Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

domingo, 12 de febrero de 2012

El Cuadro


Miró el reloj que marcaba el tiempo de levantarse, en ocasiones resulta dramáticamente implacable e irreversible el movimiento preciso de sus agujas. Volvió la cabeza y comprobó que ella dormía profundamente.
Todo era silencio y obscuridad en la casa. Se acercó a la ventana y trató de imaginar como estaba el tiempo afuera, la mañana sería fresca con seguridad.
Se volvió y se acercó nuevamente a la cama, se arrodilló a su lado y tapó su cuerpo al tiempo que acariciaba su espalda.
Sonrió a los gemidos con que ella, aún dormida, agradecía sus atenciones.
Repasó con su vista todos los rincones de la habitación tenuemente iluminada, detuvo su mirada en el cuadro que colgaba a un lado de la puerta, no llevaba allí más de una semana. Recordó que hasta hace unos pocos días ese cuadro – una excelente fotografía en blanco y negro de una escena callejera en una ciudad anónima – lo hacía detener frente a la vidriera donde se exhibía. Era una costumbre, una cotidiana obsesión, tanto lo observaba que podía describirlo a la perfección, tanto le gustaba que no tuvo más opción que comprarlo.
Sintió satisfacción por haberse decidido y pensó que allí, en esa pared, se veía mucho más bello que en la vidriera.
Se incorporó y fue hasta el placard, eligió allí la ropa con la que se vestiría, encontró todo impecable, como de costumbre, de acuerdo a su estado de ánimo jugó con los dedos entre las corbatas y eligió una de las más alegres, de seda italiana y vivos colores. Quedó satisfecho con su elección, se pondría el traje gris topo cruzado y una camisa blanca. Verificó que los zapatos estuviesen bien lustrados y se dirigió al baño para ducharse.
Nuevamente en la habitación, mientras abrochaba los puños de su camisa, su atención volvió a la escena del cuadro junto a la puerta.
Se veía en primer plano un acalle con algunos coches estacionados, más atrás un gran parque con varias personas y en el fondo, sumergida en la bruma matinal, el perfil de la ciudad con sus altísimos edificios y un laberinto de ventanas.
Concentró su mirada en las personas del parque. Se distingue un grupo de corredores que casi salen del cuadro por la izquierda. Un viejo con sombrero y  largo abrigo camina por un sendero del parque junto a un perro negro con grandes manchas blancas, su tamaño es mediano, pero a pesar de esforzarse no puede reconocer su raza. A él siempre le gustaron los perros, habían acordado con su esposa que tendrían uno más adelante.
A los costados del sendero hay varios bancos pintados de blanco, en uno de ellos una pareja de jóvenes conversa tomados de la mano, sentados muy juntos. Seguramente no reparan en el resto de la gente.
Por el sendero, más atrás del viejo y su perro, casi a la altura del banco de la pareja, un hombre alto vestido con traje obscuro y un portafolios colgando de su mano derecha, se encamina hacia alguno de los edificios que se distinguen detrás del parque. Está de espaldas por lo que no puede ver su rostro y adivinar por su expresión si ese hombre era feliz o no. La joven pareja seguramente lo era, el viejo transmitía serenidad y paz. Hasta el perro parecía contento, no podía estar seguro de eso ya que no podía ver si movía la cola o no, pero daba la impresión de estar bien alimentado y disfrutar del paseo con su amo.
Regresó al baño para anudarse la corbata frente al espejo, revisó su peinado y  controló el reloj en su muñeca.
Hoy había hecho un buen tiempo y aún era temprano.
Volvió a la habitación, tomó el saco y se lo puso. Se colocó unas gotas de colonia en el cuello y las muñecas. Ya estaba listo, tomó su portafolios y se sentó a los pies de la cama a revisar su contenido, teniendo cuidado de no despertarla. Cerró el portafolios, lo colocó sobre sus piernas apoyando los codos en el y sujetando su cara con las palmas de sus manos.
Volvió a mirar el cuadro.
A un lado del sendero había un gran rosal con varias flores abiertas y más atrás u cantero con muchas variedades de plantas y todo el esplendor de sus flores. Seguramente la fotografía había sido tomada al comienzo de la  primavera.
Intentó una vez más identificar la patente de algunos de los autos estacionados en la calle frente al parque, algo que le diera un indicio acerca de la ciudad donde pertenecía la escena del cuadro. Recordó que lo intentó varias veces con un lente de aumento sin éxito.
Esto ya casi resultaba una obsesión. Ni siquiera en el comercio donde había comprado el cuadro supieron decirle de que ciudad se trataba. Era una pena no saberlo ya que muchas veces fantasearon con la idea de realizar un viaje y conocer esa ciudad y ese parque, pero cómo viajar a un lugar desconocido?
Estiró la mano y volvió a acariciarla, se incorporó y ya a su lado besó su mejilla. Ya era tiempo de partir. Apagó las luces encendidas. Ya había amanecido por lo que podía moverse sin dificultad por la casa. Aún con esa poca claridad seguía mirando el cuadro, sólo los árboles que bordeaban el sendero parecían una mancha obscura no muy definida.
Salió de la casa y cerró la puerta con llave. Se detuvo un momento a contemplar el día. Era una fresca , limpia y hermosa mañana de primavera.
Volvió a sentirse feliz llenando el pecho con el fresco aire. No puede uno no estar de buen ánimo en una mañana cono esa.
Sus reflexiones fueron interrumpidas por el bullicio provocado por un grupo de personas al otro lado de la calle que, como todas las mañanas, se reunía para correr y hacer ejercicio. Pensó que sería bueno unírseles en el futuro, ya que correr un poco por la mañana le haría bien a su físico.
Aferró el portafolios con su mano derecha y cruzó la calle justo enfrente de su casa, a mitad de cuadra. Pasó entre dos coches estacionados junto a la otra acera y miró a su izquierda al grupo de corredores que se alejaba. Decidió que mañana se les uniría.
Comenzó a caminar por el sendero que atraviesa el parque. Reconoció en el gran rosal y el cantero rebosante de flores que la primavera se había instalado ya en la ciudad con todas sus fuerzas.
Se cruzó con su viejo vecino y su perro, lo saludó y bromeó con él diciéndole que ya estaban en primavera y podía dar descanso a su abrigo. El viejo sonrió e hizo alusión a sus años. El perro escuchaba con excitación el canto de los pájaros que provenía de la arboleda que bordea el sendero por la derecha.
Siguió su camino mirando hacia la copa de los árboles tratando de descubrir a los pájaros en sus nidos. Debajo de ellos una pareja de jóvenes charlaba sentada en uno de los bancos pintados de blanco, tomados de la mano.
Recordó que él mismo compartió con su esposa varios amaneceres sentados en ese banco cuando eran novios. Allí planeaban su futuro y gozaban de su incipiente felicidad, abstrayéndose del resto del mundo.
Miró el reloj y decidió apurar el paso, debía atravesar el resto del parque para llegar a su oficina. Aún los edificios del fondo del parque se veían lejanos y se confundían con la bruma matinal.

Ella comenzó a desperezarse, se sentó en la cama, alisó sus cabellos y bostezó.
Miró, como cada mañana, el cuadro junto a la puerta.
Vio que el hombre con traje obscuro y portafolios apuraba el paso y ya casi se perdía de vista.

Sonrió. En poco tiempo llegará a la oficina, pensó.

Bajó de la cama y fue a ducharse.


Víctor M. Litke, Buenos Aires, allá por el 98/99



1 comentario:

  1. hermoso cuento amigo!!! el encuentro de realidad e imaginación y el placer del juego entre ambas, me encantó!!!

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