Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Buenos Aires, allá por 1975 (El "Rulo")


Sentados en el último asiento del Bondi, el Rulo no dejaba de meterme fichas, me daba manija para que le entrara a la tana de una vez por todas. Según él, la mina estaba muerta conmigo y si me dormía, algún otro gil se la levantaría y me dejaría pagando. 
La verdad es que me tenía un poco lleno, pero en el fondo decía la posta, tenía que apurarla y no me animaba. Nunca me había pasado, pero la tana imponía, estaba refuerte y no era ninguna boluda.
Yo tenía mi facha, alto, flaco, pelito largo, ojitos claros, medio fifi, una onda a los jugadores de la selección de Holanda, esos por los que estaban locas todas las chichis (aunque la mayoría de esos chabones iban para atrás).
Pero no tenía un mango, y eso me bajoneaba un poco.
El Rulo (le decíamos así porque tenía la bocha con menos pelos que una rodilla) era un bagayero y le tenía ganas a la Susi, que era medio escracho y la mejor amiga de la tana, por eso quería que yo la avance, el muy turro tenía menos bolas que yo y encima me gastaba.
El 93 ya estaba llegando a Mitre , íbamos a Munro a comprarnos unos Levi’s de hilo sin bolsillos, pata de elefante, con un solo grilo atrás donde no te entran ni dos chirolas juntas.
El sábado vamos a ir en patota a un boliche de Olivos medio cheto y tenemos que empilcharnos bien fetén, para que no nos reboten los patovas de la entrada.
Todavía no sabía si la tana iría, ella quería ir al Luna a la despedida de Sui Generis. Obvio que a mi me hubiera copado una bocha ir también, pero no había de donde rascarla.
Y de repente todo se fue al carajo: en Mitre y San Martín había un operativo, pararon el bondi y la yuta nos hizo bajar a todos, nos pusieron en fila en la vereda y nos pidieron documentos. Según la pinta de la gente la iban revisando y cacheando, y nosotros habíamos comprado todos los números de la rifa, manzana íbamos a zafar.
El nabo del Rulo tenía un par de canutos en el bolsillo de la campera y no se avivó de tirarlos antes que el cana lo revise, así que quedamos los dos pegados.
La tana tendrá que aguantarme unos días, mientras esté engayolado pensaré un chamuyo para ganármela.


Víctor M. Litke, Madrid 2012

martes, 25 de septiembre de 2012

La festa di San Giovanni in Toscana (La fiesta de San Juan en la Toscana)


Para Marco no era un día cualquiera.
Su madre no tuvo que insistir, como todas las mañanas, para que saliera de la cama. A pesar de no tener que ir al colegio se despertó muy temprano, cuando las primeras luces del día se filtraban tímidas por la persiana de su dormitorio. Esperó ansioso hasta escuchar las voces de sus padres en la cocina y entonces se levantó, exultante. Corrió la cortina de su ventana de una sola hoja y empujó la persiana de madera hacia fuera, con tanta fuerza que rebotó en la pared exterior profundizando el magullón del ladrillo que recibía cotidianamente el golpe. En un gesto inconsciente, cerró los ojos y levantó los hombros como si pudiera amortiguarlo. Su padre siempre lo reprendía y le decía que un día la casa entera se vendría abajo por los golpes de su persiana, pero ese día no lo haría.
Se vistió con unas bermudas azules, una camisa a cuadros de mangas cortas, medias de algodón blancas y sus mejores zapatillas deportivas.
Corrió al baño para ocuparlo antes que Francesca, su hermana mayor, aunque sabía que ella no se levantaría temprano un sábado.
Cuando entró en la cocina su padre tomaba café mientras leía La Nazione y su madre cortaba en trozos pequeños el pan del día anterior y servía una taza grande con un diez por ciento de café y el resto de leche caliente. Corrió a abrazarla, dio un beso a su padre y se sentó en la mesa de la cocina a desayunar. Fue sumergiendo los trozos de pan en la taza hasta cubrir toda la superficie, esperó que se remojaran bien y con la cuchara esparció bastante azúcar por encima del pan. Cuando terminó toda la taza su madre le alcanzó un vaso mediano de jugo de naranja que acababa de exprimir, por su color rojo parecía un vaso de vino, ese vaso de chianti que su padre bebía con la cena todas las noches, y entonces se imaginaba adulto bebiendo vino con su padre mientras charlaban de futbol.

