Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

martes, 13 de marzo de 2012

New York III


Al final de otro día de duro trabajo lo único que me animaba era que en poco menos de una hora llegaría a casa y me daría un buen baño relajante, cumpliendo con mi ritual favorito:
Poner un disco de Norah Jones, servirme una copa de Merlot, llenar la bañera con tres cuartas partes de agua muy caliente, disolver un paquete de sal andina de Maras, agregar agua fría hasta una temperatura de 39 grados y sumergirme en ella durante unos 20 minutos, a la luz de unas velas aromáticas. Luego una ducha y treinta minutos de descanso antes de preparar algo liviano para cenar y tal vez mirar algo en la tele.

Eran más de las 8 de la noche, estaba cerrando con llave la cajonera de mi escritorio cuando sonó el timbre del teléfono. Escuché sin contestar, colgué el auricular y volví a abrir la cajonera, tomé la placa, la glock y tres cargadores completos.
Con el impermeable en el brazo, busqué con la mirada a Molina y con un movimiento de mi cabeza le señalé el ascensor.

Justo cuando se abrían las puertas, Bobby se unió a mi y entramos para bajar a la calle y buscar el coche.

- “No lo puedo creer, ¿a esta hora?”, dijo como reprochándomelo.
- “Ya lo ves, eso nos pasa por ser tan… buenos profesionales”, contesté tratando de ser simpática.

Subimos en silencio al Crown Victoria negro del 2010 que teníamos asignado y nos pusimos en marcha. Bobby era un gran conductor, un gran compañero, un gran inspector de homicidios y un gran esposo y padre, por lo que estaba más que molesto por tener que atender este nuevo caso fuera de horario. A mi no me hacía ninguna gracia, pese a no tener una familia que me esperase. Volví a pensar en el baño de sales.

Caía una persistente llovizna, lo cual no era un buen augurio, seguramente dificultará a los de la científica encontrar pruebas en el escenario del crimen.

Cuando llegamos a la 8va con la 132 la zona había sido convenientemente acordonada por los chicos de la 32, había unos agentes conteniendo a los pocos curiosos que se agolpaban junto a la cinta amarilla.
Nos bajamos del coche y sacamos del maletero guantes y protectores para cubrirnos los pies, una vez colocados atravesamos el cerco.
Uno de los agentes sostuvo en alto la cinta para que Molina y yo pudiésemos pasar sin agacharnos demasiado.

El forense estaba junto al cuerpo, examinándolo, mientras el fotógrafo disparaba flashes por todos los rincones.

- “Doctor Polak, buenas noches, ¿qué tenemos?”, dije cuando estuve junto a el.
- “Hola inspectora, bonita noche para hacer horas extras”, respondió y comenzó con su informe preliminar.

Varón caucásico, de entre 30 y 35 años, sin identificación. No se distinguen signos de lucha, pero a priori, guiándome por la cianosis facial, la equimosis conjuntival, algunas marcas que distingo en el cuello y, además, porque se ha orinado y mordido la lengua, me atrevería a decir que estamos frente a un homicidio por asfixia mecánica cervical por estrangulamiento. Que parece haber sido por presión con los dos pulgares, es decir el homicida estaba parado frente al occiso o bien sobre él si éste estaba tendido en el suelo. La muerte ocurrió hace unas dos o tres horas. Al no haber marcas defensivas puedo suponer que el sujeto estaba drogado o bien alcoholizado.
Huele bastante a bebida alcohólica, yo diría que whiskey escocés, de malta y añejo. Por sus ropas parece una persona de clase media alta, y ya que no tiene reloj ni billetera el motivo pudo haber sido el robo.
Sabré más cuando hagamos la autopsia y los exámenes químicos, que será recién mañana por la mañana, hoy es mi aniversario de casado y no pienso hacer enfadar a mi esposa.

-“Gracias doctor, nos veremos mañana”, le dije mientras me daba la vuelta y buscaba con la mirada a Molina.

Me reuní con él para que me contara lo que, por experiencia, ya sospechaba: No había testigos, nadie había visto ni escuchado nada, el aviso lo dio una persona que pasaba por la esquina y vio el cuerpo. Molina tenía sus datos y mañana se pasaría por comisaría para su declaración. Había pedido que investiguen denuncias de desapariciones de las últimas 72 horas a ver si alguna encajaba con nuestro hombre. La científica nos daría al otro día su informe.

