Estacioné
mi Volkswagen Beetle cabrio amarillo en la plaza que tengo asignada en el segundo
subsuelo del aparcamiento del edificio de la central poco antes de las 8:30 de
la mañana y me dirigí apresuradamente a mi oficina, no quería llegar tarde. Sabía
que Bobby ya estaría esperándome con un expreso recién servido y quizás algún
trozo de tarta de las que suele cocinar su esposa Grace.
Al
dejar el abrigo en el respaldo de mi silla, apareció mi compañero con dos vasos
de café en las manos, acompañando su saludo con una bonita sonrisa, la misma
que todos los días hacía posible que comenzáramos nuestro trabajo con la
esperanza de acabar el día vivos. Nuestros escritorios estaban enfrentados,
pegados uno al otro, habíamos colocado las pantallas de nuestros ordenadores de
forma tal que pudiésemos mirarnos sin tener que estirar demasiado el cuello o
levantarnos de nuestros asientos. Hoy no había tarta ni galletas para acompañar
el café. Hace más de tres semanas que estoy intentando dejar de fumar, se me
hace muy difícil no acompañar el café con un Marlboro, y a veces una porción de
tarta ayuda a que no piense en ello.
Mientras
arrancaba mi pc, le pregunté a Bobby si había alguna novedad destacable.
-“Nada
nuevo en el caso Bloom, hay otros dos asesinatos que aún no están resueltos: un
yonqui apuñalado ayer cerca de la fuente de Cherry Hill, los de la 22 de
Central Park dicen que ya tienen al sospechoso cercado; el otro es un varón latino
que encontraron hace dos noches por la 127 Oeste y Lenox, no sé la causa de la muerte,
lo llevan los de la 28 y parece que no han avanzado mucho. Tal vez una pelea de
bandas. Si hubiese sido al otro lado de la calle les hubiese caído también a
los de la 32, no está muy lejos de donde encontraron a Bloom.”, concluyó su
resumen Bobby sonriendo.
Agradecí
su informe mientras revisaba mis e-mails y eché un vistazo a la agenda, no
tenía muchas cosas previstas para el día. Había decidido volver a entrevistar a
la esposa de Erik Bloom, le pedí a Molina que revisara sus cuentas bancarias y
verificara si el muerto tenía seguro de vida o algún otra fuente de ingresos
además de su trabajo. Quería saber además si existía algún acuerdo
prematrimonial, la familia Bloom tenía una posición económica más que
acomodada.
Un
hermano de la víctima venía desde San Francisco para hacerse cargo del cuerpo y
todos los trámites. Nos entrevistaríamos con él luego del almuerzo.
Abrí
la carpeta con el expediente del caso, enganchada con un clip estaba la foto de
la víctima, la misma foto que precedía nuestra pizarra, mientras la miraba por
enésima vez me vino a la mente un detalle que había mencionado Bobby un minuto
antes.
Alcé
la mirada y vi que estaba al teléfono, esperé a que finalizara su llamada.
-“Molina,
¿los de la 28 te comentaron la nacionalidad de la víctima?”, le pregunté
intrigada.
-“Mmm
no, no me lo han dicho, ya lo averiguo.“, respondió y en su expresión adiviné
que compartía mi intriga.
Nuestro
ánimo cambió y nuestra actividad se multiplicó el resto de la mañana.
Nos
reasignaron el caso de la 28. Mientras Molina iba a reconocer la escena del
crimen, yo fui a ver al doctor Polak para ver los resultados de la autopsia de
nuestro “varón latino”.
-“La
muerte aconteció dos días atrás, entre las
20 y las 23 horas. La rotación de las vértebras cervicales indican que
la muerte ocurrió por fractura de cuello y la consecuente asfixia, Seguramente
fue atacado desde atrás. No parece la típica muerte resultante de una
confrontación entre bandas”, opinó acertadamente nuestro forense.
En
la caja de pruebas había varios objetos clasificados y guardados en sus
respectivas bolsas, lo que evidenciaba que no había habido robo. Una billetera
de tela sintética un tanto maltrecha, con unos 60 dólares entre billetes y
monedas, una master, una tarjeta telefónica (de esas que se utilizan para las
llamadas internacionales) y el carné de conducir.
En
otra bolsita había unos 450 dólares en billetes grandes (demasiado dinero en
efectivo), que encontraron en el bolsillo delantero derecho de sus vaqueros
(una de las fotos tomadas por los de la científica en el escenario, mostraba a
la víctima tendida boca abajo y con su mano derecha metida en ese bolsillo de
su pantalón).
Un
teléfono móvil de los modernos, unos cuantos anillos de acero, un par de
collares dorados y un reloj Longines Saint-Imier en acero y oro con las
iniciales “EPBS” grabados en la caja.
Parecía
que más que una víctima de robo nuestro hombre era un ladrón.
Se
llamaba José Vargas, de 29 años, ingresó al país dos años atrás con una visa
temporal de trabajo, vivía en “El Barrio”, la parte de Harlem que ha dejado de
ser territorio de los afroamericanos para convertirse en hábitat de los “Nuyoricans”, mayoritariamente inmigrantes puertorriqueños y de otros países
sudamericanos.
