Miró
el reloj que marcaba el tiempo de levantarse, en ocasiones resulta
dramáticamente implacable e irreversible el movimiento preciso de sus agujas.
Volvió la cabeza y comprobó que ella dormía profundamente.
Todo
era silencio y obscuridad en la casa. Se acercó a la ventana y trató de
imaginar como estaba el tiempo afuera, la mañana sería fresca con seguridad.
Se
volvió y se acercó nuevamente a la cama, se arrodilló a su lado y tapó su
cuerpo al tiempo que acariciaba su espalda.
Sonrió
a los gemidos con que ella, aún dormida, agradecía sus atenciones.
Repasó
con su vista todos los rincones de la habitación tenuemente iluminada, detuvo
su mirada en el cuadro que colgaba a un lado de la puerta, no llevaba allí más
de una semana. Recordó que hasta hace unos pocos días ese cuadro – una
excelente fotografía en blanco y negro de una escena callejera en una ciudad
anónima – lo hacía detener frente a la vidriera donde se exhibía. Era una
costumbre, una cotidiana obsesión, tanto lo observaba que podía describirlo a
la perfección, tanto le gustaba que no tuvo más opción que comprarlo.
Sintió
satisfacción por haberse decidido y pensó que allí, en esa pared, se veía mucho
más bello que en la vidriera.
Se
incorporó y fue hasta el placard, eligió allí la ropa con la que se vestiría,
encontró todo impecable, como de costumbre, de acuerdo a su estado de ánimo
jugó con los dedos entre las corbatas y eligió una de las más alegres, de seda
italiana y vivos colores. Quedó satisfecho con su elección, se pondría el traje
gris topo cruzado y una camisa blanca. Verificó que los zapatos estuviesen bien
lustrados y se dirigió al baño para ducharse.
Nuevamente
en la habitación, mientras abrochaba los puños de su camisa, su atención volvió
a la escena del cuadro junto a la puerta.
Se
veía en primer plano un acalle con algunos coches estacionados, más atrás un
gran parque con varias personas y en el fondo, sumergida en la bruma matinal,
el perfil de la ciudad con sus altísimos edificios y un laberinto de ventanas.
Concentró
su mirada en las personas del parque. Se distingue un grupo de corredores que
casi salen del cuadro por la izquierda. Un viejo con sombrero y largo abrigo camina por un sendero del parque
junto a un perro negro con grandes manchas blancas, su tamaño es mediano, pero
a pesar de esforzarse no puede reconocer su raza. A él siempre le gustaron los
perros, habían acordado con su esposa que tendrían uno más adelante.
A
los costados del sendero hay varios bancos pintados de blanco, en uno de ellos
una pareja de jóvenes conversa tomados de la mano, sentados muy juntos.
Seguramente no reparan en el resto de la gente.
Por
el sendero, más atrás del viejo y su perro, casi a la altura del banco de la
pareja, un hombre alto vestido con traje obscuro y un portafolios colgando de
su mano derecha, se encamina hacia alguno de los edificios que se distinguen
detrás del parque. Está de espaldas por lo que no puede ver su rostro y
adivinar por su expresión si ese hombre era feliz o no. La joven pareja
seguramente lo era, el viejo transmitía serenidad y paz. Hasta el perro parecía
contento, no podía estar seguro de eso ya que no podía ver si movía la cola o
no, pero daba la impresión de estar bien alimentado y disfrutar del paseo con
su amo.
Regresó
al baño para anudarse la corbata frente al espejo, revisó su peinado y controló el reloj en su muñeca.
Hoy
había hecho un buen tiempo y aún era temprano.
Volvió
a la habitación, tomó el saco y se lo puso. Se colocó unas gotas de colonia en
el cuello y las muñecas. Ya estaba listo, tomó su portafolios y se sentó a los
pies de la cama a revisar su contenido, teniendo cuidado de no despertarla.
Cerró el portafolios, lo colocó sobre sus piernas apoyando los codos en el y
sujetando su cara con las palmas de sus manos.
