Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 23 de febrero de 2012

La visita


El timbre del portero eléctrico me sobresaltó, es increíble que por más que estemos esperando ansiosos a que suene, cuando lo hace, nos toma siempre por sorpresa.
Era una visita que he esperado mucho tiempo, al fin había llegado el día.
Sin esperar alguna respuesta a mi pregunta de “¿quién es?”, pulsé el botón de apertura de la puerta y colgué el auricular sin comprobar si ésta se había abierto.
Rápidamente volví a repasar con la vista el estado de la casa, la cocina ordenada, sin platos para lavar o guardar. El recibidor impecable, los cuadros en su posición (sin inclinaciones perceptibles), la moqueta del salón aspirada y sin manchas. Los sillones en su sitio y en la mesita la bandeja con el té preparado y una tarta de ricotta que había comprado, recién hecha, esa misma mañana. Había dispuesto dos platos de postres de porcelana de Limoge, con los tenedores del juego de plata y las servilletas blancas bordadas que compré alguna vez en Burano y que nunca llegué a utilizar, hasta este día.
Era una ocasión muy especial.
No quería que nada interfiriera en esta visita, por lo que le pedí a Nina, la del quinto “b” que cuidara a Morticia, mi gata negra.
Cuando volvía de la confitería con la tarta, me detuve en el puesto de flores y compré dos ramos de fresias, uno lo puse en un florero de vidrio, sobre el aparador del recibidor y el otro en un florero de porcelana blanca sobre la mesita del salón, junto al servicio de té.
Sin saber el motivo, pensé que la vestimenta más apropiada para este encuentro sería un traje azul obscuro, camisa celeste y corbata de seda con motivos rojos y pequeños toques de verdes sobre un fondo azul marino.
Los zapatos negros acordonados, estaban tan brillantes que parecían de charol.
Abrí la puerta y la dejé entreabierta para que mi visita entrara sin tener que esperar un segundo en el pasillo.
Mientras tanto, miré mi imagen reflejada en el espejo del recibidor y con los dedos de mi mano derecha dí un último alisado a mis blancos cabellos que se resistían a la disposición impuesta por el peine.

Entró y cerró detrás de sí la puerta. No hubo saludo.

Pensé en enseñarle la casa, pero no me dio oportunidad.

Pasamos directamente a sentarnos en los sillones del salón, uno frente a otro y dejamos que nuestras miradas obraran de introducción a nuestra charla.

-          “Debo reconocer que estaba un poco nervioso con tu llegada, no temeroso ni angustiado, pero sí algo ansioso”, dije sin desviar la vista de sus ojos.

-          “Me he ocupado de la familia, la gata y de los otros asuntos, para que no haya ningún obstáculo. Estoy sólo en casa”, continué.

-          “Comprende que mi vida no es muy ajetreada ni complicada a estas alturas, sí lo fue en otro tiempo, como bien sabes, pero últimamente son pocos temas los que ocupan mis días”, seguía hablando sin esperar ningún comentario de su parte, aunque sabía muy bien que me prestaba toda su atención.

-          “Llegado este momento, supongo que todos nos preguntamos si podíamos haber hecho las cosas de otra forma, si modificar alguna decisión que nos vimos obligados a tomar en algún momento hubiera significado un cambio radical en nuestra vida. A veces pienso que mis grandes decisiones nunca fueron acertadas. Siento que me equivoque tantas veces que aunque se me concediera la posibilidad de modificar alguna de mis resoluciones, no bastaría para cambiar sus consecuencias.”

Decidí no ahondar en temas conflictivos, pero su indulgente mirada parecía querer convencerme que estaba siendo demasiado duro conmigo mismo, que en realidad no debía arrepentirme de nada de lo hecho.
Comprendí es ese instante que no hay mucho de verdad en aquello de que “cada uno es artífice de su propio destino”. Simplemente la vida discurre moldeada por grandes y pequeños acontecimientos y la mayoría de las veces lo único que podemos hacer es decidir que impacto tendrán en nuestro espíritu.

Las horas transcurrían y mi monólogo no tenía fin.
Dejé mi ubicación un par de veces, para encender la chimenea la primera y para avivar el perezoso fuego la siguiente.

La penumbra iba ganando espacio en el piso, acentuando el clima agradable y distendido de la tarde, el resplandor del fuego brillaba en sus pupilas agrandadas.

