Conocí a los hermanos Garmendia en tercer grado de
primaria, cuando la meteórica carrera profesional de mi padre, como subgerente
de sucursales del Banco Nación (que se coronó con una jubilación sin pena ni
gloria, seguida de infarto y muerte), me llevó a cursar mis primeros dos años
en la escuela Justo José Núñez de Villa Urquiza, a la que volvería para
terminar séptimo grado (con un
intervalo repartido en otras dos escuelas de la provincia, donde me cuidé de no
echar muchas raíces y no ganarme muchas amistades, advertido por mis padres de
que era algo temporal).
La escuela era como todas las escuelas públicas de Buenos
Aires de esa época, un edificio de una sola planta no muy antiguo y bastante
bien cuidado, con un gran patio de baldosas techado en el centro y las aulas y
oficinas bordeándolo. Estaba en la calle Mariano Acha, a mitad de cuadra entre
Olazábal y Mendoza (si mal no recuerdo). Yo vivía a unas cuatro cuadras de la
escuela.
Debido a mis estancias alternadas, y a que se trataba de
una escuela –solamente- de educación primaria, no conservo demasiados recuerdos
de mis compañeros, salvo de aquellos con los que compartí los cinco años de
bachillerato o parte de ellos, en el Ceferino Namuncurá de Villa Urquiza.
Entre los que dejé de ver al terminar la primaria,
recuerdo a Susanita y a Patricia (las más lindas de la clase), a Liliana la
japonesa – a ella la vi un par de veces más -
(los padres eran los dueños de la tintorería del barrio) y al flaco
Buzzetti (tan flaco y tan alto que la ropa le quedaba ancha y corta).
De los que empezaron o terminaron el secundario conmigo,
estaban el tano Mancinelli y el ruso Liberman, y por supuesto los mellizos (que
se fueron al terminar cuarto año, en el 74).
Lucho
y Fito (Luis y Rodolfo) Garmendia, a pesar de ser gemelos mellizos dicigóticos
(bivitelinos, no idénticos, etc), eran como dos gotas de agua, quiero decir
como dos gotas de agua iguales. Uno era la fotocopia del otro.
Los
guachos eran tan parecidos que era imposible distinguirlos. Rubios de pelo
lacio cortado al estilo “paje”, parecían dos clones de Carlitos Balá. Sus
flequillos hacían resaltar sus ojos grandes, redondos, de un azul oscuro y muy
vivaces.
No
eran demasiado facheros, pero llamaban la atención.
Encima
la vieja siempre los empilchaba igual, los pantalones cortos por las rodillas
(en la primaria) grises o azules, medias tres cuartos con rombos y a tono con
el pantalón de turno, camisa blanca y jerseys tejidos por sus propias manos,
siempre en la misma gama de colores (nunca en tonos marrones), siempre iguales.
Cuando se hicieron grandes y empezaron a elegir con que ropa se vestían,
siguieron con la misma onda, siempre iguales.
Lucho
y Fito tenían hormigas en el culo, nunca estaban quietos más de cinco minutos,
aunque estuviésemos en plena clase, bastaba con que uno empezara a hablar o
moverse para que el otro lo imitara en una milésima de segundo, y casi siempre
terminaban peleándose o discutiendo entre ellos, echándose mutuamente las
culpas del alboroto.
Las
maestras gritaban ¡¡¡Garmendia!!!!, ya que les resultaba imposible llamar por
el nombre a quien había empezado el disturbio.
Ellos
nunca se llamaban por el nombre, cuando se hablaban usaban el che, nabo,
boludo, idiota u otras lindeces similares. Cuando se referían al otro hablando
con un tercero lo hacían usando el apellido.
-“Yo
no fui, señorita, fue Garmendia”
Eso
ponía loco a cualquiera.
Parecía
que se llevaban para la mierda, pero en realidad pocas veces vi a dos hermanos
ser tan cómplices y quererse tanto.
En
la primaria, sus excursiones a la dirección eran frecuentes. Nunca los
sancionaron gravemente porque nunca hicieron nada grave. Eran inquietos, se
aburrían en clase, les gustaba hacer bromas y reírse de cualquier boludez.
