Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 15 de noviembre de 2012

El show debe continuar



Las manos de uno de los hombres se posaban en la garganta de K buscando el latido que nunca encontraría. El escenario era un tumulto de gente desesperada que corría de un lado a otro sin llegar a ninguna parte, gritando, llorando, orando y maldiciendo.
Las gemelas del coro miraban en silencio detrás de sus micrófonos, inmóviles, su piel morena empalidecida, sus manos contenían el gemido de sus bocas mientras  el resto de la banda seguía tocando.
El solo de batería marcaba el final de la canción y todo el mundo aplaudía y pedía otra.
Músicos, coro y asistentes retomaban la compostura para el bis. La gente saltaba y bailaba al compás de la música, el concierto era un éxito, retransmitido en pantallas gigantes distribuidas por toda la playa en una noche de verano recién estrenada.
Humo y fuegos artificiales disimulaban al voluntario que retiraba el cuerpo de K discretamente.
Ya nadie se ocupó de ella, cierta fama es efímera.

Víctor M. Litke, Madrid 2012


Getafe Negro
Festival de novela policíaca de Madrid y Escuela de Escritores
IV edición, octubre de 2012

Concurso de microrelatos. Máximo 150 palabras sin contar la frase de inicio obligatoria:
“Las manos de uno de los hombres se posaban en la garganta de K” 

martes, 13 de noviembre de 2012

La última función


Las manos de uno de los hombres se posaban en la garganta de K y lo levantaba en vilo de la silla mientras el otro contemplaba asombrado su menuda figura, su traje a rayas verticales y su pajarita floreada. Sus pequeñas piernas suspendidas en el aire comenzaron a moverse sin coordinación alguna, pataleando como si pudiese escapar corriendo de sus captores.
Su suerte estaba echada, sabía que probablemente debería dar cuenta de sus actos, que no tendría escapatoria.
Pero esperaba tener más tiempo, al menos poder actuar en la función de esa noche.
Entonces comprendió que no tenía salida.
Mientras su esqueleto de madera declinaba toda resistencia y su mandíbula inferior se abría hasta el límite permitido por sus resortes, sus ojos se posaron en el cartel del teatro que anunciaba el show de “Mister Břichomluvec y su muñeco K”.
Rendido a su suerte comprendió que no había futuro para él, tendría que haberse dado cuenta antes de matar a su ventrílocuo.

Víctor M. Litke, Madrid 2012


Getafe Negro
Festival de novela policíaca de Madrid y Escuela de Escritores
IV edición, octubre de 2012

Concurso de microrelatos. Máximo 150 palabras sin contar la frase de inicio obligatoria:
“Las manos de uno de los hombres se posaban en la garganta de K” 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Detrás del telón de acero


Las manos de uno de los hombres se posaban en la garganta de K apretando controladamente su hueso hioides, provocando la retropulsión de la base de la lengua, cerrando  el paso del aire hasta casi hacerle perder el conocimiento. Entonces aflojaba la presión para permitirle recuperarse.
Sin dejar de apuntarle con su Luger P08, el otro agente esperó a que K recobrara la lucidez para hablarle.
Le ordenó que le entregara el microfilm con la lista.
Entonces llegó su oportunidad, la noche se iluminó con un relámpago enceguecedor, aprovechando esa distracción, logró zafarse de su captor y se arrojó a las turbulentas aguas del Moldava, dejándose arrastrar por la corriente río abajo.
La Stasi lo había seguido hasta Praga y lo había acorralado en el Puente Carlos,  pero su secreto estaba a salvo, escondido en una de las cinco estrellas del halo de la estatua de San Juan Nepomuceno, quien según la leyenda, fue ejecutado en ese mismo sitio por no revelar una confesión.

Víctor M. Litke, Madrid 2012


Getafe Negro
Festival de novela policíaca de Madrid y Escuela de Escritores
IV edición, octubre de 2012

Concurso de microrelatos. Máximo 150 palabras sin contar la frase de inicio obligatoria:
“Las manos de uno de los hombres se posaban en la garganta de K”

domingo, 14 de octubre de 2012

Tiroteo en Manhattan (Nueva York XII)


A las 8:30 de la mañana me encontraba tomando mi tercer café del día en los jardines de la entrada del hospital en la calle 68 este cuando mi busca comenzó a vibrar de forma insistente, dí una última calada al cigarrillo y lo apagué en el resto de café que quedaba en el vaso y lo tiré en una papelera.
Me requerían inmediatamente en urgencias.
Mientras me abría camino entre la gente que se agolpaba en la entrada, desenvolví un caramelo de mentol sin azúcar y lo puse en mi boca.
Al llegar a urgencias el caos habitual parecía haber cobrado una nueva dimensión.
Los heridos en un tiroteo callejero entre policías y ladrones de una oficina financiera cercana comenzaban a llegar de forma alarmante.
Policías, transeúntes y malvivientes custodiados comenzaron a abarrotar los boxes y a inundar el ambiente de órdenes, gemidos y gritos.
Me acerqué al mostrador donde se registraban los ingresos para informarme.

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Había decidido tomarme más seriamente mi trabajo como Jefe de Cirugía Cardiovascular del Presbyterian Hospital de Nueva York y dedicarle más tiempo y atención a esa vocación que, desde niño, me impulsó a graduarme con honores en la Escuela de Medicina de la Universidad de Cambridge y a los 25 años trasladarme a los Estados Unidos para cursar la especialización en la Universidad de Harvard.

Fue durante mi estancia en Boston cuando visité por primera vez Nueva York, y me enamoré de esta ciudad a la que he regresado en varias ocasiones y la que es hoy mi lugar de residencia, desde ese primer contacto supe que mi vida estaría fuertemente ligada a ella.
A pesar de sentirme muy a gusto viviendo y trabajando en Londres, hace poco más de cuatro meses decidí radicarme en Nueva York, después de que un extraño acontecimiento, acaecido durante un viaje circunstancial a la ciudad, marcara un cambio radical en mi vida.
En esa oportunidad, cometí un acto que en otro tiempo yo mismo consideraría atroz e irracional: un asesinato.
Y así descubrí una nueva y peligrosa vocación: ser el brazo ejecutor de una justicia fuera de toda ley, un vengador,  un exterminador de escoria.
Lo cierto es que se me da bastante bien. Hace un par de semanas eliminé a una pareja de violadores y asesinos en Brooklyn, con lo que ya contabilizo cuatro alimañas menos.
Además, quise imprimir en estos actos un cierto toque personal, siendo fiel a la forma en que los he realizado. Gracias a mi gran maestro de la Tang Long Kung Fu School de Londres me transforme en un experto practicante de Ba Ji Quan, lo que me permite dominar, inmovilizar y eliminar a cualquier persona sin necesidad de utilizar ningún tipo de arma.
Todas mis víctimas abandonaron esta vida con el cuello roto, sin otro signo de violencia.
En los últimos tiempos he incrementado mis conocimientos en medicina forense. Esto, sumado al hecho de que tengo una relación “más sexual que sentimental” con la ayudante del Fiscal del Distrito de Manhattan, me permiten ser extremadamente escrupuloso al momento de eliminar cualquier tipo de prueba que pueda relacionarme con los crímenes.
Además, nuestro círculo de amistades está conformado mayoritariamente por policías, de los que extraigo valiosa información, tanto para seleccionar a mis víctimas como de los detalles de las investigaciones.

Mis “tareas de limpieza” fueron desarrolladas en Manhattan y en Brooklyn, puede que ese factor sea determinante para que la policía aún no los haya relacionado de algún modo, sobre todo por la firma del ejecutor. No obstante estoy convencido que lo harán en algún momento.
Quizás lo más conveniente sea dejar enfriar un poco las cosas y asegurarme que no soy objeto de ninguna investigación.