Molina
averiguó que trabajaba en una empresa que proveía de pescado fresco a distintos
restaurantes de Manhattan, entre los que estaba La Mar, un restaurante que
abrió sus puertas hace menos de dos años, de comida peruana.
Ese
detalle fue lo que me llamó la atención desde el principio, podría ser que nuestros
dos asesinatos estén relacionados o que sea simplemente una casualidad. Nuestra segunda víctima era de nacionalidad
peruana.
Seguiríamos
los dos casos en forma conjunta, ya que existía la posibilidad de alguna
relación.
Recopilamos
toda la información posible antes de las entrevistas que habíamos programado
para el día, confiábamos que recabaríamos más datos en la reunión con Edward Bloom, cerca de las tres de la tarde. También
me interesaba mucho la segunda reunión que tendríamos con la viuda de Bloom y
su amiga, para eso faltaba menos de una hora.
Las
cuentas de la víctima no nos dieron muchas pistas, tenían un buen pasar, y no
había movimientos anormales que llamaran la atención salvo en una, la única de
sus cuentas en la que su esposa era cotitular. Con un saldo de unos tres mil
dólares, registraba retiros semanales y sistemáticos de pequeñas cantidades,
100 o 150 dólares cada vez, desde hacía un par de meses, y uno de 2000 el día
de la muerte de su esposo. Deberemos preguntar a la viuda sobre estas
extracciones.
Los
Bloom eran propietarios del piso donde vivían, en el Upper
West Side. No había deudas. Las tarjetas de crédito robadas a la víctima no se
habían utilizado, así que autorizaríamos a que se dieran de baja. Tenía un seguro
de vida estándar por 250 mil dólares sin variación por causa de la muerte, cuya
beneficiaria era la esposa. Una cifra nada despreciable pero que en principio
no supondría un móvil para un crimen.
En cuanto a José Vargas, no había mucho, un antecedente por
tenencia, sin familia y aparentemente no pertenecía a ninguna banda latina. Las
referencias que nos dieron en su trabajo tampoco indicaban nada extraño, un
tipo que trataba de pasar desapercibido.
Decidimos investigar las llamadas telefónicas enviadas y recibidas
en la última semana de el móvil de Vargas, el móvil de Bloom, la casa de Bloom
y el despacho de Bloom.
Volvimos a enviar agentes a los bares y clubs cercanos a los dos
asesinatos y revisar los videos de cualquier cámara de la zona, tráfico, cajeros,
tiendas, etc., pero esto nos llevaría bastante tiempo.
Cloe
Bloom llegó sobre las 11:50 de la mañana, acompañada de su amiga Sofía Huertas.
Un agente condujo a Cloe a la sala de interrogatorios Número 1 y a Sofía a la
sala Número 2. Como hacíamos de costumbre, Bobby y yo nos fuimos a tomar un
café antes de comenzar las entrevistas, siempre dejábamos que los
“interrogados” esperaran un rato solos en las salas, eso los inquietaba
bastante.
La
viuda negó conocer a nuestra segunda víctima, negó malos tratos por parte de su
difunto marido, y negó cualquier tipo de problema en su matrimonio. Sobre las
extracciones de dinero, dijo que quería darle una sorpresa a su marido
contratando un viaje para su próximo aniversario, y pensaba que extrayendo
pocas cantidades de la cuenta, él no lo notaría. Dijo tener el dinero en
efectivo guardado en su casa. Además ratificó lo dicho en su primer
declaración, en el momento en que su marido había sido asesinado, ella estaba
en su casa con su amiga Sofía.
Sofía
Huertas nos volvió a relatar el motivo de su viaje, nos dijo que casi no
conocía a Erik y confesó que no le
simpatizaba demasiado, también nos dijo que su relación con Cloe venía desde su
época de estudiante, y que la quería como si fuese su hermana. Negó conocer a
José Vargas o algún otro compatriota residente en Nueva York, salvo Cloe
obviamente. Confirmó que al momento de la muerte de Erik se encontraba en casa
de su amiga. Y se ofreció a colaborar en todo lo que estuviera a su alcance.
Ambas
declaraciones nos parecieron “muy pulcras”, quizás demasiado. Comprobaríamos
sus coartadas y volveríamos a comparar los dichos de las primeras entrevistas
con las de hoy.
Una
vez que despedimos a Cloe y Sofía, decidimos con Bobby bajar a comer algo antes
de entrevistar al hermano de Erik.
Edward
Bloom, nos comentó que hacía tiempo no veía a su hermano. Sus padres no
desaprobaban del todo su matrimonio pero le reprochaban que se haya casado en
el extranjero. Nos comentó que tenía un carácter intempestivo, en algunas
ocasiones violento, y que se había distanciado paulatinamente de su familia.
Pero
lo más significativo e importante que nos aportó el hermano de nuestra primera
víctima fueron dos cosas: la primera, su propio nombre completo, Edward Patrick
Bloom Standford; la segunda, el de su hermano, Erik Paul Bloom Standford. Nos
dijo que en los documentos oficiales no figuraba el segundo apellido, el
materno, pero que desde niños se habían acostumbrado a utilizarlo.
“EPBS”
Nos
quedaba mucho trabajo por delante.
Víctor
M. Litke, Madrid 2012
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