-          “ Sabes que siempre puse empeño en todo lo que emprendí, traté de ser honesto y leal. Me comprometí con causas nobles y luche por lo que consideré justo. No sé si ha valido la pena”, dije a mi favor mientras intentaba adivinar si era de la misma opinión que yo, y entendí la compasión en su mirada.

Comprendí que ya era la hora.

Respondiendo a un gesto suyo nos pusimos de pie y nos dirigimos a la puerta.

Al salir, la luz casi enceguecedora que provenía del pasillo me permitió reparar en la mesita del salón, allí estaban la tarta sin cortar y el té sin servir. Justo al lado de las flores ya marchitas.


Víctor M. Litke, Madrid 2012


domingo, 12 de febrero de 2012

El Cuadro


Miró el reloj que marcaba el tiempo de levantarse, en ocasiones resulta dramáticamente implacable e irreversible el movimiento preciso de sus agujas. Volvió la cabeza y comprobó que ella dormía profundamente.
Todo era silencio y obscuridad en la casa. Se acercó a la ventana y trató de imaginar como estaba el tiempo afuera, la mañana sería fresca con seguridad.
Se volvió y se acercó nuevamente a la cama, se arrodilló a su lado y tapó su cuerpo al tiempo que acariciaba su espalda.
Sonrió a los gemidos con que ella, aún dormida, agradecía sus atenciones.
Repasó con su vista todos los rincones de la habitación tenuemente iluminada, detuvo su mirada en el cuadro que colgaba a un lado de la puerta, no llevaba allí más de una semana. Recordó que hasta hace unos pocos días ese cuadro – una excelente fotografía en blanco y negro de una escena callejera en una ciudad anónima – lo hacía detener frente a la vidriera donde se exhibía. Era una costumbre, una cotidiana obsesión, tanto lo observaba que podía describirlo a la perfección, tanto le gustaba que no tuvo más opción que comprarlo.
Sintió satisfacción por haberse decidido y pensó que allí, en esa pared, se veía mucho más bello que en la vidriera.
Se incorporó y fue hasta el placard, eligió allí la ropa con la que se vestiría, encontró todo impecable, como de costumbre, de acuerdo a su estado de ánimo jugó con los dedos entre las corbatas y eligió una de las más alegres, de seda italiana y vivos colores. Quedó satisfecho con su elección, se pondría el traje gris topo cruzado y una camisa blanca. Verificó que los zapatos estuviesen bien lustrados y se dirigió al baño para ducharse.
Nuevamente en la habitación, mientras abrochaba los puños de su camisa, su atención volvió a la escena del cuadro junto a la puerta.
Se veía en primer plano un acalle con algunos coches estacionados, más atrás un gran parque con varias personas y en el fondo, sumergida en la bruma matinal, el perfil de la ciudad con sus altísimos edificios y un laberinto de ventanas.
Concentró su mirada en las personas del parque. Se distingue un grupo de corredores que casi salen del cuadro por la izquierda. Un viejo con sombrero y  largo abrigo camina por un sendero del parque junto a un perro negro con grandes manchas blancas, su tamaño es mediano, pero a pesar de esforzarse no puede reconocer su raza. A él siempre le gustaron los perros, habían acordado con su esposa que tendrían uno más adelante.
A los costados del sendero hay varios bancos pintados de blanco, en uno de ellos una pareja de jóvenes conversa tomados de la mano, sentados muy juntos. Seguramente no reparan en el resto de la gente.
Por el sendero, más atrás del viejo y su perro, casi a la altura del banco de la pareja, un hombre alto vestido con traje obscuro y un portafolios colgando de su mano derecha, se encamina hacia alguno de los edificios que se distinguen detrás del parque. Está de espaldas por lo que no puede ver su rostro y adivinar por su expresión si ese hombre era feliz o no. La joven pareja seguramente lo era, el viejo transmitía serenidad y paz. Hasta el perro parecía contento, no podía estar seguro de eso ya que no podía ver si movía la cola o no, pero daba la impresión de estar bien alimentado y disfrutar del paseo con su amo.
Regresó al baño para anudarse la corbata frente al espejo, revisó su peinado y  controló el reloj en su muñeca.
Hoy había hecho un buen tiempo y aún era temprano.
Volvió a la habitación, tomó el saco y se lo puso. Se colocó unas gotas de colonia en el cuello y las muñecas. Ya estaba listo, tomó su portafolios y se sentó a los pies de la cama a revisar su contenido, teniendo cuidado de no despertarla. Cerró el portafolios, lo colocó sobre sus piernas apoyando los codos en el y sujetando su cara con las palmas de sus manos.
Volvió a mirar el cuadro.
A un lado del sendero había un gran rosal con varias flores abiertas y más atrás u cantero con muchas variedades de plantas y todo el esplendor de sus flores. Seguramente la fotografía había sido tomada al comienzo de la  primavera.
Intentó una vez más identificar la patente de algunos de los autos estacionados en la calle frente al parque, algo que le diera un indicio acerca de la ciudad donde pertenecía la escena del cuadro. Recordó que lo intentó varias veces con un lente de aumento sin éxito.
Esto ya casi resultaba una obsesión. Ni siquiera en el comercio donde había comprado el cuadro supieron decirle de que ciudad se trataba. Era una pena no saberlo ya que muchas veces fantasearon con la idea de realizar un viaje y conocer esa ciudad y ese parque, pero cómo viajar a un lugar desconocido?
Estiró la mano y volvió a acariciarla, se incorporó y ya a su lado besó su mejilla. Ya era tiempo de partir. Apagó las luces encendidas. Ya había amanecido por lo que podía moverse sin dificultad por la casa. Aún con esa poca claridad seguía mirando el cuadro, sólo los árboles que bordeaban el sendero parecían una mancha obscura no muy definida.
Salió de la casa y cerró la puerta con llave. Se detuvo un momento a contemplar el día. Era una fresca , limpia y hermosa mañana de primavera.
Volvió a sentirse feliz llenando el pecho con el fresco aire. No puede uno no estar de buen ánimo en una mañana cono esa.
Sus reflexiones fueron interrumpidas por el bullicio provocado por un grupo de personas al otro lado de la calle que, como todas las mañanas, se reunía para correr y hacer ejercicio. Pensó que sería bueno unírseles en el futuro, ya que correr un poco por la mañana le haría bien a su físico.
Aferró el portafolios con su mano derecha y cruzó la calle justo enfrente de su casa, a mitad de cuadra. Pasó entre dos coches estacionados junto a la otra acera y miró a su izquierda al grupo de corredores que se alejaba. Decidió que mañana se les uniría.
Comenzó a caminar por el sendero que atraviesa el parque. Reconoció en el gran rosal y el cantero rebosante de flores que la primavera se había instalado ya en la ciudad con todas sus fuerzas.
Se cruzó con su viejo vecino y su perro, lo saludó y bromeó con él diciéndole que ya estaban en primavera y podía dar descanso a su abrigo. El viejo sonrió e hizo alusión a sus años. El perro escuchaba con excitación el canto de los pájaros que provenía de la arboleda que bordea el sendero por la derecha.
Siguió su camino mirando hacia la copa de los árboles tratando de descubrir a los pájaros en sus nidos. Debajo de ellos una pareja de jóvenes charlaba sentada en uno de los bancos pintados de blanco, tomados de la mano.
Recordó que él mismo compartió con su esposa varios amaneceres sentados en ese banco cuando eran novios. Allí planeaban su futuro y gozaban de su incipiente felicidad, abstrayéndose del resto del mundo.
Miró el reloj y decidió apurar el paso, debía atravesar el resto del parque para llegar a su oficina. Aún los edificios del fondo del parque se veían lejanos y se confundían con la bruma matinal.