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Mi puesto en el hospital me permitía evadirme de cualquier intervención en el área de urgencias, pero ésta era una ocasión especial. Uno de los agentes de policía heridos en el tiroteo había recibido un balazo en el corazón y había logrado sobrevivir hasta ese momento.
Los paramédicos debieron reanimarle y consiguieron estabilizarlo durante el traslado, una herida como esa supondría la muerte inmediata en más del 90% de los casos. Sin embargo, el llegar vivo al hospital le otorgaba una posibilidad de sobrevida y recuperación bastante alta, siempre y cuando no se hayan producido lesiones a nivel cerebral por anoxia.
Debíamos operarlo de inmediato, no había tiempo para ningún tipo de exploración o diagnóstico, salvo identificar el orificio de entrada de la bala para determinar si convenía realizar una tarocotomía lateral o una estereotomía. Debido a que no podíamos establecer las lesiones internas que había producido el disparo, opté por abrirle el pecho por el esternón.
En menos de tres minutos teníamos todo dispuesto para la intervención, incluida la máquina de circulación extracorpórea y nos pusimos manos a la obra.
Cuando había transcurrido aproximadamente una hora desde que comenzamos la cirugía, teníamos controlada la hemorragia principal y bastante despejada la cavidad torácica y comenzamos a reparar los daños en órganos, tejidos y vasos, utilizando incluso pequeños fragmentos del pericardio para evitar desgarros en las suturas. El paciente se encontraba estable, había tenido suerte, la bala fracturó una costilla y se fragmentó en dos partes, un fragmento atravesó la pared de la aurícula derecha desgarrando el músculo cardíaco, el otro parte del pulmón y la vena cava superior. La costilla se partió limpiamente, sin astillarse, lo que facilitaba nuestra tarea. Una de las partes de la bala fragmentada salió por la espalda del herido sin mayores consecuencias y la otra quedó alojada detrás del omóplato.
Al delegar en uno de mis ayudantes la sutura en U de un vaso coronario, me tomé un respiro de dos minutos en los que por primera vez reparé en la cara del paciente. No era fácil distinguir sus facciones escondidas tras los tubos, cables y mangueras. Fijé mi vista en su rostro y la sorpresa hizo que dejara caer un clamp de Satinsky con el que trataba de aliviar una repentina picazón en uno de mis hombros.
El sonido apagado de la pinza de metal al chocar contra el suelo de PVC no debería haberse escuchado entre el caos de sonidos del quirófano, sin embargo hizo que la enfermera que controlaba la monitorización del paciente se preocupara por mi estado. La tranquilice de inmediato y expliqué a todo el equipo que creía conocer al paciente, y me sorprendió no haberme dado cuenta antes. No había preguntado su nombre hasta el momento y pedí me lo informaran.
-“Agente Declan Ohara”, dijo otra de las enfermeras.

Declan era hermano de la inspectora  de homicidios Joana Ohara, la mejor amiga de mi “novia” Amanda, a la que conocí durante la investigación del primer asesinato que cometí y de la que, creía, me estaba enamorando.
En los últimos tiempos Joana y –en menor medida- Declan había pasado a formar parte de mi pequeño círculo de amistades.

Las siguientes dos horas me esforcé para que nuestro paciente saliera del quirófano vivo y con las mejores perspectivas de recuperación posibles, mi equipo trabajó de forma magistral y la intervención resultó un éxito.

Mientras me cambiaba de ropa sentía una extraña sensación en mi interior, suponía que cuando saliera de los quirófanos encontraría a Joana esperándome, y eso me producía ansiedad y excitación.

Joana estaba de pie recostada sobre la pared más cercana a la puerta de acceso al área de quirófanos, las dos manos dentro de los bolsillos de su campera negra de cuero, su cara reflejaba su preocupación y angustia. En cuanto me vio atravesar la puerta su mirada se clavó en mi cara, me pareció que nunca antes la había visto tan hermosa, humana y vulnerable como en ese momento.
Casi inconscientemente sonreí y le hice un gesto con la mano para no incrementar su ansiedad. Cuando estuvimos frente a frente le dije simplemente que todo había salido bien y que si no había complicaciones en las próximas 24 o 48 horas, se recuperaría sin problemas.
-“Gracias”, dijo casi de forma imperceptible.
Me abrazó durante lo que me pareció una eternidad, nunca habíamos tenido ese tipo de contacto físico, y algo pareció estallar dentro de mi.
Cuando nos separamos, nos tomamos de la mano, le señale una hilera de sillas junto a un ventanal y fuimos a sentarnos sin dejar de aferrarnos el uno al otro.
Le expliqué los detalles de la intervención y le pregunté sobre cómo había ocurrido el tiroteo.
Joana me contó lo que sabía, había escuchado que un policía y un peatón habían muerto, había cinco heridos entre los que se encontraban tres de los atracadores, otros dos fueron detenidos.
De acuerdo a los interrogatorios preliminares, se estableció que uno de los sospechosos heridos que habían llegado a nuestro hospital era el responsable del disparo que hirió y casi mata, a Declan.

Le pedí a Joana que esperase en la cafetería, que luego la conduciría a la Unidad de Cuidados Intensivos para que viera a su hermano.
Entretanto yo iría a enterarme de la situación de los heridos.
Cuando comenzamos a caminar hacia la cafetería continuábamos tomados de la mano, al girar en uno de los pasillos vimos a Amanda que venía hacia nosotros e inmediatamente nos soltamos.
Amanda abrazó a Joana y arrojó un beso al aire hacia la posición donde yo me encontraba. No lo devolví y me aparté de las dos.

-“Paso un rato por mi oficina, las veo en la cafetería en media hora”, dije y puse rumbo a urgencias, debía averiguar algunas cosas.

En menos de quince minutos tenía toda la información disponible sobre el sospechoso de herir a Declan, se llamaba Jeff Griffin, con varios antecedentes y una condena cumplida a medias, sus heridas no revestían gravedad y se encontraba alojado en un pabellón especial, fuertemente custodiado.
Por lo que me comentaron algunos policías, Declan no llevaba puesto el chaleco antibalas porque él y su compañero (el policía muerto) respondieron a una llamada para investigar un intento de robo y al bajar del coche les dispararon a quemarropa, ni siquiera habían tenido tiempo de sacar sus armas.

El caso lo llevaría la Ayudante del Fiscal del Distrito Amanda Payne y todavía no se había determinado quien estaría al frente de la investigación policial, incluso por el tipo de armamento utilizado por la banda, el FBI o la ATF podrían intervenir.

Me encaminé hacia la cafetería mientras decidía cuales serían mis siguientes pasos, quería aprovechar este hecho para acercarme más a Joana.
Por otro lado deseaba obtener el máximo de información posible del caso a través de Amanda.
Debía asegurarme que se hiciera justicia.

Tal vez no pudiese cumplir mis planes de olvidarme por un tiempo de mi nueva vocación.


Víctor M. Litke, Madrid 2012

jueves, 27 de septiembre de 2012

Buenos Aires, allá por 1975 (El "Rulo")


Sentados en el último asiento del Bondi, el Rulo no dejaba de meterme fichas, me daba manija para que le entrara a la tana de una vez por todas. Según él, la mina estaba muerta conmigo y si me dormía, algún otro gil se la levantaría y me dejaría pagando. 
La verdad es que me tenía un poco lleno, pero en el fondo decía la posta, tenía que apurarla y no me animaba. Nunca me había pasado, pero la tana imponía, estaba refuerte y no era ninguna boluda.
Yo tenía mi facha, alto, flaco, pelito largo, ojitos claros, medio fifi, una onda a los jugadores de la selección de Holanda, esos por los que estaban locas todas las chichis (aunque la mayoría de esos chabones iban para atrás).
Pero no tenía un mango, y eso me bajoneaba un poco.
El Rulo (le decíamos así porque tenía la bocha con menos pelos que una rodilla) era un bagayero y le tenía ganas a la Susi, que era medio escracho y la mejor amiga de la tana, por eso quería que yo la avance, el muy turro tenía menos bolas que yo y encima me gastaba.
El 93 ya estaba llegando a Mitre , íbamos a Munro a comprarnos unos Levi’s de hilo sin bolsillos, pata de elefante, con un solo grilo atrás donde no te entran ni dos chirolas juntas.
El sábado vamos a ir en patota a un boliche de Olivos medio cheto y tenemos que empilcharnos bien fetén, para que no nos reboten los patovas de la entrada.
Todavía no sabía si la tana iría, ella quería ir al Luna a la despedida de Sui Generis. Obvio que a mi me hubiera copado una bocha ir también, pero no había de donde rascarla.
Y de repente todo se fue al carajo: en Mitre y San Martín había un operativo, pararon el bondi y la yuta nos hizo bajar a todos, nos pusieron en fila en la vereda y nos pidieron documentos. Según la pinta de la gente la iban revisando y cacheando, y nosotros habíamos comprado todos los números de la rifa, manzana íbamos a zafar.
El nabo del Rulo tenía un par de canutos en el bolsillo de la campera y no se avivó de tirarlos antes que el cana lo revise, así que quedamos los dos pegados.
La tana tendrá que aguantarme unos días, mientras esté engayolado pensaré un chamuyo para ganármela.


