Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 23 de febrero de 2012

La visita


El timbre del portero eléctrico me sobresaltó, es increíble que por más que estemos esperando ansiosos a que suene, cuando lo hace, nos toma siempre por sorpresa.
Era una visita que he esperado mucho tiempo, al fin había llegado el día.
Sin esperar alguna respuesta a mi pregunta de “¿quién es?”, pulsé el botón de apertura de la puerta y colgué el auricular sin comprobar si ésta se había abierto.
Rápidamente volví a repasar con la vista el estado de la casa, la cocina ordenada, sin platos para lavar o guardar. El recibidor impecable, los cuadros en su posición (sin inclinaciones perceptibles), la moqueta del salón aspirada y sin manchas. Los sillones en su sitio y en la mesita la bandeja con el té preparado y una tarta de ricotta que había comprado, recién hecha, esa misma mañana. Había dispuesto dos platos de postres de porcelana de Limoge, con los tenedores del juego de plata y las servilletas blancas bordadas que compré alguna vez en Burano y que nunca llegué a utilizar, hasta este día.
Era una ocasión muy especial.
No quería que nada interfiriera en esta visita, por lo que le pedí a Nina, la del quinto “b” que cuidara a Morticia, mi gata negra.
Cuando volvía de la confitería con la tarta, me detuve en el puesto de flores y compré dos ramos de fresias, uno lo puse en un florero de vidrio, sobre el aparador del recibidor y el otro en un florero de porcelana blanca sobre la mesita del salón, junto al servicio de té.
Sin saber el motivo, pensé que la vestimenta más apropiada para este encuentro sería un traje azul obscuro, camisa celeste y corbata de seda con motivos rojos y pequeños toques de verdes sobre un fondo azul marino.
Los zapatos negros acordonados, estaban tan brillantes que parecían de charol.
Abrí la puerta y la dejé entreabierta para que mi visita entrara sin tener que esperar un segundo en el pasillo.
Mientras tanto, miré mi imagen reflejada en el espejo del recibidor y con los dedos de mi mano derecha dí un último alisado a mis blancos cabellos que se resistían a la disposición impuesta por el peine.

Entró y cerró detrás de sí la puerta. No hubo saludo.

Pensé en enseñarle la casa, pero no me dio oportunidad.

Pasamos directamente a sentarnos en los sillones del salón, uno frente a otro y dejamos que nuestras miradas obraran de introducción a nuestra charla.

-          “Debo reconocer que estaba un poco nervioso con tu llegada, no temeroso ni angustiado, pero sí algo ansioso”, dije sin desviar la vista de sus ojos.

-          “Me he ocupado de la familia, la gata y de los otros asuntos, para que no haya ningún obstáculo. Estoy sólo en casa”, continué.

-          “Comprende que mi vida no es muy ajetreada ni complicada a estas alturas, sí lo fue en otro tiempo, como bien sabes, pero últimamente son pocos temas los que ocupan mis días”, seguía hablando sin esperar ningún comentario de su parte, aunque sabía muy bien que me prestaba toda su atención.

-          “Llegado este momento, supongo que todos nos preguntamos si podíamos haber hecho las cosas de otra forma, si modificar alguna decisión que nos vimos obligados a tomar en algún momento hubiera significado un cambio radical en nuestra vida. A veces pienso que mis grandes decisiones nunca fueron acertadas. Siento que me equivoque tantas veces que aunque se me concediera la posibilidad de modificar alguna de mis resoluciones, no bastaría para cambiar sus consecuencias.”

Decidí no ahondar en temas conflictivos, pero su indulgente mirada parecía querer convencerme que estaba siendo demasiado duro conmigo mismo, que en realidad no debía arrepentirme de nada de lo hecho.
Comprendí es ese instante que no hay mucho de verdad en aquello de que “cada uno es artífice de su propio destino”. Simplemente la vida discurre moldeada por grandes y pequeños acontecimientos y la mayoría de las veces lo único que podemos hacer es decidir que impacto tendrán en nuestro espíritu.

Las horas transcurrían y mi monólogo no tenía fin.
Dejé mi ubicación un par de veces, para encender la chimenea la primera y para avivar el perezoso fuego la siguiente.

La penumbra iba ganando espacio en el piso, acentuando el clima agradable y distendido de la tarde, el resplandor del fuego brillaba en sus pupilas agrandadas.

-          “ Sabes que siempre puse empeño en todo lo que emprendí, traté de ser honesto y leal. Me comprometí con causas nobles y luche por lo que consideré justo. No sé si ha valido la pena”, dije a mi favor mientras intentaba adivinar si era de la misma opinión que yo, y entendí la compasión en su mirada.

Comprendí que ya era la hora.

Respondiendo a un gesto suyo nos pusimos de pie y nos dirigimos a la puerta.

Al salir, la luz casi enceguecedora que provenía del pasillo me permitió reparar en la mesita del salón, allí estaban la tarta sin cortar y el té sin servir. Justo al lado de las flores ya marchitas.


Víctor M. Litke, Madrid 2012


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