Recién
unos diez minutos después de que el Boing 767 alcanzara su altura de crucero
comencé a relajarme. Sin desabrocharme el cinturón de seguridad (nunca lo
hago), reacomodé mi cuerpo en el asiento y abandoné la lectura de la novela de
James Patterson que había comprado en el aeropuerto mientras esperaba para
embarcar. Debía “racionar” la lectura del libro, ya que de lo contrario no me
alcanzaría para mantener mi mente ocupada durante un vuelo de casi 8 horas. Mi
promedio de lectura es de 75 a 100 páginas por hora (incluyendo pequeñas pausas
y relectura de algunos párrafos), por lo que una novela policial bien escrita,
de unas 500 páginas, puede llevarme unas seis horas de lectura continuada.
En
esa pequeña pausa reparé en la pasajera que ocupaba el asiento del pasillo
junto al mío, en la fila 22 (sobre el ala y del lado izquierdo, como de
costumbre).
Instintivamente
ella me miró y nos sonreímos mutuamente a modo de saludo, la azafata llegó a
nuestra posición ofreciéndonos la cena y bajamos las mesitas para acomodar las
bandejas.
Ella
fue la primera en hablar, se refirió a la disminución en la calidad del
catering en los vuelos, los precios de los billetes, la crisis, etc.
En
realidad yo le prestaba más atención a la comida que a lo que ella me estaba
diciendo, pero para no parecer descortés, intervenía con algún comentario o
reafirmación de sus palabras, nada que generara polémica y alargara la charla
más de lo necesario. Era bastante bonita y simpática, pero yo ya estaba
enganchado a mi novela y quería continuar con su lectura. Seguramente ella se
dormiría después de la cena, algo que para mi siempre resultó imposible, dormir
a 10.000 metros de altura.
Mis
previsiones fueron desacertadas, ella no se durmió y la charla se extendió
durante todo el vuelo, por lo que abandone mis planes originales y me entregué
totalmente a mi ocasional compañía.
Me
contó que iba a Nueva York por primera vez y a visitar a una amiga de la
infancia que vivía en Manhattan y con la que mantenía contacto casi a diario y
a la que no veía desde hacia 3 años.
Era
modelo en Lima y aprovecharía su estancia en Nueva York para intentar asistir a
algún casting o contactar con alguna agencia.
Yo
le conté que me gustaban (era adicto)
las novelas, series de televisión y películas policiales. Que era médico
y venía de asistir a un congreso internacional de Cirugía Cardiovascular, el Octavo
Congreso Mundial de Cirugía Cardiovascular Extracorpórea, y me dirigía a Nueva
York simplemente de paseo, sin ningún plan preestablecido.
-
Eso es increíble, cirujano cardíaco, una profesión y una vocación envidiables.
Sus
ojos parecían iluminarse de sinceridad y admiración al decir esto.
-
Bueno, creo que es una profesión como cualquier otra, es probable que para ser
bombero debas tener también la vocación adecuada, y es un trabajo tan loable
como el mío. Dije quitándole importancia al tema.
-
Si pero no es como cualquier profesión, yo soy modelo y de mis conocimientos y
habilidades no depende la vida de ninguna persona. Insistió.
-
Estoy seguro de que la carrera de más de un diseñador de ropa estará asociada
con el “buen hacer y estar” de sus modelos.
Nos
reímos y seguimos hablando durante horas, mientras la mayoría del resto del
pasaje dormía gracias a un vuelo plácido, sin sacudones ni movimientos bruscos.
Ella
volvía cada tanto al tema de mi trabajo y yo trataba de desviar el tema.
-
Es que eres como Dios salvando esas vidas, es algo muy fuerte. Dijo en un
momento
-
Sería Dios si además de prolongar la vida de las personas pudiera decidir también
terminarla. Respondí.
Finalmente
nuestro viaje estaba a punto de terminar, le dí los datos de mi hotel, en donde
podría contactarme si es que le gustaría que nos viésemos otra vez en estos
días. No indagué sobre dónde se alojaría o cómo podría encontrarla para no
parecer que intentaba tener una aventura, lo que ella pareció agradecer y
estimar.
Una
vez que aterrizamos y luego de pasar el enésimo control de inmigraciones, nos
despedimos con un beso en la mejilla y la promesa de reencontrarnos. Eran las
9.30 de una fresca mañana de primavera.
