Por suerte conservo la buena puntería, lo que me permitió
impactar con la primera piedra que arrojé en la cabeza del conejo que pasó
descuidadamente a unos cuatro metros de la posición en la que lo asechaba. No
fue un golpe mortal, pero sí lo suficientemente fuerte para atontarlo y
permitirme atraparlo. Era la única oportunidad que hubiese tenido esa tarde,
además de la escasa luz que quedaba del día, inmediatamente después de acertar
mi tiro el sonido de un “mercancías” estremeció el terreno cercano a las vías,
espantando a cuanto bicho estaba cerca.
Ahora me queda por hacer una de las peores cosas de mi
“nueva vida”, rematar al pobre conejo y despellejarlo. Intento que sea lo más
rápido posible, por él y por mi. Afortunadamente sigue atontado así que me
apresuro a tomarlo por las patas traseras y estrellar su cabeza contra una de
las paredes del puente del ferrocarril que hoy me sirve de refugio.
Nunca me quedo en el mismo sitio más de dos días.
Los primeros fríos otoñales han espantado a la mayoría de
los visitantes del monte, pero de vez en cuando aparecen grupos de personas que
vienen a pasar un rato cuando el tiempo lo permite.
No entiendo a esta gente, ¿cómo pueden ignorar lo que está
pasando?
En cierta forma me dan pena, muchas veces estuve tentado a
salirles al paso y advertirles del peligro, pero siempre me contuve.
Por sobre todas las cosas estoy empeñado en salvarme, y
cualquier contacto con extraños podría ser peligroso.
No se si podría distinguir a una persona “normal” de los
“otros”.
No estoy equipado, he tenido que fabricar algunos
instrumentos que llevo siempre conmigo en mis continuos desplazamientos por el
monte.
A falta de un cuchillo improvisé uno gastando y afilando
contra las piedras un trozo de hueso que encontré en el suelo. También tengo
una lanza y una especie de “boleadora” que hice envolviendo dos piedras
medianas en trozos de piel de liebre y atándolas a las dos puntas de un pedazo
de cuerda que encontré en un camino junto al río. Estoy practicando su
lanzamiento, todavía no he podido cazar nada con ellas, pero lo haré.
No tuve tiempo de aprovisionarme, todo fue muy rápido. El
terror me invadió cuando entendí lo que estaba pasando y sólo me permitió
escapar, con lo que tenía encima en ese momento. Abandoné el coche al costado
de la M607, destruí mi teléfono móvil, el dinero, las tarjetas y toda la
documentación que llevaba.
Y me interné en el monte.
Mi mujer y mis hijos abandonaron nuestro departamento, el
país y a mi hace ya casi un año. No les culpo y ahora me tranquiliza que nos
estén aquí. No se cuál será la situación al otro lado del océano, espero que
estén a salvo.
Quitar la piel a un conejo con un cuchillo de hueso no es
una tarea fácil, sobre todo si nunca se ha hecho antes ni siquiera con las
herramientas correspondientes.
Peor aún es comer su carne cruda. No puedo permitirme el
lujo de encender una hoguera, podrían ver el resplandor del fuego o el humo y
descubrirme. Además, hace ya unos cuantos días que mi encendedor quedó
inservible.
Díos, cómo extraño un buen cigarrillo, casi más que a una
buena comida.
No hay muchas posibilidades de conseguir alimentarse bien
aquí, esto no es una isla tropical ni un fértil valle. Es un monte al borde de
una ciudad, en el centro de una meseta bastante árida y alejada del mar.
No pude elegir el destino de mi forzado exilio, tuve que
huir al lugar más cercano posible y al que consideré más seguro.
La carne está tibia, dura y sangrante, como lo que puedo
reprimiendo las constantes convulsiones de mi estómago que se resiste a recibir
esta brutal comida.
Mastico todo lo posible, contengo la arcada, mastico más y
trago. Seco las lágrimas que brotan de mis ojos con este forzado ejercicio.
