Para
Marco no era un día cualquiera.
Su
madre no tuvo que insistir, como todas las mañanas, para que saliera de la
cama. A pesar de no tener que ir al colegio se despertó muy temprano, cuando
las primeras luces del día se filtraban tímidas por la persiana de su
dormitorio. Esperó ansioso hasta escuchar las voces de sus padres en la cocina
y entonces se levantó, exultante. Corrió la cortina de su ventana de una sola
hoja y empujó la persiana de madera hacia fuera, con tanta fuerza que rebotó en
la pared exterior profundizando el magullón del ladrillo que recibía
cotidianamente el golpe. En un gesto inconsciente, cerró los ojos y levantó los
hombros como si pudiera amortiguarlo. Su padre siempre lo reprendía y le decía
que un día la casa entera se vendría abajo por los golpes de su persiana, pero ese
día no lo haría.
Se
vistió con unas bermudas azules, una camisa a cuadros de mangas cortas, medias
de algodón blancas y sus mejores zapatillas deportivas.
Corrió
al baño para ocuparlo antes que Francesca, su hermana mayor, aunque sabía que
ella no se levantaría temprano un sábado.
Cuando
entró en la cocina su padre tomaba café mientras leía La Nazione y su madre
cortaba en trozos pequeños el pan del día anterior y servía una taza grande con
un diez por ciento de café y el resto de leche caliente. Corrió a abrazarla,
dio un beso a su padre y se sentó en la mesa de la cocina a desayunar. Fue
sumergiendo los trozos de pan en la taza hasta cubrir toda la superficie,
esperó que se remojaran bien y con la cuchara esparció bastante azúcar por
encima del pan. Cuando terminó toda la taza su madre le alcanzó un vaso mediano
de jugo de naranja que acababa de exprimir, por su color rojo parecía un vaso
de vino, ese vaso de chianti que su padre bebía con la cena todas las noches, y
entonces se imaginaba adulto bebiendo vino con su padre mientras charlaban de
futbol.
Estaba
feliz. Ese día, 24 de junio del año en que comenzaba un nuevo siglo, en la
fiesta de San Juan, Marco cumplía doce años. Pronto llegarían sus abuelos
maternos, no los veía desde navidad. Iría con su padre a recogerlos a la
estación de Santa María Novella en una hora. Amaba a sus abuelos, la nonna le
habrá tejido un chaleco por su cumpleaños y el nonno le regalaría algunas liras
con toda seguridad.
Sus
abuelos vivían en el campo, cerca de Montepulciano, así que cuando venían a la
ciudad, siempre traían algunas cosas que elaboraban ellos mismos: queso pecorino, salami y su salchichón preferido,
la finocchiona, con semillas de
hinojo.
Su
madre estaba preparando ravioles de ricotta, espinaca y nueces, una salsa
bolognesa, zucchinis rellenos con atún y ensalada. Sobre la mesada de madera,
una crostatta o pasta flora de membrillo reposaba, recién salida del horno.
Por
la tarde irían todos a verlo jugar al futbol, Marco jugaba de delantero centro,
con el número 9, en un equipo de la liga infantil de Florencia junto a su mejor
amigo Dino Scaglione. Tenía talento, y si bien el físico no lo acompañaba (era
bastante menudo para ser delantero) era el goleador de la liga. Su padre estaba
muy orgulloso de él.
Luego
del partido sus amigos vendrían a su casa a festejar su cumpleaños, con pizzas,
gaseosas y torta.
Y
no terminaría allí su felicidad, al día siguiente irían a ver el calcio storico o calcio fiorentino en la plaza de la Santa Croce, su tío Genaro era
uno de los 27 jugadores del equipo Bianchi (los blancos, de Santo Spirito), campeones
del año anterior. Le encantaba verlo jugar con sus pantalones blancos al estilo
medieval, el torso desnudo dejando ver los múltiples tatuajes que lo adornaban.
Marco
vivía y moría por el fútbol, y esto era como volver a los orígenes.
Cuando
terminó de desayunar y escuchar las recomendaciones de su madre sobre como debía
comportarse en la estación, su padre fue hasta su dormitorio y regresó a la
cocina con un paquete envuelto en papel de regalo y se lo entregó a Marco,
deseándole feliz cumpleaños y pidiéndole (de forma bastante solemne) que
prometa cuidar y defender el objeto que acababa de regalarle.
