Entró
al bar de la calle Montevideo al seiscientos como todos los viernes desde hacía
cuatro años. Daba la impresión de que la lluvia que caía implacablemente afuera
lo hubiera elegido entre todos los peatones que buscaban refugio desesperadamente
para no mojarlo, tal vez sorprendida por ese paso lento y distraído que la
ignoraba desafiante.
Buscó
la mesa de siempre, aquella que parecía predestinada a ser el mudo testigo de
esos encuentros clandestinos. Estaba apartada, casi detrás de una columna que
aportaba el manto de privacidad que correspondía al momento.
Saludó
con un tímido ademán, casi imperceptible, al mozo que liberaba varias mesas de
los restos de furtivos almuerzos, haciendo equilibrio con una pirámide de tazas
de café vacías sobre su bandeja. No le prestó ninguna atención y siguió con sus
quehaceres sin responder al saludo.
Colgó
su abrigo en el perchero junto a la columna y se sentó, como todos los viernes
mirando hacía la puerta de entrada esperándola ansiosamente.
El
ruido del local disminuía notablemente con el paso de los minutos, eran casi
las tres y media de la tarde y la gente apuraba sus tareas para comenzar a
vivir el ansiado fin de semana.
Era
el momento perfecto para su cita semanal, estaba nervioso y no dejaba de mover
sus piernas por debajo de la mesa y de dar golpecitos rítmicos con sus manos
sobre el mantel manchado con alguna muestra del menú del día.
Hacía
media hora que estaba esperando, nadie le preguntó si quería beber algo, nadie
pareció reparar en él. Era lo que le gustaba, pasar desapercibido al resto de
los mortales, solo quería ser visible para ella.
Pasaron
otros quince minutos y finalmente la vio empujar la puerta del bar con el codo
de su brazo derecho cargado de carpetas. Su corazón dio un salto, la sangre
comenzó a recorrer su cuerpo a una velocidad de vértigo, llevando calor y color
a su cara. Esa cara que ahora mostraba una gran sonrisa y unos ojos brillantes
y felices.
Estaba
vestida con un traje gris topo y una blusa blanca, la falda a la altura de las
rodillas y zapatos de tacón alto negros, a juego con el bolso y el maletín que
sujetaba con su mano izquierda.
Uno
de los mozos se acercó y la saludó amablemente. Comentaron algo sobre el
tiempo, la lluvia que había cesado momentáneamente y la temperatura para el fin
de semana.
Como
todos los viernes, el mozo la acompañó hasta su mesa, aquella del rincón junto
a la columna donde él estaba, le apartó una silla para que depositara su bolso
y su maletín, y luego otra para que se sentara. Se volvió hacia el mostrador y
al cabo de un minuto regresó con un capuccino bien espumoso y un platito con
algunos amarettis.
Quedaron
solos y en silencio.
Él
no dejaba de mirarla, no podía apartar la vista de esos ojos entristecidos, de
ese cabello castaño algo desordenado a estas alturas de la jornada, de su fino
y largo cuello.
Respiraba
el mágico aroma de su perfume, aquel que perduraba en su mente después de cada
encuentro y lo ayudaba a sobrevivir al calvario de los seis días siguientes.
Estuvo
a punto de extender su brazo y acariciarle la mano pero se contuvo.
Ella
abrió una de sus carpetas y se puso a repasar vagamente su contenido al tiempo
que revolvía mecánicamente su bebida.
Ya
casi no había gente dentro del bar, incluso la luz del día parecía querer
despedirse, amedrentada por los gruesos y obscuros nubarrones que amenazaban
con descargar otra tanda de espesa lluvia.
Al
cabo de un rato el mozo volvió a acercarse a la mesa y cambió la taza vacía por
otro capuccino y más amarettis.
A
él le hubiese gustado pedir un café y un coñac para combatir el intenso frío
que sentía, pero no se animó. Quizás si el mozo le hubiese preguntado, se lo
hubiese pedido.
Ella
seguía ensimismada en su lectura y él en contemplarla. Era lo más parecido a la
felicidad que conocía.
Quiso
decirle que estaba hermosa, que la había extrañado mucho, que le gustaría dar
un paseo bajo la lluvia de su mano, que la amaría hasta la eternidad. Quiso,
pero no dijo nada.
Ella
también se mantuvo callada, casi sin mirarlo. Cada vez que ella alzaba la
vista, parecía perderse en un horizonte más allá de su presencia.
El
se sentía feliz, pero ella parecía triste.
Una
de las paredes del bar, la más próxima a su mesa, estaba decorada por láminas
enmarcadas de obras de Pizarro, Monet, Seurat y otros impresionistas, que él ya
conocía de memoria hasta el último de sus detalles. En otra, que formaba ángulo
con la primera, había un gran reloj que señalaba casi las seis de la tarde. No
quedaban más clientes que ellos.
Ella
alzó la vista en dirección al mostrador y ese solo gesto bastó para que el mozo
se acercara con el ticket de la consumición. Ella le alcanzó un billete y con
su suave y dulce voz le indicó que guardara el cambio.
Ordenó
sus carpetas y volvió a sujetarlas con su brazo derecho al tiempo que tomaba
con su mano izquierda las asas del maletín y la correa de su bolso.
El
mozo le abrió diligentemente la puerta y la despidió amablemente, con un aire
de respetuosa confianza y volvió a la mesa para retirar el servicio. Se ocupó
además de quitar el mantel y procedió a colocar sobre la mesa, una a una y con
las patas hacia arriba, las cuatro sillas de madera.
Como
todos los viernes.
Víctor
M. Litke, Madrid 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario