Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

domingo, 29 de abril de 2012

Nueva York VII



Menos de cinco minutos fueron más que suficientes para terminar de decidirme.

Tal como acordamos el día anterior, Sofía, su amiga Cloe y su esposo Erik pasaron a recogerme por el vestíbulo del Hotel Marriott a las 20:30.
Hechas las presentaciones de rigor, les ofrecí tomarnos una copa en el bar del hotel antes de ir a cenar, teníamos reserva para las 21:30 así que había tiempo de sobra, ya que el restaurante que propuso Sofía para esa noche estaba a la vuelta del hotel.
Nos daba tiempo para una copa pero tampoco era demasiado como para extrañar un cigarrillo ya que el hotel presume de ser “cien por ciento libre de humo”, y aunque en mi habitación fumo cuanto me plazca (las propinas acallan cualquier protesta o llamado de atención) no puedo hacerlo descaradamente en el bar.

Cloe pidió un Pisco Sour (cómo no), su esposo un Margarita, Sofía un Cosmopolitan y yo, como una especie de homenaje a los cuatro días de estancia en Nueva York, en lugar de mi habitual vodka pedí un Jim Beam Black con hielo. Los cócteles no son lo mío, el bourbon tampoco, pero hice una excepción.
Tal como preveía la conversación inicial se circunscribió a temas relacionados con nuestros respectivos trabajos o profesiones, algo que por supuesto no me interesaba en lo más mínimo. Esperaba que en el resto de la noche pudiese verificar personalmente aquello que me había anticipado Sofía sobre la personalidad de Erik y su relación con Cloe.
Erik y yo repetimos bebida y conversación.
Finalmente dejamos el Lobby Bar y nos dirigimos al San Martín, sobre la 49, un pequeño restaurante con algunas mesas sobre la acera, y un ambiente bastante familiar, yo hubiese preferido otro tipo de establecimiento, pero Sofía insistió en éste, dijo que Cloe se sentiría mejor en un lugar no muy lujoso.

Ocupamos nuestra mesa en el centro del salón, y de inmediato nos sumergimos en la lectura de la carta, de cocina italiana y mediterránea. No fue muy difícil mi elección, y tampoco la del resto del grupo. Por suerte sugirieron que yo seleccionara el vino, para lo cual no tuve demasiado en cuenta los platos que pedirían mis acompañantes, y si lo que me apetecía beber.
Fue toda una sorpresa encontrarme en la carta de vinos con un Biondi Santi Rosso di Montalcino del 2000, un sangiovese grosso que ya había probado en uno de mis viajes a Florencia, que me apresuré a recomendar a Sofía y Cloe, ignorando en esta ocasión cualquier comentario de Erik al respecto. Por supuesto ellas estuvieron de acuerdo.
En cuanto a la comida, entrantes de carpaccio, cóctel de gambas, scamorza  affumicata al basilico y prosciutto di Parma con frutas; medallones de solomillo con champiñones, ternera a la parmesana y a la sorrentina y un Black Angus Sirloin steak.

Contando con la complicidad de Sofía intenté centrar los temas de conversación en las relaciones personales, la convivencia de pareja, el racismo, el feminismo y cosas por el estilo, aunque de vez en cuando hacía una concesión y comentaba alguna cosa sobre mi trabajo.
Erik era una verdadera perla, que se creía el ombligo del mundo, todo giraba en torno a él, según su propia y particular visión de la realidad.
Su conversación dejaba traslucir un gran complejo de inferioridad, un odio medio reprimido a todo lo que tuviese relación con la homosexualidad, desprecio por las clases sociales deprimidas y por los extranjeros (aunque se esforzaba por disimularlo). Era un machista de cuidado, parecía tener muy claro que las mujeres pertenecían a una casta inferior, y que eran los hombres los que movían el mundo. Continuamente recalcaba el amor y devoción que sentía por su esposa, y justificaba su excesivo celo en el cuidado que le profesaba. Ese era el motivo por el cual impedía que Cloe se relacionara con gente que “podía hacerle daño”, por el que no quería que tuviese un empleo o un hobby que la llevara fuera de casa. Decía que Nueva York era un ciudad peligrosa para una latina que no estaba acostumbrada a vivir allí, que en unos años estaría preparada, pero aún no.

