Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 29 de marzo de 2012

New York IV


Un poco después de medianoche, luego de un vodka doble, una hamburguesa y dos Millers, tomé un taxi y volví al hotel.
Había parado de llover y el cielo estaba despejado.
Cuando me dirigía al ascensor la recepcionista me llamó para informarme que tenía un mensaje.
Me entregó el recado y subí a mi cuarto.
Entré, encendí las luces y me quité el abrigo que dejé caer sobre un sillón. Necesitaba urgente vaciar mi vejiga, así que me ocupé del tema antes que nada. Una vez aliviado me quité la ropa y la arrojé sobre la cama, encendí la tele y busqué un canal de noticias.
Saqué del minibar una botellita de Smirnoff y vacié su contenido en un vaso al que agregué un cubo de hielo, prendí un cigarrillo y abrí el sobre con el mensaje que me habían entregado.
Sofía me había llamado a las 23:15, me pedía que contactará con ella de forma urgente, sin importar la hora, al teléfono de la casa de su amiga.
Esperé a terminar el cigarrillo y marqué el número indicado, sólo dos timbres después me respondía la voz preocupada de Sofía al otro lado de la línea.
La escuché con atención y casi sin hacerle preguntas, intenté tranquilizarla y finalmente quedamos para desayunar juntos a las 9 de la mañana en Pershing Square.
Apagué el televisor y fui a ducharme.
Mis planes de abandonar la ciudad al otro día tal vez se verían modificados.
Me sentía cansado, y con una rara mezcla de sensaciones. Lo mejor que podía hacer era dormir y postergar cualquier decisión para el otro día.
Esa noche dormí como hacía tiempo no lo hacía. Me desperté a las 7 y me preparé para mi cita.
La mañana era fresca y el cielo estaba despejado, tomé un taxi y bajamos por Lexington hasta la 42, me bajé en esa esquina, era temprano y pensé en entrar en Grand Central Station y ver si encontraba alguna novedad en Posman Books.
Después de comprar un libro de Lisa Marklund, me encaminé hacia el Central Café para mi desayuno con Sofía, al otro lado de la calle debajo del puente de Pershing.
Busqué la mesa libre más cercana a la entrada y antes de que pudiese acomodarme, entró Sofía.
Era la tercera vez que nos veíamos en los últimos seis días, en nuestro encuentro anterior nos despedimos con la idea de que quizás no nos volveríamos a ver. 
A pesar de no llevar maquillaje y de vestir de manera informal esa mañana, era una mujer muy atractiva, por lo que no me extrañó que varios parroquianos giraran sus cabezas a su paso y acompañaran con sus miradas su derrotero hasta nuestra mesa.
Pedimos dos desayunos ejecutivos, un “Good Start” para ella y un “The New Yorker” para mi. Parecía preocupada y angustiada al comenzar a hablar.
No había dormido más de 3 horas y eso se notaba en su rostro.
-“Algo malo pasa con Erik”, dijo en voz baja y tono grave
_”¿Erik?”, respondí en un tono que reflejaba mi esfuerzo por identificar a la persona de quien me hablaba.
-“Si, Erik, el esposo de mi amiga Cloe. Ayer por la tarde han discutido, al parecer no fue una discusión más grave que otras, tal vez mi presencia en su casa impidió que la cosa fuera a más. Salió dando un portazo y no hemos tenido más noticias de él. Cloe dice que jamás se ausentó tanto tiempo sin avisar, ni siquiera luego de discusiones más agrias. Además ha intentado llamarlo y su teléfono parece apagado”, Sofía había decidido relatarme todos los hechos sin esperar que yo interceda hasta llegar al final.
-“Ya sabes, por lo que te comenté el otro día cuando cenamos con ellos, que es una persona muy irritable y que trata a Cloe de la peor manera, como si fuera una posesión más de su patrimonio. Que casi no la deja salir de casa si no es con él o a donde él se lo permite, y la somete a agresiones psíquicas y físicas constantes. Tal vez no te has dado cuenta porque cuando está delante de otras personas proyecta una imagen completamente distinta a lo que es en realidad, y se muestra como una persona divertida, amable y cariñosa. Cloe está muy preocupada y quiere dar parte a la policía de su desaparición, auque sabe que debe esperar 48 horas para que tomen la denuncia.”
-“No creo que la cosa sea grave, tal vez no volvió anoche a casa porque estabas tu y no quería mostrar su ira delante de nadie, seguramente no será nada”, respondí en un tono tranquilizador.
-“Quizás tengas razón, es que estoy muy apenada por Cloe, yo pensaba que su vida aquí era como un cuento de hadas, y nada más alejado de la realidad. Te pido disculpas por esto, pero no sabía con quién hablar de este tema”, dijo al tiempo que se ruborizaba.
Le sugerí que después del desayuno volviera a casa de Cloe y si no había novedades me llamara al hotel y me ofrecí a acompañarlas a la policía si era necesario.
Continuamos hablando hasta casi las 11 de la mañana, nos despedimos y quedamos en que esperaría en el hotel su llamado para decidir si debíamos hacer algo.
Regresé caminando al Hotel, ensayando mentalmente mis futuras acciones y reacciones. Sabía perfectamente como seguiría esta historia y debía decidir que iba a hacer, podía continuar con mis planes originales y abandonar la ciudad en pocas horas, sería lo más prudente, o bien aplazar mi partida y participar activamente en los acontecimientos que se desarrollarían de aquí en adelante.