Víctor M. Litke, Madrid 2012

martes, 25 de septiembre de 2012

La festa di San Giovanni in Toscana (La fiesta de San Juan en la Toscana)


Para Marco no era un día cualquiera.
Su madre no tuvo que insistir, como todas las mañanas, para que saliera de la cama. A pesar de no tener que ir al colegio se despertó muy temprano, cuando las primeras luces del día se filtraban tímidas por la persiana de su dormitorio. Esperó ansioso hasta escuchar las voces de sus padres en la cocina y entonces se levantó, exultante. Corrió la cortina de su ventana de una sola hoja y empujó la persiana de madera hacia fuera, con tanta fuerza que rebotó en la pared exterior profundizando el magullón del ladrillo que recibía cotidianamente el golpe. En un gesto inconsciente, cerró los ojos y levantó los hombros como si pudiera amortiguarlo. Su padre siempre lo reprendía y le decía que un día la casa entera se vendría abajo por los golpes de su persiana, pero ese día no lo haría.
Se vistió con unas bermudas azules, una camisa a cuadros de mangas cortas, medias de algodón blancas y sus mejores zapatillas deportivas.
Corrió al baño para ocuparlo antes que Francesca, su hermana mayor, aunque sabía que ella no se levantaría temprano un sábado.
Cuando entró en la cocina su padre tomaba café mientras leía La Nazione y su madre cortaba en trozos pequeños el pan del día anterior y servía una taza grande con un diez por ciento de café y el resto de leche caliente. Corrió a abrazarla, dio un beso a su padre y se sentó en la mesa de la cocina a desayunar. Fue sumergiendo los trozos de pan en la taza hasta cubrir toda la superficie, esperó que se remojaran bien y con la cuchara esparció bastante azúcar por encima del pan. Cuando terminó toda la taza su madre le alcanzó un vaso mediano de jugo de naranja que acababa de exprimir, por su color rojo parecía un vaso de vino, ese vaso de chianti que su padre bebía con la cena todas las noches, y entonces se imaginaba adulto bebiendo vino con su padre mientras charlaban de futbol.

Estaba feliz. Ese día, 24 de junio del año en que comenzaba un nuevo siglo, en la fiesta de San Juan, Marco cumplía doce años. Pronto llegarían sus abuelos maternos, no los veía desde navidad. Iría con su padre a recogerlos a la estación de Santa María Novella en una hora. Amaba a sus abuelos, la nonna le habrá tejido un chaleco por su cumpleaños y el nonno le regalaría algunas liras con toda seguridad.
Sus abuelos vivían en el campo, cerca de Montepulciano, así que cuando venían a la ciudad, siempre traían algunas cosas que elaboraban ellos mismos:  queso pecorino, salami y su salchichón preferido, la finocchiona, con semillas de hinojo.
Su madre estaba preparando ravioles de ricotta, espinaca y nueces, una salsa bolognesa, zucchinis rellenos con atún y ensalada. Sobre la mesada de madera, una crostatta o pasta flora de membrillo reposaba, recién salida del horno.
Por la tarde irían todos a verlo jugar al futbol, Marco jugaba de delantero centro, con el número 9, en un equipo de la liga infantil de Florencia junto a su mejor amigo Dino Scaglione. Tenía talento, y si bien el físico no lo acompañaba (era bastante menudo para ser delantero) era el goleador de la liga. Su padre estaba muy orgulloso de él.
Luego del partido sus amigos vendrían a su casa a festejar su cumpleaños, con pizzas, gaseosas y torta.
Y no terminaría allí su felicidad, al día siguiente irían a ver el calcio storico o calcio fiorentino en la plaza de la Santa Croce, su tío Genaro era uno de los 27 jugadores del equipo Bianchi (los blancos, de Santo Spirito), campeones del año anterior. Le encantaba verlo jugar con sus pantalones blancos al estilo medieval, el torso desnudo dejando ver los múltiples tatuajes que lo adornaban.
Marco vivía y moría por el fútbol, y esto era como volver a los orígenes.

Cuando terminó de desayunar y escuchar las recomendaciones de su madre sobre como debía comportarse en la estación, su padre fue hasta su dormitorio y regresó a la cocina con un paquete envuelto en papel de regalo y se lo entregó a Marco, deseándole feliz cumpleaños y pidiéndole (de forma bastante solemne) que prometa cuidar y defender el objeto que acababa de regalarle.
Marco abrió impaciente el paquete rompiendo sin miramientos el envoltorio, lo que vio lo dejó maravillado y literalmente con la boca abierta. Su padre le había regalado un tesoro que guardó con celo durante meses, como el trofeo más importante de su vida, y ahora se lo confiaba a él, porque ya pronto sería un hombre. Dejó caer al suelo el papel de regalo mientras sujetaba por la parte de los hombros una camiseta de la Fiorentina que había pertenecido a Gabriel Batistuta, quién se la regaló a su padre luego de un partido contra el Génova y la mantuvo escondida hasta ese día. Marco la alzó estirando los brazos para mirarla en perspectiva, la giró para verificar si en la espalda estaba grabado el número 9 de ese gran jugador. Abrazó a su padre y corrió a su cuarto a buscar la ubicación correcta donde colocar este preciado objeto, para que puedan contemplarlo sus amigos cuando vinieran por la tarde a su fiesta. 
Entonces pensó en pedirle permiso a su padre para vestirse con ella, y presumir delante de sus amigos.
No podía ser más feliz, entre sus amigos vendría Simonetta, la hermosa pelirroja que se sentaba dos bancos a su izquierda en el colegio, con la que compartía charlas, juegos y merienda en los recreos. Marco no sabía que era el amor ni que significaba, pero cuando estaba junto a ella su corazón se aceleraba, le subían los colores a la cara y se le aflojaban las rodillas, además de una inquietante sensación en la boca del estómago. Eran inseparables, y los dos se prometieron estar juntos el resto de sus vidas.

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Hoy no es un día cualquiera para Marco.
Sentado en el asiento trasero del taxi recorrió los pocos kilómetros que separan al aeropuerto Amerigo Vespucci del centro de su amada Florencia, pensando cuáles serían sus pasos, estaba ansioso, algo angustiado, desesperado por reencontrarse con sus amigos de la infancia y los pocos parientes que quedaban allí. No podía dejar de pensar en ella, como lo hizo todos estos años que estuvieron separados e incomunicados.
Prefirió ir directo a su hotel en la Piazza Duomo 1, justo frente a la catedral. Necesitaba darse una ducha y calmar un poco su ánimo.
Pensó que lo primero que haría sería ir a visitar a su escultura preferida, el Perseo de Cellini, en la Loggia dei Lanzi, luego iría al Ponte Vecchio y llenaría su alma con la visión del Arno.
Tenía tantos recuerdos, tantos lugares que visitar que no sabía cuanto tiempo le llevaría, eso sin contar cuanto tiempo le dedicaría a los amigos.
Mientras terminaba de vestirse frente al espejo de su habitación comprobó que aquella fuerza que le apretaba la garganta se hacía más débil a medida que dejaba de reprimir el llanto. Lloró, lloró hasta sentirse un poco más calmado, y entonces decidió que lo que necesitaba hacer primero era ir hasta la que había sido su casa.
Hoy, fiesta de San Juan, Marco cumplía 24 años. Y estaba de nuevo en Florencia, doce años después de haberla abandonado forzadamente.

El día después de cumplir los doce años le comunicaron que se irían a vivir a Nueva York en menos de una semana.
Su padre, que estudió historia del arte y había desempeñado distintos cargos en varios museos florentinos, recibió una “irrechazable” oferta de trabajo del Metropolitan Museum para un importante puesto. Al menos eso fue lo que le dijeron en ese momento.
A marco se le cayó el mundo encima, su tristeza no tuvo límites, al punto de enfermarse desde que le dieron la noticia hasta desembarcar en su nueva vida, y algunos días más.
No pudo despedirse de nadie, no quiso siquiera ver a Simonetta por última vez, quería recordarla tal como la vio en su fiesta de cumpleaños, y quería que ella lo recordara así, feliz con su camiseta de la Fiore y con el beso furtivo con el que se juraron amor eterno.
Todos sus sueños se rompieron, quiso morir.