Ella comenzó a desperezarse, se sentó en la cama, alisó sus cabellos y bostezó.
Miró, como cada mañana, el cuadro junto a la puerta.
Vio que el hombre con traje obscuro y portafolios apuraba el paso y ya casi se perdía de vista.

Sonrió. En poco tiempo llegará a la oficina, pensó.

Bajó de la cama y fue a ducharse.


Víctor M. Litke, Buenos Aires, allá por el 98/99



jueves, 9 de febrero de 2012

Sobrevivir


Por suerte conservo la buena puntería, lo que me permitió impactar con la primera piedra que arrojé en la cabeza del conejo que pasó descuidadamente a unos cuatro metros de la posición en la que lo asechaba. No fue un golpe mortal, pero sí lo suficientemente fuerte para atontarlo y permitirme atraparlo. Era la única oportunidad que hubiese tenido esa tarde, además de la escasa luz que quedaba del día, inmediatamente después de acertar mi tiro el sonido de un “mercancías” estremeció el terreno cercano a las vías, espantando a cuanto bicho estaba cerca.
Ahora me queda por hacer una de las peores cosas de mi “nueva vida”, rematar al pobre conejo y despellejarlo. Intento que sea lo más rápido posible, por él y por mi. Afortunadamente sigue atontado así que me apresuro a tomarlo por las patas traseras y estrellar su cabeza contra una de las paredes del puente del ferrocarril que hoy me sirve de refugio.

