Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

sábado, 8 de septiembre de 2018

New York I


Dejé atrás el inmenso laberinto de la estación de Canal Street satisfecho por haber dado con la salida que buscaba.
Subí las escaleras rodeado de gente que me empujaba a la superficie. No tenía ningún apuro, seguía excitado pero mi nivel de adrenalina había descendido considerablemente durante el breve trayecto de metro.
Ya era de noche y caía una tenue pero persistente llovizna. Me detuve un instante en la esquina, comprobando que mi memoria funcionaba a la perfección, mientras levantaba el cuello y abrochaba los botones de mi abrigo.
Cuando la luz del semáforo colgado de un farola me lo permitió comencé a cruzar West Broadway, vi el coche patrulla de la policía parado en la esquina de la Sexta Avenida e instintivamente detuve mi marcha. En realidad fueron apenas dos segundos de inmovilidad, pero fueron suficientes para que mi mente hiciera un repaso de los acontecimientos vividos aquella tarde. De pronto reaccioné y reanudé el paso.
Mi objetivo era el Nancy Whiskey Pub, en el 1 de la calle Lispenard, un local que ocupa los bajos y el primer piso de un pequeño edificio de tres plantas, con sus típicas escaleras de incendio en el frente.
Me paré debajo de uno de sus toldos verdes, justo a 2 metros del coche de la policía y encendí un cigarrillo, sonriendo al agente que sentado al volante me hizo una seña con la cabeza que interpreté como un saludo. Mientras fumaba miraba el enorme edificio de enfrente con sus infinitos ladrillos rojos e incontables ventanales, no fui capaz de calcular su altura.
Entré al bar y me acomodé en el único lugar posible de la barra. El bullicio dentro era enorme y a la vez agradable, el local estaba repleto de gente diversa, en general joven, que no reparó en mi presencia. Es precisamente lo que me gustaba de ese sitio, pasar desapercibido.
En el equipo de música sonaba Secret, de One Republic, lo que me pareció muy apropiado, Nueva York y yo compartíamos un secreto a partir de hoy.
Cuando la camarera se acercó y me preguntó que quería tomar, pedí un Stolichnaya doble con hielo. Era justo lo que necesitaba para completar un día glorioso, un buen vodka en un lugar agradable donde pasar un rato pensando en lo bien que habían salido las cosas.
Era temprano, tal vez comería un hamburguesa allí mismo antes de regresar al hotel y preparar las valijas para el regreso.
Había pasado cinco maravillosos días en Nueva York y no sabía cuando volvería, la prudencia indicaba que sería mejor dejar pasar algunos años antes de regresar aquí.
Había recorrido Manhattan casi por completo, a pié, en metro, taxi y autobús.
El Soho, los Villages, el Lower, el Uper, Chelsea, Murray Hill, el distrito de los teatros, El Midtown, llegué hasta Washington Heights.
Caminé por Chinatown, probé decenas de pizzas en Little Italy, visite el MOMA en la 53 y disfruté del sol de primavera en Central Park.
Busqué y busqué el lugar ideal.
Y lo encontré!
Muchos turistas recorren ciudades del mundo tratando de reconocer lugares donde se filmaron escenas de películas famosas, que por alguna razón quedaron en su memoria.
Mi plan turístico es parecido, tiene que ver con películas y series de televisión.
Las que siempre me gustaron fueron las policiales.
Tomé muchos riesgos, pero ha valido la pena.
He cometido mi primer asesinato, y que mejor escenario que un siniestro y obscuro callejón de Nueva York para comenzar.

Víctor M. Litke, Madrid 2012

1 comentario:

  1. Disfruto en el alma de lo que vos disfrutás y hacés tan bien.

    ResponderEliminar