Pero no murió, el que sí lo hizo fue su padre, a los dos años de escapar de Italia bajo la amenaza de Filipo Scaglione, tío de su amigo Dino y lugarteniente de La Ndrangheta, la rama de la mafia calabresa que lava el dinero en la Toscana comprando hoteles, locales nocturnos y controlando los préstamos de usureros. Su padre le debía una gran suma de dinero por haber perdido apuestas de futbol, incluido el calcio storico.
Resultó no existir el trabajo en el Metropolitan, sino un puesto de ayudante en un pequeño restaurante italiano en Nueva Jersey, propiedad de un primo de su padre, quién les proporcionó una pequeña vivienda en los altos del local.
Desde que se marchó, nada fue fácil: perdió a su padre, su hermana se fugó con un ocasional novio, su madre se dejó el cuerpo en múltiples trabajos para que Marco pueda estudiar, nunca más jugó al futbol, nunca más vio a sus abuelos y nunca tuvo contacto con sus amigos y compañeros de la infancia, ni con Simonetta. Al principio no tuvo los medios para hacerlo, después, cuando comprendió la verdad de su exilio, tuvo vergüenza.
Hace poco, cuando planeaba este viaje, intentó ubicarla a través de distintos buscadores y redes sociales en Internet, pero no tuvo suerte. Ahora su única opción era encontrarla allí, en Florencia, y rogar que ella sintiera lo mismo por él, que todo este tiempo lo haya estado esperando. Sabía que era algo muy improbable, pero tenía que intentarlo.

Caminó más de cinco horas por todos los rincones de la ciudad que vivían en su mente, no reconoció a nadie, parecía que ya no pertenecía allí, que no había ninguna huella de su pasado que pudiese reconocer. Incluso cuando llegó hasta la puerta de la que había sido su casa, en la Via dei Neri, todo estaba cambiado, ya no se distinguía en la pared exterior la marca que había dejado la inundación del 66, que su padre se ocupaba de preservar.
Decidió ir a la casa de su tío Genaro, cerca de la iglesia de Santo Spirito, sabía por su madre que seguía viviendo allí.
Caminaba por la costa del río hacia el Ponte Vecchio y cuando atravesaba la Via dei Castellani, un grupo de chicas que salía del Instituto de la Historia de las Ciencias llamó su atención. En el centro del grupo caminaba hacia él una preciosa joven pelirroja, peinada con dos trenzas, ojos inmensamente azules, la cara llena de pecas y una sonrisa deslumbrante.
Marco quedó petrificado, todo su cuerpo comenzó a temblar, sus piernas flaquearon y pensó que iba a caerse. Se sentía mareado y con la sensación de que todas sus venas y arterias estallarían de un momento a otro.
Simonetta pasó a su lado y cruzaron una mirada furtiva, casi imperceptible. Ella siguió caminando con el grupo y justo cuando Marco pensó que no lo había reconocido se detuvo de repente y giro la cabeza hacia él. Se quedaron mirando un rato, sin moverse, extrañados.
Ella avanzó hacia Marco mientras sus amigas se detuvieron unos metros más adelante para contemplar la escena.

Simonetta se paró frente a él, sólo treinta centímetros separaban sus rostros, ella alzó la mano y acarició suavemente la mejilla y la barbilla de Marco, el tomó su mano y la beso con dulzura y pasión. Sin decirse una sola palabra se abrazaron eternamente y rompieron a llorar.
Sus corazones latían con la fuerza de dos trenes, sus cuerpos vibraban al unísono, sus manos apretaban las espaldas del otro como si quisieran fundirse en un solo cuerpo.
Cuando finalmente pudieron separarse, el rostro de Simonetta - quien ahora pertenecía a la “ndrina” o familia Scaglione - parecía cambiado, su mirada era de pena y decepción.
Se separó de Marco unos pasos y con la voz quebrada alcanzó a decirle
-“¿Perché sei tornato?, non potrò mai amarti come nei miei ricordi” (*)

Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, se giró, volvió junto al grupo de sus amigas y se alejó de él para siempre...


(*)¿Por qué volviste?, Nunca podré amarte como en mis recuerdos

Víctor M. Litke, Madrid 2012

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El último vals en Brooklyn (New York XI)


Terminé de rellenar la última hoja del informe sobre un caso de asesinato en Jersey, cerré la carpeta ajustando los cierres de seguridad que impedían que se perdiese algún folio durante los traslados y la deposité en la bandeja con el rótulo “Archivo” que se encontraba sobre un mueble metálico junto al pasillo. En realidad antes de archivar los informes de un caso, se escaneaban todos los documentos que no estaban digitalizados y se registraban en la carpeta los datos correspondientes al almacenamiento de toda la información, que luego sería replicada y resguardada convenientemente. Una copia del archivo con toda la información completa de cada caso se enviaba a la fiscalía del estado.

Contrariando la creencia generalizada (alimentada por la industria del cine y la televisión) de que rellenar los informes de un caso es una tarea tediosa, odiada por todos lo buenos “polis” que prefieren la acción en las calles a trabajar en su escritorio, para mí es una parte del trabajo que valoro mucho, puesto que me permite repasar “en frío” todas la acciones y las líneas de análisis que empleamos en cada investigación, detectar errores y aciertos que me ayuden a mejorar mi desempeño. Y no lo hago con otro objetivo, o movida por una obsesión o ambición desmedida, simplemente porque estoy convencida que cualquier trabajo que se realice debe hacerse de la mejor manera posible. Si me tocara barrer las calles, procuraría ser la mejor barrendera de la ciudad.

Fui hasta la sala de descanso a prepararme un té con limón, el aire acondicionado estaba haciendo estragos en mi garganta. Alcancé a dar el primer sorbo cuando un mensaje en mi móvil interrumpió mi breve relax. Era Bobby, mi compañero, me pedía que vaya al depósito forense en cuanto pudiera. Tomé parte de mi infusión lo más rápido que pude sin quemarme y deseché el resto, lavé la taza rápidamente y la dejé escurriendo sobre la mesada. Me dirigí al ascensor para bajar al primer subsuelo en donde se encontraban las instalaciones forenses. Una vez allí, mostré mi identificación al sargento Travis y firmé el registro.

-“Que tal inspectora Ohara, ¿otra vez por aquí? Si busca al detective Molina está en el número cinco, con el Doctor Polak”, dijo sin dejar de sonreír.

Le pregunté por su esposa, su hija y su nieto recién nacido, le agradecí la información y me adentré en el pasillo que conducía a los depósitos.

A cada uno de ellos se ingresaba por una puerta vidriada con su número correspondiente grabado en pintura negra, se accedía a una pequeña antesala con unas cuatro sillas de plástico negro, un dispensador de agua con vasos descartables y una mesita en un rincón, junto a la papelera. Un perchero en la esquina opuesta a la mesita y un gran ventanal que daba a la sala forense, cubierto por el lado interno por una persiana americana blanca, que sólo se abría para permitir la identificación de algún cadáver por parte de familiares o conocidos. En la pared perpendicular al ventanal, había una puerta de seguridad que se abría mediante la lectura de una tarjeta de identificación y un código PIN.

La sala estaba vacía, introduje mi tarjeta con el chip hacia abajo y tecleé mi código personal. Entré en una habitación que se asemejaba a un pequeño vestuario de cualquier gimnasio. Me coloqué una bata celeste que casi llegaba al suelo, cubrí mi calzado con unos protectores, me coloqué un barbijo y un gorro de tela, teniendo cuidado de no dejar parte de mi cabellera al descubierto. Tomé un par de guantes de látex y mientras me los ponía empujé con los codos una de las hojas de la pesada y hermética puerta del depósito número cinco.
Como siempre, dentro hacía frío y olía fatal, instintivamente ajusté mi barbijo y tapé por unos segundos mis fosas nasales, prefería no utilizar la clásica pomada de eucalipto en la nariz, para no enmascarar u ocultar cualquier olor que pudiese servirnos de pista en la investigación.