Estaba feliz. Ese día, 24 de junio del año en que comenzaba un nuevo siglo, en la fiesta de San Juan, Marco cumplía doce años. Pronto llegarían sus abuelos maternos, no los veía desde navidad. Iría con su padre a recogerlos a la estación de Santa María Novella en una hora. Amaba a sus abuelos, la nonna le habrá tejido un chaleco por su cumpleaños y el nonno le regalaría algunas liras con toda seguridad.
Sus abuelos vivían en el campo, cerca de Montepulciano, así que cuando venían a la ciudad, siempre traían algunas cosas que elaboraban ellos mismos:  queso pecorino, salami y su salchichón preferido, la finocchiona, con semillas de hinojo.
Su madre estaba preparando ravioles de ricotta, espinaca y nueces, una salsa bolognesa, zucchinis rellenos con atún y ensalada. Sobre la mesada de madera, una crostatta o pasta flora de membrillo reposaba, recién salida del horno.
Por la tarde irían todos a verlo jugar al futbol, Marco jugaba de delantero centro, con el número 9, en un equipo de la liga infantil de Florencia junto a su mejor amigo Dino Scaglione. Tenía talento, y si bien el físico no lo acompañaba (era bastante menudo para ser delantero) era el goleador de la liga. Su padre estaba muy orgulloso de él.
Luego del partido sus amigos vendrían a su casa a festejar su cumpleaños, con pizzas, gaseosas y torta.
Y no terminaría allí su felicidad, al día siguiente irían a ver el calcio storico o calcio fiorentino en la plaza de la Santa Croce, su tío Genaro era uno de los 27 jugadores del equipo Bianchi (los blancos, de Santo Spirito), campeones del año anterior. Le encantaba verlo jugar con sus pantalones blancos al estilo medieval, el torso desnudo dejando ver los múltiples tatuajes que lo adornaban.
Marco vivía y moría por el fútbol, y esto era como volver a los orígenes.

Cuando terminó de desayunar y escuchar las recomendaciones de su madre sobre como debía comportarse en la estación, su padre fue hasta su dormitorio y regresó a la cocina con un paquete envuelto en papel de regalo y se lo entregó a Marco, deseándole feliz cumpleaños y pidiéndole (de forma bastante solemne) que prometa cuidar y defender el objeto que acababa de regalarle.
Marco abrió impaciente el paquete rompiendo sin miramientos el envoltorio, lo que vio lo dejó maravillado y literalmente con la boca abierta. Su padre le había regalado un tesoro que guardó con celo durante meses, como el trofeo más importante de su vida, y ahora se lo confiaba a él, porque ya pronto sería un hombre. Dejó caer al suelo el papel de regalo mientras sujetaba por la parte de los hombros una camiseta de la Fiorentina que había pertenecido a Gabriel Batistuta, quién se la regaló a su padre luego de un partido contra el Génova y la mantuvo escondida hasta ese día. Marco la alzó estirando los brazos para mirarla en perspectiva, la giró para verificar si en la espalda estaba grabado el número 9 de ese gran jugador. Abrazó a su padre y corrió a su cuarto a buscar la ubicación correcta donde colocar este preciado objeto, para que puedan contemplarlo sus amigos cuando vinieran por la tarde a su fiesta. 
Entonces pensó en pedirle permiso a su padre para vestirse con ella, y presumir delante de sus amigos.
No podía ser más feliz, entre sus amigos vendría Simonetta, la hermosa pelirroja que se sentaba dos bancos a su izquierda en el colegio, con la que compartía charlas, juegos y merienda en los recreos. Marco no sabía que era el amor ni que significaba, pero cuando estaba junto a ella su corazón se aceleraba, le subían los colores a la cara y se le aflojaban las rodillas, además de una inquietante sensación en la boca del estómago. Eran inseparables, y los dos se prometieron estar juntos el resto de sus vidas.

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Hoy no es un día cualquiera para Marco.
Sentado en el asiento trasero del taxi recorrió los pocos kilómetros que separan al aeropuerto Amerigo Vespucci del centro de su amada Florencia, pensando cuáles serían sus pasos, estaba ansioso, algo angustiado, desesperado por reencontrarse con sus amigos de la infancia y los pocos parientes que quedaban allí. No podía dejar de pensar en ella, como lo hizo todos estos años que estuvieron separados e incomunicados.
Prefirió ir directo a su hotel en la Piazza Duomo 1, justo frente a la catedral. Necesitaba darse una ducha y calmar un poco su ánimo.
Pensó que lo primero que haría sería ir a visitar a su escultura preferida, el Perseo de Cellini, en la Loggia dei Lanzi, luego iría al Ponte Vecchio y llenaría su alma con la visión del Arno.
Tenía tantos recuerdos, tantos lugares que visitar que no sabía cuanto tiempo le llevaría, eso sin contar cuanto tiempo le dedicaría a los amigos.
Mientras terminaba de vestirse frente al espejo de su habitación comprobó que aquella fuerza que le apretaba la garganta se hacía más débil a medida que dejaba de reprimir el llanto. Lloró, lloró hasta sentirse un poco más calmado, y entonces decidió que lo que necesitaba hacer primero era ir hasta la que había sido su casa.
Hoy, fiesta de San Juan, Marco cumplía 24 años. Y estaba de nuevo en Florencia, doce años después de haberla abandonado forzadamente.