Marco
abrió impaciente el paquete rompiendo sin miramientos el envoltorio, lo que vio
lo dejó maravillado y literalmente con la boca abierta. Su padre le había
regalado un tesoro que guardó con celo durante meses, como el trofeo más
importante de su vida, y ahora se lo confiaba a él, porque ya pronto sería un
hombre. Dejó caer al suelo el papel de regalo mientras sujetaba por la parte de
los hombros una camiseta de la Fiorentina que había pertenecido a Gabriel
Batistuta, quién se la regaló a su padre luego de un partido contra el Génova y la mantuvo escondida hasta ese día. Marco la alzó estirando los
brazos para mirarla en perspectiva, la giró para verificar si en la espalda
estaba grabado el número 9 de ese gran jugador. Abrazó a su padre y corrió a su
cuarto a buscar la ubicación correcta donde colocar este preciado objeto, para
que puedan contemplarlo sus amigos cuando vinieran por la tarde a su fiesta.
Entonces
pensó en pedirle permiso a su padre para vestirse con ella, y presumir delante
de sus amigos.
No
podía ser más feliz, entre sus amigos vendría Simonetta, la hermosa pelirroja
que se sentaba dos bancos a su izquierda en el colegio, con la que compartía
charlas, juegos y merienda en los recreos. Marco no sabía que era el amor ni
que significaba, pero cuando estaba junto a ella su corazón se aceleraba, le
subían los colores a la cara y se le aflojaban las rodillas, además de una
inquietante sensación en la boca del estómago. Eran inseparables, y los dos se prometieron
estar juntos el resto de sus vidas.
-----------*-----------
Hoy
no es un día cualquiera para Marco.
Sentado
en el asiento trasero del taxi recorrió los pocos kilómetros que separan al
aeropuerto Amerigo Vespucci del centro de su amada Florencia, pensando cuáles
serían sus pasos, estaba ansioso, algo angustiado, desesperado por
reencontrarse con sus amigos de la infancia y los pocos parientes que quedaban
allí. No podía dejar de pensar en ella, como lo hizo todos estos años que
estuvieron separados e incomunicados.
Prefirió
ir directo a su hotel en la Piazza Duomo 1, justo frente a la catedral.
Necesitaba darse una ducha y calmar un poco su ánimo.
Pensó
que lo primero que haría sería ir a visitar a su escultura preferida, el Perseo
de Cellini, en la Loggia dei Lanzi, luego iría al Ponte Vecchio y llenaría su
alma con la visión del Arno.
Tenía
tantos recuerdos, tantos lugares que visitar que no sabía cuanto tiempo le
llevaría, eso sin contar cuanto tiempo le dedicaría a los amigos.
Mientras
terminaba de vestirse frente al espejo de su habitación comprobó que aquella
fuerza que le apretaba la garganta se hacía más débil a medida que dejaba de
reprimir el llanto. Lloró, lloró hasta sentirse un poco más calmado, y entonces
decidió que lo que necesitaba hacer primero era ir hasta la que había sido su
casa.
Hoy,
fiesta de San Juan, Marco cumplía 24 años. Y estaba de nuevo en Florencia, doce
años después de haberla abandonado forzadamente.
El
día después de cumplir los doce años le comunicaron que se irían a vivir a
Nueva York en menos de una semana.
Su
padre, que estudió historia del arte y había desempeñado distintos cargos en
varios museos florentinos, recibió una “irrechazable” oferta de trabajo del
Metropolitan Museum para un importante puesto. Al menos eso fue lo que le
dijeron en ese momento.
A
marco se le cayó el mundo encima, su tristeza no tuvo límites, al punto de
enfermarse desde que le dieron la noticia hasta desembarcar en su nueva vida, y
algunos días más.
No
pudo despedirse de nadie, no quiso siquiera ver a Simonetta por última vez,
quería recordarla tal como la vio en su fiesta de cumpleaños, y quería que ella
lo recordara así, feliz con su camiseta de la Fiore y con el beso furtivo con
el que se juraron amor eterno.
Todos
sus sueños se rompieron, quiso morir.
