Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 17 de mayo de 2012

Nueva York VIII


-“Cinco mil ahora, diez mil cuando esté hecho y dentro de unos seis meses una casa en Lima para tu madre y tu hermana, tal como acordamos. Y esto es un regalo de mi parte, no lo abras ahora”, dijo ella entregándole una bolsa de papel de GAP con un sobre escondido dentro de una remera estampada que había comprado por la mañana en la tienda de 57 y Broadway.

-“Gracias por pensar en mí para esto, Sofía”, respondió con sinceridad José.

-”Además del dinero, en el sobre están las pastillas que te mencioné. Recuerda, machacas solo una y echas el polvo en su bebida en cuanto tengas la oportunidad. No hay que pasarse con el Rohypnol. Al cabo de un rato estará noqueado. Ya sabes el lugar y el horario, el resto es un tema tuyo y no quiero enterarme de nada. Te puedes quedar con lo que lleve encima, pero solo el efectivo, deshazte de cualquier cosa que te pueda relacionar con él, sobre todo las tarjetas de crédito. No trates de ponerte en contacto conmigo, no necesito confirmación ni detalles de tu parte, si cumples el trato, ya me enteraré. La llave que hay en el sobre es de una taquilla de Penn Station, allí encontrarás el resto dentro de una mochila cuando esté hecho”, dijo ella dando por terminado el encuentro.

Se incorporó del banco en el que se habían citado, en el paseo del Mall en Central Park y se dirigió caminado bajo la sombra de los viejos olmos hacia la calle 72, sin volver a mirar a José, sin siquiera despedirse.

Todo este asunto no le gustaba mucho a Sofía, pero se lo debía a su amiga y podía confiar en José, el estaba en deuda con ella.

José y Sofía eran primos segundos, ambos eran de San Juan de Miraflores, uno de los más de cuarenta distritos que conforman la provincia de Lima, en Perú.
De edades parecidas compartieron varias fiestas del Señor de los Milagros, de San Juan y algunas navidades en familia.
Cuando entraba en la mayoría de edad José perdió a su padre y quedó a cargo de su madre y su hermana pequeña. Quiso tomar atajos y no tardó en meterse en problemas, y algunos gordos, por lo que Sofía lo ayudó a salir del país e instalarse en Nueva York.

Era hora de cobrarse los favores otorgados.

Esa noche José esperó frente a la puerta del local clandestino que ocupaba un semisótano de la calle 132 oeste, esperó casi una hora hasta que vio llegar a Erik, que con un ademán amistoso saludó a uno de los gorilas que custodiaba el acceso y que le abrió solícito la pesada puerta de metal.
José ya había estado dentro unas cuatro veces en los últimos quince días (tuvo que demostrar su solvencia económica para ser aceptado),  iba vestido con unos Levis 501 nuevos, unas Nike apenas estrenadas, una remera estampada de GAP y una cazadora a tono, su aspecto era pulcro, por lo que no le sería difícil entrar esa noche también sin levantar sospechas. Esperaría unos diez minutos más y entraría.

Dentro se encontraría con una gran barra de bebidas, mesas de juego, una pista de baile, un pequeño escenario para las strepers y unos cuantos reservados con cómodos sofás.
Los clientes eran en general de buena posición, había más de una treintena de mujeres - mayoritariamente latinas - para toda clase de compañía, y las camareras sólo vestían un ajustado short de lycra blanco. El local, al que llamaban “Paraíso”, tenía una escalera interna que daba acceso a unas diez habitaciones  en el primer piso y un par de vías de escape. Aunque gracias a que gozaba de la categoría de “zona liberada” nunca se utilizaron estas salidas de emergencia en los cinco años de existencia del Paraíso.

La música no desentonaba con el resto del ambiente: merengue, salsa, bachata y otros ritmos latinos incitaban al baile, la bebida y demás placeres.

Erik estaba bailando con una mujer morena, puede que portorriqueña, a la que metía mano por todas las voluptuosas curvas de su cuerpo. Reían, bailaban, cantaban y se manoseaban sin parar.
La que paró fue la música, la morena aprovechó para dirigirse al servicio y el fue hasta un rincón de la barra y pidió un escocés doble con hielo, su cuarta copa de la noche.

José esperó un rato y cuando se aseguró de que la morena, una vez concluida su incursión a los servicios, se encargaba de entretener en la pista de baile a otro parroquiano, se acercó a la barra y se sentó a la izquierda de  Erik, dejando una butaca libre entre ambos.
Pidió un tequila y encendió un cigarrillo, girándose sobre su asiento hacia la derecha comenzó a disfrutar del espectáculo del escenario y a observar de reojo a su objetivo.
Al cabo de unos minutos Erik también se giró para ver el baile y streptese de una despampanante rubia que recién comenzaba su actuación.
Intercambiaron algunos comentarios sobre el tamaño y rigidez de los pechos de la rubia mientras continuaban bebiendo. José esperaba su oportunidad, tenía en su mano derecha un pequeño papel doblado con el polvo que doblegaría cualquier resistencia por parte de Erik.

Cuando el barman rellenó sus respectivas copas y se volvió para acomodar las botellas en su estante, llegó la oportunidad de José, echo el Rohypnol en el vaso de whiskey, se bebió de un trago su tequila (sin sal ni limón ni ninguna estúpida mariconada por el estilo) y sin decir una palabra se dirigió al servicio, enganchando de pasada un billete de un dólar en una de las ligas de la streper.

