Hace tiempo ya que no puedo
mirarme la espalda, y no hablo de utilizar ningún juego de espejos, no.
En una época podía girar
fácilmente mi astada cabeza ciento ochenta grados o más.
De esa forma pude ver
como crecían las crestas a lo largo de mi columna, rematadas con un metro de grácil
y flexible cola.
Ya no recuerdo cómo y cuándo
perdí ésa y mis otras habilidades y me transformé en una gárgola que,
inmóvil, vomita agua de lluvia adornando
la fachada de esta catedral.
Víctor M. Litke, Madrid
enero de 2015