Terminé
de rellenar la última hoja del informe sobre un caso de asesinato en Jersey,
cerré la carpeta ajustando los cierres de seguridad que impedían que se
perdiese algún folio durante los traslados y la deposité en la bandeja con el
rótulo “Archivo” que se encontraba sobre un mueble metálico junto al pasillo.
En realidad antes de archivar los informes de un caso, se escaneaban todos los
documentos que no estaban digitalizados y se registraban en la carpeta los datos
correspondientes al almacenamiento de toda la información, que luego sería
replicada y resguardada convenientemente. Una copia del archivo con toda la
información completa de cada caso se enviaba a la fiscalía del estado.
Contrariando
la creencia generalizada (alimentada por la industria del cine y la televisión)
de que rellenar los informes de un caso es una tarea tediosa, odiada por todos
lo buenos “polis” que prefieren la acción en las calles a trabajar en su
escritorio, para mí es una parte del trabajo que valoro mucho, puesto que me
permite repasar “en frío” todas la acciones y las líneas de análisis que
empleamos en cada investigación, detectar errores y aciertos que me ayuden a
mejorar mi desempeño. Y no lo hago con otro objetivo, o movida por una obsesión
o ambición desmedida, simplemente porque estoy convencida que cualquier trabajo
que se realice debe hacerse de la mejor manera posible. Si me tocara barrer las
calles, procuraría ser la mejor barrendera de la ciudad.
Fui
hasta la sala de descanso a prepararme un té con limón, el aire acondicionado
estaba haciendo estragos en mi garganta. Alcancé a dar el primer sorbo cuando
un mensaje en mi móvil interrumpió mi breve relax. Era Bobby, mi compañero, me
pedía que vaya al depósito forense en cuanto pudiera. Tomé parte de mi infusión
lo más rápido que pude sin quemarme y deseché el resto, lavé la taza
rápidamente y la dejé escurriendo sobre la mesada. Me dirigí al ascensor para
bajar al primer subsuelo en donde se encontraban las instalaciones forenses.
Una vez allí, mostré mi identificación al sargento Travis y firmé el registro.
-“Que
tal inspectora Ohara, ¿otra vez por aquí? Si busca al detective Molina está en
el número cinco, con el Doctor Polak”, dijo sin dejar de sonreír.
Le
pregunté por su esposa, su hija y su nieto recién nacido, le agradecí la
información y me adentré en el pasillo que conducía a los depósitos.
A
cada uno de ellos se ingresaba por una puerta vidriada con su número
correspondiente grabado en pintura negra, se accedía a una pequeña antesala con
unas cuatro sillas de plástico negro, un dispensador de agua con vasos
descartables y una mesita en un rincón, junto a la papelera. Un perchero en la
esquina opuesta a la mesita y un gran ventanal que daba a la sala forense,
cubierto por el lado interno por una persiana americana blanca, que sólo se
abría para permitir la identificación de algún cadáver por parte de familiares
o conocidos. En la pared perpendicular al ventanal, había una puerta de
seguridad que se abría mediante la lectura de una tarjeta de identificación y
un código PIN.
La
sala estaba vacía, introduje mi tarjeta con el chip hacia abajo y tecleé mi
código personal. Entré en una habitación que se asemejaba a un pequeño
vestuario de cualquier gimnasio. Me coloqué una bata celeste que casi llegaba
al suelo, cubrí mi calzado con unos protectores, me coloqué un barbijo y un
gorro de tela, teniendo cuidado de no dejar parte de mi cabellera al
descubierto. Tomé un par de guantes de látex y mientras me los ponía empujé con
los codos una de las hojas de la pesada y hermética puerta del depósito número
cinco.
Como
siempre, dentro hacía frío y olía fatal, instintivamente ajusté mi barbijo y
tapé por unos segundos mis fosas nasales, prefería no utilizar la clásica
pomada de eucalipto en la nariz, para no enmascarar u ocultar cualquier olor
que pudiese servirnos de pista en la investigación.
