los de la científica en el escenario, mostraba a la víctima tendida boca abajo y con su mano derecha metida en ese bolsillo de su pantalón).
Un teléfono móvil de los modernos, unos cuantos anillos de acero, un par de collares dorados y un reloj Longines Saint-Imier en acero y oro con las iniciales “EPBS” grabados en la caja.
Parecía que más que una víctima de robo nuestro hombre era un ladrón.
Se llamaba José Vargas, de 29 años, ingresó al país dos años atrás con una visa temporal de trabajo, vivía en “El Barrio”, la parte de Harlem que ha dejado de ser territorio de los afroamericanos para convertirse en hábitat de los “Nuyoricans”, mayoritariamente  inmigrantes puertorriqueños y de otros países sudamericanos.
Molina averiguó que trabajaba en una empresa que proveía de pescado fresco a distintos restaurantes de Manhattan, entre los que estaba La Mar, un restaurante que abrió sus puertas hace menos de dos años, de comida peruana.
Ese detalle fue lo que me llamó la atención desde el principio, podría ser que nuestros dos asesinatos estén relacionados o que sea simplemente una casualidad.  Nuestra segunda víctima era de nacionalidad peruana.
Seguiríamos los dos casos en forma conjunta, ya que existía la posibilidad de alguna relación.

Recopilamos toda la información posible antes de las entrevistas que habíamos programado para el día, confiábamos que recabaríamos más datos en la reunión con  Edward Bloom, cerca de las tres de la tarde. También me interesaba mucho la segunda reunión que tendríamos con la viuda de Bloom y su amiga, para eso faltaba menos de una hora.
Las cuentas de la víctima no nos dieron muchas pistas, tenían un buen pasar, y no había movimientos anormales que llamaran la atención salvo en una, la única de sus cuentas en la que su esposa era cotitular. Con un saldo de unos tres mil dólares, registraba retiros semanales y sistemáticos de pequeñas cantidades, 100 o 150 dólares cada vez, desde hacía un par de meses, y uno de 2000 el día de la muerte de su esposo. Deberemos preguntar a la viuda sobre estas extracciones.
Los Bloom eran propietarios del piso donde vivían, en el Upper West Side. No había deudas. Las tarjetas de crédito robadas a la víctima no se habían utilizado, así que autorizaríamos a que se dieran de baja. Tenía un seguro de vida estándar por 250 mil dólares sin variación por causa de la muerte, cuya beneficiaria era la esposa. Una cifra nada despreciable pero que en principio no supondría un móvil para un crimen.

En cuanto a José Vargas, no había mucho, un antecedente por tenencia, sin familia y aparentemente no pertenecía a ninguna banda latina. Las referencias que nos dieron en su trabajo tampoco indicaban nada extraño, un tipo que trataba de pasar desapercibido.
Decidimos investigar las llamadas telefónicas enviadas y recibidas en la última semana de el móvil de Vargas, el móvil de Bloom, la casa de Bloom y el despacho de Bloom.
Volvimos a enviar agentes a los bares y clubs cercanos a los dos asesinatos y revisar los videos de cualquier cámara de la zona, tráfico, cajeros, tiendas, etc., pero esto nos llevaría bastante tiempo.

Cloe Bloom llegó sobre las 11:50 de la mañana, acompañada de su amiga Sofía Huertas. Un agente condujo a Cloe a la sala de interrogatorios Número 1 y a Sofía a la sala Número 2. Como hacíamos de costumbre, Bobby y yo nos fuimos a tomar un café antes de comenzar las entrevistas, siempre dejábamos que los “interrogados” esperaran un rato solos en las salas, eso los inquietaba bastante.

La viuda negó conocer a nuestra segunda víctima, negó malos tratos por parte de su difunto marido, y negó cualquier tipo de problema en su matrimonio. Sobre las extracciones de dinero, dijo que quería darle una sorpresa a su marido contratando un viaje para su próximo aniversario, y pensaba que extrayendo pocas cantidades de la cuenta, él no lo notaría. Dijo tener el dinero en efectivo guardado en su casa. Además ratificó lo dicho en su primer declaración, en el momento en que su marido había sido asesinado, ella estaba en su casa con su amiga Sofía.

Sofía Huertas nos volvió a relatar el motivo de su viaje, nos dijo que casi no conocía a Erik  y confesó que no le simpatizaba demasiado, también nos dijo que su relación con Cloe venía desde su época de estudiante, y que la quería como si fuese su hermana. Negó conocer a José Vargas o algún otro compatriota residente en Nueva York, salvo Cloe obviamente. Confirmó que al momento de la muerte de Erik se encontraba en casa de su amiga. Y se ofreció a colaborar en todo lo que estuviera a su alcance.

Ambas declaraciones nos parecieron “muy pulcras”, quizás demasiado. Comprobaríamos sus coartadas y volveríamos a comparar los dichos de las primeras entrevistas con las de hoy.
Una vez que despedimos a Cloe y Sofía, decidimos con Bobby bajar a comer algo antes de entrevistar al hermano de Erik.

Edward Bloom, nos comentó que hacía tiempo no veía a su hermano. Sus padres no desaprobaban del todo su matrimonio pero le reprochaban que se haya casado en el extranjero. Nos comentó que tenía un carácter intempestivo, en algunas ocasiones violento, y que se había distanciado paulatinamente de su familia.

Pero lo más significativo e importante que nos aportó el hermano de nuestra primera víctima fueron dos cosas: la primera, su propio nombre completo, Edward Patrick Bloom Standford; la segunda, el de su hermano, Erik Paul Bloom Standford. Nos dijo que en los documentos oficiales no figuraba el segundo apellido, el materno, pero que desde niños se habían acostumbrado a utilizarlo.

“EPBS”

Nos quedaba mucho trabajo por delante.


Víctor M. Litke, Madrid 2012

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