Un
poco después de medianoche, luego de un vodka doble, una hamburguesa y dos
Millers, tomé un taxi y volví al hotel.
Había
parado de llover y el cielo estaba despejado.
Cuando
me dirigía al ascensor la recepcionista me llamó para informarme que tenía un
mensaje.
Me
entregó el recado y subí a mi cuarto.
Entré,
encendí las luces y me quité el abrigo que dejé caer sobre un sillón.
Necesitaba urgente vaciar mi vejiga, así que me ocupé del tema antes que nada.
Una vez aliviado me quité la ropa y la arrojé sobre la cama, encendí la tele y
busqué un canal de noticias.
Saqué
del minibar una botellita de Smirnoff y vacié su contenido en un vaso al que
agregué un cubo de hielo, prendí un cigarrillo y abrí el sobre con el mensaje
que me habían entregado.
Sofía
me había llamado a las 23:15, me pedía que contactará con ella de forma
urgente, sin importar la hora, al teléfono de la casa de su amiga.
Esperé
a terminar el cigarrillo y marqué el número indicado, sólo dos timbres después
me respondía la voz preocupada de Sofía al otro lado de la línea.
La
escuché con atención y casi sin hacerle preguntas, intenté tranquilizarla y
finalmente quedamos para desayunar juntos a las 9 de la mañana en Pershing
Square.
Apagué
el televisor y fui a ducharme.
Mis
planes de abandonar la ciudad al otro día tal vez se verían modificados.
Me
sentía cansado, y con una rara mezcla de sensaciones. Lo mejor que podía hacer
era dormir y postergar cualquier decisión para el otro día.
Esa
noche dormí como hacía tiempo no lo hacía. Me desperté a las 7 y me preparé
para mi cita.
La
mañana era fresca y el cielo estaba despejado, tomé un taxi y bajamos por
Lexington hasta la 42, me bajé en esa esquina, era temprano y pensé en entrar
en Grand Central Station y ver si encontraba alguna novedad en Posman Books.
Después
de comprar un libro de Lisa Marklund, me encaminé hacia el Central Café para mi
desayuno con Sofía, al otro lado de la calle debajo del puente de Pershing.
Busqué
la mesa libre más cercana a la entrada y antes de que pudiese acomodarme, entró
Sofía.
Era
la tercera vez que nos veíamos en los últimos seis días, en nuestro encuentro
anterior nos despedimos con la idea de que quizás no nos volveríamos a
ver.
A
pesar de no llevar maquillaje y de vestir de manera informal esa mañana, era
una mujer muy atractiva, por lo que no me extrañó que varios parroquianos
giraran sus cabezas a su paso y acompañaran con sus miradas su derrotero hasta
nuestra mesa.
Pedimos
dos desayunos ejecutivos, un “Good Start” para ella y un “The New Yorker” para
mi. Parecía preocupada y angustiada al comenzar a hablar.
No
había dormido más de 3 horas y eso se notaba en su rostro.
-“Algo
malo pasa con Erik”, dijo en voz baja y tono grave
_”¿Erik?”,
respondí en un tono que reflejaba mi esfuerzo por identificar a la persona de
quien me hablaba.
-“Si,
Erik, el esposo de mi amiga Cloe. Ayer por la tarde han discutido, al parecer
no fue una discusión más grave que otras, tal vez mi presencia en su casa
impidió que la cosa fuera a más. Salió dando un portazo y no hemos tenido más
noticias de él. Cloe dice que jamás se ausentó tanto tiempo sin avisar, ni
siquiera luego de discusiones más agrias. Además ha intentado llamarlo y su
teléfono parece apagado”, Sofía había decidido relatarme todos los hechos sin
esperar que yo interceda hasta llegar al final.
-“Ya
sabes, por lo que te comenté el otro día cuando cenamos con ellos, que es una
persona muy irritable y que trata a Cloe de la peor manera, como si fuera una
posesión más de su patrimonio. Que casi no la deja salir de casa si no es con
él o a donde él se lo permite, y la somete a agresiones psíquicas y físicas
constantes. Tal vez no te has dado cuenta porque cuando está delante de otras
personas proyecta una imagen completamente distinta a lo que es en realidad, y
se muestra como una persona divertida, amable y cariñosa. Cloe está muy
preocupada y quiere dar parte a la policía de su desaparición, auque sabe que
debe esperar 48 horas para que tomen la denuncia.”