Polak
estaba inclinado sobre un cuerpo colocado boca abajo sobre la mesa de acero
inoxidable, alumbrado por potentes focos direccionales similares a los de
cualquier quirófano. Oliver, su ayudante, estaba tomando fotografías de los
sectores de la espalda de la víctima que Polak señalaba con una especie de
puntero de metal reluciente. Daba las instrucciones de forma clara y relataba en
voz alta las pistas que el cuerpo le iba proporcionando, grabando en audio y
video la autopsia.
Interrumpió
una frase para saludarme, Bobby alzó la vista y comenzó a ponerme al tanto de
todo.
-“Mujer…
¡mierda!..., debería decir niña, de unos 11 o 12 años, apareció esta mañana en
el East River, por el paseo a la altura de la calle Grand, unos guardias
privados dieron el aviso. Parece que pasó un tiempo en el agua y que antes del
baño no la trataron muy bien. El doc comenzó a examinarla hace unas dos horas,
oigamos lo que nos cuenta”, dijo Bobby bastante molesto.
A
nadie le entusiasma investigar una muerte, lo hacemos porque es nuestro trabajo
y somos profesionales pero no es agradable. Nos entusiasma descubrir la trama
que envuelve cada asesinato hasta dar con los responsables. Pero cuando hay
menores involucrados, en el bando que sea, resulta doloroso.
Al
tiempo que, con la ayuda de Oliver, colocaba el cuerpo nuevamente boca arriba, Polak
nos resumió lo que tenía hasta el momento, solo se trataba del examen preliminar,
todavía no había diseccionado el cuerpo (no se distinguía la clásica incisión en
el pecho en forma de “Y”) y faltaba el análisis de los órganos y las distintas
pruebas de laboratorio. Las huellas, radiografías y muestras de fluidos se
enviaron a las secciones correspondientes.
La
víctima era del sexo femenino, caucásica, rubia, preadolescente, ojos celestes,
de un metro sesenta y tres de altura de complexión pequeña (aunque ahora el
cuerpo estaba bastante hinchado), por las callosidades y deformaciones de los
dedos de los pies parecía que practicaba baile clásico.
Todo
indicaba que había sido violada, tenía contusiones premortem en la ingle y las piernas, un fuerte golpe en la región
occipital del cráneo, y a pesar de habérsela encontrado semisumergida en el
río, no tenía agua en sus pulmones ni petequias que indicaran que su muerte se
produjera por asfixia. Se enviaron muestras del agua para el análisis de las diatomeas.
Se distinguían marcas de ligaduras en las piernas, a la altura de los tobillos,
posiblemente la arrojaron al río con algún peso atado a ellas, para que
permanezca sumergido.
Cuando
la encontraron estaba vestida con una remera blanca, pantalones de gimnasia y
zapatillas deportivas anudadas. Curiosamente, sólo llevaba puesto un calcetín,
lo que podría indicarnos que la vistieron luego de matarla.
Calculaba
que la muerte había ocurrido unos cuatro días atrás.
Bobby
se encargaría de revisar las denuncias de desapariciones, consultaría con la
oficina de enlace con el FBI. Distribuiríamos su fotografía a todas las comisarías para que se
investigaran academias de baile y gimnasios, no era gran cosa, por el momento
no podíamos centrarnos en alguna zona en particular, podrían haberla asesinado
en cualquier sitio y haberla arrojado al río quién sabe donde.
Al
día siguiente, nos enviaron una mochila encontrada en la orilla cerca de donde
se halló el cadáver, la recogieron los polis que peinaban la zona ya que
pertenecía a una academia de baile y podía estar relacionada con nuestra “bailarina”.
La autopsia y los análisis no nos revelarían ningún dato más. Sus huellas no
estaban en el sistema, pero había una denuncia de desaparición de una niña de
12 años cuyas señas parecía corresponder a nuestra víctima, radicada en una
comisaría de Brooklyn unos días atrás.
Nos
pusimos en contacto con los policías que llevaban el caso, no habían avanzado
mucho en su investigación y tenían la fuerte convicción de que la niña se había
fugado de su casa. No mostraron sorpresa, estupor ni ningún otro sentimiento al
ser informados de que teníamos una víctima de asesinato que podría ser su “niña
fugada”.
