-“Cinco
mil ahora, diez mil cuando esté hecho y dentro de unos seis meses una casa en Lima
para tu madre y tu hermana, tal como acordamos. Y esto es un regalo de mi
parte, no lo abras ahora”, dijo ella entregándole una bolsa de papel de GAP con
un sobre escondido dentro de una remera estampada que había comprado por la
mañana en la tienda de 57 y Broadway.
-“Gracias
por pensar en mí para esto, Sofía”, respondió con sinceridad José.
-”Además
del dinero, en el sobre están las pastillas que te mencioné. Recuerda, machacas
solo una y echas el polvo en su bebida en cuanto tengas la oportunidad. No hay
que pasarse con el Rohypnol. Al cabo de un rato estará noqueado. Ya sabes el
lugar y el horario, el resto es un tema tuyo y no quiero enterarme de nada. Te
puedes quedar con lo que lleve encima, pero solo el efectivo, deshazte de
cualquier cosa que te pueda relacionar con él, sobre todo las tarjetas de
crédito. No trates de ponerte en contacto conmigo, no necesito confirmación ni
detalles de tu parte, si cumples el trato, ya me enteraré. La llave que hay en
el sobre es de una taquilla de Penn Station, allí encontrarás el resto dentro
de una mochila cuando esté hecho”, dijo ella dando por terminado el encuentro.
Se
incorporó del banco en el que se habían citado, en el paseo del Mall en Central
Park y se dirigió caminado bajo la sombra de los viejos olmos hacia la calle 72,
sin volver a mirar a José, sin siquiera despedirse.
Todo
este asunto no le gustaba mucho a Sofía, pero se lo debía a su amiga y podía
confiar en José, el estaba en deuda con ella.
José
y Sofía eran primos segundos, ambos eran de San Juan de Miraflores, uno de los
más de cuarenta distritos que conforman la provincia de Lima, en Perú.
De
edades parecidas compartieron varias fiestas del Señor de los Milagros, de San
Juan y algunas navidades en familia.
Cuando
entraba en la mayoría de edad José perdió a su padre y quedó a cargo de su
madre y su hermana pequeña. Quiso tomar atajos y no tardó en meterse en
problemas, y algunos gordos, por lo que Sofía lo ayudó a salir del país e
instalarse en Nueva York.
Era
hora de cobrarse los favores otorgados.
Esa
noche José esperó frente a la puerta del local clandestino que ocupaba un
semisótano de la calle 132 oeste, esperó casi una hora hasta que vio llegar a
Erik, que con un ademán amistoso saludó a uno de los gorilas que custodiaba el
acceso y que le abrió solícito la pesada puerta de metal.
José
ya había estado dentro unas cuatro veces en los últimos quince días (tuvo que
demostrar su solvencia económica para ser aceptado), iba vestido con unos Levis 501 nuevos, unas
Nike apenas estrenadas, una remera estampada de GAP y una cazadora a tono, su
aspecto era pulcro, por lo que no le sería difícil entrar esa noche también sin
levantar sospechas. Esperaría unos diez minutos más y entraría.
Dentro
se encontraría con una gran barra de bebidas, mesas de juego, una pista de
baile, un pequeño escenario para las strepers
y unos cuantos reservados con cómodos sofás.
Los
clientes eran en general de buena posición, había más de una treintena de
mujeres - mayoritariamente latinas - para toda clase de compañía, y las
camareras sólo vestían un ajustado short de lycra blanco. El local, al que
llamaban “Paraíso”, tenía una escalera interna que daba acceso a unas diez
habitaciones en el primer piso y un par
de vías de escape. Aunque gracias a que gozaba de la categoría de “zona
liberada” nunca se utilizaron estas salidas de emergencia en los cinco años de
existencia del Paraíso.
La
música no desentonaba con el resto del ambiente: merengue, salsa, bachata y
otros ritmos latinos incitaban al baile, la bebida y demás placeres.
Erik
estaba bailando con una mujer morena, puede que portorriqueña, a la que metía
mano por todas las voluptuosas curvas de su cuerpo. Reían, bailaban, cantaban y
se manoseaban sin parar.
La
que paró fue la música, la morena aprovechó para dirigirse al servicio y el fue
hasta un rincón de la barra y pidió un escocés doble con hielo, su cuarta copa
de la noche.
José
esperó un rato y cuando se aseguró de que la morena, una vez concluida su
incursión a los servicios, se encargaba de entretener en la pista de baile a
otro parroquiano, se acercó a la barra y se sentó a la izquierda de Erik, dejando una butaca libre entre ambos.
Pidió
un tequila y encendió un cigarrillo, girándose sobre su asiento hacia la
derecha comenzó a disfrutar del espectáculo del escenario y a observar de reojo
a su objetivo.
