Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 29 de marzo de 2012

New York IV


Un poco después de medianoche, luego de un vodka doble, una hamburguesa y dos Millers, tomé un taxi y volví al hotel.
Había parado de llover y el cielo estaba despejado.
Cuando me dirigía al ascensor la recepcionista me llamó para informarme que tenía un mensaje.
Me entregó el recado y subí a mi cuarto.
Entré, encendí las luces y me quité el abrigo que dejé caer sobre un sillón. Necesitaba urgente vaciar mi vejiga, así que me ocupé del tema antes que nada. Una vez aliviado me quité la ropa y la arrojé sobre la cama, encendí la tele y busqué un canal de noticias.
Saqué del minibar una botellita de Smirnoff y vacié su contenido en un vaso al que agregué un cubo de hielo, prendí un cigarrillo y abrí el sobre con el mensaje que me habían entregado.
Sofía me había llamado a las 23:15, me pedía que contactará con ella de forma urgente, sin importar la hora, al teléfono de la casa de su amiga.
Esperé a terminar el cigarrillo y marqué el número indicado, sólo dos timbres después me respondía la voz preocupada de Sofía al otro lado de la línea.
La escuché con atención y casi sin hacerle preguntas, intenté tranquilizarla y finalmente quedamos para desayunar juntos a las 9 de la mañana en Pershing Square.
Apagué el televisor y fui a ducharme.
Mis planes de abandonar la ciudad al otro día tal vez se verían modificados.
Me sentía cansado, y con una rara mezcla de sensaciones. Lo mejor que podía hacer era dormir y postergar cualquier decisión para el otro día.
Esa noche dormí como hacía tiempo no lo hacía. Me desperté a las 7 y me preparé para mi cita.
La mañana era fresca y el cielo estaba despejado, tomé un taxi y bajamos por Lexington hasta la 42, me bajé en esa esquina, era temprano y pensé en entrar en Grand Central Station y ver si encontraba alguna novedad en Posman Books.
Después de comprar un libro de Lisa Marklund, me encaminé hacia el Central Café para mi desayuno con Sofía, al otro lado de la calle debajo del puente de Pershing.
Busqué la mesa libre más cercana a la entrada y antes de que pudiese acomodarme, entró Sofía.
Era la tercera vez que nos veíamos en los últimos seis días, en nuestro encuentro anterior nos despedimos con la idea de que quizás no nos volveríamos a ver. 
A pesar de no llevar maquillaje y de vestir de manera informal esa mañana, era una mujer muy atractiva, por lo que no me extrañó que varios parroquianos giraran sus cabezas a su paso y acompañaran con sus miradas su derrotero hasta nuestra mesa.
Pedimos dos desayunos ejecutivos, un “Good Start” para ella y un “The New Yorker” para mi. Parecía preocupada y angustiada al comenzar a hablar.
No había dormido más de 3 horas y eso se notaba en su rostro.
-“Algo malo pasa con Erik”, dijo en voz baja y tono grave
_”¿Erik?”, respondí en un tono que reflejaba mi esfuerzo por identificar a la persona de quien me hablaba.
-“Si, Erik, el esposo de mi amiga Cloe. Ayer por la tarde han discutido, al parecer no fue una discusión más grave que otras, tal vez mi presencia en su casa impidió que la cosa fuera a más. Salió dando un portazo y no hemos tenido más noticias de él. Cloe dice que jamás se ausentó tanto tiempo sin avisar, ni siquiera luego de discusiones más agrias. Además ha intentado llamarlo y su teléfono parece apagado”, Sofía había decidido relatarme todos los hechos sin esperar que yo interceda hasta llegar al final.
-“Ya sabes, por lo que te comenté el otro día cuando cenamos con ellos, que es una persona muy irritable y que trata a Cloe de la peor manera, como si fuera una posesión más de su patrimonio. Que casi no la deja salir de casa si no es con él o a donde él se lo permite, y la somete a agresiones psíquicas y físicas constantes. Tal vez no te has dado cuenta porque cuando está delante de otras personas proyecta una imagen completamente distinta a lo que es en realidad, y se muestra como una persona divertida, amable y cariñosa. Cloe está muy preocupada y quiere dar parte a la policía de su desaparición, auque sabe que debe esperar 48 horas para que tomen la denuncia.”
-“No creo que la cosa sea grave, tal vez no volvió anoche a casa porque estabas tu y no quería mostrar su ira delante de nadie, seguramente no será nada”, respondí en un tono tranquilizador.
-“Quizás tengas razón, es que estoy muy apenada por Cloe, yo pensaba que su vida aquí era como un cuento de hadas, y nada más alejado de la realidad. Te pido disculpas por esto, pero no sabía con quién hablar de este tema”, dijo al tiempo que se ruborizaba.
Le sugerí que después del desayuno volviera a casa de Cloe y si no había novedades me llamara al hotel y me ofrecí a acompañarlas a la policía si era necesario.
Continuamos hablando hasta casi las 11 de la mañana, nos despedimos y quedamos en que esperaría en el hotel su llamado para decidir si debíamos hacer algo.
Regresé caminando al Hotel, ensayando mentalmente mis futuras acciones y reacciones. Sabía perfectamente como seguiría esta historia y debía decidir que iba a hacer, podía continuar con mis planes originales y abandonar la ciudad en pocas horas, sería lo más prudente, o bien aplazar mi partida y participar activamente en los acontecimientos que se desarrollarían de aquí en adelante.