Polak estaba inclinado sobre un cuerpo colocado boca abajo sobre la mesa de acero inoxidable, alumbrado por potentes focos direccionales similares a los de cualquier quirófano. Oliver, su ayudante, estaba tomando fotografías de los sectores de la espalda de la víctima que Polak señalaba con una especie de puntero de metal reluciente. Daba las instrucciones de forma clara y relataba en voz alta las pistas que el cuerpo le iba proporcionando, grabando en audio y video la autopsia.
Interrumpió una frase para saludarme, Bobby alzó la vista y comenzó a ponerme al tanto de todo.

-“Mujer… ¡mierda!..., debería decir niña, de unos 11 o 12 años, apareció esta mañana en el East River, por el paseo a la altura de la calle Grand, unos guardias privados dieron el aviso. Parece que pasó un tiempo en el agua y que antes del baño no la trataron muy bien. El doc comenzó a examinarla hace unas dos horas, oigamos lo que nos cuenta”, dijo Bobby bastante molesto.
A nadie le entusiasma investigar una muerte, lo hacemos porque es nuestro trabajo y somos profesionales pero no es agradable. Nos entusiasma descubrir la trama que envuelve cada asesinato hasta dar con los responsables. Pero cuando hay menores involucrados, en el bando que sea, resulta doloroso.

Al tiempo que, con la ayuda de Oliver, colocaba el cuerpo nuevamente boca arriba, Polak nos resumió lo que tenía hasta el momento, solo se trataba del examen preliminar, todavía no había diseccionado el cuerpo (no se distinguía la clásica incisión en el pecho en forma de “Y”) y faltaba el análisis de los órganos y las distintas pruebas de laboratorio. Las huellas, radiografías y muestras de fluidos se enviaron a las secciones correspondientes.

La víctima era del sexo femenino, caucásica, rubia, preadolescente, ojos celestes, de un metro sesenta y tres de altura de complexión pequeña (aunque ahora el cuerpo estaba bastante hinchado), por las callosidades y deformaciones de los dedos de los pies parecía que practicaba baile clásico.
Todo indicaba que había sido violada, tenía contusiones premortem en la ingle y las piernas, un fuerte golpe en la región occipital del cráneo, y a pesar de habérsela encontrado semisumergida en el río, no tenía agua en sus pulmones ni petequias que indicaran que su muerte se produjera por asfixia. Se enviaron muestras del agua para el análisis de las diatomeas. Se distinguían marcas de ligaduras en las piernas, a la altura de los tobillos, posiblemente la arrojaron al río con algún peso atado a ellas, para que permanezca sumergido.
Cuando la encontraron estaba vestida con una remera blanca, pantalones de gimnasia y zapatillas deportivas anudadas. Curiosamente, sólo llevaba puesto un calcetín, lo que podría indicarnos que la vistieron luego de matarla.
Calculaba que la muerte había ocurrido unos cuatro días atrás.

Bobby se encargaría de revisar las denuncias de desapariciones, consultaría con la oficina de enlace con el FBI. Distribuiríamos su fotografía  a todas las comisarías para que se investigaran academias de baile y gimnasios, no era gran cosa, por el momento no podíamos centrarnos en alguna zona en particular, podrían haberla asesinado en cualquier sitio y haberla arrojado al río quién sabe donde.

Al día siguiente, nos enviaron una mochila encontrada en la orilla cerca de donde se halló el cadáver, la recogieron los polis que peinaban la zona ya que pertenecía a una academia de baile y podía estar relacionada con nuestra “bailarina”. La autopsia y los análisis no nos revelarían ningún dato más. Sus huellas no estaban en el sistema, pero había una denuncia de desaparición de una niña de 12 años cuyas señas parecía corresponder a nuestra víctima, radicada en una comisaría de Brooklyn unos días atrás.
Nos pusimos en contacto con los policías que llevaban el caso, no habían avanzado mucho en su investigación y tenían la fuerte convicción de que la niña se había fugado de su casa. No mostraron sorpresa, estupor ni ningún otro sentimiento al ser informados de que teníamos una víctima de asesinato que podría ser su “niña fugada”.

Se llamaba Alina Bolguodova, nacida en EEUU, 12 años, hija de inmigrantes bielorrusos que tenían un pequeño local de comida típica en la Avenida Bedford, en Brooklyn, llamado “Sabores de Voblasts”.
Trajimos a Andrej Bolguodov y a su esposa Anya a la central para que reconozcan a su única hija asesinada. Yo hubiese preferido evitarle a esos padres el dolor de saber que su pequeña había sido agredida sexualmente, golpeada  varias veces antes de morir y arrojada al río atada a algún objeto pesado para que nunca fuera encontrada, así que agradecí que en estos casos la responsabilidad de informar a los padres sobre las causas y detalles de la muerte le correspondiera al forense a cargo del caso.

Entramos en la pequeña antesala del depósito número cinco, mientras el doctor Polak demostraba su larga experiencia y empatía al preparar a los padres de Alina para lo que iban a ver en unos instantes, golpeó dos veces el cristal del ventanal y del otro lado Oliver levantó la persiana. El cuerpo estaba dispuesto boca arriba en una camilla metálica con ruedas, con sábanas blancas por debajo y sobre él, cubriéndolo totalmente.
Un sentimiento común que expresaba la gente que acudía al reconocimiento de víctimas al ver los cuerpos sobre las camillas metálicas, era compadecerse del frío que debían sentir esos seres queridos, esos cuerpos desnudos en contacto con el metal. Por ese motivo y por el hecho (más pragmático y menos sentimental) de que la sábana colocada debajo del cuerpo facilitaba su traslado entre mesas y camillas, su utilización se estandarizó en todas las morgues del estado.
Respondiendo a una señal de Polak, su ayudante desplegó con suavidad la sábana que cubría el cuerpo dejando al descubierto la cabeza de Alina, a la que habían “arreglado” lo máximo posible.

Entre llantos y gritos de dolor, los padres reconocieron a su pequeña, y una vez que pudieron reponerse un poco, Bobby y yo los acompañamos hasta la sala de reuniones de nuestra oficina.

De su relato concluimos que era una niña normal para su edad, aplicada en sus estudios, con pasión por la danza. Asistía, desde los diez años, cuatro veces por semana a una academia de baile clásico en la 6ta sur entre Bedford y Kent, en Brooklyn, cuyos profesores eran rusos y conocidos de los Bolguodov, ya que coincidían en los oficios de la misma iglesia ortodoxa a la que concurrían. Al principio la acompañaba su madre, pero en el último año iba y venía de la academia sola. Era conocida por los vecinos del barrio y no sospechaban de nadie que pudiera haberle hecho esto. En ocasiones la acompañaba un chico del barrio, un tal Luka, hijo de polacos judíos y un par de años mayor que ella. Por un lado se sentían más seguros sabiendo que no volvía tarde y sola de la academia, pero no les caía del todo bien el muchacho, y en ocasiones habían discutido con su hija por este tema. Quizás esto llevó a pensar a los policías de Brooklyn que Alina se había fugado de casa cuando denunciaron su desaparición.

Decidimos comenzar investigando a su amigo, sus profesores y compañeros de colegio, y por supuesto la academia de baile, no había nada  más concreto por dónde empezar.

Nos comunicamos con el colegio para que sus autoridades avisaran a los profesores y a los padres de los alumnos que queríamos entrevistar y que organizaran las reuniones a partir de las 9 de la mañana del día siguiente.
Supusimos que en la investigación por la desaparición de Alina, la policía habría interrogado a Luka, nos llevamos una decepcionante sorpresa cuando comprobamos que no fue así. Tal vez movidos por un sentimiento de culpa, los detectives de Brooklyn se ofrecieron a ubicarlo y llevarlo a la central para que lo entrevistemos nosotros, cosa que aceptamos de buen grado.

Nos llevó casi todo el martes entrevistar a todas las personas relacionadas de alguna forma con nuestra víctima, incluido Luka, quién había visto a Alina por última vez el miércoles pasado. La esperó a la salida de la academia, sobre las seis de la tarde y caminaron juntos hasta su casa dónde se despidieron, el jueves el debía acompañar a su padre a Staten Island a hacer unos recados por lo que no volvió a verla.
Nadie nos aportó nada relevante. Dejamos para el día siguiente a primera hora la visita a la academia de baile, cuyo pretencioso nombre era “American Bolshoi Ballet Academy”, que correspondía al de la mochila hallada en los muelles.