El día después de cumplir los doce años le comunicaron que se irían a vivir a Nueva York en menos de una semana.
Su padre, que estudió historia del arte y había desempeñado distintos cargos en varios museos florentinos, recibió una “irrechazable” oferta de trabajo del Metropolitan Museum para un importante puesto. Al menos eso fue lo que le dijeron en ese momento.
A marco se le cayó el mundo encima, su tristeza no tuvo límites, al punto de enfermarse desde que le dieron la noticia hasta desembarcar en su nueva vida, y algunos días más.
No pudo despedirse de nadie, no quiso siquiera ver a Simonetta por última vez, quería recordarla tal como la vio en su fiesta de cumpleaños, y quería que ella lo recordara así, feliz con su camiseta de la Fiore y con el beso furtivo con el que se juraron amor eterno.
Todos sus sueños se rompieron, quiso morir.

Pero no murió, el que sí lo hizo fue su padre, a los dos años de escapar de Italia bajo la amenaza de Filipo Scaglione, tío de su amigo Dino y lugarteniente de La Ndrangheta, la rama de la mafia calabresa que lava el dinero en la Toscana comprando hoteles, locales nocturnos y controlando los préstamos de usureros. Su padre le debía una gran suma de dinero por haber perdido apuestas de futbol, incluido el calcio storico.
Resultó no existir el trabajo en el Metropolitan, sino un puesto de ayudante en un pequeño restaurante italiano en Nueva Jersey, propiedad de un primo de su padre, quién les proporcionó una pequeña vivienda en los altos del local.
Desde que se marchó, nada fue fácil: perdió a su padre, su hermana se fugó con un ocasional novio, su madre se dejó el cuerpo en múltiples trabajos para que Marco pueda estudiar, nunca más jugó al futbol, nunca más vio a sus abuelos y nunca tuvo contacto con sus amigos y compañeros de la infancia, ni con Simonetta. Al principio no tuvo los medios para hacerlo, después, cuando comprendió la verdad de su exilio, tuvo vergüenza.
Hace poco, cuando planeaba este viaje, intentó ubicarla a través de distintos buscadores y redes sociales en Internet, pero no tuvo suerte. Ahora su única opción era encontrarla allí, en Florencia, y rogar que ella sintiera lo mismo por él, que todo este tiempo lo haya estado esperando. Sabía que era algo muy improbable, pero tenía que intentarlo.

Caminó más de cinco horas por todos los rincones de la ciudad que vivían en su mente, no reconoció a nadie, parecía que ya no pertenecía allí, que no había ninguna huella de su pasado que pudiese reconocer. Incluso cuando llegó hasta la puerta de la que había sido su casa, en la Via dei Neri, todo estaba cambiado, ya no se distinguía en la pared exterior la marca que había dejado la inundación del 66, que su padre se ocupaba de preservar.
Decidió ir a la casa de su tío Genaro, cerca de la iglesia de Santo Spirito, sabía por su madre que seguía viviendo allí.
Caminaba por la costa del río hacia el Ponte Vecchio y cuando atravesaba la Via dei Castellani, un grupo de chicas que salía del Instituto de la Historia de las Ciencias llamó su atención. En el centro del grupo caminaba hacia él una preciosa joven pelirroja, peinada con dos trenzas, ojos inmensamente azules, la cara llena de pecas y una sonrisa deslumbrante.
Marco quedó petrificado, todo su cuerpo comenzó a temblar, sus piernas flaquearon y pensó que iba a caerse. Se sentía mareado y con la sensación de que todas sus venas y arterias estallarían de un momento a otro.
Simonetta pasó a su lado y cruzaron una mirada furtiva, casi imperceptible. Ella siguió caminando con el grupo y justo cuando Marco pensó que no lo había reconocido se detuvo de repente y giro la cabeza hacia él. Se quedaron mirando un rato, sin moverse, extrañados.
Ella avanzó hacia Marco mientras sus amigas se detuvieron unos metros más adelante para contemplar la escena.

Simonetta se paró frente a él, sólo treinta centímetros separaban sus rostros, ella alzó la mano y acarició suavemente la mejilla y la barbilla de Marco, el tomó su mano y la beso con dulzura y pasión. Sin decirse una sola palabra se abrazaron eternamente y rompieron a llorar.
Sus corazones latían con la fuerza de dos trenes, sus cuerpos vibraban al unísono, sus manos apretaban las espaldas del otro como si quisieran fundirse en un solo cuerpo.
Cuando finalmente pudieron separarse, el rostro de Simonetta - quien ahora pertenecía a la “ndrina” o familia Scaglione - parecía cambiado, su mirada era de pena y decepción.
Se separó de Marco unos pasos y con la voz quebrada alcanzó a decirle
-“¿Perché sei tornato?, non potrò mai amarti come nei miei ricordi” (*)

Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, se giró, volvió junto al grupo de sus amigas y se alejó de él para siempre...