En nuestro primer encuentro, mientras paseábamos y tomábamos un café por Tribeca, Sofía me había contado que su amiga Cloe tenía problemas con su esposo. Nada más casarse y mudarse a Nueva York, Erik comenzó a tratarla distinto. No permitió que buscase un empleo, ni un pasatiempo, la obligaba a quedarse en casa y controlaba todos sus movimientos. En varias ocasiones al discutir sobre este tema, terminó golpeando a Cloe, la primera vez fue una bofetada, pero cada vez era más violento. Tomaba algún tipo de droga, tal vez coca, pero Cloe no podía hablar de ello ya que estaba amenazada. No tenían amigos y solo muy de vez en cuando salían con compañeros de oficina de Erik.
Yo propuse que organizara una salida para la noche siguiente, cenaríamos los cuatro en el San Martín, un restaurante de cocina italiana a la vuelta de mi hotel.

Ese fue mi segundo encuentro con Sofía, conocí a su amiga Cloe y al petulante idiota de su esposo Erik. Debo reconocer que durante la cena él se comportó de forma agradable y salvo por algunos detalles que pude fácilmente detectar (al tener una idea preconcebida sobre el tipo de persona que era), nadie diría que ese tipo era un desgraciado. Conforme avanzaba la noche y vaciábamos las copas, me dediqué a estudiar a Erik, sacando temas de conversación conflictivos: política, racismo, feminismo, homosexualidad, etc. Era un verdadero cerdo, incluso delante de su esposa y de Sofía, ambas peruanas, hacía comentarios  xenófobos sobre negros y sudamericanos.
Yo no entraba en polémicas ni discusiones, al contrario, le daba “cuerda” para que siguiera aportándome motivos para considerar que su desaparición significaría un bien para la sociedad.
Para cuando nos despedimos, había reunido la información necesaria para poder ubicarlo y seguirle los pasos cuando quisiera, cosa que hice la noche siguiente.

A pesar de no haber tenido tiempo para planificar nada, y de ser mi primera vez, la cosa no había ido tan mal. Incluso tenía motivos justificados para hacer lo que hice.

Ahora repasaba todos mis movimientos del día anterior, los horarios, los lugares, los posibles testigos. Me divertía la idea de averiguar hasta dónde podría llegar la investigación de la policía.

Pronto recibiría la llamada de Sofía con la peor de las noticias.


Al entrar al hotel ya había decidido que me quedaría un tiempo más en Nueva York.