Cuando estábamos por irnos a casa, la oficina de enlace con el FBI nos envió un informe alarmante: se habían investigado, en los últimos dos años, cinco desapariciones de niñas entre 10 y 14 años en Brooklyn, todas de familias originarias de países miembros de la ex Unión Soviética. Y había muchos más elementos comunes entre esos casos abiertos y el de Alina.

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Williamsburg se había transformado en los últimos años en un barrio con mucha vitalidad, refugio de artistas, músicos y bohemios de todas las nacionalidades imaginables. La academia de baile ocupaba dos plantas de un edificio de ladrillos rojos, un antiguo almacén parcialmente restaurado.
Vitali Kalin había sido un bailarín mediocre en Moscú, una vez desaparecida la Unión Soviética emigró a los Estados Unidos junto a su esposa Hulda, un par de años en Columbus, Ohio, y luego se instalaron en Brooklyn, donde abrieron su academia de ballet.
Su clientela la conformaba principalmente niñas, hijas de inmigrantes de la antigua URSS o de países de Europa del este.
Era un tipo de facciones duras, tosco y de malos modales, hablaba con prepotencia y altanería. Daba la impresión de ser más bien un ex militar que un ex bailarín y profesor de ballet.

Los Kalin respondieron de mala gana a nuestras preguntas, la policía y el FBI los habían interrogado varias veces en los últimos dos años, todas las niñas desaparecidas concurrían regularmente a sus clases. Más allá de esa relación, totalmente circunstancial en un proceso judicial, no parecía que pudiesen estar implicados.

Cuando volvíamos en el coche a la central, acordamos que Bobby investigaría si las cinco niñas desaparecidas asistían a la misma iglesia que Alina, para no dejar ningún cabo suelto. Yo iría a visitar a sus responsables. No obstante continuaríamos la vigilancia de la academia de baile y de los Kalin. Intentaríamos averiguar todo sobre su pasado y sus actividades actuales, sus amistades, relaciones y modo de vida.
No me gustaba Vitali Kalin, no me gustaba para nada. Su esposa era un títere manejado por las hábiles manos de su marido. Escondían algo, lo intuía, y debía descubrirlo.

Al día siguiente recibí un llamado esperanzador, el padre de Luka, el amigo de nuestra víctima, tenía algo que contarnos. Arreglamos que vendrían a la central a las tres de la tarde.
Luka parecía avergonzado y temeroso, no de su padre quien por el contrario se mostraba cariñoso y comprensivo con su hijo.
El crío nos relató una conversación que había tenido con Alina unas semanas atrás, no recordaba el día exactamente, ella le había contado que su profesor de baile ponía especial interés en ella, que corregía constantemente sus posturas y cuando lo hacía, tocaba partes de su cuerpo que la hacían sentirse incómoda. Al principio eran roces sutiles, pero con el tiempo pasó a ser un manoseo mucho más evidente. Ella no sabía que hacer, no quería contárselo a sus padres porque temía que la sacaran de la academia, y Alina quería ser bailarina, por sobre todas las cosas. Habló con la esposa del profesor de ballet y ella la tranquilizó explicándole que era algo común en el ballet, que debía acostumbrarse a que los bailarines tocaran con sus manos cualquier parte de su cuerpo, que era parte del entrenamiento y que no lo comentara con nadie.
Todo esto había comenzado dos meses atrás.

Agradecimos el testimonio de Luka, su padre nos aseguró que estaría dispuesto a declarar en un juicio si fuese necesario. Pedimos a un agente que los llevara hasta su casa en coche, y nos pusimos a revisar todos los elementos que estábamos recopilando en el caso.
Decidí reunirme con nuestro capitán y, si él estaba de acuerdo, dar parte a la ayudante del fiscal del distrito. Por un lado quería evitar cualquier problema de jurisdicción y por otro quería convencerla que con lo poco que teníamos había base para solicitar una orden judicial para el registro de la American Bolshoi Ballet Academy. Mi objetivo era presionar a Vitali Kalin todo lo posible con la esperanza de encontrar algo sólido que lo inculpase.

Amanda, la ayudante del fiscal, era mi mejor amiga, nos reunimos en un café cerca del edificio del Tribunal Supremo, desde nuestra mesa podíamos ver sus grandes columnas y su amplia escalinata. Mientras esperábamos nuestros capuccinos nos reprochamos mutuamente el que últimamente no nos veamos tan seguido. Lo cierto es que ahora ella tenía una relación, una relación que en cierto grado me afectaba, por lo que en ocasiones evitaba reunirme cuando estaba acompañada, aunque en otras ocasiones yo propiciaba los encuentros.
Su circunstancial pareja (ambos se ocupaban de dejar claro que no había nada serio y formal) era un médico del hospital presbiteriano en Manhattan, jefe de cirugía cardiovascular, al que yo conocí anteriormente por ser un ¿testigo? en un par de casos de homicidio que investigamos unos meses atrás, uno de los cuales seguía abierto. Además de la innegable atracción física que sentía hacia él, ese hombre disparaba todas las alarmas de mi cerebro. No confiaba en él, es más, mi intuición me decía que escondía un gran secreto. Y no precisamente mi intuición femenina, sino mi intuición y mi experiencia como inspectora de homicidios.
De alguna u otra forma ese hombre, la pareja de mi mejor amiga, por el que me sentía fuertemente atraída y embriagada, estaba involucrado en al menos dos casos recientes de homicidio, nunca pude siquiera acercarme a alguna prueba que confirmase mis sospechas, pero yo sabía quién era él, y que hacía en Nueva York.

Las dos semanas siguientes fueron desesperadamente frustrantes, los registros, los interrogatorios y los pedidos de informes solo arrojaron más sospechas sobre Vitali Kalin, pero ninguna prueba tangible. Tanto así que en uno de los interrogatorios Kalin nos desafió casi confesando elípticamente todos los asesinatos y abusos, mofándose de nuestra incapacidad para conseguir lo necesario para acusarle y detenerle. Incluso amenazó veladamente con continuar con su particular pasatiempo: abusar de sus alumnas y deshacerse de las que se resistían o le daban problemas, bajo la cómplice e impasible mirada de su esposa.
De alguna forma Kalin lograba que las familias de sus víctimas permanecieran calladas, no sabíamos como lo hacía, pero ningún padre o madre de las niñas desaparecidas, ni siquiera los padres de Alina, se atrevían a acusarle.

Intentamos sin éxito conseguir datos sobre la vida y actividades de Vitali Kalin antes de que emigrara a los Estados Unidos, a pesar de la caída de la “cortina de hierro”, de la “Perestroika” y de la apertura a la sociedad liberal y capitalista de la ex URSS, sus autoridades eran reacias a dar información a otros países sobre sus ciudadanos, sobre todo de aquellos que de alguna u otra forma estuvieron relacionados con sus ejércitos y policías o fueron miembros destacados del partido comunista.
De nuestras agencias de inteligencia logramos más sospechas sobre Kalin, se creía que pertenecía (con algún grado de autoridad) a la mafia rusa de Nueva York o “mafiya roja” que campaba a sus anchas por Little Odessa, como se conoce a ese barrio de Brighton Beach, en Brooklyn.

Después de algunas consultas a la policía de Columbus y a la oficina del FBI en Ohio, confirmamos la desaparición de una niña de 13 años, de origen Ucraniano, coincidiendo con la época en que el matrimonio Kalin vivió en esa ciudad. Nada que pudiese relacionarlo directamente, pero encajaba en el patrón. La niña estudiaba ballet clásico, su profesora era rusa y había muerto hacía siete años. Si Kalin trabajó como profesor en esa ciudad, no había ninguna constancia. Otro callejón sin salida. 
No avanzábamos, no encontrábamos una puta prueba que incriminara a ese desgraciado. Todos estábamos convencidos de que él era el culpable de la muerte de Alina Bolguodova y de la desaparición de al menos cinco o seis chicas más.
Era viernes, el final de la tercera semana de investigaciones infructuosas.
Nuestro capitán sugirió que dejásemos este caso en suspenso y nos ocupáramos del trabajo que se estaba acumulando, de todas formas estábamos en una vía muerta.
-“Olvidémonos de Kalin por ahora, y roguemos que la mano de Dios haga justicia, ya que por el momento nosotros no podemos”, dijo con algo de rabia contenida.
En ese momento mi corazón dio un salto, ese mal nacido no se saldría con la suya.