-“No
creo que la cosa sea grave, tal vez no volvió anoche a casa porque estabas tu y
no quería mostrar su ira delante de nadie, seguramente no será nada”, respondí
en un tono tranquilizador.
-“Quizás
tengas razón, es que estoy muy apenada por Cloe, yo pensaba que su vida aquí
era como un cuento de hadas, y nada más alejado de la realidad. Te pido
disculpas por esto, pero no sabía con quién hablar de este tema”, dijo al
tiempo que se ruborizaba.
Le
sugerí que después del desayuno volviera a casa de Cloe y si no había novedades
me llamara al hotel y me ofrecí a acompañarlas a la policía si era necesario.
Continuamos
hablando hasta casi las 11 de la mañana, nos despedimos y quedamos en que
esperaría en el hotel su llamado para decidir si debíamos hacer algo.
Regresé
caminando al Hotel, ensayando mentalmente mis futuras acciones y reacciones.
Sabía perfectamente como seguiría esta historia y debía decidir que iba a
hacer, podía continuar con mis planes originales y abandonar la ciudad en pocas
horas, sería lo más prudente, o bien aplazar mi partida y participar
activamente en los acontecimientos que se desarrollarían de aquí en adelante.
En
nuestro primer encuentro, mientras paseábamos y tomábamos un café por Tribeca,
Sofía me había contado que su amiga Cloe tenía problemas con su esposo. Nada
más casarse y mudarse a Nueva York, Erik comenzó a tratarla distinto. No
permitió que buscase un empleo, ni un pasatiempo, la obligaba a quedarse en
casa y controlaba todos sus movimientos. En varias ocasiones al discutir sobre
este tema, terminó golpeando a Cloe, la primera vez fue una bofetada, pero cada
vez era más violento. Tomaba algún tipo de droga, tal vez coca, pero Cloe no
podía hablar de ello ya que estaba amenazada. No tenían amigos y solo muy de
vez en cuando salían con compañeros de oficina de Erik.
Yo
propuse que organizara una salida para la noche siguiente, cenaríamos los
cuatro en el San Martín, un restaurante de cocina italiana a la
vuelta de mi hotel.
Ese
fue mi segundo encuentro con Sofía, conocí a su amiga Cloe y al petulante
idiota de su esposo Erik. Debo reconocer que durante la cena él se comportó de
forma agradable y salvo por algunos detalles que pude fácilmente detectar (al tener
una idea preconcebida sobre el tipo de persona que era), nadie diría que ese
tipo era un desgraciado. Conforme avanzaba la noche y vaciábamos las copas, me
dediqué a estudiar a Erik, sacando temas de conversación conflictivos:
política, racismo, feminismo, homosexualidad, etc. Era un verdadero cerdo,
incluso delante de su esposa y de Sofía, ambas peruanas, hacía comentarios xenófobos sobre negros y sudamericanos.
Yo
no entraba en polémicas ni discusiones, al contrario, le daba “cuerda” para que
siguiera aportándome motivos para considerar que su desaparición significaría
un bien para la sociedad.
Para
cuando nos despedimos, había reunido la información necesaria para poder
ubicarlo y seguirle los pasos cuando quisiera, cosa que hice la noche
siguiente.
A
pesar de no haber tenido tiempo para planificar nada, y de ser mi primera vez,
la cosa no había ido tan mal. Incluso tenía motivos justificados para hacer lo
que hice.
Ahora
repasaba todos mis movimientos del día anterior, los horarios, los lugares, los
posibles testigos. Me divertía la idea de averiguar hasta dónde podría llegar
la investigación de la policía.
Pronto
recibiría la llamada de Sofía con la peor de las noticias.
Al
entrar al hotel ya había decidido que me quedaría un tiempo más en Nueva York.
.
Víctor M. Litke,
Madrid 2012