Estaban retirando el cuerpo y nosotros decidiendo que no quedaba mucho por hacer esa noche cuando sonó mi teléfono móvil.
-“Ohara”, dije al contestar.
-“Hola hermanita, ¿cómo va tu noche?, la voz de mi hermano en el teléfono me sacó de la concentración que observaba hasta el momento.
-“Nada bien, un asesinato de última hora en Harlem, con pocas pistas, cansada y mojada”, respondí.
-“Eso te pasa por ser inspectora de homicidios, si fueras un agente común y corriente como yo ahora estarías seca, dentro de un coche patrulla, parada en la Sexta y Lispenard esperando que pase el turno de noche sin grandes novedades, ¿necesitas que te eche una mano?”, dijo burlándose
-“No gracias, no sabrías distinguir a un asesino aunque lo tuvieses a dos metros de distancia y mirándote a los ojos. Te llamaré mañana, que tengas una noche tranquila”, dije y colgué sin esperar respuesta.

Debido a la hora que llegué a casa decidí dejar el baño de sales para la noche siguiente, una ducha rápida, un bocadillo y a dormir.

Al otro día recibimos los informe del forense y de la científica.
Los resultados de la autopsia confirman la muerte por estrangulación manual, espuma en laringe, tráquea y bronquios. Moretones en el cuello, sin marcas circulares por debajo de la traquea. Pulmones e hígado congestivos con lesiones vasculares. Bazo contraído. Corazón con ventrículo derecho con sangre negra y ventrículo izquierdo vacío. Lesiones vasculares en cerebro, etc. etc. etc.
Los análisis químicos fueron más reveladores, la tasa de alcohol en sangre era de 1,8 miligramos por litro, y se encontraron restos de benzodiazepinas, concretamente Flunitrazepam. Lo cual me indicaba que nuestro hombre no se debió de haber enterado que lo estaban estrangulando.

Sus huellas no nos dieron su identidad, no tenía antecedentes. Hubo que recurrir a las fichas dentales para identificar el cadáver. Su nombre era Erik Bloom, 32 años, nacido en Pasadena y residente en Manhattan. Estaba casado y trabajaba como asesor financiero en una consultora internacional.

El resto del día lo dedicamos a entrevistar a familiares, compañeros de trabajo y vecinos. Nada indicaba que tuviese enemigos y no teníamos sospechosos.
La esposa se mostró muy afectada, había venido a comisaría acompañada de una amiga que estaba de visita en la ciudad y se alojaba en su casa. No tenía familia en Estados Unidos, salvo la de su marido, en California.

Intentamos reconstruir sus últimas horas, cuándo había salido de la oficina, si se había entrevistado con algún cliente o socio, etc. La policía había mostrado su foto en bares y pubs cercanos a su trabajo y al lugar donde fue asesinado por si alguien lo había visto el día anterior por la tarde. En algún lugar debía de haber tomado todo el whiskey que encontraron en su estómago.

Ningún resultado positivo. Si no lográbamos algo en el resto de la semana, el caso quedaría cerrado provisionalmente como “homicidio por robo sin culpable identificado”, algo que siempre nos dejaba un mal sabor de boca y las broncas de nuestros superiores.
Como la víctima no era un personaje público la prensa no le dio una cobertura importante al hecho, de lo contrario hubiésemos estado presionados desde la alcaldía para cerrar el caso con un culpable, el que fuera.

Esa noche, mientras intentaba relajarme en mi baño con sales andinas, recordé que la esposa de la víctima era peruana, igual que su amiga. Me dio pena pensar que muy difícilmente pudiésemos darle respuestas a lo sucedido. Seguramente si no tenía - como parecía - ningún lazo, trabajo o compromiso en Nueva York, en poco tiempo volvería a su país.

No podía disfrutar del baño, sabía que la muerte de Erik Bloom no había sido fruto de un simple robo. Estaba el tema de los restos de Flunitrazepam en su sangre, según su historial y lo declarado por su esposa no tomaba ninguna medicación, y mucho menos una prohibida por  la FDA.

Además, ¿qué hacía por Harlem si trabajaba en el distrito financiero y vivía en el Upper West Side?

Un extraño “sexto sentido” me decía que debía seguir investigando. Mirando el paquete medio vacío de sales para baño procedente de un lugar cercano a Cuzco, sentí la sensación que todo este caso tenía alguna relación con ellas.

Dejé que mi cuerpo se deslizara hacia abajo hasta sumergir completamente mi cabeza en el agua, mi sonrisa generó algunas pequeñas burbujas que escaparon súbitamente a la superficie.

Que estupidez!  Sexto sentido!  Sensaciones!

¿Qué relación pueden tener estas sales de baño peruanas con un crimen en un obscuro callejón de Nueva York?

Me dí la vuelta en la bañera y retiré el tapón.


Víctor M. Litke, Madrid 2012







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