Su carrera profesional era muy buena y próspera, pero su trabajo le ocupaba todas las horas del día, por lo que podía disfrutar de su querida esposa solamente los fines de semana, a excepción de aquellos en los que programaba alguna actividad con sus colegas o clientes, actividades que nunca incluían a Cloe.
Se encargó de resumirme los encantos de la ciudad, incluyendo locales de diversión y juego que podría visitar durante mi estancia en Manhattan.
Era evidente que menospreciaba y maltrataba a su esposa, creía que lo disimulaba bien, pero en mis años de estudio y práctica hospitalaria, antes de especializarme en la cirugía cardiovascular, me interesé mucho en estudiar los perfiles de esposos maltratadores a cuyas mujeres intentábamos curar las heridas físicas inflingidas por estos monstruos, concientes que no podíamos actuar sobre sus otras heridas.

Durante la cena, en ocasiones, la charla de Erik provocaba incomodidad y hasta vergüenza en Cloe, varias veces la vi sonrojarse y percibí su esfuerzo por no romper a llorar. Lo más sensato y amable hubiese sido variar el tono de la conversación y tocar temas más banales, pero yo ya me había empecinado en desenmascarar a este hipócrita, aunque para hacerlo no confrontaba con él, sino más bien fingía estar de acuerdo con sus dichos y lo alentaba a ir cada vez un poco más allá. A eso contribuyeron las dos botellas del tinto italiano y la de prosecco Conegliano Valdobbiadene que pedimos con los postres.

En éste punto las mujeres se excusaron para ir al servicio.
Fueron menos de cinco minutos en los que Erik se liberó de la pesada carga del disimulo, y creyéndome un aliado se despachó a gusto sobre su esposa y lo fácil que le resultaba someterla a sus voluntades. Hasta me relató ciertas posturas sexuales a las que forzaba a la sumisa Cloe, y como no dudaba en “castigarla” cuando ella se negaba a satisfacer cualquier deseo suyo.
Además, Erik tenía una vida fuera de su casa y su trabajo, esa vida se desarrollaba en garitos y casas de juego y placeres a las que concurría casi a diario.
Irónicamente, dada su xenofobia, declaraba sentir debilidad por el cuerpo de las mujeres latinas, por lo que sus lugares de esparcimiento se encontraban todos en el Harlem Hispano, y no tardó en invitarme a acompañarlo.

-“Podemos arreglar para mañana por la noche, iré a un lugar con mucha diversión y podemos pasarla bien juntos, verás que mercadería tienen allí.”, me dijo con todo desparpajo.

Aunque en principio me excusé y  decliné la invitación, le pedí que me diera la dirección del lugar y me diga a que hora iría él, trataría de deshacer mis compromisos para pasar un rato por allí y encontrarnos.
Conseguí toda la información que necesitaba antes que las mujeres volvieran a la mesa.
El resto de la velada pasó casi sin que me diera cuenta, a pesar de mantener la conversación, mi mente ya vagaba por otros sitios.
Imaginaba, planificaba.

Esos escasos cinco minutos que pasamos a solas con Erik fueron muy reveladores.

Esa basura de hombre no merecía la vida que llevaba.
No merecía vivir y yo me encargaría de arreglarlo.
Por fin tenía el quién, el dónde, y el cuándo.
Me faltaba definir el cómo, pero no me importaba improvisar.

Menos de cinco minutos fueron más que suficientes para terminar de decidirme.