Pero
no murió, el que sí lo hizo fue su padre, a los dos años de escapar de Italia
bajo la amenaza de Filipo Scaglione, tío de su amigo Dino y lugarteniente de La Ndrangheta, la rama de la mafia calabresa que lava el dinero en
la Toscana comprando hoteles, locales nocturnos y controlando los préstamos de
usureros. Su padre le debía una gran suma de dinero por haber perdido apuestas
de futbol, incluido el calcio storico.
Resultó
no existir el trabajo en el Metropolitan, sino un puesto de ayudante en un
pequeño restaurante italiano en Nueva Jersey, propiedad de un primo de su
padre, quién les proporcionó una pequeña vivienda en los altos del local.
Desde
que se marchó, nada fue fácil: perdió a su padre, su hermana se fugó con un ocasional
novio, su madre se dejó el cuerpo en múltiples trabajos para que Marco pueda
estudiar, nunca más jugó al futbol, nunca más vio a sus abuelos y nunca tuvo
contacto con sus amigos y compañeros de la infancia, ni con Simonetta. Al
principio no tuvo los medios para hacerlo, después, cuando comprendió la verdad
de su exilio, tuvo vergüenza.
Hace
poco, cuando planeaba este viaje, intentó ubicarla a través de distintos
buscadores y redes sociales en Internet, pero no tuvo suerte. Ahora su única
opción era encontrarla allí, en Florencia, y rogar que ella sintiera lo mismo
por él, que todo este tiempo lo haya estado esperando. Sabía que era algo muy
improbable, pero tenía que intentarlo.
Caminó
más de cinco horas por todos los rincones de la ciudad que vivían en su mente,
no reconoció a nadie, parecía que ya no pertenecía allí, que no había ninguna
huella de su pasado que pudiese reconocer. Incluso cuando llegó hasta la puerta
de la que había sido su casa, en la Via dei Neri, todo estaba cambiado, ya no se
distinguía en la pared exterior la marca que había dejado la inundación del 66,
que su padre se ocupaba de preservar.
Decidió
ir a la casa de su tío Genaro, cerca de la iglesia de Santo Spirito, sabía por
su madre que seguía viviendo allí.
Caminaba
por la costa del río hacia el Ponte Vecchio y cuando atravesaba la Via dei
Castellani, un grupo de chicas que salía del Instituto de la Historia de las
Ciencias llamó su atención. En el centro del grupo caminaba hacia él una
preciosa joven pelirroja, peinada con dos trenzas, ojos inmensamente azules, la
cara llena de pecas y una sonrisa deslumbrante.
Marco
quedó petrificado, todo su cuerpo comenzó a temblar, sus piernas flaquearon y
pensó que iba a caerse. Se sentía mareado y con la sensación de que todas sus venas
y arterias estallarían de un momento a otro.
Simonetta
pasó a su lado y cruzaron una mirada furtiva, casi imperceptible. Ella siguió
caminando con el grupo y justo cuando Marco pensó que no lo había reconocido se
detuvo de repente y giro la cabeza hacia él. Se quedaron mirando un rato, sin
moverse, extrañados.
Ella
avanzó hacia Marco mientras sus amigas se detuvieron unos metros más adelante
para contemplar la escena.
Simonetta
se paró frente a él, sólo treinta centímetros separaban sus rostros, ella alzó
la mano y acarició suavemente la mejilla y la barbilla de Marco, el tomó su
mano y la beso con dulzura y pasión. Sin decirse una sola palabra se abrazaron
eternamente y rompieron a llorar.
Sus
corazones latían con la fuerza de dos trenes, sus cuerpos vibraban al unísono,
sus manos apretaban las espaldas del otro como si quisieran fundirse en un solo
cuerpo.
Cuando
finalmente pudieron separarse, el rostro de Simonetta - quien ahora pertenecía
a la “ndrina” o familia Scaglione -
parecía cambiado, su mirada era de pena y decepción.
Se
separó de Marco unos pasos y con la voz quebrada alcanzó a decirle
-“¿Perché sei
tornato?, non potrò mai amarti come nei miei ricordi” (*)
Secándose
las lágrimas con el dorso de la mano, se giró, volvió junto al grupo de sus amigas
y se alejó de él para siempre...
(*)¿Por qué volviste?, Nunca podré amarte como en mis recuerdos
Víctor
M. Litke, Madrid 2012
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