Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

viernes, 4 de enero de 2013

El Mono Aguirreche


-“El cuadrado de un binomio es igual al cuadrado del primer termino más el doble producto del primero por el segundo más el cuadrado del segundo.”

Andrea Anasagasti, la profesora de matemáticas, no paraba de decir cosas sin sentido parada al frente de una clase al borde del suicidio.
Yo ya había probado con todas las técnicas de evasión mental que conocía, con ninguna lograba dejar de escuchar su entusiasmada arenga.
Por fin el timbre del recreo, fin de la hora. En la próxima tendríamos geografía, que era un poco más entretenida.
Cuando estábamos por salir del aula, emulando una carga del séptimo de caballería, una frase lanzada al aire en un volumen perfectamente audible en medio del caos de sillas y pupitres arrastrando sus patas por el suelo de baldosas nos heló la sangre y paralizó nuestros cuerpos:

-“Mañana prueba escrita con los temas que vimos el último mes”, dijo la profesora con una mal disimulada crueldad, al tiempo que una inmensa sonrisa iluminaba su rostro.
Era indudable que se trataba de su venganza por la broma que le gastamos el viernes de la semana pasada: frotamos unas cuantas velas por el pizarrón haciendo que la tiza, con la que pretendía escribirnos los ejercicios para el fin de semana, patinara sin poder llegar a escribir ni un número.
No fueron suficiente las amonestaciones colectivas que nos impusieron, ni que tuviésemos que ir ese día por la tarde a limpiar el pizarrón y dejarlo como nuevo. Ella necesitaba algo más personal, quería ver el sufrimiento y la desesperación en nuestros ojos.

Todos nos miramos, estábamos crucificados.
Cuando estábamos en el patio, comenzamos a proponer las estrategias y planes para preparar distintos tipos de “machetes” y “ayudas memoria” que nos permitieran copiar los temas y ejercicios más importantes durante el examen.
Estábamos en eso cuando se acercó al grupo el “Mono” Aguirreche, lo que era bastante sorprendente ya que el “Mono” era el tipo más reservado, tímido y antisocial que habíamos conocido.

Lo de “mono” fue el apodo que le pusimos ni bien se incorporó a nuestro curso proveniente de una escuela de la ciudad de Azul, y tenía relación directa con su aspecto físico. Y su aspecto se correspondía con el de el primate hominoide de mayor tamaño que existe. Nos sacaba una cabeza de altura al resto de varones de la clase, caminaba un tanto encorvado, con grandes pasos y a ritmo lento, acompañando cada zancada con un leve movimiento de brazos, que llevaba siempre caídos. Su cabello era grueso, espeso y negro como la noche más oscura, todo su rostro moreno estaba cubierto por una capa de vello, y sus ojos eran grandes, oscuros y “sin vida”.
Todos pensábamos que tenía algún tipo de retrazo o problema mental, era un desastre en todas las materias excepto en matemáticas, lo que nos resultaba bastante intrigante.
Normalmente no hablaba con nadie, solo escuchábamos su voz cuando se veía forzado a responder a la pregunta de algún profesor.
Evitaba cualquier contacto con nosotros y no conocíamos sus gustos y afinidades.
Los profesores en general tampoco le prestaban atención, era el “bicho raro” de la clase y a nadie parecía importarle un carajo.
Nunca mostró ningún interés por integrarse al grupo y a pesar de su aspecto y su comportamiento nunca fuimos demasiados crueles con él, no tenía gracia joder a alguien que no se inmutaba con las jodas.

Pero en ese momento parecía decidido a cambiar el concepto que nos habíamos formado sobre él.
Si nos sorprendió que se acercara a nosotros en el patio, en cuanto habló nos quedamos helados.
Lo hizo mirando fijamente a los ojos de Mirta, a la que se pasaba todos los días mirando disimuladamente y a la que una mala nota en matemáticas le significaba pasarse las vacaciones estudiando para aprobarla en marzo.

-“Quedate tranquila, yo me encargo de la profe, mañana no nos tomará examen”, dijo con voz serena y segura, y acto seguido se retiró a su rincón preferido del patio, junto al pasillo que daba acceso a los baños.
Nos quedamos callados mirando como se alejaba de nosotros para luego mirar a Mirta con curiosa incredulidad.
Pasado el impacto inicial, comenzamos a reírnos y decidimos continuar con nuestra planificación sin darle mayor importancia, como siempre.

Al día siguiente nos volvimos a reunir temprano a las puertas del colegio y distribuimos los elementos que cada uno había preparado con los temas que le correspondían. Teníamos matemáticas en la primera hora, por lo que debíamos tener todo listo antes de entrar al colegio.
Luego de formar e izar la bandera nos dirigimos a nuestra clase y nos apresuramos a ocupar nuestros lugares y a predisponer todo lo necesario para copiarnos en el examen.
Casi nadie se percató de que el “Mono” no estaba en su sitio.
El tiempo pasaba y comenzamos a inquietarnos, si la profesora llegaba tarde tendríamos menos tiempo para el examen.
A los veinte minutos, entró María Rosa, la directora de estudios, y pidió silencio. Nos informó que la profesora Andrea Anasagasti había sufrido un accidente y no tendríamos clase con ella.
Tal vez por el tono con el que nos comunicó la noticia, tal vez por el rostro desencajado y las lágrimas que asomaban por sus ojos, nadie expresó alegría o alivio por haber zafado del examen de matemáticas. El silencio invadió la clase y solo lo interrumpió la voz respetuosa del “ruso” Rotemberg que se dirigió a la directora preguntando sobre la gravedad del accidente y el estado de salud de nuestra profesora.
María Rosa se limitó a decir que luego nos darían más detalles.

El Mono Aguirreche vivía en Villa Ballester, a pocas cuadras de la casa de la profesora Anasagasti, tomaban el tren en Villa Urquiza y muchas veces compartían en silencio en mismo vagón hasta su destino (nunca el mismo asiento, el Mono no se hubiera atrevido)  .
Esa mañana el andén estaba a tope y ella ocupó un lugar al borde del mismo a mitad de la estación, el tren llegaba a horario y la profesora Andrea Anasagasti se sentía de buen humor, había preparado un examen a prueba de copias con el que pensaba dar un escarmiento a sus alumnos.
Cuando el tren entraba en la estación vio de reojo que el Mono Aguirreche se acercaba apresuradamente a su posición. Al verlo alcanzó a imaginar que posiblemente él sería el único que aprobaría el examen. A pesar de que era el alumno más destacado en su asignatura sentía cierta aprehensión hacia él, le resultaba un tanto extraño e inquietante, y nunca reconoció su aplicación y conocimientos.

Si no hubiese empleado los últimos segundos de su vida en imaginar el impacto que tendría el examen de ese día en ese grupo de graciosos insolentes, o en la nota que obtendría su alumno mas descollante, habría podido anticiparse al empujón propinado por el Mono, que se quedó en el andén riendo a carcajadas y gritando:
-“El cuadrado de un binomio es igual al cuadrado del primer termino más el doble producto del primero …”


Víctor M. Litke, Madrid 2012