No se bien cuánto hace que me refugio en el monte, al
principio el calendario de mi reloj me indicaba en que fecha estaba, pero el
reloj quedó inservible cuando una noche caí por una pequeña cañada y fui a dar
contra unas enormes piedras agrupadas al borde de un pequeño arroyo. La pérdida
del reloj fue lo de menos en esa caída, mi brazo izquierdo y mis rodillas
quedaron bastante maltrechos. Ese incidente me impidió por unos días realizar
grandes desplazamientos y tuve que alimentarme con algunas raíces y bellotas.
Calculo que fue hace unos dos meses que escapé.
El resto de mi dieta en estos tiempos se compuso de algunos
pájaros (palomas, búhos y urracas sobre todo), algún pequeño roedor, conejos,
ranas y una vez pude atrapar a una cría de cervatillo. Raíces, hierbas,
bellotas y unas pocas aceitunas aún sin madurar. Dentro de poco tendré castañas.
Dentro de muy poco tendré frío.
Habitualmente no me acerco a la parte del monte accesible al
público, lo hago a veces para intentar encontrar algún elemento que me sirva
para sobrevivir. Tengo 15.000 hectáreas a mi disposición, pero sé que no estoy sólo.
Lo que no logro comprender es como la gente sigue
aparentemente con su vida normal, cuando me escondo cerca de alguna de las vías
del ferrocarril o alguna carretera, veo personas haciendo cosas rutinarias, y
no lo entiendo. Salvo que de alguna manera estén siendo controlados por ellos.
He terminado con el conejo, escondo sus restos y dejo la
piel oculta sobre la rama de algún árbol para que se seque.
Hace tiempo inventé un código de señales para encontrar las
cosas que escondo por todo el monte. Unas imperceptibles rayas en la corteza de
los árboles, siempre a la misma altura, y los árboles marcados los rodeo con
cinco piedras de un tamaño mediano dispuestas en semicírculo, bordeando el
tronco del lado contrario a la corteza marcada.
En cuanto a mi higiene personal, es deplorable. Cuando puedo
acercarme al río o algún pequeño curso de agua trato de lavarme a conciencia, a
veces también lavo la poca ropa que llevo puesta. Mi aspecto debe ser muy
parecido al de aquellos sobrevivientes de un evento a los que encuentran por
casualidad al cabo de unos meses. Es que es eso justamente lo que soy, un
sobreviviente. O lo que pretendo ser.
La noche ya se instaló en el monte, en un rato mis ojos se
habrán acostumbrado a la obscuridad y mis pasos serán más firmes.
No muy lejos el resplandor de de las luces de la ciudad
dibujan un borde claro a la bóveda negra del cielo. Hoy no hay luna, se ven
algunas estrellas entre las nubes otoñales. Desde aquí puedo ver las luces
rojas de seguridad en lo alto de las cuatro torres. Parecería que todo está
normal, que equivocados están todos.
Hace frío.
Atravieso la cerca de alambre que separa la parte vedada del
monte y me interno en él. Puedo escuchar el sonido del viento entre las ramas
de los fresnos y las encinas.
Evito los senderos marcados por lo que cada dos pasos
tropiezo con algún arbusto, me pincho y me lastimo.
No se cuanto aguantará mi cuerpo, ya he soportado
congestiones agudas, alergias, infecciones, diarreas y vómitos. Pero debo
continuar, debo escapar y salvarme. Alguien tiene que hacerlo.
De pronto todo es silencio, hasta parece que el viento se
haya ido, no escucho ningún sonido de pájaros o de alguno de los animales que
suelen habitar la noche del monte.
El frío se hace más agudo o me lo parece. No obstante estoy
transpirando. Las gotas de sudor inundan mi frente y mi espalda. Me detengo.
Escucho, nada…
Estoy lejos de las vías y las carreteras pero parece que
están desiertas.
Tal vez haya llegado la hora tan temida.
Me agacho detrás del tronco de un árbol, es una vieja
encina, no podré trepar en él sin lastimarme.
