Andaba yo medio cabizbajo con mis quince años recién cumplidos,
angustiado por la estrechez económica que soportaba la familia y por otros
temas propios de la adolescencia.
Atravesaba una etapa de planteamientos filosóficos acerca de mi
existencia, mis orígenes, mi presente y mi futuro.
Somos lo que determina nuestra memoria genética, una fórmula
química, una combinación de elementos influenciados y condicionados por el
entorno donde nos toca actuar y desarrollarnos.
Todos compartimos un destino final inevitable, desconocido, como
desconocido es lo que pasará mañana, dentro de una hora o de un minuto.
Materia que se transforma.
Somos el efecto de una causa que es consecuencia de otra, una
constante que a la vez es variable.
Un orden, un caos.
Y en el medio, sentimientos, sueños y aspiraciones, aquello que
nos obliga a cumplir con nuestro ciclo vital de la mejor forma posible, casi
nunca como lo sentimos, casi nunca como lo soñamos y sin conseguir todo lo que anhelamos.
Simplemente como podemos.
¿Cuánto peso tiene en el ciclo de la vida nuestro yo, y cuánto
peso tiene nuestra circunstancia?
Todos los organismos vivos son, similares en esencia. Las
circunstancias, el entorno determina y condiciona la evolución de cada especie,
la vida de cada individuo, y hasta las características de su muerte.
Un hombre nace por la unión de dos células, cargadas con la
información química que determina sus características físicas. Desde su misma
gestación hasta su muerte, su desarrollo estará condicionado por el entorno en
donde le toque vivir.
Así dos individuos, con características muy similares, o casi
iguales, nacidos en entornos parecidos, pueden tener destinos opuestos.
El simple hecho de nacer de un lado u otro de una frontera marcará
su existencia, podrá tener mayores o menores posibilidades de satisfacer sus
necesidades, mayor o menor bienestar, se le impondrá una u otra religión,
tendrá amigos o enemigos; adoptará como propia una cultura y unos valores
heredados, elegirá lo que otros han determinado que elija.
Pero todos somos iguales en esencia. Por más que nos denominen de
distintas formas.
La vida, la naturaleza, nos muestra miles de ejemplos.
Veamos el caso de un compuesto simple, inorgánico, la unión
química de dos elementos, un átomo de Oxígeno y dos de Hidrógeno, creado
exactamente igual a todos los que lo rodean, a los que está temporalmente
unido.
Puede estar presente en casi todo proceso natural, su cambiante
destino lo transporta a rincones del cielo y de la tierra que nadie visitó
jamás.
Puede ser amado y odiado, pueden rogar por su presencia tanto como
maldecirla. A lo largo de su existencia puede ser transformado una y mil veces.
Puede haber formado parte del entorno más bello de la tierra, haber
soportado las condiciones más rigurosas y ser parte de ellas.
Puede que luego de una larga travesía haya llegado como parte de
una persistente lluvia a una ciudad que la esperaba con ansiedad, puede que le
haya tocado en suerte ser parte de un charco formado sobre el pavimento de una
estrecha calle, con pocas posibilidades de escurrirse al subsuelo y sin que la
alcancen los rayos del sol que permitan su evaporación.
Puede que los habitantes de esta ciudad tengan la costumbre de
aliviar sus necesidades de micción en donde les apetezca, y ese rincón oscuro
de esa calle les parezca el sitio ideal para hacerlo.
Puede que como consecuencia de esto, el charco se haga cada vez
más grande y las posibilidades de un cambio de estado o situación disminuyan
proporcionalmente.
Así que, ahí está, el entorno condiciona su existencia.
Este compuesto inorgánico pudo haber sido tratado solemnemente
como una molécula de óxido de hidrógeno en un importante laboratorio, pero le
ha tocado ser simplemente una molécula de agua en medio de un charco sucio y
meado.
Víctor M. Litke, Madrid 2014