.
 Víctor M. Litke, Madrid 2012


miércoles, 21 de marzo de 2012

Lugareño


No era un fantasma quien surgió entre la niebla, apenas pude verlo.
Fue sólo un instante, pero no puedo borrarlo de mi mente.
Recuerdo sus ojos oscuros, iluminados por las luces de mi coche, mirándome fijamente mientras desaparecía al costado de la carretera.
No sentí miedo, pero aunque frené hasta detenerme por completo, fui incapaz de bajarme y seguirlo.
La vieja Nacional 1 en Quintanapalla estaba desierta esa fría madrugada.
Repasé mentalmente mi visión, mientras retomaba el ritmo habitual de la respiración y mis latidos volvían a la normalidad.
Parecía más un ser humano que un animal, iba erguido, el cuerpo y rostro cubiertos de pelos cobrizos. No era alto y sus brazos eran largos. Su aspecto no era de esta era, sin embargo me era familiar.
Al cruzarse delante del coche, se detuvo unos segundos, me miró e hizo un ademán con un brazo. Tal vez un saludo.
Recuperado, continué la marcha hacia Atapuerca.

Víctor M. Litke, Madrid 2010

Getafe negro
Festival de novela policíaca de Madrid
III edición, octubre de 2010

Concurso de microrrelatos. Máximo 150 palabras sin contar la frase de inicio: “No era un fantasma quien surgió entre la niebla”

martes, 13 de marzo de 2012

New York III


Al final de otro día de duro trabajo lo único que me animaba era que en poco menos de una hora llegaría a casa y me daría un buen baño relajante, cumpliendo con mi ritual favorito:
Poner un disco de Norah Jones, servirme una copa de Merlot, llenar la bañera con tres cuartas partes de agua muy caliente, disolver un paquete de sal andina de Maras, agregar agua fría hasta una temperatura de 39 grados y sumergirme en ella durante unos 20 minutos, a la luz de unas velas aromáticas. Luego una ducha y treinta minutos de descanso antes de preparar algo liviano para cenar y tal vez mirar algo en la tele.

Eran más de las 8 de la noche, estaba cerrando con llave la cajonera de mi escritorio cuando sonó el timbre del teléfono. Escuché sin contestar, colgué el auricular y volví a abrir la cajonera, tomé la placa, la glock y tres cargadores completos.
Con el impermeable en el brazo, busqué con la mirada a Molina y con un movimiento de mi cabeza le señalé el ascensor.

Justo cuando se abrían las puertas, Bobby se unió a mi y entramos para bajar a la calle y buscar el coche.

- “No lo puedo creer, ¿a esta hora?”, dijo como reprochándomelo.
- “Ya lo ves, eso nos pasa por ser tan… buenos profesionales”, contesté tratando de ser simpática.

Subimos en silencio al Crown Victoria negro del 2010 que teníamos asignado y nos pusimos en marcha. Bobby era un gran conductor, un gran compañero, un gran inspector de homicidios y un gran esposo y padre, por lo que estaba más que molesto por tener que atender este nuevo caso fuera de horario. A mi no me hacía ninguna gracia, pese a no tener una familia que me esperase. Volví a pensar en el baño de sales.

Caía una persistente llovizna, lo cual no era un buen augurio, seguramente dificultará a los de la científica encontrar pruebas en el escenario del crimen.

Cuando llegamos a la 8va con la 132 la zona había sido convenientemente acordonada por los chicos de la 32, había unos agentes conteniendo a los pocos curiosos que se agolpaban junto a la cinta amarilla.
Nos bajamos del coche y sacamos del maletero guantes y protectores para cubrirnos los pies, una vez colocados atravesamos el cerco.
Uno de los agentes sostuvo en alto la cinta para que Molina y yo pudiésemos pasar sin agacharnos demasiado.

El forense estaba junto al cuerpo, examinándolo, mientras el fotógrafo disparaba flashes por todos los rincones.

- “Doctor Polak, buenas noches, ¿qué tenemos?”, dije cuando estuve junto a el.
- “Hola inspectora, bonita noche para hacer horas extras”, respondió y comenzó con su informe preliminar.