Cuarenta años atrás no era muy frecuente que las escuelas públicas contaran con
un psicopedagogo o algún especialista que advirtiera que los Garmendia tenían
un coeficiente intelectual superior a la media, que perdían el interés en clase
porque el ritmo de enseñanza era demasiado lento para ellos o definiciones por
el estilo.
Así,
su destacada (e ignorada) inteligencia hacía que parecieran dos pelotudos.
En
realidad, para mi y para la mayoría de sus compañeros, eran dos pelotudos.
Muchas veces nos comimos penitencias masivas (quedarnos sin recreo, salir quince
minutos más tarde o llevarnos el doble de tarea a casa) por alguna tontería de
los Garmendia.
A
pesar de eso les teníamos cariño y nunca dejamos de incluirlos en los juegos o
reuniones del patio de recreos y en las actividades extraescolares.
Lucho
y Fito eran de la barra. Jugando al fútbol eran bastante buenos y eso hacía que
les perdonásemos cualquier cosa.
Lucho
jugaba de defensor y Fito era atacante, o era al revés. Hinchas de boca,
siempre venían a los partidos enfundados en sus camisetas “azul y oro” sin
número, las medias y pantaloncitos del equipo y los sacachispas mal atados.
Jugaban
bien, pero relataban las jugadas que hacían, mientras las hacían:
-“Garmendia
se escapa por la derecha, elude a un jugador, la toca de zurda buscando la
pared con el Tano Mancinelli.....”
-“Saca
largo el arquero, la pelota vuela hasta la mitad de la cancha donde la recibe
de pecho Garmendia, la pone en el suelo y saca un pase de gol que pifia
Pereyra....”
-“Tira
Garmennndiaaaaa y GOL GOL GOL GOOOOOOLLLLL, gol de Garmendiaaaaaa, ¡Que
jugador, señores!, Garmendia, Garmendia....”
Los
dos hacían lo mismo, parecía que llevaran incorporadas una radio portátil, o
que José María Muñoz fuera siempre a ver y relatar nuestros partidos.
Al
principio era inbancable, pero nos fuimos acostumbrando.
De
más está decir que cuando Lucho metía un gol Fito corría a abrazarse con su
hermano, y viceversa, gritando y festejando como si fuera la final de un
mundial. Abrazados, como si fueran siameses, corrían alrededor de la cancha
gritando el gol, como si lo hubiesen metido los dos, como si fuesen uno solo.
Los
demás, el resto del equipo, nunca sabíamos con certeza cual de los mellizos
había metido el gol, el delantero o el defensor.
Muchas
veces el juego se reanudaba y ellos seguían a lo suyo, festejando, por lo que
todos terminábamos puteándolos.
Nunca
te aburrías con los Garmendia.
Siempre
estaban inventando cosas, juegos nuevos, reglas nuevas para juegos viejos,
sistemas para copiarse en los exámenes, para intercambiarse para dar las
lecciones (no porque les costara estudiar, como ya dije eran muy inteligentes,
sino porque no le daban bola y preferían hacer otra cosa). Les encantaba los
juegos de química, fabricar pequeñas bombas con petardos, y joder a los demás.
Unos
personajes los Garmendia.
Graciosos.
Payasos. Locos lindos. Genios. Con una (dos) personalidad (/es) muy particular
(/es). Macanudos.
Dos
pelotudos los Garmendia.
Dicen
que la última vez que los vieron fue una madrugada de abril del 77, la policía
y el ejército en un “operativo conjunto” estaban buscando a unos pibes que
habían estado haciendo unas pintadas y tirando panfletos en el centro, nada
grave.
Dicen
que parece que Lucho era uno de esos pibes.
Dicen
que cuando lo encararon, mientras Fito los miraba sonriente, Lucho dijo:
-“Yo
no fui, fue Garmendia”
Dicen
que los dos se empezaron a cagar de la risa.
Dicen
que a los milicos no les hizo gracia.
Víctor
M. Litke
Madrid,
febrero de 2012
que lindo!! te invaden los recuerdos de tantas cosas cuando los lees!! muy bueno
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