Se
llamaba Alina Bolguodova, nacida en EEUU, 12 años, hija de inmigrantes
bielorrusos que tenían un pequeño local de comida típica en la Avenida Bedford,
en Brooklyn, llamado “Sabores de
Voblasts”.
Trajimos
a Andrej Bolguodov y a su esposa Anya a la central para que reconozcan a su
única hija asesinada. Yo hubiese preferido evitarle a esos padres el dolor de
saber que su pequeña había sido agredida sexualmente, golpeada varias veces antes de morir y arrojada al río
atada a algún objeto pesado para que nunca fuera encontrada, así que agradecí
que en estos casos la responsabilidad de informar a los padres sobre las causas
y detalles de la muerte le correspondiera al forense a cargo del caso.
Entramos
en la pequeña antesala del depósito número cinco, mientras el doctor Polak
demostraba su larga experiencia y empatía al preparar a los padres de Alina
para lo que iban a ver en unos instantes, golpeó dos veces el cristal del ventanal
y del otro lado Oliver levantó la persiana. El cuerpo estaba dispuesto boca
arriba en una camilla metálica con ruedas, con sábanas blancas por debajo y
sobre él, cubriéndolo totalmente.
Un
sentimiento común que expresaba la gente que acudía al reconocimiento de
víctimas al ver los cuerpos sobre las camillas metálicas, era compadecerse del
frío que debían sentir esos seres queridos, esos cuerpos desnudos en contacto
con el metal. Por ese motivo y por el hecho (más pragmático y menos sentimental)
de que la sábana colocada debajo del cuerpo facilitaba su traslado entre mesas
y camillas, su utilización se estandarizó en todas las morgues del estado.
Respondiendo
a una señal de Polak, su ayudante desplegó con suavidad la sábana que cubría el
cuerpo dejando al descubierto la cabeza de Alina, a la que habían “arreglado”
lo máximo posible.
Entre
llantos y gritos de dolor, los padres reconocieron a su pequeña, y una vez que
pudieron reponerse un poco, Bobby y yo los acompañamos hasta la sala de
reuniones de nuestra oficina.
De
su relato concluimos que era una niña normal para su edad, aplicada en sus
estudios, con pasión por la danza. Asistía, desde los diez años, cuatro veces
por semana a una academia de baile clásico en la 6ta sur entre Bedford y Kent,
en Brooklyn, cuyos profesores eran rusos y conocidos de los Bolguodov, ya que
coincidían en los oficios de la misma iglesia ortodoxa a la que concurrían. Al
principio la acompañaba su madre, pero en el último año iba y venía de la
academia sola. Era conocida por los vecinos del barrio y no sospechaban de
nadie que pudiera haberle hecho esto. En ocasiones la acompañaba un chico del barrio,
un tal Luka, hijo de polacos judíos y un par de años mayor que ella. Por un
lado se sentían más seguros sabiendo que no volvía tarde y sola de la academia,
pero no les caía del todo bien el muchacho, y en ocasiones habían discutido con
su hija por este tema. Quizás esto llevó a pensar a los policías de Brooklyn
que Alina se había fugado de casa cuando denunciaron su desaparición.
Decidimos
comenzar investigando a su amigo, sus profesores y compañeros de colegio, y por
supuesto la academia de baile, no había nada
más concreto por dónde empezar.
Nos
comunicamos con el colegio para que sus autoridades avisaran a los profesores y
a los padres de los alumnos que queríamos entrevistar y que organizaran las
reuniones a partir de las 9 de la mañana del día siguiente.
Supusimos
que en la investigación por la desaparición de Alina, la policía habría
interrogado a Luka, nos llevamos una decepcionante sorpresa cuando comprobamos
que no fue así. Tal vez movidos por un sentimiento de culpa, los detectives de
Brooklyn se ofrecieron a ubicarlo y llevarlo a la central para que lo
entrevistemos nosotros, cosa que aceptamos de buen grado.