Dentro del baño, José no paraba de echarse agua a la cara, no había bebido lo suficiente como para perder el control y sí lo bastante para obtener el grado de excitación adecuado para lo que debía hacer.
Le faltaba resolver algunos detalles, no quería salir junto a Erik para que nadie pudiese relacionarlo con él, pero no podía perderlo de vista, lo que debía hacer lo debía hacer esa noche y en ese rincón de la ciudad. Había pensado que sería conveniente volver un par de veces más al paraíso en los próximos días, para no levantar sospechas, luego sí podría desaparecer y no regresar más a este antro.

Cuando se compuso un poco dejó el servicio y volvió a dirigirse a su sitio en la barra, tal vez sería mejor salir antes que Erik y acecharlo en la calle. Cuando se aproximaba a la barra supo que debía cambiar de estrategia, el barman se negaba a seguir sirviéndole copas a Erik y se ofrecía a llamar un taxi para que se fuera.
El estado de Erik era lamentable, se había desanudado por completo la corbata y su camisa sólo conservaba abrochado el botón que quedaba justo por encima de su cinturón. No tenía consciencia de sus palabras ni de sus movimientos, dijo que caminaría un poco para despejarse antes de volver a su casa, de lo contrario tendría que soportar una escena de la mojigata de su esposa y se vería obligado a hacerla callar.

Solo treinta segundos después de que Erik abandonara el Paraíso, José pagó su cuenta en la barra y se dirigió a la salida, tratando de no mostrarse apresurado o nervioso.

Erik caminaba dando tumbos y a veces en círculo, por lo que no le fue difícil alcanzarlo en la calle, caminó unos pasos detrás de él en silencio, esperando llegar a la entrada del callejón que había unos metros más adelante, cerca de la 8va., en el lateral de la iglesia de St. Aloysius.
Cuando llegaron a esa altura y luego de verificar que no había movimiento en la calle, José  apuró sus pasos hasta alcanzar a Erik, al que empujó dentro del callejón tumbándolo de espaldas en el suelo.
No hubo resistencia, ni siquiera gritos ni pedidos de auxilio, al contrario, lo último que dijo Erik, antes que las manos de José apretaran mortalmente su cuello, fue:
-“Hey amigo, creí que te habías quedado con la rubia tetona…”

José ni siquiera lo miraba, aumentó la presión de sus pulgares en la garganta de aquel imbécil hasta que dejó de respirar, aún así siguió apretando treinta segundos más, que fueron como horas.

José arrodillado, con las rodillas a cada lado del pecho de Erik y las dos manos en su cuello, giraba la cabeza en todas direcciones para asegurarse que nadie estaba observando la escena.
Cuando ya no sintió respiraciones ni latidos apartó las manos y se dedicó a expoliar a su víctima, quitándole la cartera y el impactante reloj que llevaba en la muñeca izquierda.

Se incorporó rápidamente y con paso apresurado se alejó del lugar rumbo a la 7ma avenida.

Parecía que su corazón estallaría de un momento a otro, seguía mirando hacia todos lados y a medida que verificaba que nadie lo había visto, ralentizó el ritmo de sus pasos y de su corazón.

Se sentía satisfecho y tranquilo, unas calles más adelante se ocuparía de su botín, ahora lo importante era alejarse sin ser visto.

Sí, había sido un buen trabajo, Sofía se sentiría agradecida y orgullosa de él.

Satisfecho y tranquilo porque lo que no sabía José, es que otra persona amparada en las sombras de esa calle, esperaba también su oportunidad para eliminar a esa escoria de Erik, y que había sido testigo de cómo alguien - a quien no conocía - se le había adelantado frustrando sus planes.

Satisfecho y tranquilo porque lo que no sabía José, es que en tan solo unos minutos había pasado de ser el cazador… a ser la presa.



Víctor M. Litke, Madrid 2012

jueves, 10 de mayo de 2012

El recién llegado


No era un fantasma quien surgió entre la niebla, pero no me dí cuenta hasta que fue muy tarde.
Fue un encuentro tan inesperado, sorprendente, aterrador.
Torpemente me eche hacia atrás sobresaltado.
Mi respiración era agitada, la boca seca.
Dolor agudo en el pecho, en los brazos, el cuello y la mandíbula.
Una sensación de pesadez y extremo cansancio.
Sin fuerzas para luchar contra nada. La vista se me nubló hasta sólo distinguir algunos bultos sin forma definida.
Me costaba respirar. Caí de rodillas con las dos manos sujetándome el centro del pecho, como rezando.
Mi cuerpo se tambaleó unos instantes hasta dejarse vencer totalmente.
Ahora, con la cara contra la húmeda hierba, alcanzo a distinguir luces de linternas que vienen hacia mi.
Las risas dan paso a gritos, reproches y lamentos.
El aire no llega a mis pulmones, los latidos se ralentizan, cesan…
Ya no escucho nada ni distingo las luces. Ya no tengo dolores.
Malditas novatadas….

Víctor M. Litke, Madrid 2010

Getafe negro
Festival de novela policíaca de Madrid
III edición, octubre de 2010

Concurso de microrrelatos. Máximo 150 palabras sin contar la frase de inicio: “No era un fantasma quien surgió entre la niebla”