Nunca me quedo en el mismo sitio más de dos días.
Los primeros fríos otoñales han espantado a la mayoría de los visitantes del monte, pero de vez en cuando aparecen grupos de personas que vienen a pasar un rato cuando el tiempo lo permite.
No entiendo a esta gente, ¿cómo pueden ignorar lo que está pasando?
En cierta forma me dan pena, muchas veces estuve tentado a salirles al paso y advertirles del peligro, pero siempre me contuve.
Por sobre todas las cosas estoy empeñado en salvarme, y cualquier contacto con extraños podría ser peligroso.
No se si podría distinguir a una persona “normal” de los “otros”.

No estoy equipado, he tenido que fabricar algunos instrumentos que llevo siempre conmigo en mis continuos desplazamientos por el monte.
A falta de un cuchillo improvisé uno gastando y afilando contra las piedras un trozo de hueso que encontré en el suelo. También tengo una lanza y una especie de “boleadora” que hice envolviendo dos piedras medianas en trozos de piel de liebre y atándolas a las dos puntas de un pedazo de cuerda que encontré en un camino junto al río. Estoy practicando su lanzamiento, todavía no he podido cazar nada con ellas, pero lo haré.

No tuve tiempo de aprovisionarme, todo fue muy rápido. El terror me invadió cuando entendí lo que estaba pasando y sólo me permitió escapar, con lo que tenía encima en ese momento. Abandoné el coche al costado de la M607, destruí mi teléfono móvil, el dinero, las tarjetas y toda la documentación que llevaba.
Y me interné en el monte.

Mi mujer y mis hijos abandonaron nuestro departamento, el país y a mi hace ya casi un año. No les culpo y ahora me tranquiliza que nos estén aquí. No se cuál será la situación al otro lado del océano, espero que estén a salvo.

Quitar la piel a un conejo con un cuchillo de hueso no es una tarea fácil, sobre todo si nunca se ha hecho antes ni siquiera con las herramientas correspondientes.
Peor aún es comer su carne cruda. No puedo permitirme el lujo de encender una hoguera, podrían ver el resplandor del fuego o el humo y descubrirme. Además, hace ya unos cuantos días que mi encendedor quedó inservible.
Díos, cómo extraño un buen cigarrillo, casi más que a una buena comida.

No hay muchas posibilidades de conseguir alimentarse bien aquí, esto no es una isla tropical ni un fértil valle. Es un monte al borde de una ciudad, en el centro de una meseta bastante árida y alejada del mar.
No pude elegir el destino de mi forzado exilio, tuve que huir al lugar más cercano posible y al que consideré más seguro.

La carne está tibia, dura y sangrante, como lo que puedo reprimiendo las constantes convulsiones de mi estómago que se resiste a recibir esta brutal comida.
Mastico todo lo posible, contengo la arcada, mastico más y trago. Seco las lágrimas que brotan de mis ojos con este forzado ejercicio.

No se bien cuánto hace que me refugio en el monte, al principio el calendario de mi reloj me indicaba en que fecha estaba, pero el reloj quedó inservible cuando una noche caí por una pequeña cañada y fui a dar contra unas enormes piedras agrupadas al borde de un pequeño arroyo. La pérdida del reloj fue lo de menos en esa caída, mi brazo izquierdo y mis rodillas quedaron bastante maltrechos. Ese incidente me impidió por unos días realizar grandes desplazamientos y tuve que alimentarme con algunas raíces y bellotas.

Calculo que fue hace unos dos meses que escapé.

El resto de mi dieta en estos tiempos se compuso de algunos pájaros (palomas, búhos y urracas sobre todo), algún pequeño roedor, conejos, ranas y una vez pude atrapar a una cría de cervatillo. Raíces, hierbas, bellotas y unas pocas aceitunas aún sin madurar. Dentro de poco tendré castañas.
Dentro de muy poco tendré frío.

Habitualmente no me acerco a la parte del monte accesible al público, lo hago a veces para intentar encontrar algún elemento que me sirva para sobrevivir. Tengo 15.000 hectáreas a mi disposición, pero sé que no estoy sólo.

Lo que no logro comprender es como la gente sigue aparentemente con su vida normal, cuando me escondo cerca de alguna de las vías del ferrocarril o alguna carretera, veo personas haciendo cosas rutinarias, y no lo entiendo. Salvo que de alguna manera estén siendo controlados por ellos.

He terminado con el conejo, escondo sus restos y dejo la piel oculta sobre la rama de algún árbol para que se seque.

Hace tiempo inventé un código de señales para encontrar las cosas que escondo por todo el monte. Unas imperceptibles rayas en la corteza de los árboles, siempre a la misma altura, y los árboles marcados los rodeo con cinco piedras de un tamaño mediano dispuestas en semicírculo, bordeando el tronco del lado contrario a la corteza marcada.

En cuanto a mi higiene personal, es deplorable. Cuando puedo acercarme al río o algún pequeño curso de agua trato de lavarme a conciencia, a veces también lavo la poca ropa que llevo puesta. Mi aspecto debe ser muy parecido al de aquellos sobrevivientes de un evento a los que encuentran por casualidad al cabo de unos meses. Es que es eso justamente lo que soy, un sobreviviente. O lo que pretendo ser.

La noche ya se instaló en el monte, en un rato mis ojos se habrán acostumbrado a la obscuridad y mis pasos serán más firmes.
No muy lejos el resplandor de de las luces de la ciudad dibujan un borde claro a la bóveda negra del cielo. Hoy no hay luna, se ven algunas estrellas entre las nubes otoñales. Desde aquí puedo ver las luces rojas de seguridad en lo alto de las cuatro torres. Parecería que todo está normal, que equivocados están todos.
Hace frío.
Atravieso la cerca de alambre que separa la parte vedada del monte y me interno en él. Puedo escuchar el sonido del viento entre las ramas de los fresnos y las encinas.
Evito los senderos marcados por lo que cada dos pasos tropiezo con algún arbusto, me pincho y me lastimo.
No se cuanto aguantará mi cuerpo, ya he soportado congestiones agudas, alergias, infecciones, diarreas y vómitos. Pero debo continuar, debo escapar y salvarme. Alguien tiene que hacerlo.

De pronto todo es silencio, hasta parece que el viento se haya ido, no escucho ningún sonido de pájaros o de alguno de los animales que suelen habitar la noche del monte.
El frío se hace más agudo o me lo parece. No obstante estoy transpirando. Las gotas de sudor inundan mi frente y mi espalda. Me detengo.
Escucho, nada…
Estoy lejos de las vías y las carreteras pero parece que están desiertas.
Tal vez haya llegado la hora tan temida.
Me agacho detrás del tronco de un árbol, es una vieja encina, no podré trepar en él sin lastimarme.
Prefiero echarme al suelo, la cara contra la hierba seca. No quiero moverme ni mirar.
Siento una presencia cercana, esperaré para ver si se aleja o viene hacia mi posición.

Ahora escucho el crujir de algunas ramas al romperse, pisadas?
Me muevo lentamente para sacar de mi especie de mochila el cuchillo de hueso que he fabricado. Lo agarro fuertemente con mi mano derecha, preparado para defenderme.

Sigue sin haber viento, pero veo moverse algunos matorrales o las copas de algunos árboles. En realidad no lo veo, pero lo presiento.
El terror está invadiendo mi cuerpo y eso no es bueno. Mis piernas están agarrotadas, inertes. Me cuesta respirar.
Siento fuertes dolores en el pecho y sufro algunas arcadas.
Tengo que tomar una decisión. No puedo dejar que me atrapen, sino todo habrá sido en vano.

Había planificado algunas acciones defensivas para cuando llegara este momento, pero me encuentro lejos del punto fortificado que había estado preparando.
Sólo tengo mi cuchillo, y el miedo.

Ahora sudo profusamente, ya no hace frío. El suelo bajo mi cuerpo parece quemar.
Es mejor que no dude.

Me incorporo y empiezo a correr hacia la alambrada, creo que estaré a unos quinientos metros. Corro con todas mis fuerzas sin mirar detrás de mí. Ahora sí el monte parece vivo, escucho chillidos, pájaros que interrumpen su sueño y echan a volar. Otros sonidos parecen indicar que un grupo de gamos se alejan corriendo, o tal vez sean jabalíes, o ciervos.

Salto por encima de unos arbustos, me caigo y casi como un resorte me vuelvo a incorporar y sigo corriendo.

Han acortado la distancia, ya están cerca. Sigo corriendo.

De pronto el suelo donde tendría que haberse apoyado mi pié derecho para impulsar mi cuerpo en la carrera ha desaparecido. Irremediablemente comprendo que estoy cayendo, pero dónde?