Nos
llevó casi todo el martes entrevistar a todas las personas relacionadas de
alguna forma con nuestra víctima, incluido Luka, quién había visto a Alina por
última vez el miércoles pasado. La esperó a la salida de la academia, sobre las
seis de la tarde y caminaron juntos hasta su casa dónde se despidieron, el
jueves el debía acompañar a su padre a Staten Island a hacer unos recados por
lo que no volvió a verla.
Nadie
nos aportó nada relevante. Dejamos para el día siguiente a primera hora la
visita a la academia de baile, cuyo pretencioso nombre era “American Bolshoi Ballet
Academy”, que correspondía al de la mochila hallada en los muelles.
Cuando
estábamos por irnos a casa, la oficina de enlace con el FBI nos envió un
informe alarmante: se habían investigado, en los últimos dos años, cinco
desapariciones de niñas entre 10 y 14 años en Brooklyn, todas de familias
originarias de países miembros de la ex Unión Soviética. Y había muchos más
elementos comunes entre esos casos abiertos y el de Alina.
****-****
Williamsburg
se había transformado en los últimos años en un barrio con mucha vitalidad,
refugio de artistas, músicos y bohemios de todas las nacionalidades
imaginables. La academia de baile ocupaba dos plantas de un edificio de
ladrillos rojos, un antiguo almacén parcialmente restaurado.
Vitali
Kalin había sido un bailarín mediocre en Moscú, una vez desaparecida la Unión
Soviética emigró a los Estados Unidos junto a su esposa Hulda, un par de años
en Columbus, Ohio, y luego se instalaron en Brooklyn, donde abrieron su
academia de ballet.
Su
clientela la conformaba principalmente niñas, hijas de inmigrantes de la
antigua URSS o de países de Europa del este.
Era
un tipo de facciones duras, tosco y de malos modales, hablaba con prepotencia y
altanería. Daba la impresión de ser más bien un ex militar que un ex bailarín y
profesor de ballet.
Los
Kalin respondieron de mala gana a nuestras preguntas, la policía y el FBI los
habían interrogado varias veces en los últimos dos años, todas las niñas
desaparecidas concurrían regularmente a sus clases. Más allá de esa relación,
totalmente circunstancial en un proceso judicial, no parecía que pudiesen estar
implicados.
Cuando
volvíamos en el coche a la central, acordamos que Bobby investigaría si las
cinco niñas desaparecidas asistían a la misma iglesia que Alina, para no dejar
ningún cabo suelto. Yo iría a visitar a sus responsables. No obstante
continuaríamos la vigilancia de la academia de baile y de los Kalin.
Intentaríamos averiguar todo sobre su pasado y sus actividades actuales, sus
amistades, relaciones y modo de vida.
No
me gustaba Vitali Kalin, no me gustaba para nada. Su esposa era un títere
manejado por las hábiles manos de su marido. Escondían algo, lo intuía, y debía
descubrirlo.
Al
día siguiente recibí un llamado esperanzador, el padre de Luka, el amigo de
nuestra víctima, tenía algo que contarnos. Arreglamos que vendrían a la central
a las tres de la tarde.
Luka
parecía avergonzado y temeroso, no de su padre quien por el contrario se
mostraba cariñoso y comprensivo con su hijo.
El
crío nos relató una conversación que había tenido con Alina unas semanas atrás,
no recordaba el día exactamente, ella le había contado que su profesor de baile
ponía especial interés en ella, que corregía constantemente sus posturas y
cuando lo hacía, tocaba partes de su cuerpo que la hacían sentirse incómoda. Al
principio eran roces sutiles, pero con el tiempo pasó a ser un manoseo mucho
más evidente. Ella no sabía que hacer, no quería contárselo a sus padres porque
temía que la sacaran de la academia, y Alina quería ser bailarina, por sobre
todas las cosas. Habló con la esposa del profesor de ballet y ella la
tranquilizó explicándole que era algo común en el ballet, que debía
acostumbrarse a que los bailarines tocaran con sus manos cualquier parte de su
cuerpo, que era parte del entrenamiento y que no lo comentara con nadie.
Todo
esto había comenzado dos meses atrás.