(*)¿Por qué volviste?, Nunca podré amarte como en mis recuerdos

Víctor M. Litke, Madrid 2012

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El último vals en Brooklyn (New York XI)


Terminé de rellenar la última hoja del informe sobre un caso de asesinato en Jersey, cerré la carpeta ajustando los cierres de seguridad que impedían que se perdiese algún folio durante los traslados y la deposité en la bandeja con el rótulo “Archivo” que se encontraba sobre un mueble metálico junto al pasillo. En realidad antes de archivar los informes de un caso, se escaneaban todos los documentos que no estaban digitalizados y se registraban en la carpeta los datos correspondientes al almacenamiento de toda la información, que luego sería replicada y resguardada convenientemente. Una copia del archivo con toda la información completa de cada caso se enviaba a la fiscalía del estado.

Contrariando la creencia generalizada (alimentada por la industria del cine y la televisión) de que rellenar los informes de un caso es una tarea tediosa, odiada por todos lo buenos “polis” que prefieren la acción en las calles a trabajar en su escritorio, para mí es una parte del trabajo que valoro mucho, puesto que me permite repasar “en frío” todas la acciones y las líneas de análisis que empleamos en cada investigación, detectar errores y aciertos que me ayuden a mejorar mi desempeño. Y no lo hago con otro objetivo, o movida por una obsesión o ambición desmedida, simplemente porque estoy convencida que cualquier trabajo que se realice debe hacerse de la mejor manera posible. Si me tocara barrer las calles, procuraría ser la mejor barrendera de la ciudad.

Fui hasta la sala de descanso a prepararme un té con limón, el aire acondicionado estaba haciendo estragos en mi garganta. Alcancé a dar el primer sorbo cuando un mensaje en mi móvil interrumpió mi breve relax. Era Bobby, mi compañero, me pedía que vaya al depósito forense en cuanto pudiera. Tomé parte de mi infusión lo más rápido que pude sin quemarme y deseché el resto, lavé la taza rápidamente y la dejé escurriendo sobre la mesada. Me dirigí al ascensor para bajar al primer subsuelo en donde se encontraban las instalaciones forenses. Una vez allí, mostré mi identificación al sargento Travis y firmé el registro.

-“Que tal inspectora Ohara, ¿otra vez por aquí? Si busca al detective Molina está en el número cinco, con el Doctor Polak”, dijo sin dejar de sonreír.

Le pregunté por su esposa, su hija y su nieto recién nacido, le agradecí la información y me adentré en el pasillo que conducía a los depósitos.

A cada uno de ellos se ingresaba por una puerta vidriada con su número correspondiente grabado en pintura negra, se accedía a una pequeña antesala con unas cuatro sillas de plástico negro, un dispensador de agua con vasos descartables y una mesita en un rincón, junto a la papelera. Un perchero en la esquina opuesta a la mesita y un gran ventanal que daba a la sala forense, cubierto por el lado interno por una persiana americana blanca, que sólo se abría para permitir la identificación de algún cadáver por parte de familiares o conocidos. En la pared perpendicular al ventanal, había una puerta de seguridad que se abría mediante la lectura de una tarjeta de identificación y un código PIN.

La sala estaba vacía, introduje mi tarjeta con el chip hacia abajo y tecleé mi código personal. Entré en una habitación que se asemejaba a un pequeño vestuario de cualquier gimnasio. Me coloqué una bata celeste que casi llegaba al suelo, cubrí mi calzado con unos protectores, me coloqué un barbijo y un gorro de tela, teniendo cuidado de no dejar parte de mi cabellera al descubierto. Tomé un par de guantes de látex y mientras me los ponía empujé con los codos una de las hojas de la pesada y hermética puerta del depósito número cinco.
Como siempre, dentro hacía frío y olía fatal, instintivamente ajusté mi barbijo y tapé por unos segundos mis fosas nasales, prefería no utilizar la clásica pomada de eucalipto en la nariz, para no enmascarar u ocultar cualquier olor que pudiese servirnos de pista en la investigación.

Polak estaba inclinado sobre un cuerpo colocado boca abajo sobre la mesa de acero inoxidable, alumbrado por potentes focos direccionales similares a los de cualquier quirófano. Oliver, su ayudante, estaba tomando fotografías de los sectores de la espalda de la víctima que Polak señalaba con una especie de puntero de metal reluciente. Daba las instrucciones de forma clara y relataba en voz alta las pistas que el cuerpo le iba proporcionando, grabando en audio y video la autopsia.
Interrumpió una frase para saludarme, Bobby alzó la vista y comenzó a ponerme al tanto de todo.