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Al llegar a mi apartamento llamé por teléfono a Amanda, le dije que necesitaba distraerme y le propuse una salida en grupo para la noche del sábado. Le pedí que su pareja invitara a su amigo David, un médico del mismo hospital con el que ya habíamos compartido otras salidas, un tipo agradable y divertido (aunque no me sentía atraída por él en lo más mínimo).

Nos reunimos en un restaurante del Village y planeamos ir a una discoteca después de cenar.
Durante la comida la conversación era variada y mundana, hasta que deliberadamente me puse a comentar el caso de Alina con Amanda, y a pedirle su opinión a nuestros acompañantes.
Tal como esperaba, el novio de Amanda se interesó en el tema y comenzó a hacernos preguntas cada vez más precisas sobre Vitali Kalin, a las que, contrariando mi forma de ser y mis principios, respondí con lujo de detalles, tanto que hasta Amanda se sintió incómoda por revelar información que estaba bajo secreto de sumario procesal.
Incluso en la discoteca, debiendo levantar la voz más allá del estridente sonido de la música que invadía nuestro sector VIP, continué dando información del caso a ese hombre que tanto me atraía y del que tanto sospechaba. Era evidente que él también se sentía atraído de alguna forma por mí. Hice que eso jugara a mi favor y capté su atención durante toda la noche.


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La mañana del jueves siguiente llegué a mi oficina a las ocho en punto de la mañana, Bobby me alcanzó un café y me entregó un parte policial de ese mismo día para que lo leyera.

Tomé un sorbo de café y mientras me sentaba en mi escritorio comencé a leer el mensaje. Provenía de la policía de Brooklyn.
A las seis de la mañana, empleados de limpieza que trabajaban en la American Bolshoi Ballet Academy de Williamsburg, Brooklyn, encontraron a Vitali Kalin y a su esposa Hulda muertos, con el cuello roto, sentados en el suelo de parqué de roble del salón de baile y recostados junto al gran espejo que cubría totalmente una de sus paredes. Sobre sus cabezas, había una nota pegada donde Vitali confesaba siete asesinatos de niñas, con sus nombres y descripciones, y el lugar en donde se había desecho de sus cuerpos, incluido el de Alina.
El asesino había manipulado el equipo de audio en el que sonaba a todo volumen “el vals de los cisnes”, del segundo acto del Lago de los Cisnes, de Tchaikovsky, de forma ininterrumpida.

Tomé otro sorbo de mi café, no quería mirar a Bobby a los ojos, pero me sentía plenamente satisfecha.

-“Parece que la mano de Dios hizo justicia”, dije dejando el papel sobre mi escritorio y ocultando mi cara avergonzada con la taza de café humeante. 

Víctor M. Litke, Madrid 2012

domingo, 22 de julio de 2012

Nueva York X


Era el último domingo de verano, Joana conducía su Volkswagen Beetle por Ocean Parkway, en Long Island, la capota abierta permitía que el viento juguetee en su larga y cobriza cabellera, sujeta por un pañuelo blanco con lunares azules que formaba un triángulo anudado en su nuca. Unas gafas de sol con montura blanca, una camisa ceñida y anudada a la cintura, los shorts color arena y las zapatillas de lona completaban un look cincuentero o vintage que le sentaba de maravilla.

Era una mujer hermosa y con un cuerpo proporcionado y moldeado por horas de gimnasio. No renegaba de su belleza, no creía en ese mito de la mujer bonita que debe demostrar constantemente que es inteligente y capaz de desempeñar un trabajo tan duro como el de inspectora de homicidios en la Central de Policía de Nueva York, simplemente hacía lo que debía hacer sin prestar atención a todo lo demás.

Fuera de la policía era muy divertida y, como buena descendiente de irlandeses, no le costaba mantener el ritmo de cualquiera bebiendo, ya sea cerveza, whisky o lo que fuera.
Su compañía resultaba agradable, era culta y su conversación era entretenida y variada. Era muy reservada y evitaba hablar de su trabajo, varias veces me dedicó una de sus miradas fulminantes cuando tomando alguna copa yo la alentaba a que contara detalles de algún caso.
Realmente resultaba difícil no sentirse atraído por ella, lo comprendí desde la primera vez que la vi.

Pero a pesar de su carácter afable y divertido, nunca dejaba de ser policía, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia. Por eso creo que en lo más profundo de su subconsciente, no confiaba en mi.

Nos dirigíamos a Jones Beach, a disfrutar del mar y un día de playa lejos de las preocupaciones de la gran ciudad.

Yo hacía tres meses que me había instalado definitivamente en Nueva York, había aceptado la propuesta de un antiguo colega de universidad para que tomara el puesto de Jefe de Cirugía Cardiovascular del Presbyterian Hospital. Renuncié a mi antiguo trabajo, ordené mis papeles y mis cuentas y dejé atrás mi país, mis pocos amigos y familiares para vivir esta aventura.
Alquilé un pequeño loft en Park Ave y la 64, lo que me permitía ir caminando al hospital y evitar tener que comprarme un coche, me propuse no hacerlo hasta acostumbrarme a que aquí se conduce por la derecha.
En mi trabajo solo me ocupo de las intervenciones importantes, lo que me da tiempo para leer e incrementar mis conocimientos en medicina forense.

Sabía que lo más prudente hubiese sido abandonar Nueva York definitivamente cinco meses atrás, pero me pareció divertido y desafiante regresar e intimar con el peligro. Además, ya había definido una nueva misión para mi vida, y debía desarrollarla aquí.

Entendía la frustración de Joana al no poder resolver los homicidios de Bloom y  Vargas como hubiese querido, toda posible relación mía con los casos y los implicados era casual y circunstancial. No existía la mínima prueba, móvil u oportunidad que me involucrase. Si hasta Declan Ohara, el hermano de Joana, cuando me conoció semanas más tarde y sin que nadie se lo pidiese, recordó haberme visto la noche de los asesinatos en la Sexta y Lispenard, frente al Nancy Whiskey Pub. No pudo precisar la hora, pero me situaba muy lejos de los escenarios.

Durante la investigación, en la que me mostré todo lo colaborador que se suponía debía ser, conocí a Amanda, la ayudante del fiscal que llevaba los casos.

Ya divisábamos la torre de agua de Jones Beach, por lo que pronto llegaríamos a nuestro destino.

Unos cientos de metros atrás, nos seguía en su Cruze Station Wagon el compañero de Joana, Bobby, con su esposa (habían conseguido dejar a los niños con sus abuelos maternos), Declan y su novia Liza.

Joana conducía justo al límite de velocidad permitido, tenía puesto un cd de Jessie J y todos coreábamos los temas más conocidos. En el asiento del copiloto iba David, un médico cirujano de mi equipo en el Presbyterian, divorciado y de unos treinta y nueve años, con el que habíamos coincidido en algunos congresos en los últimos años, y con el que mantenía cierto grado de amistad. Lo introduje en nuestro grupo hacía unas tres semanas y se acopló inmediatamente. Percibía en él un mal disimulado interés por Joana, lo cual no dejaba de perturbarme de alguna forma.

En el asiento trasero, Amanda y yo tratábamos de acomodar lo mejor posible nuestros cuerpos de más de un metro y ochenta centímetros entrelazando nuestras piernas y nuestros brazos.
Comencé a salir con Amanda justo antes de decidir instalarme en Nueva York, quería creer que ella era uno de los motivos que me impulsaron a regresar aquí, pero no podía engañarme.
Teníamos muchas afinidades y nos divertíamos mucho juntos, ella tenía un carácter muy alegre y una refinada cultura. De gustos caros, un tanto snob, visitábamos los mejores restaurantes y clubs. Compartíamos teatros, cines, museos y cama. Amanda era una mujer bella, con un cuerpo espectacular, sexualmente apasionada y nada retraída.