Víctor M. Litke, Madrid 2012





lunes, 23 de abril de 2012

Una tarde de tormenta, un golpe de suerte


La vida nunca dejó de ser un laberinto de espinas para él. Desde el principio de sus días le tocó el primer premio en sufrimiento.
Huérfano de madre y padre antes de cumplir el año, ningún familiar asumió la responsabilidad de su cuidado.
Su infancia se alternó entre internados y casas de acogidas. Un par de posibilidades de adopción que no prosperaron, no porque fuera un chico problemático, sino más bien porque nunca iba sólo: el infortunio lo acompañaba como si fuese su sombra. Sufría frecuentemente accidentes inexplicables y la gente no tardaba demasiado en asociar cualquier desgracia con su presencia y por lo tanto llegaban al inevitable rechazo.
Así pasó infancia y adolescencia, sin conocer alegrías y bienestares. Sin embargo él se resistía a aceptar ese destino funesto, se esforzó, estudió y se aplicó hasta los límites que imponía su situación, que no era mucho.
La mayoría de edad lo depositó en la soledad de la calle, su empeño y fuerza de voluntad le permitieron sobrevivir los primeros meses, hasta que pudo conseguir algunos trabajos con los que comenzó a vivir casi con decencia.
Los trabajos no duraban mucho tiempo, no podía despegarse de su desgraciada aureola. Pero no se rendía.
Desde hace unos meses, parecía que su vida cambiaría definitivamente. Se había estabilizado en un puesto de albañil y trabajaba en una obra en construcción en el barrio de Caballito. Había cambiado de pensión y ahora disfrutaba de una pieza para él sólo, muy cerca del baño y con una pequeña cocinita dónde se las ingenió para aprender los principios culinarios básicos, necesarios para una aceptable alimentación.
Conoció a Cecilia el día que se permitió una tarde de cine en el Shopping de Abasto, fue amor a primera vista. Después de la película tomaron una coca y ya no pasó un día sin que se vieran al menos un rato para caminar unas cuadras tomados de la mano.
No tenía muchas posibilidades de hacerle regalos, el último fue una cadena de alpaca con dos letras bañadas en plata, sus iniciales. A ella le pareció muy bonita, se la puso y juró que nunca se la quitaría.

El hermano de Cecilia tenía una pequeña fábrica de persianas y accedió a ofrecerle un puesto en la sección de distribución. Lo entrevistaría formalmente para que el resto de los empleados no pensara que era un “enchufado” del dueño y no tuviera ningún problema con sus futuros compañeros.
Había llegado el día, Cecilia lo vendría a buscar a la obra y lo acompañaría a la entrevista. Apuró sus tareas al máximo, le quedaba terminar de armar un encofrado en el primer piso, una futura columna que llenarían al día siguiente con hormigón. Terminó de clavar las últimas tablas, ordenó las barras de hierro aletado de 10 mm que sobraban y tapó con unas chapas onduladas algunas bolsas de cemento para que no se mojaran con la lluvia que comenzaba a caer.
Se sacó los guantes y casi sin darse cuenta los dejó sobre las chapas que acababa de acomodar. Sonrió y pensó que tal vez no volvería a ponérselos. Fue a darse una ducha rápida, en la obra no había agua caliente, había traído su mejor ropa para causar una buena impresión.
La tormenta tomaba fuerza, pero no lo preocupó. Usaría algunos ahorros para tomar un taxi, así que ni Cecilia ni él se mojarían.
Esperaba resguardado en la casilla del sereno hasta que vio que ella bajaba del 172, a pocos metros de donde la esperaba. Una ráfaga de viento levantó el vestido de su amada, que con un rápido movimiento de su mano derecha consiguió evitar que su ropa interior quedara al descubierto.
“Todo es perfecto hoy, todo será perfecto, por fin mi suerte cambió”
Sin dejar de pensar cuánto la amaba y que nunca se había sentido tan feliz, fue a su encuentro. Se besaron apresuradamente, el viento arrojaba la lluvia contra sus caras, era imposible abrir el paraguas que le había prestado el capataz ya que se rompería. A pocos metros paró un taxi para que descendiera un pasajero, corrieron tomados de la mano antes que otra persona se les adelantase y lo ocupara.
Era su día, el fin de sus pesares.

Cuando apenas habían pasado los límites de la obra un guante de albañil cayó a su lado impulsado por el viento, instintivamente detuvo su carrera y se agachó para recogerlo sin soltar la mano de Cecilia.
-“Que suerte, creo que es uno de los míos”, le dijo casi gritando mientras se incorporaba.

Ella no respondió, una de las chapas que protegían las bolsas de cemento había volado con el viento y cercenó limpiamente su cabeza, justo por encima del colgante con sus iniciales.