-“Mujer… ¡mierda!..., debería decir niña, de unos 11 o 12 años, apareció esta mañana en el East River, por el paseo a la altura de la calle Grand, unos guardias privados dieron el aviso. Parece que pasó un tiempo en el agua y que antes del baño no la trataron muy bien. El doc comenzó a examinarla hace unas dos horas, oigamos lo que nos cuenta”, dijo Bobby bastante molesto.
A nadie le entusiasma investigar una muerte, lo hacemos porque es nuestro trabajo y somos profesionales pero no es agradable. Nos entusiasma descubrir la trama que envuelve cada asesinato hasta dar con los responsables. Pero cuando hay menores involucrados, en el bando que sea, resulta doloroso.

Al tiempo que, con la ayuda de Oliver, colocaba el cuerpo nuevamente boca arriba, Polak nos resumió lo que tenía hasta el momento, solo se trataba del examen preliminar, todavía no había diseccionado el cuerpo (no se distinguía la clásica incisión en el pecho en forma de “Y”) y faltaba el análisis de los órganos y las distintas pruebas de laboratorio. Las huellas, radiografías y muestras de fluidos se enviaron a las secciones correspondientes.

La víctima era del sexo femenino, caucásica, rubia, preadolescente, ojos celestes, de un metro sesenta y tres de altura de complexión pequeña (aunque ahora el cuerpo estaba bastante hinchado), por las callosidades y deformaciones de los dedos de los pies parecía que practicaba baile clásico.
Todo indicaba que había sido violada, tenía contusiones premortem en la ingle y las piernas, un fuerte golpe en la región occipital del cráneo, y a pesar de habérsela encontrado semisumergida en el río, no tenía agua en sus pulmones ni petequias que indicaran que su muerte se produjera por asfixia. Se enviaron muestras del agua para el análisis de las diatomeas. Se distinguían marcas de ligaduras en las piernas, a la altura de los tobillos, posiblemente la arrojaron al río con algún peso atado a ellas, para que permanezca sumergido.
Cuando la encontraron estaba vestida con una remera blanca, pantalones de gimnasia y zapatillas deportivas anudadas. Curiosamente, sólo llevaba puesto un calcetín, lo que podría indicarnos que la vistieron luego de matarla.
Calculaba que la muerte había ocurrido unos cuatro días atrás.

Bobby se encargaría de revisar las denuncias de desapariciones, consultaría con la oficina de enlace con el FBI. Distribuiríamos su fotografía  a todas las comisarías para que se investigaran academias de baile y gimnasios, no era gran cosa, por el momento no podíamos centrarnos en alguna zona en particular, podrían haberla asesinado en cualquier sitio y haberla arrojado al río quién sabe donde.

Al día siguiente, nos enviaron una mochila encontrada en la orilla cerca de donde se halló el cadáver, la recogieron los polis que peinaban la zona ya que pertenecía a una academia de baile y podía estar relacionada con nuestra “bailarina”. La autopsia y los análisis no nos revelarían ningún dato más. Sus huellas no estaban en el sistema, pero había una denuncia de desaparición de una niña de 12 años cuyas señas parecía corresponder a nuestra víctima, radicada en una comisaría de Brooklyn unos días atrás.
Nos pusimos en contacto con los policías que llevaban el caso, no habían avanzado mucho en su investigación y tenían la fuerte convicción de que la niña se había fugado de su casa. No mostraron sorpresa, estupor ni ningún otro sentimiento al ser informados de que teníamos una víctima de asesinato que podría ser su “niña fugada”.

Se llamaba Alina Bolguodova, nacida en EEUU, 12 años, hija de inmigrantes bielorrusos que tenían un pequeño local de comida típica en la Avenida Bedford, en Brooklyn, llamado “Sabores de Voblasts”.
Trajimos a Andrej Bolguodov y a su esposa Anya a la central para que reconozcan a su única hija asesinada. Yo hubiese preferido evitarle a esos padres el dolor de saber que su pequeña había sido agredida sexualmente, golpeada  varias veces antes de morir y arrojada al río atada a algún objeto pesado para que nunca fuera encontrada, así que agradecí que en estos casos la responsabilidad de informar a los padres sobre las causas y detalles de la muerte le correspondiera al forense a cargo del caso.