Varón caucásico, de entre 30 y 35 años, sin identificación. No se distinguen signos de lucha, pero a priori, guiándome por la cianosis facial, la equimosis conjuntival, algunas marcas que distingo en el cuello y, además, porque se ha orinado y mordido la lengua, me atrevería a decir que estamos frente a un homicidio por asfixia mecánica cervical por estrangulamiento. Que parece haber sido por presión con los dos pulgares, es decir el homicida estaba parado frente al occiso o bien sobre él si éste estaba tendido en el suelo. La muerte ocurrió hace unas dos o tres horas. Al no haber marcas defensivas puedo suponer que el sujeto estaba drogado o bien alcoholizado.
Huele bastante a bebida alcohólica, yo diría que whiskey escocés, de malta y añejo. Por sus ropas parece una persona de clase media alta, y ya que no tiene reloj ni billetera el motivo pudo haber sido el robo.
Sabré más cuando hagamos la autopsia y los exámenes químicos, que será recién mañana por la mañana, hoy es mi aniversario de casado y no pienso hacer enfadar a mi esposa.

-“Gracias doctor, nos veremos mañana”, le dije mientras me daba la vuelta y buscaba con la mirada a Molina.

Me reuní con él para que me contara lo que, por experiencia, ya sospechaba: No había testigos, nadie había visto ni escuchado nada, el aviso lo dio una persona que pasaba por la esquina y vio el cuerpo. Molina tenía sus datos y mañana se pasaría por comisaría para su declaración. Había pedido que investiguen denuncias de desapariciones de las últimas 72 horas a ver si alguna encajaba con nuestro hombre. La científica nos daría al otro día su informe.

Estaban retirando el cuerpo y nosotros decidiendo que no quedaba mucho por hacer esa noche cuando sonó mi teléfono móvil.
-“Ohara”, dije al contestar.
-“Hola hermanita, ¿cómo va tu noche?, la voz de mi hermano en el teléfono me sacó de la concentración que observaba hasta el momento.
-“Nada bien, un asesinato de última hora en Harlem, con pocas pistas, cansada y mojada”, respondí.
-“Eso te pasa por ser inspectora de homicidios, si fueras un agente común y corriente como yo ahora estarías seca, dentro de un coche patrulla, parada en la Sexta y Lispenard esperando que pase el turno de noche sin grandes novedades, ¿necesitas que te eche una mano?”, dijo burlándose
-“No gracias, no sabrías distinguir a un asesino aunque lo tuvieses a dos metros de distancia y mirándote a los ojos. Te llamaré mañana, que tengas una noche tranquila”, dije y colgué sin esperar respuesta.

Debido a la hora que llegué a casa decidí dejar el baño de sales para la noche siguiente, una ducha rápida, un bocadillo y a dormir.

Al otro día recibimos los informe del forense y de la científica.
Los resultados de la autopsia confirman la muerte por estrangulación manual, espuma en laringe, tráquea y bronquios. Moretones en el cuello, sin marcas circulares por debajo de la traquea. Pulmones e hígado congestivos con lesiones vasculares. Bazo contraído. Corazón con ventrículo derecho con sangre negra y ventrículo izquierdo vacío. Lesiones vasculares en cerebro, etc. etc. etc.
Los análisis químicos fueron más reveladores, la tasa de alcohol en sangre era de 1,8 miligramos por litro, y se encontraron restos de benzodiazepinas, concretamente Flunitrazepam. Lo cual me indicaba que nuestro hombre no se debió de haber enterado que lo estaban estrangulando.

Sus huellas no nos dieron su identidad, no tenía antecedentes. Hubo que recurrir a las fichas dentales para identificar el cadáver. Su nombre era Erik Bloom, 32 años, nacido en Pasadena y residente en Manhattan. Estaba casado y trabajaba como asesor financiero en una consultora internacional.

