Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

miércoles, 27 de febrero de 2013

El “chino” Faigao


Gracias al “chino” Faigao muchos aprendimos a ubicar el archipiélago filipino en el mapamundi antes de estudiarlo en geografía.
Su padre nació en la isla de Bantón y como la mayoría de sus parientes se hizo marinero ni bien cumplió los dieciséis, embarcado en buques de las más variadas banderas recorrió gran parte del mundo hasta que conoció a una camarera argentina en un bar de San Telmo y nunca más abandonó Buenos Aires, salvo por alguna escapada de vacaciones a Córdoba o a la costa.
Aprovechando los conocimientos de tantos años en el mar, la ayuda estatal y bastante suerte, se hizo dueño de un puesto de pescado en las ferias de Villa Urquiza y Villa Pueyrredón.

El “chino” era hijo único, vivía con sus padres en una casa “tipo chorizo” en la calle Gabriela Mistral casi esquina Argerich, y compartió con nosotros los primeros años de secundaria hasta que tuvo que dejarlo para ayudar a su padre con el puesto.

Obviamente su apodo le venía por la forma “exótica” de sus ojos (heredada de su padre) y gracias a esa facilidad de simplificación que nos caracteriza a los porteños o a los argentinos en general para poner sobrenombres: “Chino” es cualquiera que tenga los ojos rasgados.
Pero lo exótico de los ojos del chino Faigao no sólo tenía que ver con la forma, sino con el color azul claro que tenían (heredados de su madre), lo que lo transformaban en un raro espécimen, sobretodo para las chicas.
Para nosotros, los varones, el chino era uno más de la barra y nos dio pena cuando se tuvo que ir del cole. Nos seguimos viendo algún tiempo más, en un par de campeonatos de futbol que jugamos en las canchas de Constituyentes y General Paz, detrás del “gasómetro”.
Era un buen pibe, trabajador y leal con los amigos. Siempre alegre y prendido en las jodas. Sin maldad.

Como suele pasar, con el tiempo dejamos de compartir actividades con personas que formaron parte de nuestra adolescencia. Nuevas ocupaciones, otros lugares, otras personas, trabajos, novias, esposas o hijos te van separando.
Aunque te esfuerces en mantener los contactos o en juntarte cada lustro en algún asado, las cosas que tenías en común dejan de serlo y a veces estos encuentros se van transformando en un compromiso incómodo, y cuando te das cuenta dejás de participar y te vas olvidando de la última vez que viste a fulanito o a menganito.

En la reunión que hicimos para festejar los quince años de egresados, me contaron que el viejo del chino había fallecido, que la vieja estaba muy enferma, que él se hizo cargo del puesto de la feria y que las cosas no le iban nada bien. En esa época pensé que debía contactarlo para brindarle mi apoyo, algo que fui postergando día tras día hasta que dejó de ocupar mis pensamientos.
No fue nada premeditado, supongo que una cuestión de prioridades. En ocasiones dejamos que cualquier trivialidad tenga más importancia para nuestra vida que los afectos, normalmente nos damos cuenta de este error cuando sufrimos alguna pérdida, y ya es tarde para remediarlo.
Pero a veces, hay situaciones extraordinarias que nos dan la oportunidad de reflexionar y reacomodar nuestra escala de valores.

Hace cosa de dos meses atrás, volvía a casa una noche después de jugar al futbol cinco con los chicos de la oficina. Serían cerca de las diez y estaba realmente cansado, acalorado, hambriento y bastante “mufa” porque habíamos perdido el partido y quedamos eliminados del torneo interempresas.
Mientras esperaba que el portón del garage terminara de abrirse, con la cabeza apoyada en el marco de la puerta del coche, a través de la ventanilla baja intentaba adivinar el tiempo que haría al otro día, cuando un tipo que apareció de la nada me apoyó un “fierro” en la frente y me dijo que si me quedaba quieto y tranquilo no me pasaría nada.
Todo ocurrió en muy pocos segundos y casi no tuve tiempo de reaccionar. No quería hacerme el héroe pero bajo ningún concepto ese tipo entraría en mi casa y pondría en peligro a mi esposa y mis hijos. Lo único que atiné a hacer de forma inmediata fue apretar el botón de cierre en el mando del portón del garage.

Después, de la manera más calmada que pude, le dije que se llevara el coche y todo lo que tenía encima. Hasta ese momento casi no lo había mirado, pero me llamó la atención que aflojó la presión del cañón del revólver sobre mi cabeza, y que se había quedado mudo.
Cuando lo miré, vi que estaba vestido con ropa oscura y llevaba un pasamontañas que sólo dejaba visible su boca y sus ojos.
Después de escudriñar en todas las direcciones para verificar que nadie estaba siendo testigo de la situación, me miró fijamente a los ojos y en ese momento mi mente repasó escenas de una adolescencia compartida. Sus inconfundibles ojos resaltaban detrás del pasamontañas negro.
Nos quedamos mirándonos unos segundos y de pronto toda la tensión que yo sentía se esfumó, el miedo dio paso a otros sentimientos y hasta a cierto grado de culpa.
Él bajó el arma, me pidió perdón y se fue corriendo, desapareciendo en la nada en la que había llegado.

Después de ese episodio, intenté contactarlo, esta vez con más empeño e interés que hace unos años, pero no tuve éxito, la vieja casa de Gabriela Mistral era ahora un edificio de siete plantas y el puesto de pescado en las ferias de Villa Urquiza y Villa Pueyrredón había desaparecido hace años.

Esa noche fue la última vez que supe algo del “chino” Faigao.


Víctor M. Litke, Madrid 2013



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