Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

miércoles, 19 de junio de 2013

Como todos los viernes

Entró al bar de la calle Montevideo al seiscientos como todos los viernes desde hacía cuatro años. Daba la impresión de que la lluvia que caía implacablemente afuera lo hubiera elegido entre todos los peatones que buscaban refugio desesperadamente para no mojarlo, tal vez sorprendida por ese paso lento y distraído que la ignoraba desafiante.

Buscó la mesa de siempre, aquella que parecía predestinada a ser el mudo testigo de esos encuentros clandestinos. Estaba apartada, casi detrás de una columna que aportaba el manto de privacidad que correspondía al momento.

Saludó con un tímido ademán, casi imperceptible, al mozo que liberaba varias mesas de los restos de furtivos almuerzos, haciendo equilibrio con una pirámide de tazas de café vacías sobre su bandeja. No le prestó ninguna atención y siguió con sus quehaceres sin responder al saludo.

Colgó su abrigo en el perchero junto a la columna y se sentó, como todos los viernes mirando hacía la puerta de entrada esperándola ansiosamente.

El ruido del local disminuía notablemente con el paso de los minutos, eran casi las tres y media de la tarde y la gente apuraba sus tareas para comenzar a vivir el ansiado fin de semana.

Era el momento perfecto para su cita semanal, estaba nervioso y no dejaba de mover sus piernas por debajo de la mesa y de dar golpecitos rítmicos con sus manos sobre el mantel manchado con alguna muestra del menú del día.

Hacía media hora que estaba esperando, nadie le preguntó si quería beber algo, nadie pareció reparar en él. Era lo que le gustaba, pasar desapercibido al resto de los mortales, solo quería ser visible para ella.

Pasaron otros quince minutos y finalmente la vio empujar la puerta del bar con el codo de su brazo derecho cargado de carpetas. Su corazón dio un salto, la sangre comenzó a recorrer su cuerpo a una velocidad de vértigo, llevando calor y color a su cara. Esa cara que ahora mostraba una gran sonrisa y unos ojos brillantes y felices.

Estaba vestida con un traje gris topo y una blusa blanca, la falda a la altura de las rodillas y zapatos de tacón alto negros, a juego con el bolso y el maletín que sujetaba con su mano izquierda.

Uno de los mozos se acercó y la saludó amablemente. Comentaron algo sobre el tiempo, la lluvia que había cesado momentáneamente y la temperatura para el fin de semana.

Como todos los viernes, el mozo la acompañó hasta su mesa, aquella del rincón junto a la columna donde él estaba, le apartó una silla para que depositara su bolso y su maletín, y luego otra para que se sentara. Se volvió hacia el mostrador y al cabo de un minuto regresó con un capuccino bien espumoso y un platito con algunos amarettis.

Quedaron solos y en silencio.

Él no dejaba de mirarla, no podía apartar la vista de esos ojos entristecidos, de ese cabello castaño algo desordenado a estas alturas de la jornada, de su fino y largo cuello.

Respiraba el mágico aroma de su perfume, aquel que perduraba en su mente después de cada encuentro y lo ayudaba a sobrevivir al calvario de los seis días siguientes.

Estuvo a punto de extender su brazo y acariciarle la mano pero se contuvo.
Ella abrió una de sus carpetas y se puso a repasar vagamente su contenido al tiempo que revolvía mecánicamente su bebida.

Ya casi no había gente dentro del bar, incluso la luz del día parecía querer despedirse, amedrentada por los gruesos y obscuros nubarrones que amenazaban con descargar otra tanda de espesa lluvia.

Al cabo de un rato el mozo volvió a acercarse a la mesa y cambió la taza vacía por otro capuccino y más amarettis.

A él le hubiese gustado pedir un café y un coñac para combatir el intenso frío que sentía, pero no se animó. Quizás si el mozo le hubiese preguntado, se lo hubiese pedido.

Ella seguía ensimismada en su lectura y él en contemplarla. Era lo más parecido a la felicidad que conocía.

Quiso decirle que estaba hermosa, que la había extrañado mucho, que le gustaría dar un paseo bajo la lluvia de su mano, que la amaría hasta la eternidad. Quiso, pero no dijo nada.

Ella también se mantuvo callada, casi sin mirarlo. Cada vez que ella alzaba la vista, parecía perderse en un horizonte más allá de su presencia.

El se sentía feliz, pero ella parecía triste.

Una de las paredes del bar, la más próxima a su mesa, estaba decorada por láminas enmarcadas de obras de Pizarro, Monet, Seurat y otros impresionistas, que él ya conocía de memoria hasta el último de sus detalles. En otra, que formaba ángulo con la primera, había un gran reloj que señalaba casi las seis de la tarde. No quedaban más clientes que ellos.

Ella alzó la vista en dirección al mostrador y ese solo gesto bastó para que el mozo se acercara con el ticket de la consumición. Ella le alcanzó un billete y con su suave y dulce voz le indicó que guardara el cambio.
Ordenó sus carpetas y volvió a sujetarlas con su brazo derecho al tiempo que tomaba con su mano izquierda las asas del maletín y la correa de su bolso.

El mozo le abrió diligentemente la puerta y la despidió amablemente, con un aire de respetuosa confianza y volvió a la mesa para retirar el servicio. Se ocupó además de quitar el mantel y procedió a colocar sobre la mesa, una a una y con las patas hacia arriba, las cuatro sillas de madera.
Como todos los viernes.


Víctor M. Litke, Madrid 2013


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