Gracias al “chino” Faigao muchos aprendimos a ubicar el
archipiélago filipino en el mapamundi antes de estudiarlo en geografía.
Su padre nació en la isla de Bantón y como la mayoría de sus
parientes se hizo marinero ni bien cumplió los dieciséis, embarcado en buques
de las más variadas banderas recorrió gran parte del mundo hasta que conoció a
una camarera argentina en un bar de San Telmo y nunca más abandonó Buenos
Aires, salvo por alguna escapada de vacaciones a Córdoba o a la costa.
Aprovechando los conocimientos de tantos años en el mar, la
ayuda estatal y bastante suerte, se hizo dueño de un puesto de pescado en las
ferias de Villa Urquiza y Villa Pueyrredón.
El “chino” era hijo único, vivía con sus padres en una casa
“tipo chorizo” en la calle Gabriela Mistral casi esquina Argerich, y compartió
con nosotros los primeros años de secundaria hasta que tuvo que dejarlo para
ayudar a su padre con el puesto.
Obviamente su apodo le venía por la forma “exótica” de sus
ojos (heredada de su padre) y gracias a esa facilidad de simplificación que nos
caracteriza a los porteños o a los argentinos en general para poner
sobrenombres: “Chino” es cualquiera que tenga los ojos rasgados.
Pero lo exótico de los ojos del chino Faigao no sólo tenía
que ver con la forma, sino con el color azul claro que tenían (heredados de su
madre), lo que lo transformaban en un raro espécimen, sobretodo para las
chicas.
Para nosotros, los varones, el chino era uno más de la barra
y nos dio pena cuando se tuvo que ir del cole. Nos seguimos viendo algún tiempo
más, en un par de campeonatos de futbol que jugamos en las canchas de
Constituyentes y General Paz, detrás del “gasómetro”.
Era un buen pibe, trabajador y leal con los amigos. Siempre
alegre y prendido en las jodas. Sin maldad.
Como suele pasar, con el tiempo dejamos de compartir
actividades con personas que formaron parte de nuestra adolescencia. Nuevas
ocupaciones, otros lugares, otras personas, trabajos, novias, esposas o hijos
te van separando.
Aunque te esfuerces en mantener los contactos o en juntarte
cada lustro en algún asado, las cosas que tenías en común dejan de serlo y a
veces estos encuentros se van transformando en un compromiso incómodo, y cuando
te das cuenta dejás de participar y te vas olvidando de la última vez que viste
a fulanito o a menganito.
En la reunión que hicimos para festejar los quince años de
egresados, me contaron que el viejo del chino había fallecido, que la vieja
estaba muy enferma, que él se hizo cargo del puesto de la feria y que las cosas
no le iban nada bien. En esa época pensé que debía contactarlo para brindarle
mi apoyo, algo que fui postergando día tras día hasta que dejó de ocupar mis
pensamientos.
No fue nada premeditado, supongo que una cuestión de
prioridades. En ocasiones dejamos que cualquier trivialidad tenga más
importancia para nuestra vida que los afectos, normalmente nos damos cuenta de
este error cuando sufrimos alguna pérdida, y ya es tarde para remediarlo.
Pero a veces, hay situaciones extraordinarias que nos dan la
oportunidad de reflexionar y reacomodar nuestra escala de valores.
Hace cosa de dos meses atrás, volvía a casa una noche
después de jugar al futbol cinco con los chicos de la oficina. Serían cerca de
las diez y estaba realmente cansado, acalorado, hambriento y bastante “mufa”
porque habíamos perdido el partido y quedamos eliminados del torneo
interempresas.
Mientras esperaba que el portón del garage terminara de
abrirse, con la cabeza apoyada en el marco de la puerta del coche, a través de
la ventanilla baja intentaba adivinar el tiempo que haría al otro día, cuando un
tipo que apareció de la nada me apoyó un “fierro” en la frente y me dijo que si
me quedaba quieto y tranquilo no me pasaría nada.
Todo ocurrió en muy pocos segundos y casi no tuve tiempo de
reaccionar. No quería hacerme el héroe pero bajo ningún concepto ese tipo
entraría en mi casa y pondría en peligro a mi esposa y mis hijos. Lo único que
atiné a hacer de forma inmediata fue apretar el botón de cierre en el mando del
portón del garage.
Después, de la manera más calmada que pude, le dije que se
llevara el coche y todo lo que tenía encima. Hasta ese momento casi no lo había
mirado, pero me llamó la atención que aflojó la presión del cañón del revólver
sobre mi cabeza, y que se había quedado mudo.
Cuando lo miré, vi que estaba vestido con ropa oscura y
llevaba un pasamontañas que sólo dejaba visible su boca y sus ojos.
Después de escudriñar en todas las direcciones para
verificar que nadie estaba siendo testigo de la situación, me miró fijamente a
los ojos y en ese momento mi mente repasó escenas de una adolescencia
compartida. Sus inconfundibles ojos resaltaban detrás del pasamontañas negro.
Nos quedamos mirándonos unos segundos y de pronto toda la
tensión que yo sentía se esfumó, el miedo dio paso a otros sentimientos y hasta
a cierto grado de culpa.
Él bajó el arma, me pidió perdón y se fue corriendo,
desapareciendo en la nada en la que había llegado.
Después de ese episodio, intenté contactarlo, esta vez con
más empeño e interés que hace unos años, pero no tuve éxito, la vieja casa de
Gabriela Mistral era ahora un edificio de siete plantas y el puesto de pescado
en las ferias de Villa Urquiza y Villa Pueyrredón había desaparecido hace años.
Esa noche fue la última vez que supe algo del “chino”
Faigao.
Víctor M. Litke, Madrid 2013
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