A
las 8:30 de la mañana me encontraba tomando mi tercer café del día en los
jardines de la entrada del hospital en la calle 68 este cuando mi busca comenzó
a vibrar de forma insistente, dí una última calada al cigarrillo y lo apagué en
el resto de café que quedaba en el vaso y lo tiré en una papelera.
Me
requerían inmediatamente en urgencias.
Mientras
me abría camino entre la gente que se agolpaba en la entrada, desenvolví un
caramelo de mentol sin azúcar y lo puse en mi boca.
Al
llegar a urgencias el caos habitual parecía haber cobrado una nueva dimensión.
Los
heridos en un tiroteo callejero entre policías y ladrones de una oficina
financiera cercana comenzaban a llegar de forma alarmante.
Policías,
transeúntes y malvivientes custodiados comenzaron a abarrotar los boxes y a
inundar el ambiente de órdenes, gemidos y gritos.
Me
acerqué al mostrador donde se registraban los ingresos para informarme.
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Había
decidido tomarme más seriamente mi trabajo como Jefe de Cirugía Cardiovascular
del Presbyterian Hospital de Nueva York y dedicarle más tiempo y atención a esa
vocación que, desde niño, me impulsó a graduarme con honores en la Escuela de Medicina
de la Universidad de Cambridge y a los 25 años trasladarme a los Estados Unidos
para cursar la especialización en la Universidad de Harvard.
Fue
durante mi estancia en Boston cuando visité por primera vez Nueva York, y me
enamoré de esta ciudad a la que he regresado en varias ocasiones y la que es
hoy mi lugar de residencia, desde ese primer contacto supe que mi vida estaría
fuertemente ligada a ella.
A
pesar de sentirme muy a gusto viviendo y trabajando en Londres, hace poco más
de cuatro meses decidí radicarme en Nueva York, después de que un extraño acontecimiento,
acaecido durante un viaje circunstancial a la ciudad, marcara un cambio radical
en mi vida.
En
esa oportunidad, cometí un acto que en otro tiempo yo mismo consideraría atroz
e irracional: un asesinato.
Y
así descubrí una nueva y peligrosa vocación: ser el brazo ejecutor de una
justicia fuera de toda ley, un vengador,
un exterminador de escoria.
Lo
cierto es que se me da bastante bien. Hace un par de semanas eliminé a una
pareja de violadores y asesinos en Brooklyn, con lo que ya contabilizo cuatro
alimañas menos.
Además,
quise imprimir en estos actos un cierto toque personal, siendo fiel a la forma
en que los he realizado. Gracias a mi gran maestro de la Tang Long Kung Fu School de Londres me transforme en un experto
practicante de Ba Ji Quan, lo que me
permite dominar, inmovilizar y eliminar a cualquier persona sin necesidad de
utilizar ningún tipo de arma.
Todas
mis víctimas abandonaron esta vida con el cuello roto, sin otro signo de
violencia.
En
los últimos tiempos he incrementado mis conocimientos en medicina forense. Esto,
sumado al hecho de que tengo una relación “más sexual que sentimental” con la
ayudante del Fiscal del Distrito de Manhattan, me permiten ser extremadamente
escrupuloso al momento de eliminar cualquier tipo de prueba que pueda
relacionarme con los crímenes.
Además,
nuestro círculo de amistades está conformado mayoritariamente por policías, de
los que extraigo valiosa información, tanto para seleccionar a mis víctimas
como de los detalles de las investigaciones.
Mis
“tareas de limpieza” fueron desarrolladas en Manhattan y en Brooklyn, puede que
ese factor sea determinante para que la policía aún no los haya relacionado de
algún modo, sobre todo por la firma del ejecutor. No obstante estoy convencido
que lo harán en algún momento.
Quizás
lo más conveniente sea dejar enfriar un poco las cosas y asegurarme que no soy
objeto de ninguna investigación.
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Mi
puesto en el hospital me permitía evadirme de cualquier intervención en el área
de urgencias, pero ésta era una ocasión especial. Uno de los agentes de policía
heridos en el tiroteo había recibido un balazo en el corazón y había logrado
sobrevivir hasta ese momento.
Los
paramédicos debieron reanimarle y consiguieron estabilizarlo durante el
traslado, una herida como esa supondría la muerte inmediata en más del 90% de
los casos. Sin embargo, el llegar vivo al hospital le otorgaba una posibilidad
de sobrevida y recuperación bastante alta, siempre y cuando no se hayan
producido lesiones a nivel cerebral por anoxia.
Debíamos
operarlo de inmediato, no había tiempo para ningún tipo de exploración o diagnóstico,
salvo identificar el orificio de entrada de la bala para determinar si convenía
realizar una tarocotomía lateral o una estereotomía. Debido a que no podíamos
establecer las lesiones internas que había producido el disparo, opté por abrirle
el pecho por el esternón.
En
menos de tres minutos teníamos todo dispuesto para la intervención, incluida la
máquina de circulación extracorpórea y nos pusimos manos a la obra.
Cuando
había transcurrido aproximadamente una hora desde que comenzamos la cirugía,
teníamos controlada la hemorragia principal y bastante despejada la cavidad
torácica y comenzamos a reparar los daños en órganos, tejidos y vasos,
utilizando incluso pequeños fragmentos del pericardio para evitar desgarros en
las suturas. El paciente se encontraba estable, había tenido suerte, la bala
fracturó una costilla y se fragmentó en dos partes, un fragmento atravesó la
pared de la aurícula derecha desgarrando el músculo cardíaco, el otro parte del
pulmón y la vena cava superior. La costilla se partió limpiamente, sin
astillarse, lo que facilitaba nuestra tarea. Una de las partes de la bala
fragmentada salió por la espalda del herido sin mayores consecuencias y la otra
quedó alojada detrás del omóplato.
