Al
final de otro día de duro trabajo lo único que me animaba era que en poco menos
de una hora llegaría a casa y me daría un buen baño relajante, cumpliendo con
mi ritual favorito:
Poner
un disco de Norah Jones, servirme una copa de Merlot, llenar la bañera con tres
cuartas partes de agua muy caliente, disolver un paquete de sal andina de
Maras, agregar agua fría hasta una temperatura de 39 grados y sumergirme en
ella durante unos 20 minutos, a la luz de unas velas aromáticas. Luego una ducha
y treinta minutos de descanso antes de preparar algo liviano para cenar y tal
vez mirar algo en la tele.
Eran
más de las 8 de la noche, estaba cerrando con llave la cajonera de mi
escritorio cuando sonó el timbre del teléfono. Escuché sin contestar, colgué el
auricular y volví a abrir la cajonera, tomé la placa, la glock y tres
cargadores completos.
Con
el impermeable en el brazo, busqué con la mirada a Molina y con un movimiento
de mi cabeza le señalé el ascensor.
Justo
cuando se abrían las puertas, Bobby se unió a mi y entramos para bajar a la calle
y buscar el coche.
-
“No lo puedo creer, ¿a esta hora?”, dijo como reprochándomelo.
-
“Ya lo ves, eso nos pasa por ser tan… buenos profesionales”, contesté tratando
de ser simpática.
Subimos
en silencio al Crown Victoria negro del 2010 que teníamos asignado y nos
pusimos en marcha. Bobby era un gran conductor, un gran compañero, un gran
inspector de homicidios y un gran esposo y padre, por lo que estaba más que
molesto por tener que atender este nuevo caso fuera de horario. A mi no me
hacía ninguna gracia, pese a no tener una familia que me esperase. Volví a
pensar en el baño de sales.
Caía
una persistente llovizna, lo cual no era un buen augurio, seguramente
dificultará a los de la científica encontrar pruebas en el escenario del
crimen.
Cuando
llegamos a la 8va con la 132 la zona había sido
convenientemente acordonada por los chicos de la 32, había unos agentes
conteniendo a los pocos curiosos que se agolpaban junto a la cinta amarilla.
Nos bajamos del coche y sacamos del maletero guantes y protectores
para cubrirnos los pies, una vez colocados atravesamos el cerco.
Uno de los agentes sostuvo en alto la cinta para que Molina y yo pudiésemos
pasar sin agacharnos demasiado.
El forense estaba junto al cuerpo, examinándolo, mientras el
fotógrafo disparaba flashes por todos los rincones.
- “Doctor Polak, buenas noches, ¿qué tenemos?”, dije cuando estuve
junto a el.
- “Hola inspectora, bonita noche para hacer horas extras”,
respondió y comenzó con su informe preliminar.
Varón caucásico, de entre 30 y 35 años, sin identificación. No se
distinguen signos de lucha, pero a priori, guiándome por la cianosis facial, la
equimosis conjuntival, algunas marcas que distingo en el cuello y, además, porque
se ha orinado y mordido la lengua, me atrevería a decir que estamos frente a un
homicidio por asfixia mecánica cervical por estrangulamiento. Que parece haber
sido por presión con los dos pulgares, es decir el homicida estaba parado
frente al occiso o bien sobre él si éste estaba tendido en el suelo. La muerte
ocurrió hace unas dos o tres horas. Al no haber marcas defensivas puedo suponer
que el sujeto estaba drogado o bien alcoholizado.
Huele bastante a bebida alcohólica, yo diría que whiskey escocés,
de malta y añejo. Por sus ropas parece una persona de clase media alta, y ya
que no tiene reloj ni billetera el motivo pudo haber sido el robo.
Sabré más cuando hagamos la autopsia y los exámenes químicos, que
será recién mañana por la mañana, hoy es mi aniversario de casado y no pienso
hacer enfadar a mi esposa.
-“Gracias doctor, nos veremos mañana”, le dije mientras me daba la
vuelta y buscaba con la mirada a Molina.
Me reuní con él para que me contara lo que, por experiencia, ya
sospechaba: No había testigos, nadie había visto ni escuchado nada, el aviso lo
dio una persona que pasaba por la esquina y vio el cuerpo. Molina tenía sus datos
y mañana se pasaría por comisaría para su declaración. Había pedido que
investiguen denuncias de desapariciones de las últimas 72 horas a ver si alguna
encajaba con nuestro hombre. La científica nos daría al otro día su informe.
Estaban retirando el cuerpo y nosotros decidiendo que no quedaba
mucho por hacer esa noche cuando sonó mi teléfono móvil.
-“Ohara”, dije al contestar.
