Eran
las 9:30 de la mañana cuando vi que Sofía dejaba atrás el último control de la
terminal 8 del JFK, por su cara adiviné que no había podido dormir durante el
vuelo, sin embargo parecía contenta y distendida.
Me
sentía nerviosa y excitada. Cuando estuvimos juntas nos fundimos en un abrazo
interminable.
-“Amiga,
cuantas ganas tenía de verte!”, dije a modo de bienvenida.
-“Señora
Bloom, encantada de verla”, respondió Sofía en tono irónico.
No
nos veíamos desde hacía tres años, cuando me casé con Erik y vinimos a vivir a
Nueva York, si bien manteníamos contacto regular por diversos medios, la
extrañaba tanto que me parecía increíble tenerla junto a mí.
Nos
quedamos abrazadas un buen rato, dejando escapar alguna lágrima y sin decirnos
gran cosa.
Cuando
al fin nos separamos la tomé del brazo y la guié hasta la parada de taxis, al
tiempo que le preguntaba si había tenido un buen vuelo.
Durante
el viaje en taxi a casa no paramos de hablar de familiares y amigos que me
mandaban saludos y presentes a través Sofía.
Habíamos
sido compañeras de instituto, entonces nos hicimos amigas inseparables, ella
eligió la carrera de modelo y yo decidí estudiar historia y lenguas modernas
para trabajar como interprete y guía de turismo en Cuzco, donde conocí a Erik.
El
taxi recorría con dificultad los últimos metros por la avenida Columbus antes
de girar en la 89 oeste.
-“Gracias
por venir tan pronto, no sabía si podrías, pero no tenía a quién recurrir. No
puedo seguir viviendo así, y aquí no conozco a nadie que pueda ayudarme”, dije
tomándole de la mano
-“No
te preocupes, todo se va a arreglar, yo me ocuparé de todo”, respondió apretando
mi mano suavemente.
Una
vez en el apartamento, mientras acomodaba sus cosas en el cuarto de invitados,
preparé café y tostadas para las dos. Le pregunté si quería echarse un rato a
descansar del viaje, pero dijo estar bien y despejada. Sacó del bolso unos
cuantos frasquitos con diversas pastillas y cápsulas, tomó una con un gran
sorbo de café y se apresuró a guardar nuevamente los frascos en su sitio.
-“Ahora
tendré energía de sobra hasta la noche”, dijo riéndose.
Las
siguientes dos horas las pasamos hablando sin parar.
A
pesar de que a través de nuestros contactos por mail o teléfono, Sofía estaba
el tanto de todo lo que padecí en estos años, el hablarlo cara a cara la afectó
de manera ostensible.
Le
relaté nuevamente algunos de los hechos más importantes, que habían marcado mis
años de matrimonio y que se traducían en ciertos síntomas que estaban afectando
mi salud física y mental.
Al
poco tiempo de instalarnos en Nueva York, Erik fue cambiando de actitud hacia mí,
casi sin darme cuenta comenzó a tratarme como una posesión sobre la cual
ejercía un total y completo dominio.
Así
aparecieron los gritos e insultos, el menosprecio, el forzarme a relaciones
sexuales no deseadas, el engaño, los golpes…
Al
principio atribuí esta actitud al estrés por su nuevo puesto, el hecho de
comenzar una vida profesional y familiar desde cero, en una ciudad desconocida,
lejos de familiares y amigos. Incluso traté de disculparlo internamente
echándole la culpa al alcohol y las drogas que comenzó a consumir. Hasta que me
fui dando cuenta de que me estaba mintiendo a mi misma, todo eso es un mito. La
violencia machista no es consecuencia de un arrebato, un estallido de furia ni
está influenciada por ninguna bebida o sustancia. Tampoco es fruto de ninguna
enfermedad.
Erik
posee todas las características del perfil de un agresor. Es celoso y
controlador, no deja que salga y forme nuevas amistades, limita los contactos
con mi familia, elige mi vestimenta y vigila cualquier posible contacto que
tenga con otros hombres, habla pestes de las mujeres y sobre todo de las
extranjeras, no quiere que trabaje o que tenga alguna distracción. Me culpa de
sus “ataques de furia”.
-“Cambia
completamente cuando estamos con gente, se muestra simpático, caballeroso y
atento, lo verás hoy mismo en cuanto regrese a casa”, continuaba desahogándome
con Sofía.
Hacía
rato que estaba llorando mientras Sofía maldecía y sostenía mi mano entre las
suyas.
Hace
un tiempo que estoy deprimida, he comenzado a sufrir trastornos alimenticios y
de sueño. En los últimos tres meses he adelgazado varios kilos, lo que pone más
furioso a Erik, que dice que si pierdo mi figura ya no habrá nada que sea rescatable
de mí para él.
-“Esto
tiene que acabar y acabará pronto. Te lo prometo. Actuaremos como si nada de
esto hubiese ocurrido jamás, y por supuesto seré amable y simpática con Erik,
no dejaremos que sospeche nada”, dijo Sofía poniendo fin al relato de mis
calamidades.
-“Ahora
tendremos unos días para disfrutar juntas y ayudarte a olvidar este calvario”,
continuó.
Fue
hasta el cuarto de invitados y luego de rebuscar en una de sus maletas me
entregó un paquete envuelto en papel de regalo.
-“Toma,
empezaremos con esto. Te hará bien y te ayudará a relajarte. Y no te preocupes,
deja todo en mis manos, yo me encargaré de todo a partir de ahora”, dijo
entregándome el paquete.
-“¿Estas
segura de esto?, no quisiera que arruinases tu vida por mi culpa”, dije secando
mis últimas lágrimas.
Dejé
mi pañuelo a un lado y abrí el regalo de Sofía, sales de baño andinas de Maras.
-“Segura,
te lo prometo”, me respondió.
Víctor
M. Litke, Madrid 2012
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