Desde
el principio se mostró muy colaboradora, a pesar de nuestra experiencia, todo
esto no dejaba de sorprendernos.
Su
aspecto era el de una anciana dulce y adorable, la típica abuela que todos
añoramos. Cuando hablaba lo hacía desprendiendo ternura y afecto, su voz era
serena y cálida y sus palabras transmitían sinceridad.
Era
imposible no empatizar con ella.
Hacía
más de una hora que estaba sentada frente a nosotros, le habíamos ofrecido
distintas bebidas y aperitivos, luego de mucho insistir aceptó una taza de té
con dos cucharaditas de azúcar. Sin darnos cuenta todos la mimábamos.
Vestía
un sencillo vestido azul con pequeñas flores blancas y rojas estampadas y un
suéter de hilo a tono tejido por ella misma, según nos comentó. Llevaba zapatos
negros y un bolso de cuero sintético un poco ajado por el uso, también negro y
con asas cortas, colgado de su antebrazo izquierdo.
Su
cabello era totalmente blanco, corto y peinado prolijamente.
Sentada
en su silla, las puntas de sus pies apenas rozaban el suelo de la sala. Estaba
separada de la mesa y tenía los brazos al frente sujetando su mano izquierda
con la derecha. Su postura sólo varió cuando le trajeron el té.
Le
pedimos, una vez más, que nos contara todo desde el principio, sin omitir
ningún detalle, podría parar y descansar cuando quisiera, nosotros la
ayudaríamos con la cronología.
-“El
problema es que desde hace un tiempo no duermo por las noches, no porque no
tenga sueño o no esté cansada, es que no soporto, perdón creo que…, no
soportaba sus ronquidos”, dijo pacientemente.
Había
estado casada algo más de sesenta años, toda una vida dedicada a su marido, a
los hijos y las cosas de la casa. Sin apenas distracciones, sin casi conocer un
cine, ni hablar de un teatro, con algunas vacaciones en la costa contadas con
los dedos de una mano.
Sin
embargo, no escuchamos un solo reproche, ningún dejo de amargura ni desdicha.
Siempre
se llevó bien con su esposo, casi no discutieron en todo su matrimonio, nunca
por cosas graves, alguna que otra relacionada con los hijos, tonterías.
La
pareja había logrado con los años un equilibrio de poder, un acuerdo tácito por
el cual el esposo trabajaba y traía el dinero a casa, por lo tanto él tomaba
las decisiones concernientes a la economía familiar. Ella manejaba la casa, los
hijos, los colegios, la ropa y la comida eran su responsabilidad.
Algunos
tiempos fueron difíciles, pero gozaban de una vejez sin sobresaltos.
Desde
su jubilación, él pasaba la mayor parte del día en “el club” (la Unión Vecinal),
jugando al truco, al mus o a las bochas con sus vecinos y amigos, a veces ella
tenía que ir a buscarlo cuando estaba lista la comida.
Se
llevaban bien, no sabemos si eran felices pero al parecer no tenían problemas
entre ellos.
En
un descanso, todos nos quedábamos pensativos, con la mirada perdida revolviendo
incesantemente nuestro café con las paletitas de plástico transparente. Aunque
nadie lo comentó con otro, todos tratábamos de imaginarnos a esa pareja de
ancianos, en su casa, con sus recuerdos, sus manías, sus costumbres tan
arraigadas.
Una
relación extraordinariamente prolongada, sin altibajos.
¿Sería
así el amor en otros tiempos?
Después
del café, ella continuó con su relato.
-“Nunca
tuvo problemas para dormir, y nunca roncó….hasta que hace un par de meses su
amigo Radamés, el que antes de jubilarse tenía la verdulería a la vuelta de
casa –se la dejó a los hijos, pero la cerraron enseguida-, sin querer le pegó
un bochazo en la cara, y le torció la nariz”, dijo acompañando con su brazo el
teórico movimiento del lanzamiento de la bocha.
-“Yo
le dije: viejo vamos al hospital a que te miren a ver si te rompiste algo, pero
el cabezota no me hizo caso, dijo que no era nada. La cuestión es que desde ese
día empezó a roncar como un tractor, y yo empecé a no pegar un ojo en toda la
noche. El problema es que todos los días, después de almorzar, me quedaba
dormida frente al televisor y me perdía mi telenovela”, continuó hablando sin
apenas cambiar de expresión.
Nos
contó que había intentado varias cosas para solucionar el tema del ronquido de
su esposo, además de sacudirlo o tratar de moverlo para que cambie de lado.
Después
de mucho buscar, una sobrina le consiguió una llave antigua de ojo, con el eje
hueco, que colocó infructuosamente debajo de la almohada de su esposo durante
una semana.
La
semana siguiente, soportó estoicamente el olor que desprendía el plato con la
media cebolla con sal que dejaba sobre la mesita de noche.
Convenció
a su esposo para que se colocara en los orificios nasales, antes de acostarse,
unas gotas de una solución de agua, sal y bicarbonato de sodio, para intentar
destaparlos.
Aplicó
sobre la nariz, el cuello y la nuca de su esposo una mezcla de aceite de oliva
y ruda macho, que dejó macerar durante dos semanas.
Trató
de tapar sus oídos con tapones de algodón.
Pegó
los labios de su esposo con cinta adhesiva.
Le
colocó esas banditas que vio por la tele que usan algunos deportistas, y que le
recomendó Don Pascual, el farmacéutico, quién también le proporcionó unas
cápsulas naturales con valeriana, pasiflora y tilo. Las cápsulas a ella no le
hacían efecto, y además olían a peste, así que probó a dárselas a su marido,
con lo que consiguió que su sueño fuera aún más profundo, pero no que dejara de
roncar.
Nada
daba resultado.
-“Anoche
tenía que dormir si o si, esta tarde dan el capítulo final de la temporada de
mi telenovela favorita, y no me lo podía perder. Así que compre de los chinos
un rollo de …film, creo que se dice, es que yo no uso eso para guardar la
comida que sobra…bueno, en definitiva compré el film más resistente que tenían,
y a la noche cuando el viejo estaba profundamente dormido( se había tomado
cuatro capsulitas), le envolví la cabeza con ese plástico y ni se enteró. Y yo
por fin pude dormir por la noche. Pero el viejo no se levantó esta mañana, ¿por
eso estamos acá, no?, levantó la vista buscando nuestra comprensión.
Y
casi haciendo un esfuerzo para vencer su vergüenza por la petición que estaba a
punto de realizar, nos dijo:
-“¿Tienen
tele en esta comisaría?”
Víctor M. Litke
Madrid, junio de 2012