Definitivamente su suerte había cambiado, de no haberse agachado…


Víctor M. Litke, Madrid 2012

jueves, 19 de abril de 2012

New York VI


Estacioné mi Volkswagen Beetle cabrio amarillo en la plaza que tengo asignada en el segundo subsuelo del aparcamiento del edificio de la central poco antes de las 8:30 de la mañana y me dirigí apresuradamente a mi oficina, no quería llegar tarde. Sabía que Bobby ya estaría esperándome con un expreso recién servido y quizás algún trozo de tarta de las que suele cocinar su esposa Grace.
Al dejar el abrigo en el respaldo de mi silla, apareció mi compañero con dos vasos de café en las manos, acompañando su saludo con una bonita sonrisa, la misma que todos los días hacía posible que comenzáramos nuestro trabajo con la esperanza de acabar el día vivos. Nuestros escritorios estaban enfrentados, pegados uno al otro, habíamos colocado las pantallas de nuestros ordenadores de forma tal que pudiésemos mirarnos sin tener que estirar demasiado el cuello o levantarnos de nuestros asientos. Hoy no había tarta ni galletas para acompañar el café. Hace más de tres semanas que estoy intentando dejar de fumar, se me hace muy difícil no acompañar el café con un Marlboro, y a veces una porción de tarta ayuda a que no piense en ello.
Mientras arrancaba mi pc, le pregunté a Bobby si había alguna novedad destacable.

-“Nada nuevo en el caso Bloom, hay otros dos asesinatos que aún no están resueltos: un yonqui apuñalado ayer cerca de la fuente de Cherry Hill, los de la 22 de Central Park dicen que ya tienen al sospechoso cercado; el otro es un varón latino que encontraron hace dos noches por la 127 Oeste y Lenox, no sé la causa de la muerte, lo llevan los de la 28 y parece que no han avanzado mucho. Tal vez una pelea de bandas. Si hubiese sido al otro lado de la calle les hubiese caído también a los de la 32, no está muy lejos de donde encontraron a Bloom.”, concluyó su resumen Bobby sonriendo.

Agradecí su informe mientras revisaba mis e-mails y eché un vistazo a la agenda, no tenía muchas cosas previstas para el día. Había decidido volver a entrevistar a la esposa de Erik Bloom, le pedí a Molina que revisara sus cuentas bancarias y verificara si el muerto tenía seguro de vida o algún otra fuente de ingresos además de su trabajo. Quería saber además si existía algún acuerdo prematrimonial, la familia Bloom tenía una posición económica más que acomodada.
Un hermano de la víctima venía desde San Francisco para hacerse cargo del cuerpo y todos los trámites. Nos entrevistaríamos con él luego del almuerzo.
Abrí la carpeta con el expediente del caso, enganchada con un clip estaba la foto de la víctima, la misma foto que precedía nuestra pizarra, mientras la miraba por enésima vez me vino a la mente un detalle que había mencionado Bobby un minuto antes.
Alcé la mirada y vi que estaba al teléfono, esperé a que finalizara su llamada.

-“Molina, ¿los de la 28 te comentaron la nacionalidad de la víctima?”, le pregunté intrigada.

-“Mmm no, no me lo han dicho, ya lo averiguo.“, respondió y en su expresión adiviné que compartía mi intriga.
Nuestro ánimo cambió y nuestra actividad se multiplicó el resto de la mañana.
Nos reasignaron el caso de la 28. Mientras Molina iba a reconocer la escena del crimen, yo fui a ver al doctor Polak para ver los resultados de la autopsia de nuestro “varón latino”.

-“La muerte aconteció dos días atrás, entre las  20 y las 23 horas. La rotación de las vértebras cervicales indican que la muerte ocurrió por fractura de cuello y la consecuente asfixia, Seguramente fue atacado desde atrás. No parece la típica muerte resultante de una confrontación entre bandas”, opinó acertadamente nuestro forense.