En nuestro primer encuentro, mientras paseábamos y tomábamos un café por Tribeca, Sofía me había contado que su amiga Cloe tenía problemas con su esposo. Nada más casarse y mudarse a Nueva York, Erik comenzó a tratarla distinto. No permitió que buscase un empleo, ni un pasatiempo, la obligaba a quedarse en casa y controlaba todos sus movimientos. En varias ocasiones al discutir sobre este tema, terminó golpeando a Cloe, la primera vez fue una bofetada, pero cada vez era más violento. Tomaba algún tipo de droga, tal vez coca, pero Cloe no podía hablar de ello ya que estaba amenazada. No tenían amigos y solo muy de vez en cuando salían con compañeros de oficina de Erik.
Yo propuse que organizara una salida para la noche siguiente, cenaríamos los cuatro en el San Martín, un restaurante de cocina italiana a la vuelta de mi hotel.

Ese fue mi segundo encuentro con Sofía, conocí a su amiga Cloe y al petulante idiota de su esposo Erik. Debo reconocer que durante la cena él se comportó de forma agradable y salvo por algunos detalles que pude fácilmente detectar (al tener una idea preconcebida sobre el tipo de persona que era), nadie diría que ese tipo era un desgraciado. Conforme avanzaba la noche y vaciábamos las copas, me dediqué a estudiar a Erik, sacando temas de conversación conflictivos: política, racismo, feminismo, homosexualidad, etc. Era un verdadero cerdo, incluso delante de su esposa y de Sofía, ambas peruanas, hacía comentarios  xenófobos sobre negros y sudamericanos.
Yo no entraba en polémicas ni discusiones, al contrario, le daba “cuerda” para que siguiera aportándome motivos para considerar que su desaparición significaría un bien para la sociedad.
Para cuando nos despedimos, había reunido la información necesaria para poder ubicarlo y seguirle los pasos cuando quisiera, cosa que hice la noche siguiente.

A pesar de no haber tenido tiempo para planificar nada, y de ser mi primera vez, la cosa no había ido tan mal. Incluso tenía motivos justificados para hacer lo que hice.

Ahora repasaba todos mis movimientos del día anterior, los horarios, los lugares, los posibles testigos. Me divertía la idea de averiguar hasta dónde podría llegar la investigación de la policía.

Pronto recibiría la llamada de Sofía con la peor de las noticias.


Al entrar al hotel ya había decidido que me quedaría un tiempo más en Nueva York.

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 Víctor M. Litke, Madrid 2012


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