La caída fue eterna, infinita.
Sin saber porque, mi mente repaso algunos pasajes significativos de mi vida, vi rostros y lugares conocidos mientras mi cuerpo flotaba y se rendía a una fuerza de gravedad invencible.
El miedo aumenta, ahora por la incertidumbre de no saber dónde estoy cayendo.
Me desespero, grito y muevo piernas y brazos de manera incontrolable.

Cuando llego al suelo invisible que pone fin a mi caída no puedo amortiguarla, por lo que me golpeo en varias partes del cuerpo.

Unos instantes después, cuando la confusión se disipa, compruebo que no ha sido tan grave.
Intento adivinar la altura desde donde caí, pero no hay luz suficiente.
No es un pozo. Tan sólo ha sido un desnivel abrupto del terreno.

Todo parece tranquilo, no escucho nada amenazador cerca de mi posición.
Ya no tengo miedo, creo que los despisté.

Intento ponerme de pié y compruebo que no tengo fuerzas para hacerlo. No parece que tenga nada roto.

Ya no sudo. Vuelve el frío. Mucho frío.

Una pequeña parte de la empuñadura de mi improvisado cuchillo de hueso asoma por el costado derecho de mi pecho. No puedo quitarlo, quiero guardarlo de nuevo en mi mochila, pero no puedo.
Mis ropas están húmedas, no distingo que las ha mojado, pero es algo denso y tibio.

Creo que me quedaré un rato aquí, sin moverme.

No me encontrarán aquí. Tal vez pase aquí la noche. Mañana cuando amanezca veré todo más claro.

Mejor no moverme, me duele el costado donde quedó aprisionado el cuchillo.

Mejor no moverme, mejor dormir aquí.

Nunca me encontrarán.

Estoy tranquilo, he sobrevivido otro día.






Víctor M. Litke
Madrid, septiembre de 2010

miércoles, 8 de febrero de 2012

Los hermanos Garmendia


Conocí a los hermanos Garmendia en tercer grado de primaria, cuando la meteórica carrera profesional de mi padre, como subgerente de sucursales del Banco Nación (que se coronó con una jubilación sin pena ni gloria, seguida de infarto y muerte), me llevó a cursar mis primeros dos años en la escuela Justo José Núñez de Villa Urquiza, a la que volvería para terminar séptimo grado   (con un intervalo repartido en otras dos escuelas de la provincia, donde me cuidé de no echar muchas raíces y no ganarme muchas amistades, advertido por mis padres de que era algo temporal).

La escuela era como todas las escuelas públicas de Buenos Aires de esa época, un edificio de una sola planta no muy antiguo y bastante bien cuidado, con un gran patio de baldosas techado en el centro y las aulas y oficinas bordeándolo. Estaba en la calle Mariano Acha, a mitad de cuadra entre Olazábal y Mendoza (si mal no recuerdo). Yo vivía a unas cuatro cuadras de la escuela.

Debido a mis estancias alternadas, y a que se trataba de una escuela –solamente- de educación primaria, no conservo demasiados recuerdos de mis compañeros, salvo de aquellos con los que compartí los cinco años de bachillerato o parte de ellos, en el Ceferino Namuncurá de Villa Urquiza.

Entre los que dejé de ver al terminar la primaria, recuerdo a Susanita y a Patricia (las más lindas de la clase), a Liliana la japonesa – a ella la vi un par de veces más -  (los padres eran los dueños de la tintorería del barrio) y al flaco Buzzetti (tan flaco y tan alto que la ropa le quedaba ancha y corta).
De los que empezaron o terminaron el secundario conmigo, estaban el tano Mancinelli y el ruso Liberman, y por supuesto los mellizos (que se fueron al terminar cuarto año, en el 74).

Lucho y Fito (Luis y Rodolfo) Garmendia, a pesar de ser gemelos mellizos dicigóticos (bivitelinos, no idénticos, etc), eran como dos gotas de agua, quiero decir como dos gotas de agua iguales. Uno era la fotocopia del otro.

Los guachos eran tan parecidos que era imposible distinguirlos. Rubios de pelo lacio cortado al estilo “paje”, parecían dos clones de Carlitos Balá. Sus flequillos hacían resaltar sus ojos grandes, redondos, de un azul oscuro y muy vivaces.