El resto del día lo dedicamos a entrevistar a familiares, compañeros de trabajo y vecinos. Nada indicaba que tuviese enemigos y no teníamos sospechosos.
La esposa se mostró muy afectada, había venido a comisaría acompañada de una amiga que estaba de visita en la ciudad y se alojaba en su casa. No tenía familia en Estados Unidos, salvo la de su marido, en California.

Intentamos reconstruir sus últimas horas, cuándo había salido de la oficina, si se había entrevistado con algún cliente o socio, etc. La policía había mostrado su foto en bares y pubs cercanos a su trabajo y al lugar donde fue asesinado por si alguien lo había visto el día anterior por la tarde. En algún lugar debía de haber tomado todo el whiskey que encontraron en su estómago.

Ningún resultado positivo. Si no lográbamos algo en el resto de la semana, el caso quedaría cerrado provisionalmente como “homicidio por robo sin culpable identificado”, algo que siempre nos dejaba un mal sabor de boca y las broncas de nuestros superiores.
Como la víctima no era un personaje público la prensa no le dio una cobertura importante al hecho, de lo contrario hubiésemos estado presionados desde la alcaldía para cerrar el caso con un culpable, el que fuera.

Esa noche, mientras intentaba relajarme en mi baño con sales andinas, recordé que la esposa de la víctima era peruana, igual que su amiga. Me dio pena pensar que muy difícilmente pudiésemos darle respuestas a lo sucedido. Seguramente si no tenía - como parecía - ningún lazo, trabajo o compromiso en Nueva York, en poco tiempo volvería a su país.

No podía disfrutar del baño, sabía que la muerte de Erik Bloom no había sido fruto de un simple robo. Estaba el tema de los restos de Flunitrazepam en su sangre, según su historial y lo declarado por su esposa no tomaba ninguna medicación, y mucho menos una prohibida por  la FDA.

Además, ¿qué hacía por Harlem si trabajaba en el distrito financiero y vivía en el Upper West Side?

Un extraño “sexto sentido” me decía que debía seguir investigando. Mirando el paquete medio vacío de sales para baño procedente de un lugar cercano a Cuzco, sentí la sensación que todo este caso tenía alguna relación con ellas.

Dejé que mi cuerpo se deslizara hacia abajo hasta sumergir completamente mi cabeza en el agua, mi sonrisa generó algunas pequeñas burbujas que escaparon súbitamente a la superficie.

Que estupidez!  Sexto sentido!  Sensaciones!

¿Qué relación pueden tener estas sales de baño peruanas con un crimen en un obscuro callejón de Nueva York?

Me dí la vuelta en la bañera y retiré el tapón.


Víctor M. Litke, Madrid 2012







viernes, 9 de marzo de 2012

La sombra


No era un fantasma quien surgió entre la niebla, era mi sombra que iba sola.
Juntos habíamos salido aquella madrugada de otoño a buscar setas en el monte, bien abrigados, canasta en la mano izquierda y el cuchillo bien aferrado en la derecha. Cuando dejamos el coche caminábamos juntos, iluminados por los faros, pero luego nos separamos. Cuando me dí cuenta que ya no iba a mi lado comencé a llamarla a los gritos.
Decidí quedarme inmóvil al lado de la cerca de espino que recién había atravesado, ella también me estará buscando y seguro volverá al punto donde nos separamos.
El frío se hace más fuerte, estoy temblando. Me angustia esta soledad. Me doy cuenta del dolor de mi pierna, a la altura del muslo.
Voy a esperar aquí, cuando haya más luz volveré a verla. Cuando levante la niebla nos reencontraremos.
Me siento en la hierba húmeda. La canasta a mi izquierda, el cuchillo en mi pierna.