En la caja de pruebas había varios objetos clasificados y guardados en sus respectivas bolsas, lo que evidenciaba que no había habido robo. Una billetera de tela sintética un tanto maltrecha, con unos 60 dólares entre billetes y monedas, una master, una tarjeta telefónica (de esas que se utilizan para las llamadas internacionales) y el carné de conducir.
En otra bolsita había unos 450 dólares en billetes grandes (demasiado dinero en efectivo), que encontraron en el bolsillo delantero derecho de sus vaqueros (una de las fotos tomadas por los de la científica en el escenario, mostraba a la víctima tendida boca abajo y con su mano derecha metida en ese bolsillo de su pantalón).
Un teléfono móvil de los modernos, unos cuantos anillos de acero, un par de collares dorados y un reloj Longines Saint-Imier en acero y oro con las iniciales “EPBS” grabados en la caja.
Parecía que más que una víctima de robo nuestro hombre era un ladrón.
Se llamaba José Vargas, de 29 años, ingresó al país dos años atrás con una visa temporal de trabajo, vivía en “El Barrio”, la parte de Harlem que ha dejado de ser territorio de los afroamericanos para convertirse en hábitat de los “Nuyoricans”, mayoritariamente  inmigrantes puertorriqueños y de otros países sudamericanos.
Molina averiguó que trabajaba en una empresa que proveía de pescado fresco a distintos restaurantes de Manhattan, entre los que estaba La Mar, un restaurante que abrió sus puertas hace menos de dos años, de comida peruana.
Ese detalle fue lo que me llamó la atención desde el principio, podría ser que nuestros dos asesinatos estén relacionados o que sea simplemente una casualidad.  Nuestra segunda víctima era de nacionalidad peruana.
Seguiríamos los dos casos en forma conjunta, ya que existía la posibilidad de alguna relación.

Recopilamos toda la información posible antes de las entrevistas que habíamos programado para el día, confiábamos que recabaríamos más datos en la reunión con  Edward Bloom, cerca de las tres de la tarde. También me interesaba mucho la segunda reunión que tendríamos con la viuda de Bloom y su amiga, para eso faltaba menos de una hora.
Las cuentas de la víctima no nos dieron muchas pistas, tenían un buen pasar, y no había movimientos anormales que llamaran la atención salvo en una, la única de sus cuentas en la que su esposa era cotitular. Con un saldo de unos tres mil dólares, registraba retiros semanales y sistemáticos de pequeñas cantidades, 100 o 150 dólares cada vez, desde hacía un par de meses, y uno de 2000 el día de la muerte de su esposo. Deberemos preguntar a la viuda sobre estas extracciones.
Los Bloom eran propietarios del piso donde vivían, en el Upper West Side. No había deudas. Las tarjetas de crédito robadas a la víctima no se habían utilizado, así que autorizaríamos a que se dieran de baja. Tenía un seguro de vida estándar por 250 mil dólares sin variación por causa de la muerte, cuya beneficiaria era la esposa. Una cifra nada despreciable pero que en principio no supondría un móvil para un crimen.

En cuanto a José Vargas, no había mucho, un antecedente por tenencia, sin familia y aparentemente no pertenecía a ninguna banda latina. Las referencias que nos dieron en su trabajo tampoco indicaban nada extraño, un tipo que trataba de pasar desapercibido.
Decidimos investigar las llamadas telefónicas enviadas y recibidas en la última semana de el móvil de Vargas, el móvil de Bloom, la casa de Bloom y el despacho de Bloom.
Volvimos a enviar agentes a los bares y clubs cercanos a los dos asesinatos y revisar los videos de cualquier cámara de la zona, tráfico, cajeros, tiendas, etc., pero esto nos llevaría bastante tiempo.

Cloe Bloom llegó sobre las 11:50 de la mañana, acompañada de su amiga Sofía Huertas. Un agente condujo a Cloe a la sala de interrogatorios Número 1 y a Sofía a la sala Número 2. Como hacíamos de costumbre, Bobby y yo nos fuimos a tomar un café antes de comenzar las entrevistas, siempre dejábamos que los “interrogados” esperaran un rato solos en las salas, eso los inquietaba bastante.

La viuda negó conocer a nuestra segunda víctima, negó malos tratos por parte de su difunto marido, y negó cualquier tipo de problema en su matrimonio. Sobre las extracciones de dinero, dijo que quería darle una sorpresa a su marido contratando un viaje para su próximo aniversario, y pensaba que extrayendo pocas cantidades de la cuenta, él no lo notaría. Dijo tener el dinero en efectivo guardado en su casa. Además ratificó lo dicho en su primer declaración, en el momento en que su marido había sido asesinado, ella estaba en su casa con su amiga Sofía.