Entramos en la pequeña antesala del depósito número cinco, mientras el doctor Polak demostraba su larga experiencia y empatía al preparar a los padres de Alina para lo que iban a ver en unos instantes, golpeó dos veces el cristal del ventanal y del otro lado Oliver levantó la persiana. El cuerpo estaba dispuesto boca arriba en una camilla metálica con ruedas, con sábanas blancas por debajo y sobre él, cubriéndolo totalmente.
Un sentimiento común que expresaba la gente que acudía al reconocimiento de víctimas al ver los cuerpos sobre las camillas metálicas, era compadecerse del frío que debían sentir esos seres queridos, esos cuerpos desnudos en contacto con el metal. Por ese motivo y por el hecho (más pragmático y menos sentimental) de que la sábana colocada debajo del cuerpo facilitaba su traslado entre mesas y camillas, su utilización se estandarizó en todas las morgues del estado.
Respondiendo a una señal de Polak, su ayudante desplegó con suavidad la sábana que cubría el cuerpo dejando al descubierto la cabeza de Alina, a la que habían “arreglado” lo máximo posible.

Entre llantos y gritos de dolor, los padres reconocieron a su pequeña, y una vez que pudieron reponerse un poco, Bobby y yo los acompañamos hasta la sala de reuniones de nuestra oficina.

De su relato concluimos que era una niña normal para su edad, aplicada en sus estudios, con pasión por la danza. Asistía, desde los diez años, cuatro veces por semana a una academia de baile clásico en la 6ta sur entre Bedford y Kent, en Brooklyn, cuyos profesores eran rusos y conocidos de los Bolguodov, ya que coincidían en los oficios de la misma iglesia ortodoxa a la que concurrían. Al principio la acompañaba su madre, pero en el último año iba y venía de la academia sola. Era conocida por los vecinos del barrio y no sospechaban de nadie que pudiera haberle hecho esto. En ocasiones la acompañaba un chico del barrio, un tal Luka, hijo de polacos judíos y un par de años mayor que ella. Por un lado se sentían más seguros sabiendo que no volvía tarde y sola de la academia, pero no les caía del todo bien el muchacho, y en ocasiones habían discutido con su hija por este tema. Quizás esto llevó a pensar a los policías de Brooklyn que Alina se había fugado de casa cuando denunciaron su desaparición.

Decidimos comenzar investigando a su amigo, sus profesores y compañeros de colegio, y por supuesto la academia de baile, no había nada  más concreto por dónde empezar.

Nos comunicamos con el colegio para que sus autoridades avisaran a los profesores y a los padres de los alumnos que queríamos entrevistar y que organizaran las reuniones a partir de las 9 de la mañana del día siguiente.
Supusimos que en la investigación por la desaparición de Alina, la policía habría interrogado a Luka, nos llevamos una decepcionante sorpresa cuando comprobamos que no fue así. Tal vez movidos por un sentimiento de culpa, los detectives de Brooklyn se ofrecieron a ubicarlo y llevarlo a la central para que lo entrevistemos nosotros, cosa que aceptamos de buen grado.

Nos llevó casi todo el martes entrevistar a todas las personas relacionadas de alguna forma con nuestra víctima, incluido Luka, quién había visto a Alina por última vez el miércoles pasado. La esperó a la salida de la academia, sobre las seis de la tarde y caminaron juntos hasta su casa dónde se despidieron, el jueves el debía acompañar a su padre a Staten Island a hacer unos recados por lo que no volvió a verla.
Nadie nos aportó nada relevante. Dejamos para el día siguiente a primera hora la visita a la academia de baile, cuyo pretencioso nombre era “American Bolshoi Ballet Academy”, que correspondía al de la mochila hallada en los muelles.

Cuando estábamos por irnos a casa, la oficina de enlace con el FBI nos envió un informe alarmante: se habían investigado, en los últimos dos años, cinco desapariciones de niñas entre 10 y 14 años en Brooklyn, todas de familias originarias de países miembros de la ex Unión Soviética. Y había muchos más elementos comunes entre esos casos abiertos y el de Alina.

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Williamsburg se había transformado en los últimos años en un barrio con mucha vitalidad, refugio de artistas, músicos y bohemios de todas las nacionalidades imaginables. La academia de baile ocupaba dos plantas de un edificio de ladrillos rojos, un antiguo almacén parcialmente restaurado.
Vitali Kalin había sido un bailarín mediocre en Moscú, una vez desaparecida la Unión Soviética emigró a los Estados Unidos junto a su esposa Hulda, un par de años en Columbus, Ohio, y luego se instalaron en Brooklyn, donde abrieron su academia de ballet.
Su clientela la conformaba principalmente niñas, hijas de inmigrantes de la antigua URSS o de países de Europa del este.
Era un tipo de facciones duras, tosco y de malos modales, hablaba con prepotencia y altanería. Daba la impresión de ser más bien un ex militar que un ex bailarín y profesor de ballet.

Los Kalin respondieron de mala gana a nuestras preguntas, la policía y el FBI los habían interrogado varias veces en los últimos dos años, todas las niñas desaparecidas concurrían regularmente a sus clases. Más allá de esa relación, totalmente circunstancial en un proceso judicial, no parecía que pudiesen estar implicados.