No eran demasiado facheros, pero llamaban la atención.
Encima la vieja siempre los empilchaba igual, los pantalones cortos por las rodillas (en la primaria) grises o azules, medias tres cuartos con rombos y a tono con el pantalón de turno, camisa blanca y jerseys tejidos por sus propias manos, siempre en la misma gama de colores (nunca en tonos marrones), siempre iguales. Cuando se hicieron grandes y empezaron a elegir con que ropa se vestían, siguieron con la misma onda, siempre iguales.

Lucho y Fito tenían hormigas en el culo, nunca estaban quietos más de cinco minutos, aunque estuviésemos en plena clase, bastaba con que uno empezara a hablar o moverse para que el otro lo imitara en una milésima de segundo, y casi siempre terminaban peleándose o discutiendo entre ellos, echándose mutuamente las culpas del alboroto.
Las maestras gritaban ¡¡¡Garmendia!!!!, ya que les resultaba imposible llamar por el nombre a quien había empezado el disturbio.
Ellos nunca se llamaban por el nombre, cuando se hablaban usaban el che, nabo, boludo, idiota u otras lindeces similares. Cuando se referían al otro hablando con un tercero lo hacían usando el apellido.
-“Yo no fui, señorita, fue Garmendia”
Eso ponía loco a cualquiera.

Parecía que se llevaban para la mierda, pero en realidad pocas veces vi a dos hermanos ser tan cómplices y quererse tanto.

En la primaria, sus excursiones a la dirección eran frecuentes. Nunca los sancionaron gravemente porque nunca hicieron nada grave. Eran inquietos, se aburrían en clase, les gustaba hacer bromas y reírse de cualquier boludez. Cuarenta años atrás no era muy frecuente que las escuelas públicas contaran con un psicopedagogo o algún especialista que advirtiera que los Garmendia tenían un coeficiente intelectual superior a la media, que perdían el interés en clase porque el ritmo de enseñanza era demasiado lento para ellos o definiciones por el estilo.

Así, su destacada (e ignorada) inteligencia hacía que parecieran dos pelotudos.
En realidad, para mi y para la mayoría de sus compañeros, eran dos pelotudos. Muchas veces nos comimos penitencias masivas (quedarnos sin recreo, salir quince minutos más tarde o llevarnos el doble de tarea a casa) por alguna tontería de los Garmendia.
A pesar de eso les teníamos cariño y nunca dejamos de incluirlos en los juegos o reuniones del patio de recreos y en las actividades extraescolares.

Lucho y Fito eran de la barra. Jugando al fútbol eran bastante buenos y eso hacía que les perdonásemos cualquier cosa.
Lucho jugaba de defensor y Fito era atacante, o era al revés. Hinchas de boca, siempre venían a los partidos enfundados en sus camisetas “azul y oro” sin número, las medias y pantaloncitos del equipo y los sacachispas mal atados.

Jugaban bien, pero relataban las jugadas que hacían, mientras las hacían:
-“Garmendia se escapa por la derecha, elude a un jugador, la toca de zurda buscando la pared con el Tano Mancinelli.....”
-“Saca largo el arquero, la pelota vuela hasta la mitad de la cancha donde la recibe de pecho Garmendia, la pone en el suelo y saca un pase de gol que pifia Pereyra....”
-“Tira Garmennndiaaaaa y GOL GOL GOL GOOOOOOLLLLL, gol de Garmendiaaaaaa, ¡Que jugador, señores!, Garmendia, Garmendia....”

Los dos hacían lo mismo, parecía que llevaran incorporadas una radio portátil, o que José María Muñoz fuera siempre a ver y relatar nuestros partidos.
Al principio era inbancable, pero nos fuimos acostumbrando.
De más está decir que cuando Lucho metía un gol Fito corría a abrazarse con su hermano, y viceversa, gritando y festejando como si fuera la final de un mundial. Abrazados, como si fueran siameses, corrían alrededor de la cancha gritando el gol, como si lo hubiesen metido los dos, como si fuesen uno solo.
Los demás, el resto del equipo, nunca sabíamos con certeza cual de los mellizos había metido el gol, el delantero o el defensor.
Muchas veces el juego se reanudaba y ellos seguían a lo suyo, festejando, por lo que todos terminábamos puteándolos.

Nunca te aburrías con los Garmendia.
Siempre estaban inventando cosas, juegos nuevos, reglas nuevas para juegos viejos, sistemas para copiarse en los exámenes, para intercambiarse para dar las lecciones (no porque les costara estudiar, como ya dije eran muy inteligentes, sino porque no le daban bola y preferían hacer otra cosa). Les encantaba los juegos de química, fabricar pequeñas bombas con petardos, y joder a los demás.

