Sentados
en el último asiento del Bondi, el Rulo no dejaba de meterme fichas, me daba
manija para que le entrara a la tana de una vez por todas. Según él, la mina
estaba muerta conmigo y si me dormía, algún otro gil se la levantaría y me
dejaría pagando.
La
verdad es que me tenía un poco lleno, pero en el fondo decía la posta, tenía
que apurarla y no me animaba. Nunca me había pasado, pero la tana imponía,
estaba refuerte y no era ninguna boluda.
Yo
tenía mi facha, alto, flaco, pelito largo, ojitos claros, medio fifi, una onda
a los jugadores de la selección de Holanda, esos por los que estaban locas
todas las chichis (aunque la mayoría de esos chabones iban para atrás).
Pero
no tenía un mango, y eso me bajoneaba un poco.
El
Rulo (le decíamos así porque tenía la bocha con menos pelos que una rodilla)
era un bagayero y le tenía ganas a la Susi, que era medio escracho y la mejor
amiga de la tana, por eso quería que yo la avance, el muy turro tenía menos
bolas que yo y encima me gastaba.
El
93 ya estaba llegando a Mitre , íbamos a Munro a comprarnos unos Levi’s de hilo
sin bolsillos, pata de elefante, con un solo grilo atrás donde no te entran ni
dos chirolas juntas.
El
sábado vamos a ir en patota a un boliche de Olivos medio cheto y tenemos que
empilcharnos bien fetén, para que no nos reboten los patovas de la entrada.
Todavía
no sabía si la tana iría, ella quería ir al Luna a la despedida de Sui Generis.
Obvio que a mi me hubiera copado una bocha ir también, pero no había de donde
rascarla.
Y
de repente todo se fue al carajo: en Mitre y San Martín había un operativo,
pararon el bondi y la yuta nos hizo bajar a todos, nos pusieron en fila en la
vereda y nos pidieron documentos. Según la pinta de la gente la iban revisando
y cacheando, y nosotros habíamos comprado todos los números de la rifa, manzana
íbamos a zafar.
El
nabo del Rulo tenía un par de canutos en el bolsillo de la campera y no se
avivó de tirarlos antes que el cana lo revise, así que quedamos los dos pegados.
La
tana tendrá que aguantarme unos días, mientras esté engayolado pensaré un
chamuyo para ganármela.
Víctor M. Litke, Madrid 2012
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