Cuando volvíamos en el coche a la central, acordamos que Bobby investigaría si las cinco niñas desaparecidas asistían a la misma iglesia que Alina, para no dejar ningún cabo suelto. Yo iría a visitar a sus responsables. No obstante continuaríamos la vigilancia de la academia de baile y de los Kalin. Intentaríamos averiguar todo sobre su pasado y sus actividades actuales, sus amistades, relaciones y modo de vida.
No me gustaba Vitali Kalin, no me gustaba para nada. Su esposa era un títere manejado por las hábiles manos de su marido. Escondían algo, lo intuía, y debía descubrirlo.

Al día siguiente recibí un llamado esperanzador, el padre de Luka, el amigo de nuestra víctima, tenía algo que contarnos. Arreglamos que vendrían a la central a las tres de la tarde.
Luka parecía avergonzado y temeroso, no de su padre quien por el contrario se mostraba cariñoso y comprensivo con su hijo.
El crío nos relató una conversación que había tenido con Alina unas semanas atrás, no recordaba el día exactamente, ella le había contado que su profesor de baile ponía especial interés en ella, que corregía constantemente sus posturas y cuando lo hacía, tocaba partes de su cuerpo que la hacían sentirse incómoda. Al principio eran roces sutiles, pero con el tiempo pasó a ser un manoseo mucho más evidente. Ella no sabía que hacer, no quería contárselo a sus padres porque temía que la sacaran de la academia, y Alina quería ser bailarina, por sobre todas las cosas. Habló con la esposa del profesor de ballet y ella la tranquilizó explicándole que era algo común en el ballet, que debía acostumbrarse a que los bailarines tocaran con sus manos cualquier parte de su cuerpo, que era parte del entrenamiento y que no lo comentara con nadie.
Todo esto había comenzado dos meses atrás.

Agradecimos el testimonio de Luka, su padre nos aseguró que estaría dispuesto a declarar en un juicio si fuese necesario. Pedimos a un agente que los llevara hasta su casa en coche, y nos pusimos a revisar todos los elementos que estábamos recopilando en el caso.
Decidí reunirme con nuestro capitán y, si él estaba de acuerdo, dar parte a la ayudante del fiscal del distrito. Por un lado quería evitar cualquier problema de jurisdicción y por otro quería convencerla que con lo poco que teníamos había base para solicitar una orden judicial para el registro de la American Bolshoi Ballet Academy. Mi objetivo era presionar a Vitali Kalin todo lo posible con la esperanza de encontrar algo sólido que lo inculpase.

Amanda, la ayudante del fiscal, era mi mejor amiga, nos reunimos en un café cerca del edificio del Tribunal Supremo, desde nuestra mesa podíamos ver sus grandes columnas y su amplia escalinata. Mientras esperábamos nuestros capuccinos nos reprochamos mutuamente el que últimamente no nos veamos tan seguido. Lo cierto es que ahora ella tenía una relación, una relación que en cierto grado me afectaba, por lo que en ocasiones evitaba reunirme cuando estaba acompañada, aunque en otras ocasiones yo propiciaba los encuentros.
Su circunstancial pareja (ambos se ocupaban de dejar claro que no había nada serio y formal) era un médico del hospital presbiteriano en Manhattan, jefe de cirugía cardiovascular, al que yo conocí anteriormente por ser un ¿testigo? en un par de casos de homicidio que investigamos unos meses atrás, uno de los cuales seguía abierto. Además de la innegable atracción física que sentía hacia él, ese hombre disparaba todas las alarmas de mi cerebro. No confiaba en él, es más, mi intuición me decía que escondía un gran secreto. Y no precisamente mi intuición femenina, sino mi intuición y mi experiencia como inspectora de homicidios.
De alguna u otra forma ese hombre, la pareja de mi mejor amiga, por el que me sentía fuertemente atraída y embriagada, estaba involucrado en al menos dos casos recientes de homicidio, nunca pude siquiera acercarme a alguna prueba que confirmase mis sospechas, pero yo sabía quién era él, y que hacía en Nueva York.

Las dos semanas siguientes fueron desesperadamente frustrantes, los registros, los interrogatorios y los pedidos de informes solo arrojaron más sospechas sobre Vitali Kalin, pero ninguna prueba tangible. Tanto así que en uno de los interrogatorios Kalin nos desafió casi confesando elípticamente todos los asesinatos y abusos, mofándose de nuestra incapacidad para conseguir lo necesario para acusarle y detenerle. Incluso amenazó veladamente con continuar con su particular pasatiempo: abusar de sus alumnas y deshacerse de las que se resistían o le daban problemas, bajo la cómplice e impasible mirada de su esposa.
De alguna forma Kalin lograba que las familias de sus víctimas permanecieran calladas, no sabíamos como lo hacía, pero ningún padre o madre de las niñas desaparecidas, ni siquiera los padres de Alina, se atrevían a acusarle.

