-“El
cuadrado de un binomio es igual al cuadrado del primer termino más el doble
producto del primero por el segundo más el cuadrado del segundo.”
Andrea
Anasagasti, la profesora de matemáticas, no paraba de decir cosas sin sentido
parada al frente de una clase al borde del suicidio.
Yo
ya había probado con todas las técnicas de evasión mental que conocía, con
ninguna lograba dejar de escuchar su entusiasmada arenga.
Por
fin el timbre del recreo, fin de la hora. En la próxima tendríamos geografía,
que era un poco más entretenida.
Cuando
estábamos por salir del aula, emulando una carga del séptimo de caballería, una
frase lanzada al aire en un volumen perfectamente audible en medio del caos de
sillas y pupitres arrastrando sus patas por el suelo de baldosas nos heló la
sangre y paralizó nuestros cuerpos:
-“Mañana
prueba escrita con los temas que vimos el último mes”, dijo la profesora con
una mal disimulada crueldad, al tiempo que una inmensa sonrisa iluminaba su
rostro.
Era
indudable que se trataba de su venganza por la broma que le gastamos el viernes
de la semana pasada: frotamos unas cuantas velas por el pizarrón haciendo que
la tiza, con la que pretendía escribirnos los ejercicios para el fin de semana,
patinara sin poder llegar a escribir ni un número.
No
fueron suficiente las amonestaciones colectivas que nos impusieron, ni que
tuviésemos que ir ese día por la tarde a limpiar el pizarrón y dejarlo como
nuevo. Ella necesitaba algo más personal, quería ver el sufrimiento y la
desesperación en nuestros ojos.
Todos
nos miramos, estábamos crucificados.
Cuando
estábamos en el patio, comenzamos a proponer las estrategias y planes para
preparar distintos tipos de “machetes” y “ayudas memoria” que nos permitieran
copiar los temas y ejercicios más importantes durante el examen.
Estábamos
en eso cuando se acercó al grupo el “Mono” Aguirreche, lo que era bastante
sorprendente ya que el “Mono” era el tipo más reservado, tímido y antisocial
que habíamos conocido.
Lo
de “mono” fue el apodo que le pusimos ni bien se incorporó a nuestro curso
proveniente de una escuela de la ciudad de Azul, y tenía relación directa con
su aspecto físico. Y su aspecto se correspondía con el de el primate hominoide
de mayor tamaño que existe. Nos sacaba una cabeza de altura al resto de varones
de la clase, caminaba un tanto encorvado, con grandes pasos y a ritmo lento,
acompañando cada zancada con un leve movimiento de brazos, que llevaba siempre caídos.
Su cabello era grueso, espeso y negro como la noche más oscura, todo su rostro
moreno estaba cubierto por una capa de vello, y sus ojos eran grandes, oscuros
y “sin vida”.
Todos
pensábamos que tenía algún tipo de retrazo o problema mental, era un desastre
en todas las materias excepto en matemáticas, lo que nos resultaba bastante intrigante.
Normalmente
no hablaba con nadie, solo escuchábamos su voz cuando se veía forzado a
responder a la pregunta de algún profesor.
Evitaba
cualquier contacto con nosotros y no conocíamos sus gustos y afinidades.
Los
profesores en general tampoco le prestaban atención, era el “bicho raro” de la
clase y a nadie parecía importarle un carajo.
Nunca
mostró ningún interés por integrarse al grupo y a pesar de su aspecto y su
comportamiento nunca fuimos demasiados crueles con él, no tenía gracia joder a
alguien que no se inmutaba con las jodas.
Pero
en ese momento parecía decidido a cambiar el concepto que nos habíamos formado
sobre él.
Si
nos sorprendió que se acercara a nosotros en el patio, en cuanto habló nos
quedamos helados.
Lo
hizo mirando fijamente a los ojos de Mirta, a la que se pasaba todos los días
mirando disimuladamente y a la que una mala nota en matemáticas le significaba
pasarse las vacaciones estudiando para aprobarla en marzo.
-“Quedate
tranquila, yo me encargo de la profe, mañana no nos tomará examen”, dijo con
voz serena y segura, y acto seguido se retiró a su rincón preferido del
patio, junto al pasillo que daba acceso a los baños.
Nos
quedamos callados mirando como se alejaba de nosotros para luego mirar a Mirta con
curiosa incredulidad.
Pasado
el impacto inicial, comenzamos a reírnos y decidimos continuar con nuestra
planificación sin darle mayor importancia, como siempre.
Al
día siguiente nos volvimos a reunir temprano a las puertas del colegio y
distribuimos los elementos que cada uno había preparado con los temas que le
correspondían. Teníamos matemáticas en la primera hora, por lo que debíamos
tener todo listo antes de entrar al colegio.
Luego
de formar e izar la bandera nos dirigimos a nuestra clase y nos apresuramos a
ocupar nuestros lugares y a predisponer todo lo necesario para copiarnos en el
examen.
Casi
nadie se percató de que el “Mono” no estaba en su sitio.
El
tiempo pasaba y comenzamos a inquietarnos, si la profesora llegaba tarde
tendríamos menos tiempo para el examen.
A
los veinte minutos, entró María Rosa, la directora de estudios, y pidió
silencio. Nos informó que la profesora Andrea Anasagasti había sufrido un
accidente y no tendríamos clase con ella.
Tal
vez por el tono con el que nos comunicó la noticia, tal vez por el rostro
desencajado y las lágrimas que asomaban por sus ojos, nadie expresó alegría o
alivio por haber zafado del examen de matemáticas. El silencio invadió la clase
y solo lo interrumpió la voz respetuosa del “ruso” Rotemberg que se dirigió a
la directora preguntando sobre la gravedad del accidente y el estado de salud
de nuestra profesora.
María
Rosa se limitó a decir que luego nos darían más detalles.
El
Mono Aguirreche vivía en Villa Ballester, a pocas cuadras de la casa de la profesora
Anasagasti, tomaban el tren en Villa Urquiza y muchas veces compartían en
silencio en mismo vagón hasta su destino (nunca el mismo asiento, el Mono no se
hubiera atrevido) .
Esa
mañana el andén estaba a tope y ella ocupó un lugar al borde del mismo a mitad
de la estación, el tren llegaba a horario y la profesora Andrea Anasagasti se
sentía de buen humor, había preparado un examen a prueba de copias con el que
pensaba dar un escarmiento a sus alumnos.
Cuando
el tren entraba en la estación vio de reojo que el Mono Aguirreche se acercaba
apresuradamente a su posición. Al verlo alcanzó a imaginar que posiblemente él
sería el único que aprobaría el examen. A pesar de que era el alumno más
destacado en su asignatura sentía cierta aprehensión hacia él, le resultaba un
tanto extraño e inquietante, y nunca reconoció su aplicación y conocimientos.
Si
no hubiese empleado los últimos segundos de su vida en imaginar el impacto que
tendría el examen de ese día en ese grupo de graciosos insolentes, o en la nota
que obtendría su alumno mas descollante, habría podido anticiparse al empujón
propinado por el Mono, que se quedó en el andén riendo a carcajadas y gritando:
-“El
cuadrado de un binomio es igual al cuadrado del primer termino más el doble
producto del primero …”
Víctor
M. Litke, Madrid 2012