Víctor M. Litke, Madrid 2010

Getafe negro
Festival de novela policíaca de Madrid
III edición, octubre de 2010

Concurso de microrrelatos. Máximo 150 palabras sin contar la frase de inicio: “No era un fantasma quien surgió entre la niebla”

viernes, 2 de marzo de 2012

New York II


Recién unos diez minutos después de que el Boing 767 alcanzara su altura de crucero comencé a relajarme. Sin desabrocharme el cinturón de seguridad (nunca lo hago), reacomodé mi cuerpo en el asiento y abandoné la lectura de la novela de James Patterson que había comprado en el aeropuerto mientras esperaba para embarcar. Debía “racionar” la lectura del libro, ya que de lo contrario no me alcanzaría para mantener mi mente ocupada durante un vuelo de casi 8 horas. Mi promedio de lectura es de 75 a 100 páginas por hora (incluyendo pequeñas pausas y relectura de algunos párrafos), por lo que una novela policial bien escrita, de unas 500 páginas, puede llevarme unas seis horas de lectura continuada.
En esa pequeña pausa reparé en la pasajera que ocupaba el asiento del pasillo junto al mío, en la fila 22 (sobre el ala y del lado izquierdo, como de costumbre).
Instintivamente ella me miró y nos sonreímos mutuamente a modo de saludo, la azafata llegó a nuestra posición ofreciéndonos la cena y bajamos las mesitas para acomodar las bandejas.
Ella fue la primera en hablar, se refirió a la disminución en la calidad del catering en los vuelos, los precios de los billetes, la crisis, etc.
En realidad yo le prestaba más atención a la comida que a lo que ella me estaba diciendo, pero para no parecer descortés, intervenía con algún comentario o reafirmación de sus palabras, nada que generara polémica y alargara la charla más de lo necesario. Era bastante bonita y simpática, pero yo ya estaba enganchado a mi novela y quería continuar con su lectura. Seguramente ella se dormiría después de la cena, algo que para mi siempre resultó imposible, dormir a 10.000 metros de altura.
Mis previsiones fueron desacertadas, ella no se durmió y la charla se extendió durante todo el vuelo, por lo que abandone mis planes originales y me entregué totalmente a mi ocasional compañía.
Me contó que iba a Nueva York por primera vez y a visitar a una amiga de la infancia que vivía en Manhattan y con la que mantenía contacto casi a diario y a la que no veía desde hacia 3 años.
Era modelo en Lima y aprovecharía su estancia en Nueva York para intentar asistir a algún casting o contactar con alguna agencia.
Yo le conté que me gustaban (era adicto)  las novelas, series de televisión y películas policiales. Que era médico y venía de asistir a un congreso internacional de Cirugía Cardiovascular, el Octavo Congreso Mundial de Cirugía Cardiovascular Extracorpórea, y me dirigía a Nueva York simplemente de paseo, sin ningún plan preestablecido.

- Eso es increíble, cirujano cardíaco, una profesión y una vocación envidiables.
Sus ojos parecían iluminarse de sinceridad y admiración al decir esto.

- Bueno, creo que es una profesión como cualquier otra, es probable que para ser bombero debas tener también la vocación adecuada, y es un trabajo tan loable como el mío. Dije quitándole importancia al tema.

- Si pero no es como cualquier profesión, yo soy modelo y de mis conocimientos y habilidades no depende la vida de ninguna persona. Insistió.
- Estoy seguro de que la carrera de más de un diseñador de ropa estará asociada con el “buen hacer y estar” de sus modelos.
Nos reímos y seguimos hablando durante horas, mientras la mayoría del resto del pasaje dormía gracias a un vuelo plácido, sin sacudones ni movimientos bruscos.

Ella volvía cada tanto al tema de mi trabajo y yo trataba de desviar el tema.

- Es que eres como Dios salvando esas vidas, es algo muy fuerte. Dijo en un momento

- Sería Dios si además de prolongar la vida de las personas pudiera decidir también terminarla. Respondí.

Finalmente nuestro viaje estaba a punto de terminar, le dí los datos de mi hotel, en donde podría contactarme si es que le gustaría que nos viésemos otra vez en estos días. No indagué sobre dónde se alojaría o cómo podría encontrarla para no parecer que intentaba tener una aventura, lo que ella pareció agradecer y estimar.
Una vez que aterrizamos y luego de pasar el enésimo control de inmigraciones, nos despedimos con un beso en la mejilla y la promesa de reencontrarnos. Eran las 9.30 de una fresca mañana de primavera.

