Dejé
atrás el inmenso laberinto de la estación de Canal Street satisfecho por haber
dado con la salida que buscaba.
Subí
las escaleras rodeado de gente que me empujaba a la superficie. No
tenía ningún apuro, seguía excitado pero mi nivel de adrenalina había
descendido considerablemente durante el breve trayecto de metro.
Ya
era de noche y caía una tenue pero persistente llovizna. Me detuve un instante
en la esquina, comprobando que mi memoria funcionaba a la perfección, mientras
levantaba el cuello y abrochaba los botones de mi abrigo.
Cuando
la luz del semáforo colgado de un farola me lo permitió comencé a cruzar West
Broadway, vi el coche patrulla de la policía parado en la esquina de la Sexta
Avenida e instintivamente detuve mi marcha. En realidad fueron apenas dos
segundos de inmovilidad, pero fueron suficientes para que mi mente hiciera un
repaso de los acontecimientos vividos aquella tarde. De pronto reaccioné y
reanudé el paso.
Mi
objetivo era el Nancy Whiskey Pub, en el 1 de la calle Lispenard, un local que
ocupa los bajos y el primer piso de un pequeño edificio de tres plantas, con
sus típicas escaleras de incendio en el frente.
Me
paré debajo de uno de sus toldos verdes, justo a 2 metros del coche de la
policía y encendí un cigarrillo, sonriendo al agente que sentado al volante me
hizo una seña con la cabeza que interpreté como un saludo. Mientras fumaba
miraba el enorme edificio de enfrente con sus infinitos ladrillos rojos e
incontables ventanales, no fui capaz de calcular su altura.
Entré
al bar y me acomodé en el único lugar posible de la barra. El bullicio dentro
era enorme y a la vez agradable, el local estaba repleto de gente diversa, en
general joven, que no reparó en mi presencia. Es precisamente lo que me gustaba
de ese sitio, pasar desapercibido.
En
el equipo de música sonaba Secret, de One Republic, lo que me pareció muy
apropiado, Nueva York y yo compartíamos un secreto a partir de hoy.
Cuando
la camarera se acercó y me preguntó que quería tomar, pedí un Stolichnaya doble
con hielo. Era justo lo que necesitaba para completar un día glorioso, un buen
vodka en un lugar agradable donde pasar un rato pensando en lo bien que habían
salido las cosas.
Era
temprano, tal vez comería un hamburguesa allí mismo antes de regresar al hotel
y preparar las valijas para el regreso.
Había
pasado cinco maravillosos días en Nueva York y no sabía cuando volvería, la
prudencia indicaba que sería mejor dejar pasar algunos años antes de regresar aquí.
Había
recorrido Manhattan casi por completo, a pié, en metro, taxi y autobús.
El
Soho, los Villages, el Lower, el Uper, Chelsea, Murray Hill, el distrito de los
teatros, El Midtown, llegué hasta Washington Heights.
Caminé
por Chinatown, probé decenas de pizzas en Little Italy, visite el MOMA en la
53 y disfruté del sol de primavera en Central Park.
Busqué
y busqué el lugar ideal.
Y
lo encontré!
Muchos
turistas recorren ciudades del mundo tratando de reconocer lugares donde se
filmaron escenas de películas famosas, que por alguna razón quedaron en su
memoria.
Mi
plan turístico es parecido, tiene que ver con películas y series de televisión.
Las
que siempre me gustaron fueron las policiales.
Tomé
muchos riesgos, pero ha valido la pena.
He
cometido mi primer asesinato, y que mejor escenario que un siniestro y obscuro
callejón de Nueva York para comenzar.
Víctor
M. Litke, Madrid 2012