La
puerta del despacho del capitán se abrió y desde nuestros escritorios pudimos
distinguir cierto grado de satisfacción en los gestos de la ayudante del fiscal
al despedirse. Al pasar a nuestro lado se detuvo para felicitarnos por nuestro trabajo
y darnos ánimo para lo que aún teníamos por delante.
Bobby
le dedicó una amplia y sincera sonrisa, y yo acordé llamarla más tarde para
tomar una copa juntas.
Amanda
era una excelente abogada que pudiendo trabajar en los mejores bufetes de la
ciudad, eligió el servicio público. Era honesta y trabajadora, de familia más
que acomodada, hija y nieta de jueces, poseía un talento genético que la hacía
exitosa en su profesión. Por otro lado, era una mujer hermosa y elegantemente
atrevida en su vestuario (generalmente elegía diseños de Antonioli o Rick Owens
y compraba sus zapatos en Louboutin o Ferragamo).
Desde
hacía un par de años se había convertido en mi mejor amiga, cuando coincidimos
en un master de psicopatología legal, forense
y criminológica, que cursamos en la Pace University School of Law.
En
su maletín, un JFK Classic de Lederer, llevaba la carpeta con el resumen del
expediente del asesinato de Erik Paul Bloom Standford, y un pendrive con todos
los documentos relacionados. Amanda era muy meticulosa en su trabajo.
Se
dirigía a su oficina en la fiscalía para preparar las dos acusaciones por
conspiración, autoría intelectual, incitación y complicidad de homicidio en
primer grado.
Nuestra
investigación del caso se había cerrado con pruebas firmes que imputaban el
homicidio de Erik Bloom a José Vargas, un crimen por el que no podrá ser
juzgado ya que Vargas fue asesinado solo minutos después de haberlo cometido.
Ese
era el trabajo que Bobby y yo teníamos pendiente, sabíamos que los dos
homicidios podían estar relacionados de alguna forma, pero después de varios
días de trabajo aún no teníamos ninguna pista firme.
Lo
de Bloom estaba claro, José Vargas, tenía su reloj, encontramos la cartera de
Bloom con las huellas de José (sin dinero en efectivo aunque con todas sus
tarjetas). Los técnicos de la científica encontraron en la camisa y la corbata
de Erik fibras de algodón con apresto que pertenecían a la camiseta de GAP
recién estrenada (no había sido lavada aún) que llevaba puesta el asesino, y
las marcas del cuello de la víctima coincidían en tamaño y forma con las manos
de José. También se encontraron restos de Rohypnol en un bolsillo del pantalón
y en las manos del sospechoso.
Además
existían otras pruebas que podrían ser consideradas circunstanciales, pero que
de todas formas incluimos en el informe, como la proximidad de los escenarios
de los dos homicidios, el dinero en efectivo que Vargas llevaba en el bolsillo
de su pantalón, etc.
A
pesar de estas pruebas, no nos cerraba el móvil del asesinato, si hubiese sido
un robo, no habría dejado los anillos y cadena de oro que llevaba la víctima,
ni hubiese dejado las tarjetas de crédito al tirar su cartera.
Pero
desde el principio la nacionalidad de José Vargas encendió la luz de la
sospecha, de lo que podría haber detrás de este crimen.
La
nacionalidad del asesino, las llamadas recibidas en su teléfono móvil, la llave
de una taquilla de Penn Station, el dinero en efectivo que encontramos en su
casa y su camiseta de GAP recién estrenada, nos condujeron a la prueba más
concluyente: la confesión de las personas que contrataron a José Vargas para
matar a Bloom.
Amanda
nos proporcionó la orden de registro para el piso de Erik y Cloe Bloom, incluía
la revisión de sus cuentas bancarias, facturas, movimiento de sus tarjetas y el
registro de llamadas de todos sus teléfonos.
Los
periódicos retiros de efectivo que realizó Cloe de su cuenta corriente, podrían
haber servido para pagar al asesino de su marido, esto era difícil de probar,
las cifras eran aproximadas (cinco mil dólares), pero no había forma de
corroborarlo.
El
hecho que si implicaba a Cloe lo descubrimos a partir de sus gastos con una de
sus tarjetas de crédito, nos llamó la atención el pago de dos copias de llaves
de una cerrajería de la 33 oeste, cerca de Penn Station. En la casa de José
Vargas la científica encontró dentro de un sobre una llave que pertenecería a
una taquilla de esa estación, por lo que decidimos revisar las cámaras de
seguridad de la primera planta, en la zona de equipajes. En una de ellas, de
cuatro días atrás, sobre las nueve de la mañana, se veía claramente como Cloe
alquilaba una taquilla, lo comprobamos y se correspondía con la llave del
asesino.
En
el departamento de los Bloom hallamos las otras dos llaves.
Las
tres llaves tenían huellas parciales que coincidían con las de Vargas, Cloe y
Sofía.
La
Interpol, y la embajada del Perú nos proporcionaron datos y antecedentes de
José Vargas, Cloe Miranda y de Sofía Huertas. Descubrimos la relación de
parentesco entre José y Sofía.
Encontramos
al menos una llamada realizada desde la casa de los Bloom al móvil de Vargas.
Ubicamos
la tienda de GAP donde había sido vendida la camiseta que llevaba el asesino (y
víctima) y establecimos que había sido comprada por Sofía.
La
primera en derrumbarse fue Cloe, justificando su proceder en los malos tratos y
vejaciones físicas y psicológicas a las que le sometía Erik.
Sofía
mantuvo su actitud un par de horas más, pero finalmente confesó.
Los
abogados que representaban a Cloe y Sofía se reunieron con Amanda para negociar
el mejor trato posible para sus clientas.
Bobby
y yo queríamos centrarnos ahora en el asesinato de José Vargas, las dos
detenidas negaron cualquier implicación en el mismo y nosotros no teníamos
ningún indicio de que no fuera así, simplemente la sospecha de que con la
muerte de José eliminaban la posibilidad de futuros chantajes u otro tipo de
relación con la muerte de Erik, pero eso supondría que alguna de ellas cometió el segundo crimen, o lo hicieron
juntas, o contrataron a otro asesino, con lo que estarían en la misma
situación.
De
todas formas, teníamos un cabo suelto que todavía no habíamos podido terminar
de investigar, una de las últimas cosas que nos llamó la atención en los
registros del teléfono de casa de los Bloom, fueron unas tres o cuatro llamadas
de la última semana al hotel Marriott del East Side.
En
el hotel conseguimos identificar el número de habitación y a su ocupante.
Dejamos
a un agente esperando a que nuestro turista regresase al hotel para acompañarlo
a comisaría, mientras nos pusimos a averiguar con quién estábamos tratando.
Nos
enteramos que había llegado a Nueva York hacía unos días, en el mismo vuelo que
Sofía Huertas, y procedente de Lima, Perú.
Demasiadas
coincidencias?
Quizás,
con un poco de suerte, esta persona pueda aclararnos algo sobre el homicidio de
José Vargas.
Víctor M. Litke, Madrid 2012
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