Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

martes, 7 de febrero de 2012

Palíndromo


Alguien ha entrado en la casa, he escuchado algunos ruidos y me he despertado. Golpes, gritos.
Pero… no, no estaba dormido, recuerdo que hace un rato oí sonar varias veces el teléfono y también tocaron insistentemente el timbre de la puerta.
Es verdad, lo recuerdo bien, no atendí, ni me levanté siquiera de la cama. Mi única reacción fue mirar la hora en mi reloj despertador. Un simple movimiento de los ojos para corroborar lo que intuía. Los grandes números iluminados en verde me indicaban que eran las 8:08.
¡Cómo no! – Capicúa
Desde hace un tiempo, cada vez que miro el reloj durante la noche, me devuelve un número capicúa: Las 2:32, las 3:13, las 5:05 y en muchas ocasiones hasta las 7:17.
El noventa por ciento de las veces que miro el reloj, la hora es un número capicúa.
Desde hace un tiempo esto me obsesiona.
Desde hace un tiempo sufro de un insomnio atroz.
Cuando llega la noche mi cansancio es mayúsculo, sólo quiero acostarme, terminar con otro día. Y entonces comienza el martirio, a dar vueltas y más vueltas en la cama, a mirar la hora en el reloj, las 3:23.
Desde hace un tiempo mi vida no es vida. No hay noche que el sueño gane la batalla, vueltas y más vueltas en la cama, a mirar el reloj, las 4:14.
Desde hace un tiempo estoy desesperado, vueltas y más vueltas los pensamientos sacuden mi cabeza.
Si no me hubiese dado por vencido, si hubiese peleado por lo que quería y era mío. Si no me hubiese callado, si no hubiese aceptado la impotencia, si no me hubiese abstenido de la lucha por defender esa parte de mi. Las 5:25.
Transpiro, tirito, me estiro y me acurruco. Boca abajo. No, mejor de costado. Las 5:45.
Desde hace un tiempo no puedo dormir.
Desde hace un tiempo no quiero despertar.
Veo gente a mi alrededor, los escucho hablar, los veo moverse, A algunos los reconozco, a otros no.
Desde hace un tiempo tomo distintas pastillas para poder dormir. . Dos horas antes de acostarme, a veces tomo otra dos horas después.
Agrego una almohada y un instante después la tiro al suelo. Vueltas y más vueltas en la cama. Las 5:55.
Pronto darán las noticias en la radio, la enciendo y al rato la apago.
Tomo otra pastilla. Las 6:16.
Mi cuerpo esta tenso, siento calambres en las piernas. Lloro en silencio. Insulto en voz baja, rezo. Le pido a Dios no despertarme.
Ahora el movimiento de personas extrañas a mi alrededor aumenta como aumenta mi inquietud.
No se que hacen y no se los pregunto, escucho sus conversaciones pero no los entiendo. Revisan mis cosas, me señalan cada tanto.
Hace un buen rato que están rodeando mi cama y ni se me ocurrió hablarles para saber que quieren. Algo me dice que es mejor así, que no pregunte.
Finalmente, cuatro personas sujetan fuertemente mi cuerpo deslizando sus manos por debajo de mis brazos y mis piernas. Siento que me levantan y vuelven a bajarme.
Creo que ya no estoy en mi cama. Me muevo y no sé dónde me llevan.
Antes de abandonar el dormitorio, alcanzo a echar una última mirada al reloj despertador.
Que extraño.
Sigue marcando las 8:08.

Víctor M. Litke
Madrid, julio de 2010

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