Sofía Huertas nos volvió a relatar el motivo de su viaje, nos dijo que casi no conocía a Erik  y confesó que no le simpatizaba demasiado, también nos dijo que su relación con Cloe venía desde su época de estudiante, y que la quería como si fuese su hermana. Negó conocer a José Vargas o algún otro compatriota residente en Nueva York, salvo Cloe obviamente. Confirmó que al momento de la muerte de Erik se encontraba en casa de su amiga. Y se ofreció a colaborar en todo lo que estuviera a su alcance.

Ambas declaraciones nos parecieron “muy pulcras”, quizás demasiado. Comprobaríamos sus coartadas y volveríamos a comparar los dichos de las primeras entrevistas con las de hoy.
Una vez que despedimos a Cloe y Sofía, decidimos con Bobby bajar a comer algo antes de entrevistar al hermano de Erik.

Edward Bloom, nos comentó que hacía tiempo no veía a su hermano. Sus padres no desaprobaban del todo su matrimonio pero le reprochaban que se haya casado en el extranjero. Nos comentó que tenía un carácter intempestivo, en algunas ocasiones violento, y que se había distanciado paulatinamente de su familia.

Pero lo más significativo e importante que nos aportó el hermano de nuestra primera víctima fueron dos cosas: la primera, su propio nombre completo, Edward Patrick Bloom Standford; la segunda, el de su hermano, Erik Paul Bloom Standford. Nos dijo que en los documentos oficiales no figuraba el segundo apellido, el materno, pero que desde niños se habían acostumbrado a utilizarlo.

“EPBS”

Nos quedaba mucho trabajo por delante.


Víctor M. Litke, Madrid 2012

domingo, 15 de abril de 2012

Caza submarina


Cuando era chico miraba en la tele las peripecias de Mike Nelson en la serie “Caza submarina” acostado de panza sobre un banquito de madera, lo que le permitía “nadar y bucear” como los protagonistas, imitando los movimientos de sus brazos y pataleando en el aire, sosteniendo en una mano un palo que servía de improvisado arpón.
Un día tocaba luchar con espías o ladrones de tesoros, otro día escapar de tiburones u otros peligros submarinos, pero siempre disfrutando del agua.

Respirar hondo, inflar los cachetes, sumergirse, abrir los ojos y desplazarse por debajo de la superficie imitando a Lloyd Bridges, hasta que la necesidad de oxígeno sea insoportable.

Del banquito de madera al agua de verdad, siempre y en cualquier lugar, un ritual repetido cada vez que tenía oportunidad. A luchar en el agua con los malos.

Uno de sus tíos, pluriempleado, trabajaba de sereno los fines de semana en el edificio de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), en la calle Reconquista casi esquina Corrientes. Como los domingos estaba cerrado a sus socios, tenían todo a su disposición, gimnasios, canchas de fútbol y básquet, pelotas de todo tipo y tamaño, dos piscinas olímpicas y tableros de ajedrez para cuando las fuerzas decían basta.
Casi todo el día en el agua, hasta que la piel quedaba arrugada como una ciruela disecada, de esas que se usan para hacer compota. El trampolín era la cubierta del barco, al que subían una y otra vez para volver a lanzarse a un mar imaginario.

Y al final del día pan con manteca y Kero, leche con Nesquik y jaque mate.

También eran frecuentes las escapadas de primavera/verano a Del Viso con sus tíos, allí habían formado una “banda” que no dudaba en colarse en las casaquintas vacías y hacer uso de las piletas a placer, muchas veces apartando el manto de hojas de la superficie y evitando tanto el verdín del fondo como los sapos que protestaban por su presencia.
Pero lo más divertido era ir por la 26, para el lado de la ruta 9, hasta encontrar un camino que salía a la izquierda y desembocaba en el lugar que todos conocían como Los Patovicas. La aguas limpias del arroyo Pinazo discurrían entre barrancas y arboledas. Había abundante pesca y no mucha gente. La profundidad del agua permitía que se lanzaran de cabeza desde la barranca.  Salían, volvían a trepar y otra vez al agua.