Prefiero echarme al suelo, la cara contra la hierba seca. No
quiero moverme ni mirar.
Siento una presencia cercana, esperaré para ver si se aleja
o viene hacia mi posición.
Ahora escucho el crujir de algunas ramas al romperse,
pisadas?
Me muevo lentamente para sacar de mi especie de mochila el
cuchillo de hueso que he fabricado. Lo agarro fuertemente con mi mano derecha,
preparado para defenderme.
Sigue sin haber viento, pero veo moverse algunos matorrales
o las copas de algunos árboles. En realidad no lo veo, pero lo presiento.
El terror está invadiendo mi cuerpo y eso no es bueno. Mis
piernas están agarrotadas, inertes. Me cuesta respirar.
Siento fuertes dolores en el pecho y sufro algunas arcadas.
Tengo que tomar una decisión. No puedo dejar que me atrapen,
sino todo habrá sido en vano.
Había planificado algunas acciones defensivas para cuando
llegara este momento, pero me encuentro lejos del punto fortificado que había
estado preparando.
Sólo tengo mi cuchillo, y el miedo.
Ahora sudo profusamente, ya no hace frío. El suelo bajo mi
cuerpo parece quemar.
Es mejor que no dude.
Me incorporo y empiezo a correr hacia la alambrada, creo que
estaré a unos quinientos metros. Corro con todas mis fuerzas sin mirar detrás
de mí. Ahora sí el monte parece vivo, escucho chillidos, pájaros que
interrumpen su sueño y echan a volar. Otros sonidos parecen indicar que un
grupo de gamos se alejan corriendo, o tal vez sean jabalíes, o ciervos.
Salto por encima de unos arbustos, me caigo y casi como un
resorte me vuelvo a incorporar y sigo corriendo.
Han acortado la distancia, ya están cerca. Sigo corriendo.
De pronto el suelo donde tendría que haberse apoyado mi pié
derecho para impulsar mi cuerpo en la carrera ha desaparecido.
Irremediablemente comprendo que estoy cayendo, pero dónde?
La caída fue eterna, infinita.
Sin saber porque, mi mente repaso algunos pasajes
significativos de mi vida, vi rostros y lugares conocidos mientras mi cuerpo
flotaba y se rendía a una fuerza de gravedad invencible.
El miedo aumenta, ahora por la incertidumbre de no saber
dónde estoy cayendo.
Me desespero, grito y muevo piernas y brazos de manera
incontrolable.
Cuando llego al suelo invisible que pone fin a mi caída no
puedo amortiguarla, por lo que me golpeo en varias partes del cuerpo.
Unos instantes después, cuando la confusión se disipa,
compruebo que no ha sido tan grave.
Intento adivinar la altura desde donde caí, pero no hay luz
suficiente.
No es un pozo. Tan sólo ha sido un desnivel abrupto del
terreno.
Todo parece tranquilo, no escucho nada amenazador cerca de
mi posición.
Ya no tengo miedo, creo que los despisté.
Intento ponerme de pié y compruebo que no tengo fuerzas para
hacerlo. No parece que tenga nada roto.
Ya no sudo. Vuelve el frío. Mucho frío.
Una pequeña parte de la empuñadura de mi improvisado
cuchillo de hueso asoma por el costado derecho de mi pecho. No puedo quitarlo,
quiero guardarlo de nuevo en mi mochila, pero no puedo.
Mis ropas están húmedas, no distingo que las ha mojado, pero
es algo denso y tibio.
Creo que me quedaré un rato aquí, sin moverme.
No me encontrarán aquí. Tal vez pase aquí la noche. Mañana
cuando amanezca veré todo más claro.
Mejor no moverme, me duele el costado donde quedó aprisionado
el cuchillo.
Mejor no moverme, mejor dormir aquí.
Nunca me encontrarán.
Estoy tranquilo, he sobrevivido otro día.
Víctor M. Litke
Madrid, septiembre de 2010