Agradecimos
el testimonio de Luka, su padre nos aseguró que estaría dispuesto a declarar en
un juicio si fuese necesario. Pedimos a un agente que los llevara hasta su casa
en coche, y nos pusimos a revisar todos los elementos que estábamos recopilando
en el caso.
Decidí
reunirme con nuestro capitán y, si él estaba de acuerdo, dar parte a la
ayudante del fiscal del distrito. Por un lado quería evitar cualquier problema
de jurisdicción y por otro quería convencerla que con lo poco que teníamos
había base para solicitar una orden judicial para el registro de la American
Bolshoi Ballet Academy. Mi objetivo era presionar a Vitali Kalin todo lo
posible con la esperanza de encontrar algo sólido que lo inculpase.
Amanda,
la ayudante del fiscal, era mi mejor amiga, nos reunimos en un café cerca del
edificio del Tribunal Supremo, desde nuestra mesa podíamos ver sus grandes
columnas y su amplia escalinata. Mientras esperábamos nuestros capuccinos nos
reprochamos mutuamente el que últimamente no nos veamos tan seguido. Lo cierto
es que ahora ella tenía una relación, una relación que en cierto grado me
afectaba, por lo que en ocasiones evitaba reunirme cuando estaba acompañada,
aunque en otras ocasiones yo propiciaba los encuentros.
Su
circunstancial pareja (ambos se ocupaban de dejar claro que no había nada serio
y formal) era un médico del hospital presbiteriano en Manhattan, jefe de
cirugía cardiovascular, al que yo conocí anteriormente por ser un ¿testigo? en
un par de casos de homicidio que investigamos unos meses atrás, uno de los
cuales seguía abierto. Además de la innegable atracción física que sentía hacia
él, ese hombre disparaba todas las alarmas de mi cerebro. No confiaba en él, es
más, mi intuición me decía que escondía un gran
secreto. Y no precisamente mi intuición femenina, sino mi intuición y mi
experiencia como inspectora de homicidios.
De
alguna u otra forma ese hombre, la pareja de mi mejor amiga, por el que me
sentía fuertemente atraída y embriagada, estaba involucrado en al menos dos
casos recientes de homicidio, nunca pude siquiera acercarme a alguna prueba que
confirmase mis sospechas, pero yo sabía quién era él, y que hacía en Nueva
York.
Las
dos semanas siguientes fueron desesperadamente frustrantes, los registros, los
interrogatorios y los pedidos de informes solo arrojaron más sospechas sobre
Vitali Kalin, pero ninguna prueba tangible. Tanto así que en uno de los
interrogatorios Kalin nos desafió casi confesando elípticamente todos los
asesinatos y abusos, mofándose de nuestra incapacidad para conseguir lo
necesario para acusarle y detenerle. Incluso amenazó veladamente con continuar
con su particular pasatiempo: abusar de sus alumnas y deshacerse de las que se
resistían o le daban problemas, bajo la cómplice e impasible mirada de su
esposa.
De
alguna forma Kalin lograba que las familias de sus víctimas permanecieran
calladas, no sabíamos como lo hacía, pero ningún padre o madre de las niñas
desaparecidas, ni siquiera los padres de Alina, se atrevían a acusarle.
Intentamos
sin éxito conseguir datos sobre la vida y actividades de Vitali Kalin antes de
que emigrara a los Estados Unidos, a pesar de la caída de la “cortina de
hierro”, de la “Perestroika” y de la apertura a la sociedad liberal y
capitalista de la ex URSS, sus autoridades eran reacias a dar información a
otros países sobre sus ciudadanos, sobre todo de aquellos que de alguna u otra
forma estuvieron relacionados con sus ejércitos y policías o fueron miembros destacados
del partido comunista.
De
nuestras agencias de inteligencia logramos más sospechas sobre Kalin, se creía
que pertenecía (con algún grado de autoridad) a la mafia rusa de Nueva York o “mafiya roja” que campaba a sus anchas
por Little Odessa, como se conoce a ese barrio de Brighton Beach, en Brooklyn.
