Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

martes, 5 de agosto de 2014

Óxido de hidrógeno

Andaba yo medio cabizbajo con mis quince años recién cumplidos, angustiado por la estrechez económica que soportaba la familia y por otros temas propios de la adolescencia.
Atravesaba una etapa de planteamientos filosóficos acerca de mi existencia, mis orígenes, mi presente y mi futuro.

Somos lo que determina nuestra memoria genética, una fórmula química, una combinación de elementos influenciados y condicionados por el entorno donde nos toca actuar y desarrollarnos.
Todos compartimos un destino final inevitable, desconocido, como desconocido es lo que pasará mañana, dentro de una hora o de un minuto.
Materia que se transforma.

Somos el efecto de una causa que es consecuencia de otra, una constante que a la vez es variable.
Un orden, un caos.
Y en el medio, sentimientos, sueños y aspiraciones, aquello que nos obliga a cumplir con nuestro ciclo vital de la mejor forma posible, casi nunca como lo sentimos, casi nunca como lo soñamos y sin conseguir todo lo que anhelamos. Simplemente como podemos.
¿Cuánto peso tiene en el ciclo de la vida nuestro yo, y cuánto peso tiene nuestra circunstancia?

Todos los organismos vivos son, similares en esencia. Las circunstancias, el entorno determina y condiciona la evolución de cada especie, la vida de cada individuo, y hasta las características de su muerte.

Un hombre nace por la unión de dos células, cargadas con la información química que determina sus características físicas. Desde su misma gestación hasta su muerte, su desarrollo estará condicionado por el entorno en donde le toque vivir.

Así dos individuos, con características muy similares, o casi iguales, nacidos en entornos parecidos, pueden tener destinos opuestos.

El simple hecho de nacer de un lado u otro de una frontera marcará su existencia, podrá tener mayores o menores posibilidades de satisfacer sus necesidades, mayor o menor bienestar, se le impondrá una u otra religión, tendrá amigos o enemigos; adoptará como propia una cultura y unos valores heredados, elegirá lo que otros han determinado que elija.

Pero todos somos iguales en esencia. Por más que nos denominen de distintas formas.

La vida, la naturaleza, nos muestra miles de ejemplos.

Veamos el caso de un compuesto simple, inorgánico, la unión química de dos elementos, un átomo de Oxígeno y dos de Hidrógeno, creado exactamente igual a todos los que lo rodean, a los que está temporalmente unido.
Puede estar presente en casi todo proceso natural, su cambiante destino lo transporta a rincones del cielo y de la tierra que nadie visitó jamás.
Puede ser amado y odiado, pueden rogar por su presencia tanto como maldecirla. A lo largo de su existencia puede ser transformado una y mil veces.

Puede haber formado parte del entorno más bello de la tierra, haber soportado las condiciones más rigurosas y ser parte de ellas.

Puede que luego de una larga travesía haya llegado como parte de una persistente lluvia a una ciudad que la esperaba con ansiedad, puede que le haya tocado en suerte ser parte de un charco formado sobre el pavimento de una estrecha calle, con pocas posibilidades de escurrirse al subsuelo y sin que la alcancen los rayos del sol que permitan su evaporación.
Puede que los habitantes de esta ciudad tengan la costumbre de aliviar sus necesidades de micción en donde les apetezca, y ese rincón oscuro de esa calle les parezca el sitio ideal para hacerlo.
Puede que como consecuencia de esto, el charco se haga cada vez más grande y las posibilidades de un cambio de estado o situación disminuyan proporcionalmente.

Así que, ahí está, el entorno condiciona su existencia.

Este compuesto inorgánico pudo haber sido tratado solemnemente como una molécula de óxido de hidrógeno en un importante laboratorio, pero le ha tocado ser simplemente una molécula de agua en medio de un charco sucio y meado.

Víctor M. Litke, Madrid 2014