-“Hola hermanita, ¿cómo va tu noche?, la voz de mi hermano en el
teléfono me sacó de la concentración que observaba hasta el momento.
-“Nada bien, un asesinato de última hora en Harlem, con pocas
pistas, cansada y mojada”, respondí.
-“Eso te pasa por ser inspectora de homicidios, si fueras un
agente común y corriente como yo ahora estarías seca, dentro de un coche
patrulla, parada en la Sexta y Lispenard esperando que pase el turno de noche
sin grandes novedades, ¿necesitas que te eche una mano?”, dijo burlándose
-“No gracias, no sabrías distinguir a un asesino aunque lo
tuvieses a dos metros de distancia y mirándote a los ojos. Te llamaré mañana,
que tengas una noche tranquila”, dije y colgué sin esperar respuesta.
Debido a la hora que llegué a casa decidí dejar el baño de sales
para la noche siguiente, una ducha rápida, un bocadillo y a dormir.
Al otro día recibimos los informe del forense y de la científica.
Los resultados de la autopsia confirman la muerte por
estrangulación manual, espuma en laringe, tráquea y bronquios. Moretones en el
cuello, sin marcas circulares por debajo de la traquea. Pulmones e hígado
congestivos con lesiones vasculares. Bazo contraído. Corazón con ventrículo
derecho con sangre negra y ventrículo izquierdo vacío. Lesiones vasculares en cerebro,
etc. etc. etc.
Los análisis químicos fueron más reveladores, la tasa de alcohol
en sangre era de 1,8 miligramos por litro, y se encontraron restos de
benzodiazepinas, concretamente Flunitrazepam. Lo cual me indicaba que nuestro
hombre no se debió de haber enterado que lo estaban estrangulando.
Sus huellas no nos dieron su identidad, no tenía antecedentes. Hubo
que recurrir a las fichas dentales para identificar el cadáver. Su nombre era
Erik Bloom, 32 años, nacido en Pasadena y residente en Manhattan. Estaba casado
y trabajaba como asesor financiero en una consultora internacional.
El resto del día lo dedicamos a entrevistar a familiares,
compañeros de trabajo y vecinos. Nada indicaba que tuviese enemigos y no
teníamos sospechosos.
La esposa se mostró muy afectada, había venido a comisaría
acompañada de una amiga que estaba de visita en la ciudad y se alojaba en su
casa. No tenía familia en Estados Unidos, salvo la de su marido, en California.
Intentamos reconstruir sus últimas horas, cuándo había salido de
la oficina, si se había entrevistado con algún cliente o socio, etc. La policía
había mostrado su foto en bares y pubs cercanos a su trabajo y al lugar donde
fue asesinado por si alguien lo había visto el día anterior por la tarde. En
algún lugar debía de haber tomado todo el whiskey que encontraron en su
estómago.
Ningún resultado positivo. Si no lográbamos algo en el resto de la
semana, el caso quedaría cerrado provisionalmente como “homicidio por robo sin
culpable identificado”, algo que siempre nos dejaba un mal sabor de boca y las
broncas de nuestros superiores.
Como la víctima no era un personaje público la prensa no le dio
una cobertura importante al hecho, de lo contrario hubiésemos estado
presionados desde la alcaldía para cerrar el caso con un culpable, el que
fuera.
Esa noche, mientras intentaba relajarme en mi baño con sales
andinas, recordé que la esposa de la víctima era peruana, igual que su amiga.
Me dio pena pensar que muy difícilmente pudiésemos darle respuestas a lo
sucedido. Seguramente si no tenía - como parecía - ningún lazo, trabajo o
compromiso en Nueva York, en poco tiempo volvería a su país.
No podía disfrutar del baño, sabía que la muerte de Erik Bloom no
había sido fruto de un simple robo. Estaba el tema de los restos de
Flunitrazepam en su sangre, según su historial y lo declarado por su esposa no
tomaba ninguna medicación, y mucho menos una prohibida por la FDA.
Además, ¿qué hacía por Harlem si trabajaba en el distrito
financiero y vivía en el Upper West Side?
Un extraño “sexto sentido” me decía que debía seguir investigando.
Mirando el paquete medio vacío de sales para baño procedente de un lugar
cercano a Cuzco, sentí la sensación que todo este caso tenía alguna relación
con ellas.
Dejé que mi cuerpo se deslizara hacia abajo hasta sumergir
completamente mi cabeza en el agua, mi sonrisa generó algunas pequeñas burbujas
que escaparon súbitamente a la superficie.
Que estupidez! Sexto
sentido! Sensaciones!
¿Qué relación pueden tener estas sales de baño peruanas con un
crimen en un obscuro callejón de Nueva York?
Me dí la vuelta en la bañera y retiré el tapón.
Víctor M. Litke, Madrid 2012
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