Al menos hasta ahora nunca habíamos pensado en que nuestra relación tomara un rumbo más serio, la pasábamos bien juntos, nos divertíamos, y disfrutábamos inmensamente con el sexo.
Además de todo esto, para mí, Amanda era una fuente inagotable de información, información necesaria para llevar adelante mi misión en esta ciudad. Por otro lado era un medio para estar cerca de Joana.

Eran las siete de la tarde y decidimos tomar unas cervezas antes de regresar a Manhattan, Joana sugirió el Paddy Mc Gees, en Island Park, que nos quedaba de camino y nadie objetó su propuesta.

Cuando estábamos en el pub, tal vez para impresionar a Liza y que dejara de prestarle atención a su iPhone, Declan rompió la regla tácita de no hablar de trabajo en un día de descanso y dijo:

“Me ha mandado un mensaje mi amigo Charly Goldman, de la 33, un tipo al que estaban siguiendo de cerca, con antecedentes por violación, agresión, tráfico de coca y caballo, sospechoso de cargarse a un par de camellos y alguna prostituta, apareció muerto en Washington Heights con el cuello roto. ¿No era uno de tus casos, Amanda?. Te han ahorrado el trabajo, seguro fue un ajuste de cuentas o alguna venganza.”

A pesar de sentir que la mirada de Joana inmediatamente buscó alguna micro expresión en mi rostro, no pude resistirme.

“O tal vez sólo se trate de la mano de Dios haciendo justicia”, dije alzando mi copa simulando un brindis. 


Víctor M. Litke, Madrid 2012

domingo, 15 de julio de 2012

Nueva York IX


La puerta del despacho del capitán se abrió y desde nuestros escritorios pudimos distinguir cierto grado de satisfacción en los gestos de la ayudante del fiscal al despedirse. Al pasar a nuestro lado se detuvo para felicitarnos por nuestro trabajo y darnos ánimo para lo que aún teníamos por delante.
Bobby le dedicó una amplia y sincera sonrisa, y yo acordé llamarla más tarde para tomar una copa juntas.

Amanda era una excelente abogada que pudiendo trabajar en los mejores bufetes de la ciudad, eligió el servicio público. Era honesta y trabajadora, de familia más que acomodada, hija y nieta de jueces, poseía un talento genético que la hacía exitosa en su profesión. Por otro lado, era una mujer hermosa y elegantemente atrevida en su vestuario (generalmente elegía diseños de Antonioli o Rick Owens y compraba sus zapatos en Louboutin o Ferragamo). 

Desde hacía un par de años se había convertido en mi mejor amiga, cuando coincidimos en un master de psicopatología legal, forense y criminológica, que cursamos en la Pace University School of Law.

En su maletín, un JFK Classic de Lederer, llevaba la carpeta con el resumen del expediente del asesinato de Erik Paul Bloom Standford, y un pendrive con todos los documentos relacionados. Amanda era muy meticulosa en su trabajo.
Se dirigía a su oficina en la fiscalía para preparar las dos acusaciones por conspiración, autoría intelectual, incitación y complicidad de homicidio en primer grado.

Nuestra investigación del caso se había cerrado con pruebas firmes que imputaban el homicidio de Erik Bloom a José Vargas, un crimen por el que no podrá ser juzgado ya que Vargas fue asesinado solo minutos después de haberlo cometido.
Ese era el trabajo que Bobby y yo teníamos pendiente, sabíamos que los dos homicidios podían estar relacionados de alguna forma, pero después de varios días de trabajo aún no teníamos ninguna pista firme.

Lo de Bloom estaba claro, José Vargas, tenía su reloj, encontramos la cartera de Bloom con las huellas de José (sin dinero en efectivo aunque con todas sus tarjetas). Los técnicos de la científica encontraron en la camisa y la corbata de Erik fibras de algodón con apresto que pertenecían a la camiseta de GAP recién estrenada (no había sido lavada aún) que llevaba puesta el asesino, y las marcas del cuello de la víctima coincidían en tamaño y forma con las manos de José. También se encontraron restos de Rohypnol en un bolsillo del pantalón y en las manos del sospechoso.

Además existían otras pruebas que podrían ser consideradas circunstanciales, pero que de todas formas incluimos en el informe, como la proximidad de los escenarios de los dos homicidios, el dinero en efectivo que Vargas llevaba en el bolsillo de su pantalón, etc.

A pesar de estas pruebas, no nos cerraba el móvil del asesinato, si hubiese sido un robo, no habría dejado los anillos y cadena de oro que llevaba la víctima, ni hubiese dejado las tarjetas de crédito al tirar su cartera.

Pero desde el principio la nacionalidad de José Vargas encendió la luz de la sospecha, de lo que podría haber detrás de este crimen.

La nacionalidad del asesino, las llamadas recibidas en su teléfono móvil, la llave de una taquilla de Penn Station, el dinero en efectivo que encontramos en su casa y su camiseta de GAP recién estrenada, nos condujeron a la prueba más concluyente: la confesión de las personas que contrataron a José Vargas para matar a Bloom.

Amanda nos proporcionó la orden de registro para el piso de Erik y Cloe Bloom, incluía la revisión de sus cuentas bancarias, facturas, movimiento de sus tarjetas y el registro de llamadas de todos sus teléfonos.

Los periódicos retiros de efectivo que realizó Cloe de su cuenta corriente, podrían haber servido para pagar al asesino de su marido, esto era difícil de probar, las cifras eran aproximadas (cinco mil dólares), pero no había forma de corroborarlo.

El hecho que si implicaba a Cloe lo descubrimos a partir de sus gastos con una de sus tarjetas de crédito, nos llamó la atención el pago de dos copias de llaves de una cerrajería de la 33 oeste, cerca de Penn Station. En la casa de José Vargas la científica encontró dentro de un sobre una llave que pertenecería a una taquilla de esa estación, por lo que decidimos revisar las cámaras de seguridad de la primera planta, en la zona de equipajes. En una de ellas, de cuatro días atrás, sobre las nueve de la mañana, se veía claramente como Cloe alquilaba una taquilla, lo comprobamos y se correspondía con la llave del asesino.
En el departamento de los Bloom hallamos las otras dos llaves.
Las tres llaves tenían huellas parciales que coincidían con las de Vargas, Cloe y Sofía.

La Interpol, y la embajada del Perú nos proporcionaron datos y antecedentes de José Vargas, Cloe Miranda y de Sofía Huertas. Descubrimos la relación de parentesco entre José y Sofía.
Encontramos al menos una llamada realizada desde la casa de los Bloom al móvil de Vargas.
Ubicamos la tienda de GAP donde había sido vendida la camiseta que llevaba el asesino (y víctima) y establecimos que había sido comprada por Sofía.

La primera en derrumbarse fue Cloe, justificando su proceder en los malos tratos y vejaciones físicas y psicológicas a las que le sometía Erik.

Sofía mantuvo su actitud un par de horas más, pero finalmente confesó.

Los abogados que representaban a Cloe y Sofía se reunieron con Amanda para negociar el mejor trato posible para sus clientas.
Bobby y yo queríamos centrarnos ahora en el asesinato de José Vargas, las dos detenidas negaron cualquier implicación en el mismo y nosotros no teníamos ningún indicio de que no fuera así, simplemente la sospecha de que con la muerte de José eliminaban la posibilidad de futuros chantajes u otro tipo de relación con la muerte de Erik, pero eso supondría que alguna de ellas  cometió el segundo crimen, o lo hicieron juntas, o contrataron a otro asesino, con lo que estarían en la misma situación.

De todas formas, teníamos un cabo suelto que todavía no habíamos podido terminar de investigar, una de las últimas cosas que nos llamó la atención en los registros del teléfono de casa de los Bloom, fueron unas tres o cuatro llamadas de la última semana al hotel Marriott del East Side.

En el hotel conseguimos identificar el número de habitación y a su ocupante.

Dejamos a un agente esperando a que nuestro turista regresase al hotel para acompañarlo a comisaría, mientras nos pusimos a averiguar con quién estábamos tratando.

Nos enteramos que había llegado a Nueva York hacía unos días, en el mismo vuelo que Sofía Huertas, y procedente de Lima, Perú.

Demasiadas coincidencias?

Quizás, con un poco de suerte, esta persona pueda aclararnos algo sobre el homicidio de José Vargas.


 Víctor M. Litke, Madrid 2012