Intentamos sin éxito conseguir datos sobre la vida y actividades de Vitali Kalin antes de que emigrara a los Estados Unidos, a pesar de la caída de la “cortina de hierro”, de la “Perestroika” y de la apertura a la sociedad liberal y capitalista de la ex URSS, sus autoridades eran reacias a dar información a otros países sobre sus ciudadanos, sobre todo de aquellos que de alguna u otra forma estuvieron relacionados con sus ejércitos y policías o fueron miembros destacados del partido comunista.
De nuestras agencias de inteligencia logramos más sospechas sobre Kalin, se creía que pertenecía (con algún grado de autoridad) a la mafia rusa de Nueva York o “mafiya roja” que campaba a sus anchas por Little Odessa, como se conoce a ese barrio de Brighton Beach, en Brooklyn.

Después de algunas consultas a la policía de Columbus y a la oficina del FBI en Ohio, confirmamos la desaparición de una niña de 13 años, de origen Ucraniano, coincidiendo con la época en que el matrimonio Kalin vivió en esa ciudad. Nada que pudiese relacionarlo directamente, pero encajaba en el patrón. La niña estudiaba ballet clásico, su profesora era rusa y había muerto hacía siete años. Si Kalin trabajó como profesor en esa ciudad, no había ninguna constancia. Otro callejón sin salida. 
No avanzábamos, no encontrábamos una puta prueba que incriminara a ese desgraciado. Todos estábamos convencidos de que él era el culpable de la muerte de Alina Bolguodova y de la desaparición de al menos cinco o seis chicas más.
Era viernes, el final de la tercera semana de investigaciones infructuosas.
Nuestro capitán sugirió que dejásemos este caso en suspenso y nos ocupáramos del trabajo que se estaba acumulando, de todas formas estábamos en una vía muerta.
-“Olvidémonos de Kalin por ahora, y roguemos que la mano de Dios haga justicia, ya que por el momento nosotros no podemos”, dijo con algo de rabia contenida.
En ese momento mi corazón dio un salto, ese mal nacido no se saldría con la suya.

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Al llegar a mi apartamento llamé por teléfono a Amanda, le dije que necesitaba distraerme y le propuse una salida en grupo para la noche del sábado. Le pedí que su pareja invitara a su amigo David, un médico del mismo hospital con el que ya habíamos compartido otras salidas, un tipo agradable y divertido (aunque no me sentía atraída por él en lo más mínimo).

Nos reunimos en un restaurante del Village y planeamos ir a una discoteca después de cenar.
Durante la comida la conversación era variada y mundana, hasta que deliberadamente me puse a comentar el caso de Alina con Amanda, y a pedirle su opinión a nuestros acompañantes.
Tal como esperaba, el novio de Amanda se interesó en el tema y comenzó a hacernos preguntas cada vez más precisas sobre Vitali Kalin, a las que, contrariando mi forma de ser y mis principios, respondí con lujo de detalles, tanto que hasta Amanda se sintió incómoda por revelar información que estaba bajo secreto de sumario procesal.
Incluso en la discoteca, debiendo levantar la voz más allá del estridente sonido de la música que invadía nuestro sector VIP, continué dando información del caso a ese hombre que tanto me atraía y del que tanto sospechaba. Era evidente que él también se sentía atraído de alguna forma por mí. Hice que eso jugara a mi favor y capté su atención durante toda la noche.


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La mañana del jueves siguiente llegué a mi oficina a las ocho en punto de la mañana, Bobby me alcanzó un café y me entregó un parte policial de ese mismo día para que lo leyera.

Tomé un sorbo de café y mientras me sentaba en mi escritorio comencé a leer el mensaje. Provenía de la policía de Brooklyn.
A las seis de la mañana, empleados de limpieza que trabajaban en la American Bolshoi Ballet Academy de Williamsburg, Brooklyn, encontraron a Vitali Kalin y a su esposa Hulda muertos, con el cuello roto, sentados en el suelo de parqué de roble del salón de baile y recostados junto al gran espejo que cubría totalmente una de sus paredes. Sobre sus cabezas, había una nota pegada donde Vitali confesaba siete asesinatos de niñas, con sus nombres y descripciones, y el lugar en donde se había desecho de sus cuerpos, incluido el de Alina.
El asesino había manipulado el equipo de audio en el que sonaba a todo volumen “el vals de los cisnes”, del segundo acto del Lago de los Cisnes, de Tchaikovsky, de forma ininterrumpida.

Tomé otro sorbo de mi café, no quería mirar a Bobby a los ojos, pero me sentía plenamente satisfecha.

-“Parece que la mano de Dios hizo justicia”, dije dejando el papel sobre mi escritorio y ocultando mi cara avergonzada con la taza de café humeante. 

Víctor M. Litke, Madrid 2012