Menos
de cinco minutos fueron más que suficientes para terminar de decidirme.
Tal
como acordamos el día anterior, Sofía, su amiga Cloe y su esposo Erik pasaron a
recogerme por el vestíbulo del Hotel Marriott a las 20:30.
Hechas
las presentaciones de rigor, les ofrecí tomarnos una copa en el bar del hotel
antes de ir a cenar, teníamos reserva para las 21:30 así que había tiempo de
sobra, ya que el restaurante que propuso Sofía para esa noche estaba a la
vuelta del hotel.
Nos
daba tiempo para una copa pero tampoco era demasiado como para extrañar un
cigarrillo ya que el hotel presume de ser “cien por ciento libre de humo”, y
aunque en mi habitación fumo cuanto me plazca (las propinas acallan cualquier
protesta o llamado de atención) no puedo hacerlo descaradamente en el bar.
Cloe
pidió un Pisco Sour (cómo no), su esposo un Margarita, Sofía un Cosmopolitan y
yo, como una especie de homenaje a los cuatro días de estancia en Nueva York,
en lugar de mi habitual vodka pedí un Jim Beam Black con hielo. Los cócteles no
son lo mío, el bourbon tampoco, pero hice una excepción.
Tal
como preveía la conversación inicial se circunscribió a temas relacionados con
nuestros respectivos trabajos o profesiones, algo que por supuesto no me
interesaba en lo más mínimo. Esperaba que en el resto de la noche pudiese
verificar personalmente aquello que me había anticipado Sofía sobre la
personalidad de Erik y su relación con Cloe.
Erik
y yo repetimos bebida y conversación.
Finalmente
dejamos el Lobby Bar y nos dirigimos al San Martín, sobre la 49, un pequeño
restaurante con algunas mesas sobre la acera, y un ambiente bastante familiar,
yo hubiese preferido otro tipo de establecimiento, pero Sofía insistió en éste,
dijo que Cloe se sentiría mejor en un lugar no muy lujoso.
Ocupamos
nuestra mesa en el centro del salón, y de inmediato nos sumergimos en la
lectura de la carta, de cocina italiana y mediterránea. No fue muy difícil mi
elección, y tampoco la del resto del grupo. Por suerte sugirieron que yo seleccionara
el vino, para lo cual no tuve demasiado en cuenta los platos que pedirían mis
acompañantes, y si lo que me apetecía beber.
Fue
toda una sorpresa encontrarme en la carta de vinos con un Biondi Santi Rosso di
Montalcino del 2000, un sangiovese grosso que ya había probado en uno de mis
viajes a Florencia, que me apresuré a recomendar a Sofía y Cloe, ignorando en
esta ocasión cualquier comentario de Erik al respecto. Por supuesto ellas
estuvieron de acuerdo.
En
cuanto a la comida, entrantes de carpaccio, cóctel de gambas, scamorza affumicata al basilico y prosciutto di Parma
con frutas; medallones de solomillo con champiñones, ternera a la parmesana y a
la sorrentina y un Black Angus Sirloin steak.
Contando
con la complicidad de Sofía intenté centrar los temas de conversación en las
relaciones personales, la convivencia de pareja, el racismo, el feminismo y
cosas por el estilo, aunque de vez en cuando hacía una concesión y comentaba
alguna cosa sobre mi trabajo.
Erik
era una verdadera perla, que se creía el ombligo del mundo, todo giraba en
torno a él, según su propia y particular visión de la realidad.
Su
conversación dejaba traslucir un gran complejo de inferioridad, un odio medio
reprimido a todo lo que tuviese relación con la homosexualidad, desprecio por
las clases sociales deprimidas y por los extranjeros (aunque se esforzaba por
disimularlo). Era un machista de cuidado, parecía tener muy claro que las
mujeres pertenecían a una casta inferior, y que eran los hombres los que movían
el mundo. Continuamente recalcaba el amor y devoción que sentía por su esposa,
y justificaba su excesivo celo en el cuidado que le profesaba. Ese era el
motivo por el cual impedía que Cloe se relacionara con gente que “podía hacerle
daño”, por el que no quería que tuviese un empleo o un hobby que la llevara
fuera de casa. Decía que Nueva York era un ciudad peligrosa para una latina que
no estaba acostumbrada a vivir allí, que en unos años estaría preparada, pero
aún no.
