Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

lunes, 9 de abril de 2012

New York V


Eran las 9:30 de la mañana cuando vi que Sofía dejaba atrás el último control de la terminal 8 del JFK, por su cara adiviné que no había podido dormir durante el vuelo, sin embargo parecía contenta y distendida.
Me sentía nerviosa y excitada. Cuando estuvimos juntas nos fundimos en un abrazo interminable.
-“Amiga, cuantas ganas tenía de verte!”, dije a modo de bienvenida.
-“Señora Bloom, encantada de verla”, respondió Sofía en tono irónico.
No nos veíamos desde hacía tres años, cuando me casé con Erik y vinimos a vivir a Nueva York, si bien manteníamos contacto regular por diversos medios, la extrañaba tanto que me parecía increíble tenerla junto a mí.
Nos quedamos abrazadas un buen rato, dejando escapar alguna lágrima y sin decirnos gran cosa.
Cuando al fin nos separamos la tomé del brazo y la guié hasta la parada de taxis, al tiempo que le preguntaba si había tenido un buen vuelo.
Durante el viaje en taxi a casa no paramos de hablar de familiares y amigos que me mandaban saludos y presentes a través Sofía.
Habíamos sido compañeras de instituto, entonces nos hicimos amigas inseparables, ella eligió la carrera de modelo y yo decidí estudiar historia y lenguas modernas para trabajar como interprete y guía de turismo en Cuzco, donde conocí a Erik.
El taxi recorría con dificultad los últimos metros por la avenida Columbus antes de girar en la 89 oeste.
-“Gracias por venir tan pronto, no sabía si podrías, pero no tenía a quién recurrir. No puedo seguir viviendo así, y aquí no conozco a nadie que pueda ayudarme”, dije tomándole de la mano
-“No te preocupes, todo se va a arreglar, yo me ocuparé de todo”, respondió apretando mi mano suavemente.

Una vez en el apartamento, mientras acomodaba sus cosas en el cuarto de invitados, preparé café y tostadas para las dos. Le pregunté si quería echarse un rato a descansar del viaje, pero dijo estar bien y despejada. Sacó del bolso unos cuantos frasquitos con diversas pastillas y cápsulas, tomó una con un gran sorbo de café y se apresuró a guardar nuevamente los frascos en su sitio.
-“Ahora tendré energía de sobra hasta la noche”, dijo riéndose.
Las siguientes dos horas las pasamos hablando sin parar.
A pesar de que a través de nuestros contactos por mail o teléfono, Sofía estaba el tanto de todo lo que padecí en estos años, el hablarlo cara a cara la afectó de manera ostensible.
Le relaté nuevamente algunos de los hechos más importantes, que habían marcado mis años de matrimonio y que se traducían en ciertos síntomas que estaban afectando mi salud física y mental.
Al poco tiempo de instalarnos en Nueva York, Erik fue cambiando de actitud hacia mí, casi sin darme cuenta comenzó a tratarme como una posesión sobre la cual ejercía un total y completo dominio.
Así aparecieron los gritos e insultos, el menosprecio, el forzarme a relaciones sexuales no deseadas, el engaño, los golpes…
Al principio atribuí esta actitud al estrés por su nuevo puesto, el hecho de comenzar una vida profesional y familiar desde cero, en una ciudad desconocida, lejos de familiares y amigos. Incluso traté de disculparlo internamente echándole la culpa al alcohol y las drogas que comenzó a consumir. Hasta que me fui dando cuenta de que me estaba mintiendo a mi misma, todo eso es un mito. La violencia machista no es consecuencia de un arrebato, un estallido de furia ni está influenciada por ninguna bebida o sustancia. Tampoco es fruto de ninguna enfermedad.
Erik posee todas las características del perfil de un agresor. Es celoso y controlador, no deja que salga y forme nuevas amistades, limita los contactos con mi familia, elige mi vestimenta y vigila cualquier posible contacto que tenga con otros hombres, habla pestes de las mujeres y sobre todo de las extranjeras, no quiere que trabaje o que tenga alguna distracción. Me culpa de sus “ataques de furia”.

-“Cambia completamente cuando estamos con gente, se muestra simpático, caballeroso y atento, lo verás hoy mismo en cuanto regrese a casa”, continuaba desahogándome con Sofía.
Hacía rato que estaba llorando mientras Sofía maldecía y sostenía mi mano entre las suyas.
Hace un tiempo que estoy deprimida, he comenzado a sufrir trastornos alimenticios y de sueño. En los últimos tres meses he adelgazado varios kilos, lo que pone más furioso a Erik, que dice que si pierdo mi figura ya no habrá nada que sea rescatable de mí para él.

-“Esto tiene que acabar y acabará pronto. Te lo prometo. Actuaremos como si nada de esto hubiese ocurrido jamás, y por supuesto seré amable y simpática con Erik, no dejaremos que sospeche nada”, dijo Sofía poniendo fin al relato de mis calamidades.
-“Ahora tendremos unos días para disfrutar juntas y ayudarte a olvidar este calvario”, continuó.
                                                                                                             
Fue hasta el cuarto de invitados y luego de rebuscar en una de sus maletas me entregó un paquete envuelto en papel de regalo.

-“Toma, empezaremos con esto. Te hará bien y te ayudará a relajarte. Y no te preocupes, deja todo en mis manos, yo me encargaré de todo a partir de ahora”, dijo entregándome el paquete.

-“¿Estas segura de esto?, no quisiera que arruinases tu vida por mi culpa”, dije secando mis últimas lágrimas.

Dejé mi pañuelo a un lado y abrí el regalo de Sofía, sales de baño andinas de Maras.

-“Segura, te lo prometo”, me respondió.





Víctor M. Litke, Madrid 2012

No hay comentarios:

Publicar un comentario