Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.


Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre.

Bestiario

Julio Cortázar
26 de agosto de 2014, centenario de su nacimiento.

jueves, 7 de junio de 2012

La telenovela de la tarde


Desde el principio se mostró muy colaboradora, a pesar de nuestra experiencia, todo esto no dejaba de sorprendernos.

Su aspecto era el de una anciana dulce y adorable, la típica abuela que todos añoramos. Cuando hablaba lo hacía desprendiendo ternura y afecto, su voz era serena y cálida y sus palabras transmitían sinceridad.
Era imposible no empatizar con ella.
Hacía más de una hora que estaba sentada frente a nosotros, le habíamos ofrecido distintas bebidas y aperitivos, luego de mucho insistir aceptó una taza de té con dos cucharaditas de azúcar. Sin darnos cuenta todos la mimábamos.

Vestía un sencillo vestido azul con pequeñas flores blancas y rojas estampadas y un suéter de hilo a tono tejido por ella misma, según nos comentó. Llevaba zapatos negros y un bolso de cuero sintético un poco ajado por el uso, también negro y con asas cortas, colgado de su antebrazo izquierdo.
Su cabello era totalmente blanco, corto y peinado prolijamente.
Sentada en su silla, las puntas de sus pies apenas rozaban el suelo de la sala. Estaba separada de la mesa y tenía los brazos al frente sujetando su mano izquierda con la derecha. Su postura sólo varió cuando le trajeron el té.

Le pedimos, una vez más, que nos contara todo desde el principio, sin omitir ningún detalle, podría parar y descansar cuando quisiera, nosotros la ayudaríamos con la cronología.

-“El problema es que desde hace un tiempo no duermo por las noches, no porque no tenga sueño o no esté cansada, es que no soporto, perdón creo que…, no soportaba sus ronquidos”, dijo pacientemente.

Había estado casada algo más de sesenta años, toda una vida dedicada a su marido, a los hijos y las cosas de la casa. Sin apenas distracciones, sin casi conocer un cine, ni hablar de un teatro, con algunas vacaciones en la costa contadas con los dedos de una mano.
Sin embargo, no escuchamos un solo reproche, ningún dejo de amargura ni desdicha.
Siempre se llevó bien con su esposo, casi no discutieron en todo su matrimonio, nunca por cosas graves, alguna que otra relacionada con los hijos, tonterías.
La pareja había logrado con los años un equilibrio de poder, un acuerdo tácito por el cual el esposo trabajaba y traía el dinero a casa, por lo tanto él tomaba las decisiones concernientes a la economía familiar. Ella manejaba la casa, los hijos, los colegios, la ropa y la comida eran su responsabilidad.
Algunos tiempos fueron difíciles, pero gozaban de una vejez sin sobresaltos.

Desde su jubilación, él pasaba la mayor parte del día en “el club” (la Unión Vecinal), jugando al truco, al mus o a las bochas con sus vecinos y amigos, a veces ella tenía que ir a buscarlo cuando estaba lista la comida.

Se llevaban bien, no sabemos si eran felices pero al parecer no tenían problemas entre ellos.

En un descanso, todos nos quedábamos pensativos, con la mirada perdida revolviendo incesantemente nuestro café con las paletitas de plástico transparente. Aunque nadie lo comentó con otro, todos tratábamos de imaginarnos a esa pareja de ancianos, en su casa, con sus recuerdos, sus manías, sus costumbres tan arraigadas.
Una relación extraordinariamente prolongada, sin altibajos.
¿Sería así el amor en otros tiempos?

Después del café, ella continuó con su relato.

-“Nunca tuvo problemas para dormir, y nunca roncó….hasta que hace un par de meses su amigo Radamés, el que antes de jubilarse tenía la verdulería a la vuelta de casa –se la dejó a los hijos, pero la cerraron enseguida-, sin querer le pegó un bochazo en la cara, y le torció la nariz”, dijo acompañando con su brazo el teórico movimiento del lanzamiento de la bocha.

-“Yo le dije: viejo vamos al hospital a que te miren a ver si te rompiste algo, pero el cabezota no me hizo caso, dijo que no era nada. La cuestión es que desde ese día empezó a roncar como un tractor, y yo empecé a no pegar un ojo en toda la noche. El problema es que todos los días, después de almorzar, me quedaba dormida frente al televisor y me perdía mi telenovela”, continuó hablando sin apenas cambiar de expresión.

Nos contó que había intentado varias cosas para solucionar el tema del ronquido de su esposo, además de sacudirlo o tratar de moverlo para que cambie de lado.

Después de mucho buscar, una sobrina le consiguió una llave antigua de ojo, con el eje hueco, que colocó infructuosamente debajo de la almohada de su esposo durante una semana.

La semana siguiente, soportó estoicamente el olor que desprendía el plato con la media cebolla con sal que dejaba sobre la mesita de noche.

Convenció a su esposo para que se colocara en los orificios nasales, antes de acostarse, unas gotas de una solución de agua, sal y bicarbonato de sodio, para intentar destaparlos.

Aplicó sobre la nariz, el cuello y la nuca de su esposo una mezcla de aceite de oliva y ruda macho, que dejó macerar durante dos semanas.

Trató de tapar sus oídos con tapones de algodón.

Pegó los labios de su esposo con cinta adhesiva.

Le colocó esas banditas que vio por la tele que usan algunos deportistas, y que le recomendó Don Pascual, el farmacéutico, quién también le proporcionó unas cápsulas naturales con valeriana, pasiflora y tilo. Las cápsulas a ella no le hacían efecto, y además olían a peste, así que probó a dárselas a su marido, con lo que consiguió que su sueño fuera aún más profundo, pero no que dejara de roncar.
Nada daba resultado.

-“Anoche tenía que dormir si o si, esta tarde dan el capítulo final de la temporada de mi telenovela favorita, y no me lo podía perder. Así que compre de los chinos un rollo de …film, creo que se dice, es que yo no uso eso para guardar la comida que sobra…bueno, en definitiva compré el film más resistente que tenían, y a la noche cuando el viejo estaba profundamente dormido( se había tomado cuatro capsulitas), le envolví la cabeza con ese plástico y ni se enteró. Y yo por fin pude dormir por la noche. Pero el viejo no se levantó esta mañana, ¿por eso estamos acá, no?, levantó la vista buscando nuestra comprensión.

Y casi haciendo un esfuerzo para vencer su vergüenza por la petición que estaba a punto de realizar, nos dijo:

-“¿Tienen tele en esta comisaría?”


Víctor M. Litke
Madrid, junio de 2012