Su
carrera profesional era muy buena y próspera, pero su trabajo le ocupaba todas
las horas del día, por lo que podía disfrutar de su querida esposa solamente
los fines de semana, a excepción de aquellos en los que programaba alguna
actividad con sus colegas o clientes, actividades que nunca incluían a Cloe.
Se
encargó de resumirme los encantos de la ciudad, incluyendo locales de diversión
y juego que podría visitar durante mi estancia en Manhattan.
Era
evidente que menospreciaba y maltrataba a su esposa, creía que lo disimulaba
bien, pero en mis años de estudio y práctica hospitalaria, antes de
especializarme en la cirugía cardiovascular, me interesé mucho en estudiar los
perfiles de esposos maltratadores a cuyas mujeres intentábamos curar las
heridas físicas inflingidas por estos monstruos, concientes que no podíamos actuar
sobre sus otras heridas.
Durante
la cena, en ocasiones, la charla de Erik provocaba incomodidad y hasta
vergüenza en Cloe, varias veces la vi sonrojarse y percibí su esfuerzo por no
romper a llorar. Lo más sensato y amable hubiese sido variar el tono de la
conversación y tocar temas más banales, pero yo ya me había empecinado en
desenmascarar a este hipócrita, aunque para hacerlo no confrontaba con él, sino
más bien fingía estar de acuerdo con sus dichos y lo alentaba a ir cada vez un
poco más allá. A eso contribuyeron las dos botellas del tinto italiano y la de
prosecco Conegliano Valdobbiadene que pedimos con los postres.
En
éste punto las mujeres se excusaron para ir al servicio.
Fueron
menos de cinco minutos en los que Erik se liberó de la pesada carga del
disimulo, y creyéndome un aliado se despachó a gusto sobre su esposa y lo fácil
que le resultaba someterla a sus voluntades. Hasta me relató ciertas posturas
sexuales a las que forzaba a la sumisa Cloe, y como no dudaba en “castigarla”
cuando ella se negaba a satisfacer cualquier deseo suyo.
Además,
Erik tenía una vida fuera de su casa y su trabajo, esa vida se desarrollaba en
garitos y casas de juego y placeres a las que concurría casi a diario.
Irónicamente,
dada su xenofobia, declaraba sentir debilidad por el cuerpo de las mujeres
latinas, por lo que sus lugares de esparcimiento se encontraban todos en el
Harlem Hispano, y no tardó en invitarme a acompañarlo.
-“Podemos
arreglar para mañana por la noche, iré a un lugar con mucha diversión y podemos
pasarla bien juntos, verás que mercadería
tienen allí.”, me dijo con todo desparpajo.
Aunque
en principio me excusé y decliné la
invitación, le pedí que me diera la dirección del lugar y me diga a que hora
iría él, trataría de deshacer mis compromisos para pasar un rato por allí y
encontrarnos.
Conseguí
toda la información que necesitaba antes que las mujeres volvieran a la mesa.
El
resto de la velada pasó casi sin que me diera cuenta, a pesar de mantener la
conversación, mi mente ya vagaba por otros sitios.
Imaginaba,
planificaba.
Esos
escasos cinco minutos que pasamos a solas con Erik fueron muy reveladores.
Esa
basura de hombre no merecía la vida que llevaba.
No
merecía vivir y yo me encargaría de arreglarlo.
Por
fin tenía el quién, el dónde, y el cuándo.
Me
faltaba definir el cómo, pero no me importaba improvisar.
Menos
de cinco minutos fueron más que suficientes para terminar de decidirme.
Víctor
M. Litke, Madrid 2012