La opciones para ir del JFK a Manhattan son varias, pero preferí gastarme 50 o 60 dólares y tomar uno de los taxis amarillos, tan característicos de NYC.
Para mi asombro, el chofer no era ni pakistaní ni latino, le pedí que fuera por la 678 hasta Queen Boulevard, cruzara  por el Queensboro Bridge y una vez en la 60 Este girara a la izquierda por Lexington hasta el numero 525, el Marriott East Side Hotel.

En el trayecto iba recordando pasajes de mi conversación con Sofía, mi acompañante en el vuelo. Reflexionaba sobre mi vida, lo distinta que era mi visión sobre la profesión que ejercía desde hacía casi diez años y el tedio que me invadía últimamente.
Hacía mucho tiempo que no me emocionaba “salvar” a un paciente, ni me afectaba un ápice no poder hacerlo, después de todo, yo no decido nada. No tengo el poder absoluto de decidir quién vivirá y quién no. Es verdad que en ocasiones hacía hasta lo imposible para no “perder” a un paciente, generalmente como fruto de una apuesta con un colega o conmigo mismo.
Casualmente o no, la mayoría de las veces en que me empeñaba en salvar a alguien, lo conseguía.

Mi trabajo se ha convertido en una rutina, me ha dado fama en mi profesión y dinero suficiente para satisfacer cualquier capricho. No obstante, otros aspectos de mi vida han quedado definitivamente relegados. Una relación de pareja estable, una familia, hijos, diversiones…. Lo típico.

¿Pero, y si de verdad tengo algún poder de decisión sobre la vida de los demás…?

Entré en el lobby del hotel con sus arañas redondas y sus suelos en tonos crema y salmón que contrastaban con lo obscuro del revestimiento de madera de las paredes y del mostrador de recepción. Me registré y ya en mi habitación me dispuse a ducharme y descansar un par de horas antes de permitir que la ciudad me devorase.

“Eres como Dios”, las palabras de Sofía rebotaban en mi mente, y sorprendentemente me producían un cierto placer, con ese pensamiento placentero cedí a mi cansancio.
Dormí unas tres horas. Al despertarme seguía dándole vueltas al tema de la vida y la muerte, del poder que implicaba poder decidir a quién correspondía cada cosa.
Antes de bajar a comer algo, decidí tomar un vodka del minibar, como para despejarme.

A pesar de haber recibido una educación católica, no era creyente. Como médico, había visto demasiadas atrocidades como para aceptar que formaban parte del “plan de Dios”.
No, no creo en la existencia de un ser superior. La vida y la muerte son parte del ciclo de la naturaleza, no hay nada divino en ello. Todo es física y química, todo es explicable de alguna forma.
Mis conocimientos, mis habilidades, mi trabajo, me hacen una persona valiosa para los demás, mis acciones son más concretas y visibles que las de un supuesto Dios que guía nuestros pasos.

Cuando yo decido a quién operar, que técnica emplear, con que equipo (ayudantes, anestesistas, perfusionistas, enfermeras) manejo un poder abrumador.
Cuando realizo una revascularización transmiocárdica con láser, un bypass coronario, una endarterectomía carotídea, un transplante. Cuando reemplazo una válvula por estenosis o regurgitación, o reparo un aneurisma tengo el poder en mis manos.
El poder de prolongar la vida.
Desde el punto de vista de algunos pacientes, yo soy Dios.
Desde el punto de vista de Sofía, incluso sin conocerme, yo soy como Dios.

¿Y si además de prolongar la vida de las personas, decido arrebatársela?
¿Podría hacerlo? ¿Podría ser Dios y decidir la muerte de una persona?

Mientras esperaba mi comida en un sillón del 525LEX Restaurant & Lounge decidí que lo intentaría.


Víctor M. Litke, Madrid 2012