De tanto en tanto su mente vuelve a Los Patovicas, a encontrarse con Alex, Chito, Dani y los demás, sentados a caballito sobre el tronco de un árbol caído que intentaban usar como canoa, remando con palos hasta que perdían el equilibrio y caían todos al agua. “El bote había sido atacado y había que luchar en el agua contra perversos enemigos”.

Alguien le contó no hace mucho que había otro arroyo bordeado de sauces, muy cerca de allí, pasando Pilar y antes de llegar a Capilla del Señor, el Larena, visible desde la ruta 8. Parece ser que era un lugar parecido a Los Patovicas donde también se juntaban primos y amigos a disfrutar de ese paraíso. No le resulta difícil imaginarlo.

Desde hace poco, de tanto en tanto su mente viaja también al Larena, y se ve jugando en sus aguas a “caza submarina” con primos imaginarios, mientras a la sombra de un árbol, con el mate en una mano y un colorado con filtro encendido en la otra, alguien vigila por las dudas.
No vaya a ser cosa que ganen los malos.

Para Ricky, me hubiera gustado…

Víctor M. Litke
Madrid, abril de 2012

lunes, 9 de abril de 2012

New York V


Eran las 9:30 de la mañana cuando vi que Sofía dejaba atrás el último control de la terminal 8 del JFK, por su cara adiviné que no había podido dormir durante el vuelo, sin embargo parecía contenta y distendida.
Me sentía nerviosa y excitada. Cuando estuvimos juntas nos fundimos en un abrazo interminable.
-“Amiga, cuantas ganas tenía de verte!”, dije a modo de bienvenida.
-“Señora Bloom, encantada de verla”, respondió Sofía en tono irónico.
No nos veíamos desde hacía tres años, cuando me casé con Erik y vinimos a vivir a Nueva York, si bien manteníamos contacto regular por diversos medios, la extrañaba tanto que me parecía increíble tenerla junto a mí.
Nos quedamos abrazadas un buen rato, dejando escapar alguna lágrima y sin decirnos gran cosa.
Cuando al fin nos separamos la tomé del brazo y la guié hasta la parada de taxis, al tiempo que le preguntaba si había tenido un buen vuelo.
Durante el viaje en taxi a casa no paramos de hablar de familiares y amigos que me mandaban saludos y presentes a través Sofía.
Habíamos sido compañeras de instituto, entonces nos hicimos amigas inseparables, ella eligió la carrera de modelo y yo decidí estudiar historia y lenguas modernas para trabajar como interprete y guía de turismo en Cuzco, donde conocí a Erik.
El taxi recorría con dificultad los últimos metros por la avenida Columbus antes de girar en la 89 oeste.
-“Gracias por venir tan pronto, no sabía si podrías, pero no tenía a quién recurrir. No puedo seguir viviendo así, y aquí no conozco a nadie que pueda ayudarme”, dije tomándole de la mano
-“No te preocupes, todo se va a arreglar, yo me ocuparé de todo”, respondió apretando mi mano suavemente.