Unos personajes los Garmendia.
Graciosos. Payasos. Locos lindos. Genios. Con una (dos) personalidad (/es) muy particular (/es). Macanudos.
Dos pelotudos los Garmendia.


Dicen que la última vez que los vieron fue una madrugada de abril del 77, la policía y el ejército en un “operativo conjunto” estaban buscando a unos pibes que habían estado haciendo unas pintadas y tirando panfletos en el centro, nada grave.

Dicen que parece que Lucho era uno de esos pibes.

Dicen que cuando lo encararon, mientras Fito los miraba sonriente, Lucho dijo:
-“Yo no fui, fue Garmendia”

Dicen que los dos se empezaron a cagar de la risa.

Dicen que a los milicos no les hizo gracia.


Víctor M. Litke
Madrid, febrero de 2012

martes, 7 de febrero de 2012

Palíndromo


Alguien ha entrado en la casa, he escuchado algunos ruidos y me he despertado. Golpes, gritos.
Pero… no, no estaba dormido, recuerdo que hace un rato oí sonar varias veces el teléfono y también tocaron insistentemente el timbre de la puerta.
Es verdad, lo recuerdo bien, no atendí, ni me levanté siquiera de la cama. Mi única reacción fue mirar la hora en mi reloj despertador. Un simple movimiento de los ojos para corroborar lo que intuía. Los grandes números iluminados en verde me indicaban que eran las 8:08.
¡Cómo no! – Capicúa
Desde hace un tiempo, cada vez que miro el reloj durante la noche, me devuelve un número capicúa: Las 2:32, las 3:13, las 5:05 y en muchas ocasiones hasta las 7:17.
El noventa por ciento de las veces que miro el reloj, la hora es un número capicúa.
Desde hace un tiempo esto me obsesiona.
Desde hace un tiempo sufro de un insomnio atroz.
Cuando llega la noche mi cansancio es mayúsculo, sólo quiero acostarme, terminar con otro día. Y entonces comienza el martirio, a dar vueltas y más vueltas en la cama, a mirar la hora en el reloj, las 3:23.
Desde hace un tiempo mi vida no es vida. No hay noche que el sueño gane la batalla, vueltas y más vueltas en la cama, a mirar el reloj, las 4:14.
Desde hace un tiempo estoy desesperado, vueltas y más vueltas los pensamientos sacuden mi cabeza.
Si no me hubiese dado por vencido, si hubiese peleado por lo que quería y era mío. Si no me hubiese callado, si no hubiese aceptado la impotencia, si no me hubiese abstenido de la lucha por defender esa parte de mi. Las 5:25.
Transpiro, tirito, me estiro y me acurruco. Boca abajo. No, mejor de costado. Las 5:45.
Desde hace un tiempo no puedo dormir.
Desde hace un tiempo no quiero despertar.
Veo gente a mi alrededor, los escucho hablar, los veo moverse, A algunos los reconozco, a otros no.
Desde hace un tiempo tomo distintas pastillas para poder dormir. . Dos horas antes de acostarme, a veces tomo otra dos horas después.
Agrego una almohada y un instante después la tiro al suelo. Vueltas y más vueltas en la cama. Las 5:55.
Pronto darán las noticias en la radio, la enciendo y al rato la apago.
Tomo otra pastilla. Las 6:16.
Mi cuerpo esta tenso, siento calambres en las piernas. Lloro en silencio. Insulto en voz baja, rezo. Le pido a Dios no despertarme.
Ahora el movimiento de personas extrañas a mi alrededor aumenta como aumenta mi inquietud.
No se que hacen y no se los pregunto, escucho sus conversaciones pero no los entiendo. Revisan mis cosas, me señalan cada tanto.
Hace un buen rato que están rodeando mi cama y ni se me ocurrió hablarles para saber que quieren. Algo me dice que es mejor así, que no pregunte.
Finalmente, cuatro personas sujetan fuertemente mi cuerpo deslizando sus manos por debajo de mis brazos y mis piernas. Siento que me levantan y vuelven a bajarme.
Creo que ya no estoy en mi cama. Me muevo y no sé dónde me llevan.
Antes de abandonar el dormitorio, alcanzo a echar una última mirada al reloj despertador.
Que extraño.
Sigue marcando las 8:08.

Víctor M. Litke
Madrid, julio de 2010