Volvió
a mirar el cuadro.
A
un lado del sendero había un gran rosal con varias flores abiertas y más atrás
u cantero con muchas variedades de plantas y todo el esplendor de sus flores.
Seguramente la fotografía había sido tomada al comienzo de la primavera.
Intentó
una vez más identificar la patente de algunos de los autos estacionados en la
calle frente al parque, algo que le diera un indicio acerca de la ciudad donde
pertenecía la escena del cuadro. Recordó que lo intentó varias veces con un
lente de aumento sin éxito.
Esto
ya casi resultaba una obsesión. Ni siquiera en el comercio donde había comprado
el cuadro supieron decirle de que ciudad se trataba. Era una pena no saberlo ya
que muchas veces fantasearon con la idea de realizar un viaje y conocer esa
ciudad y ese parque, pero cómo viajar a un lugar desconocido?
Estiró
la mano y volvió a acariciarla, se incorporó y ya a su lado besó su mejilla. Ya
era tiempo de partir. Apagó las luces encendidas. Ya había amanecido por lo que
podía moverse sin dificultad por la casa. Aún con esa poca claridad seguía
mirando el cuadro, sólo los árboles que bordeaban el sendero parecían una
mancha obscura no muy definida.
Salió
de la casa y cerró la puerta con llave. Se detuvo un momento a contemplar el
día. Era una fresca , limpia y hermosa mañana de primavera.
Volvió
a sentirse feliz llenando el pecho con el fresco aire. No puede uno no estar de
buen ánimo en una mañana cono esa.
Sus
reflexiones fueron interrumpidas por el bullicio provocado por un grupo de
personas al otro lado de la calle que, como todas las mañanas, se reunía para
correr y hacer ejercicio. Pensó que sería bueno unírseles en el futuro, ya que
correr un poco por la mañana le haría bien a su físico.
Aferró
el portafolios con su mano derecha y cruzó la calle justo enfrente de su casa,
a mitad de cuadra. Pasó entre dos coches estacionados junto a la otra acera y
miró a su izquierda al grupo de corredores que se alejaba. Decidió que mañana
se les uniría.
Comenzó
a caminar por el sendero que atraviesa el parque. Reconoció en el gran rosal y
el cantero rebosante de flores que la primavera se había instalado ya en la
ciudad con todas sus fuerzas.
Se
cruzó con su viejo vecino y su perro, lo saludó y bromeó con él diciéndole que
ya estaban en primavera y podía dar descanso a su abrigo. El viejo sonrió e
hizo alusión a sus años. El perro escuchaba con excitación el canto de los
pájaros que provenía de la arboleda que bordea el sendero por la derecha.
Siguió
su camino mirando hacia la copa de los árboles tratando de descubrir a los
pájaros en sus nidos. Debajo de ellos una pareja de jóvenes charlaba sentada en
uno de los bancos pintados de blanco, tomados de la mano.
Recordó
que él mismo compartió con su esposa varios amaneceres sentados en ese banco
cuando eran novios. Allí planeaban su futuro y gozaban de su incipiente
felicidad, abstrayéndose del resto del mundo.
Miró
el reloj y decidió apurar el paso, debía atravesar el resto del parque para
llegar a su oficina. Aún los edificios del fondo del parque se veían lejanos y
se confundían con la bruma matinal.
Ella
comenzó a desperezarse, se sentó en la cama, alisó sus cabellos y bostezó.
Miró,
como cada mañana, el cuadro junto a la puerta.
Vio
que el hombre con traje obscuro y portafolios apuraba el paso y ya casi se
perdía de vista.
Sonrió.
En poco tiempo llegará a la oficina, pensó.
Bajó
de la cama y fue a ducharse.
Víctor
M. Litke, Buenos Aires, allá por el 98/99
hermoso cuento amigo!!! el encuentro de realidad e imaginación y el placer del juego entre ambas, me encantó!!!
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