Una vez en el apartamento, mientras acomodaba sus cosas en el cuarto de invitados, preparé café y tostadas para las dos. Le pregunté si quería echarse un rato a descansar del viaje, pero dijo estar bien y despejada. Sacó del bolso unos cuantos frasquitos con diversas pastillas y cápsulas, tomó una con un gran sorbo de café y se apresuró a guardar nuevamente los frascos en su sitio.
-“Ahora tendré energía de sobra hasta la noche”, dijo riéndose.
Las siguientes dos horas las pasamos hablando sin parar.
A pesar de que a través de nuestros contactos por mail o teléfono, Sofía estaba el tanto de todo lo que padecí en estos años, el hablarlo cara a cara la afectó de manera ostensible.
Le relaté nuevamente algunos de los hechos más importantes, que habían marcado mis años de matrimonio y que se traducían en ciertos síntomas que estaban afectando mi salud física y mental.
Al poco tiempo de instalarnos en Nueva York, Erik fue cambiando de actitud hacia mí, casi sin darme cuenta comenzó a tratarme como una posesión sobre la cual ejercía un total y completo dominio.
Así aparecieron los gritos e insultos, el menosprecio, el forzarme a relaciones sexuales no deseadas, el engaño, los golpes…
Al principio atribuí esta actitud al estrés por su nuevo puesto, el hecho de comenzar una vida profesional y familiar desde cero, en una ciudad desconocida, lejos de familiares y amigos. Incluso traté de disculparlo internamente echándole la culpa al alcohol y las drogas que comenzó a consumir. Hasta que me fui dando cuenta de que me estaba mintiendo a mi misma, todo eso es un mito. La violencia machista no es consecuencia de un arrebato, un estallido de furia ni está influenciada por ninguna bebida o sustancia. Tampoco es fruto de ninguna enfermedad.
Erik posee todas las características del perfil de un agresor. Es celoso y controlador, no deja que salga y forme nuevas amistades, limita los contactos con mi familia, elige mi vestimenta y vigila cualquier posible contacto que tenga con otros hombres, habla pestes de las mujeres y sobre todo de las extranjeras, no quiere que trabaje o que tenga alguna distracción. Me culpa de sus “ataques de furia”.

-“Cambia completamente cuando estamos con gente, se muestra simpático, caballeroso y atento, lo verás hoy mismo en cuanto regrese a casa”, continuaba desahogándome con Sofía.
Hacía rato que estaba llorando mientras Sofía maldecía y sostenía mi mano entre las suyas.
Hace un tiempo que estoy deprimida, he comenzado a sufrir trastornos alimenticios y de sueño. En los últimos tres meses he adelgazado varios kilos, lo que pone más furioso a Erik, que dice que si pierdo mi figura ya no habrá nada que sea rescatable de mí para él.

-“Esto tiene que acabar y acabará pronto. Te lo prometo. Actuaremos como si nada de esto hubiese ocurrido jamás, y por supuesto seré amable y simpática con Erik, no dejaremos que sospeche nada”, dijo Sofía poniendo fin al relato de mis calamidades.
-“Ahora tendremos unos días para disfrutar juntas y ayudarte a olvidar este calvario”, continuó.
                                                                                                             
Fue hasta el cuarto de invitados y luego de rebuscar en una de sus maletas me entregó un paquete envuelto en papel de regalo.

-“Toma, empezaremos con esto. Te hará bien y te ayudará a relajarte. Y no te preocupes, deja todo en mis manos, yo me encargaré de todo a partir de ahora”, dijo entregándome el paquete.

-“¿Estas segura de esto?, no quisiera que arruinases tu vida por mi culpa”, dije secando mis últimas lágrimas.

Dejé mi pañuelo a un lado y abrí el regalo de Sofía, sales de baño andinas de Maras.

-“Segura, te lo prometo”, me respondió.





Víctor M. Litke, Madrid 2012

viernes, 6 de abril de 2012

Invasión


No era un fantasma quien surgió entre la niebla, Pablo venía hacia nosotros corriendo con una expresión desencajada, horrorizado. María se adelantó al grupo para llegar primero hasta él y enterarse de lo que pasaba. Cuando estuvo con nosotros lo rodeamos y mientras le hacíamos miles de preguntas, María lo abrazaba tratando de calmarlo. Pablo no hablaba. Lloraba y tiritaba como si estuviese desnudo en la nieve. Cada vez que podía volvía la cabeza hacia el lugar desde donde había venido y el miedo lo paralizaba.
La niebla se hizo más espesa y llegó hasta nuestra posición.
Una fuerza descomunal nos arrojó varios metros por el aire, una luz dorada cegó nuestros ojos y un calor abrazador quemó nuestros cuerpos.
Inmóvil, dolorido y aterrado, justo antes de respirar por última vez, alcance a escuchar el grito desgarrador de Pablo…
-“Son ellos…”

Víctor M. Litke, Madrid 2010

Getafe negro
Festival de novela policíaca de Madrid
III edición, octubre de 2010

Concurso de microrrelatos. Máximo 150 palabras sin contar la frase de inicio: “No era un fantasma quien surgió entre la niebla”