Al
cabo de unos minutos Erik también se giró para ver el baile y streptese de una
despampanante rubia que recién comenzaba su actuación.
Intercambiaron
algunos comentarios sobre el tamaño y rigidez de los pechos de la rubia
mientras continuaban bebiendo. José esperaba su oportunidad, tenía en su mano
derecha un pequeño papel doblado con el polvo que doblegaría cualquier
resistencia por parte de Erik.
Cuando
el barman rellenó sus respectivas copas y se volvió para acomodar las botellas
en su estante, llegó la oportunidad de José, echo el Rohypnol en el vaso de
whiskey, se bebió de un trago su tequila (sin sal ni limón ni ninguna estúpida
mariconada por el estilo) y sin decir una palabra se dirigió al servicio, enganchando
de pasada un billete de un dólar en una de las ligas de la streper.
Dentro
del baño, José no paraba de echarse agua a la cara, no había bebido lo
suficiente como para perder el control y sí lo bastante para obtener el grado
de excitación adecuado para lo que debía hacer.
Le
faltaba resolver algunos detalles, no quería salir junto a Erik para que nadie
pudiese relacionarlo con él, pero no podía perderlo de vista, lo que debía
hacer lo debía hacer esa noche y en ese rincón de la ciudad. Había pensado que
sería conveniente volver un par de veces más al paraíso en los próximos días,
para no levantar sospechas, luego sí podría desaparecer y no regresar más a
este antro.
Cuando
se compuso un poco dejó el servicio y volvió a dirigirse a su sitio en la
barra, tal vez sería mejor salir antes que Erik y acecharlo en la calle. Cuando
se aproximaba a la barra supo que debía cambiar de estrategia, el barman se
negaba a seguir sirviéndole copas a Erik y se ofrecía a llamar un taxi para que
se fuera.
El
estado de Erik era lamentable, se había desanudado por completo la corbata y su
camisa sólo conservaba abrochado el botón que quedaba justo por encima de su
cinturón. No tenía consciencia de sus palabras ni de sus movimientos, dijo que
caminaría un poco para despejarse antes de volver a su casa, de lo contrario
tendría que soportar una escena de la mojigata de su esposa y se vería obligado
a hacerla callar.
Solo
treinta segundos después de que Erik abandonara el Paraíso, José pagó su cuenta
en la barra y se dirigió a la salida, tratando de no mostrarse apresurado o
nervioso.
Erik
caminaba dando tumbos y a veces en círculo, por lo que no le fue difícil alcanzarlo
en la calle, caminó unos pasos detrás de él en silencio, esperando llegar a la
entrada del callejón que había unos metros más adelante, cerca de la 8va., en
el lateral de la iglesia de St. Aloysius.
Cuando
llegaron a esa altura y luego de verificar que no había movimiento en la calle,
José apuró sus pasos hasta alcanzar a Erik, al que empujó dentro del
callejón tumbándolo de espaldas en el suelo.
No
hubo resistencia, ni siquiera gritos ni pedidos de auxilio, al contrario, lo
último que dijo Erik, antes que las manos de José apretaran mortalmente su
cuello, fue:
-“Hey
amigo, creí que te habías quedado con la rubia tetona…”
José
ni siquiera lo miraba, aumentó la presión de sus pulgares en la garganta de
aquel imbécil hasta que dejó de respirar, aún así siguió apretando treinta
segundos más, que fueron como horas.
José
arrodillado, con las rodillas a cada lado del pecho de Erik y las dos manos en
su cuello, giraba la cabeza en todas direcciones para asegurarse que nadie
estaba observando la escena.
Cuando
ya no sintió respiraciones ni latidos apartó las manos y se dedicó a expoliar a
su víctima, quitándole la cartera y el impactante reloj que llevaba en la
muñeca izquierda.
Se
incorporó rápidamente y con paso apresurado se alejó del lugar rumbo a la 7ma
avenida.
Parecía
que su corazón estallaría de un momento a otro, seguía mirando hacia todos
lados y a medida que verificaba que nadie lo había visto, ralentizó el ritmo de
sus pasos y de su corazón.
Se
sentía satisfecho y tranquilo, unas calles más adelante se ocuparía de su
botín, ahora lo importante era alejarse sin ser visto.
Sí,
había sido un buen trabajo, Sofía se sentiría agradecida y orgullosa de él.
Satisfecho
y tranquilo porque lo que no sabía José, es que otra persona amparada en las
sombras de esa calle, esperaba también su oportunidad para eliminar a esa
escoria de Erik, y que había sido testigo de cómo alguien - a quien no conocía
- se le había adelantado frustrando sus planes.
Satisfecho
y tranquilo porque lo que no sabía José, es que en tan solo unos minutos había
pasado de ser el cazador… a ser la presa.
Víctor
M. Litke, Madrid 2012