La
opciones para ir del JFK a Manhattan son varias, pero preferí gastarme 50 o 60
dólares y tomar uno de los taxis amarillos, tan característicos de NYC.
Para
mi asombro, el chofer no era ni pakistaní ni latino, le pedí que fuera por la
678 hasta Queen Boulevard, cruzara por
el Queensboro Bridge y una vez en la 60 Este girara a la izquierda por
Lexington hasta el numero 525, el Marriott East Side Hotel.
En
el trayecto iba recordando pasajes de mi conversación con Sofía, mi acompañante
en el vuelo. Reflexionaba sobre mi vida, lo distinta que era mi visión sobre la
profesión que ejercía desde hacía casi diez años y el tedio que me invadía
últimamente.
Hacía
mucho tiempo que no me emocionaba “salvar” a un paciente, ni me afectaba un
ápice no poder hacerlo, después de todo, yo no decido nada. No tengo el poder
absoluto de decidir quién vivirá y quién no. Es verdad que en ocasiones hacía
hasta lo imposible para no “perder” a un paciente, generalmente como fruto de
una apuesta con un colega o conmigo mismo.
Casualmente
o no, la mayoría de las veces en que me empeñaba en salvar a alguien, lo
conseguía.
Mi
trabajo se ha convertido en una rutina, me ha dado fama en mi profesión y
dinero suficiente para satisfacer cualquier capricho. No obstante, otros
aspectos de mi vida han quedado definitivamente relegados. Una relación de
pareja estable, una familia, hijos, diversiones…. Lo típico.
¿Pero,
y si de verdad tengo algún poder de decisión sobre la vida de los demás…?
Entré
en el lobby del hotel con sus arañas redondas y sus suelos en tonos crema y
salmón que contrastaban con lo obscuro del revestimiento de madera de las
paredes y del mostrador de recepción. Me registré y ya en mi habitación me
dispuse a ducharme y descansar un par de horas antes de permitir que la ciudad
me devorase.
“Eres
como Dios”, las palabras de Sofía rebotaban en mi mente, y sorprendentemente me
producían un cierto placer, con ese pensamiento placentero cedí a mi cansancio.
Dormí
unas tres horas. Al despertarme seguía dándole vueltas al tema de la vida y la
muerte, del poder que implicaba poder decidir a quién correspondía cada cosa.
Antes
de bajar a comer algo, decidí tomar un vodka del minibar, como para despejarme.
A
pesar de haber recibido una educación católica, no era creyente. Como médico,
había visto demasiadas atrocidades como para aceptar que formaban parte del “plan de Dios”.
No,
no creo en la existencia de un ser superior. La vida y la muerte son parte del
ciclo de la naturaleza, no hay nada divino en ello. Todo es física y química,
todo es explicable de alguna forma.
Mis
conocimientos, mis habilidades, mi trabajo, me hacen una persona valiosa para
los demás, mis acciones son más concretas y visibles que las de un supuesto
Dios que guía nuestros pasos.
Cuando
yo decido a quién operar, que técnica emplear, con que equipo (ayudantes,
anestesistas, perfusionistas, enfermeras) manejo un poder abrumador.
Cuando realizo una revascularización
transmiocárdica con láser, un bypass coronario, una endarterectomía carotídea,
un transplante. Cuando reemplazo una válvula por estenosis o regurgitación, o
reparo un aneurisma tengo el poder en mis manos.
El poder de prolongar la vida.
Desde
el punto de vista de algunos pacientes, yo soy Dios.
Desde
el punto de vista de Sofía, incluso sin conocerme, yo soy como Dios.
¿Y
si además de prolongar la vida de las personas, decido arrebatársela?
¿Podría
hacerlo? ¿Podría ser Dios y decidir la muerte de una persona?
Mientras
esperaba mi comida en un sillón del 525LEX Restaurant & Lounge decidí que
lo intentaría.
Víctor M. Litke, Madrid 2012
Víctor M. Litke, Madrid 2012
FELICITACIONES!!! NEW YORK II TIENE QUE CONTINUAR. SALUDOS GRACIELA
ResponderEliminarMuchas gracias. Continuará.
Eliminarmuy buenos los tres n york!! espero el cuatro! felicitaciones
ResponderEliminargraacri.