Después
de algunas consultas a la policía de Columbus y a la oficina del FBI en Ohio,
confirmamos la desaparición de una niña de 13 años, de origen Ucraniano,
coincidiendo con la época en que el matrimonio Kalin vivió en esa ciudad. Nada
que pudiese relacionarlo directamente, pero encajaba en el patrón. La niña
estudiaba ballet clásico, su profesora era rusa y había muerto hacía siete
años. Si Kalin trabajó como profesor en esa ciudad, no había ninguna
constancia. Otro callejón sin salida.
No
avanzábamos, no encontrábamos una puta prueba que incriminara a ese
desgraciado. Todos estábamos convencidos de que él era el culpable de la muerte
de Alina Bolguodova y de la desaparición de al menos cinco o seis chicas más.
Era
viernes, el final de la tercera semana de investigaciones infructuosas.
Nuestro
capitán sugirió que dejásemos este caso en suspenso y nos ocupáramos del
trabajo que se estaba acumulando, de todas formas estábamos en una vía muerta.
-“Olvidémonos
de Kalin por ahora, y roguemos que la mano de Dios haga justicia, ya que por el
momento nosotros no podemos”, dijo con algo de rabia contenida.
En
ese momento mi corazón dio un salto, ese mal nacido no se saldría con la suya.
****-****
Al
llegar a mi apartamento llamé por teléfono a Amanda, le dije que necesitaba
distraerme y le propuse una salida en grupo para la noche del sábado. Le pedí
que su pareja invitara a su amigo David, un médico del mismo hospital con el
que ya habíamos compartido otras salidas, un tipo agradable y divertido (aunque
no me sentía atraída por él en lo más mínimo).
Nos
reunimos en un restaurante del Village y planeamos ir a una discoteca después
de cenar.
Durante
la comida la conversación era variada y mundana, hasta que deliberadamente me
puse a comentar el caso de Alina con Amanda, y a pedirle su opinión a nuestros
acompañantes.
Tal
como esperaba, el novio de Amanda se interesó en el tema y comenzó a hacernos
preguntas cada vez más precisas sobre Vitali Kalin, a las que, contrariando mi
forma de ser y mis principios, respondí con lujo de detalles, tanto que hasta
Amanda se sintió incómoda por revelar información que estaba bajo secreto de
sumario procesal.
Incluso
en la discoteca, debiendo levantar la voz más allá del estridente sonido de la
música que invadía nuestro sector VIP, continué dando información del caso a
ese hombre que tanto me atraía y del que tanto sospechaba. Era evidente que él
también se sentía atraído de alguna forma por mí. Hice que eso jugara a mi
favor y capté su atención durante toda la noche.
****-****
La
mañana del jueves siguiente llegué a mi oficina a las ocho en punto de la
mañana, Bobby me alcanzó un café y me entregó un parte policial de ese mismo
día para que lo leyera.
Tomé
un sorbo de café y mientras me sentaba en mi escritorio comencé a leer el
mensaje. Provenía de la policía de Brooklyn.
A
las seis de la mañana, empleados de limpieza que trabajaban en la American
Bolshoi Ballet Academy de Williamsburg, Brooklyn, encontraron a Vitali Kalin y
a su esposa Hulda muertos, con el cuello roto, sentados en el suelo de parqué
de roble del salón de baile y recostados junto al gran espejo que cubría
totalmente una de sus paredes. Sobre sus cabezas, había una nota pegada donde
Vitali confesaba siete asesinatos de niñas, con sus nombres y descripciones, y el
lugar en donde se había desecho de sus cuerpos, incluido el de Alina.
El
asesino había manipulado el equipo de audio en el que sonaba a todo volumen “el vals de los cisnes”, del segundo
acto del Lago de los Cisnes, de Tchaikovsky,
de forma ininterrumpida.
Tomé
otro sorbo de mi café, no quería mirar a Bobby a los ojos, pero me sentía
plenamente satisfecha.
-“Parece
que la mano de Dios hizo justicia”, dije dejando el papel sobre mi escritorio y
ocultando mi cara avergonzada con la taza de café humeante.
Víctor M. Litke, Madrid 2012