El
timbre del portero eléctrico me sobresaltó, es increíble que por más que
estemos esperando ansiosos a que suene, cuando lo hace, nos toma siempre por
sorpresa.
Era
una visita que he esperado mucho tiempo, al fin había llegado el día.
Sin
esperar alguna respuesta a mi pregunta de “¿quién es?”, pulsé el botón de
apertura de la puerta y colgué el auricular sin comprobar si ésta se había
abierto.
Rápidamente
volví a repasar con la vista el estado de la casa, la cocina ordenada, sin
platos para lavar o guardar. El recibidor impecable, los cuadros en su posición
(sin inclinaciones perceptibles), la moqueta del salón aspirada y sin manchas.
Los sillones en su sitio y en la mesita la bandeja con el té preparado y una
tarta de ricotta que había comprado, recién hecha, esa misma mañana. Había
dispuesto dos platos de postres de porcelana de Limoge, con los tenedores del
juego de plata y las servilletas blancas bordadas que compré alguna vez en
Burano y que nunca llegué a utilizar, hasta este día.
Era
una ocasión muy especial.
No
quería que nada interfiriera en esta visita, por lo que le pedí a Nina, la del
quinto “b” que cuidara a Morticia, mi gata negra.
Cuando
volvía de la confitería con la tarta, me detuve en el puesto de flores y compré
dos ramos de fresias, uno lo puse en un florero de vidrio, sobre el aparador
del recibidor y el otro en un florero de porcelana blanca sobre la mesita del
salón, junto al servicio de té.
Sin
saber el motivo, pensé que la vestimenta más apropiada para este encuentro sería
un traje azul obscuro, camisa celeste y corbata de seda con motivos rojos y pequeños
toques de verdes sobre un fondo azul marino.
Los
zapatos negros acordonados, estaban tan brillantes que parecían de charol.
Abrí
la puerta y la dejé entreabierta para que mi visita entrara sin tener que
esperar un segundo en el pasillo.
Mientras
tanto, miré mi imagen reflejada en el espejo del recibidor y con los dedos de mi
mano derecha dí un último alisado a mis blancos cabellos que se resistían a la
disposición impuesta por el peine.
Entró
y cerró detrás de sí la puerta. No hubo saludo.
Pensé
en enseñarle la casa, pero no me dio oportunidad.
Pasamos
directamente a sentarnos en los sillones del salón, uno frente a otro y dejamos
que nuestras miradas obraran de introducción a nuestra charla.
-
“Debo reconocer
que estaba un poco nervioso con tu llegada, no temeroso ni angustiado, pero sí
algo ansioso”, dije sin desviar la vista de sus ojos.
-
“Me he ocupado
de la familia, la gata y de los otros asuntos, para que no haya ningún
obstáculo. Estoy sólo en casa”, continué.
-
“Comprende que
mi vida no es muy ajetreada ni complicada a estas alturas, sí lo fue en otro
tiempo, como bien sabes, pero últimamente son pocos temas los que ocupan mis
días”, seguía hablando sin esperar ningún comentario de su parte, aunque sabía
muy bien que me prestaba toda su atención.
-
“Llegado este
momento, supongo que todos nos preguntamos si podíamos haber hecho las cosas de
otra forma, si modificar alguna decisión que nos vimos obligados a tomar en
algún momento hubiera significado un cambio radical en nuestra vida. A veces
pienso que mis grandes decisiones nunca fueron acertadas. Siento que me
equivoque tantas veces que aunque se me concediera la posibilidad de modificar
alguna de mis resoluciones, no bastaría para cambiar sus consecuencias.”
Decidí no ahondar en temas conflictivos, pero su indulgente
mirada parecía querer convencerme que estaba siendo demasiado duro conmigo
mismo, que en realidad no debía arrepentirme de nada de lo hecho.
Comprendí
es ese instante que no hay mucho de verdad en aquello de que “cada uno es
artífice de su propio destino”. Simplemente la vida discurre moldeada por
grandes y pequeños acontecimientos y la mayoría de las veces lo único que
podemos hacer es decidir que impacto tendrán en nuestro espíritu.
Las
horas transcurrían y mi monólogo no tenía fin.
Dejé
mi ubicación un par de veces, para encender la chimenea la primera y para
avivar el perezoso fuego la siguiente.
La
penumbra iba ganando espacio en el piso, acentuando el clima agradable y
distendido de la tarde, el resplandor del fuego brillaba en sus pupilas
agrandadas.
-
“ Sabes que
siempre puse empeño en todo lo que emprendí, traté de ser honesto y leal. Me
comprometí con causas nobles y luche por lo que consideré justo. No sé si ha
valido la pena”, dije a mi favor mientras intentaba adivinar si era de la misma
opinión que yo, y entendí la compasión en su mirada.
Comprendí
que ya era la hora.
Respondiendo
a un gesto suyo nos pusimos de pie y nos dirigimos a la puerta.
Al
salir, la luz casi enceguecedora que provenía del pasillo me permitió reparar
en la mesita del salón, allí estaban la tarta sin cortar y el té sin servir.
Justo al lado de las flores ya marchitas.
Víctor M. Litke, Madrid 2012
Víctor M. Litke, Madrid 2012
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