Al
delegar en uno de mis ayudantes la sutura en U de un vaso coronario, me tomé un
respiro de dos minutos en los que por primera vez reparé en la cara del
paciente. No era fácil distinguir sus facciones escondidas tras los tubos,
cables y mangueras. Fijé mi vista en su rostro y la sorpresa hizo que dejara
caer un clamp de Satinsky con el que trataba de aliviar una repentina picazón
en uno de mis hombros.
El
sonido apagado de la pinza de metal al chocar contra el suelo de PVC no debería
haberse escuchado entre el caos de sonidos del quirófano, sin embargo hizo que
la enfermera que controlaba la monitorización del paciente se preocupara por mi
estado. La tranquilice de inmediato y expliqué a todo el equipo que creía
conocer al paciente, y me sorprendió no haberme dado cuenta antes. No había
preguntado su nombre hasta el momento y pedí me lo informaran.
-“Agente
Declan Ohara”, dijo otra de las enfermeras.
Declan
era hermano de la inspectora de
homicidios Joana Ohara, la mejor amiga de mi “novia” Amanda, a la que conocí
durante la investigación del primer asesinato que cometí y de la que, creía, me
estaba enamorando.
En
los últimos tiempos Joana y –en menor medida- Declan había pasado a formar
parte de mi pequeño círculo de amistades.
Las
siguientes dos horas me esforcé para que nuestro paciente saliera del quirófano
vivo y con las mejores perspectivas de recuperación posibles, mi equipo trabajó
de forma magistral y la intervención resultó un éxito.
Mientras
me cambiaba de ropa sentía una extraña sensación en mi interior, suponía que
cuando saliera de los quirófanos encontraría a Joana esperándome, y eso me
producía ansiedad y excitación.
Joana
estaba de pie recostada sobre la pared más cercana a la puerta de acceso al
área de quirófanos, las dos manos dentro de los bolsillos de su campera negra de
cuero, su cara reflejaba su preocupación y angustia. En cuanto me vio atravesar
la puerta su mirada se clavó en mi cara, me pareció que nunca antes la había
visto tan hermosa, humana y vulnerable como en ese momento.
Casi
inconscientemente sonreí y le hice un gesto con la mano para no incrementar su
ansiedad. Cuando estuvimos frente a frente le dije simplemente que todo había
salido bien y que si no había complicaciones en las próximas 24 o 48 horas, se
recuperaría sin problemas.
-“Gracias”,
dijo casi de forma imperceptible.
Me
abrazó durante lo que me pareció una eternidad, nunca habíamos tenido ese tipo
de contacto físico, y algo pareció estallar dentro de mi.
Cuando
nos separamos, nos tomamos de la mano, le señale una hilera de sillas junto a
un ventanal y fuimos a sentarnos sin dejar de aferrarnos el uno al otro.
Le
expliqué los detalles de la intervención y le pregunté sobre cómo había
ocurrido el tiroteo.
Joana
me contó lo que sabía, había escuchado que un policía y un peatón habían
muerto, había cinco heridos entre los que se encontraban tres de los
atracadores, otros dos fueron detenidos.
De
acuerdo a los interrogatorios preliminares, se estableció que uno de los sospechosos
heridos que habían llegado a nuestro hospital era el responsable del disparo
que hirió y casi mata, a Declan.
Le
pedí a Joana que esperase en la cafetería, que luego la conduciría a la Unidad
de Cuidados Intensivos para que viera a su hermano.
Entretanto
yo iría a enterarme de la situación de los heridos.
Cuando
comenzamos a caminar hacia la cafetería continuábamos tomados de la mano, al
girar en uno de los pasillos vimos a Amanda que venía hacia nosotros e
inmediatamente nos soltamos.
Amanda
abrazó a Joana y arrojó un beso al aire hacia la posición donde yo me
encontraba. No lo devolví y me aparté de las dos.
-“Paso
un rato por mi oficina, las veo en la cafetería en media hora”, dije y puse
rumbo a urgencias, debía averiguar algunas cosas.
En
menos de quince minutos tenía toda la información disponible sobre el
sospechoso de herir a Declan, se llamaba Jeff Griffin, con varios antecedentes
y una condena cumplida a medias, sus heridas no revestían gravedad y se
encontraba alojado en un pabellón especial, fuertemente custodiado.
Por
lo que me comentaron algunos policías, Declan no llevaba puesto el chaleco
antibalas porque él y su compañero (el policía muerto) respondieron a una
llamada para investigar un intento de robo y al bajar del coche les dispararon
a quemarropa, ni siquiera habían tenido tiempo de sacar sus armas.
El
caso lo llevaría la Ayudante del Fiscal del Distrito Amanda Payne y todavía no
se había determinado quien estaría al frente de la investigación policial,
incluso por el tipo de armamento utilizado por la banda, el FBI o la ATF
podrían intervenir.
Me
encaminé hacia la cafetería mientras decidía cuales serían mis siguientes
pasos, quería aprovechar este hecho para acercarme más a Joana.
Por
otro lado deseaba obtener el máximo de información posible del caso a través de
Amanda.
Debía
asegurarme que se hiciera justicia.
Tal
vez no pudiese cumplir mis planes de olvidarme por un tiempo de mi nueva
vocación.
Víctor
M. Litke, Madrid 2012